Prioridades

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Zizek

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Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo.

Slavoj Zizek

Pocas palabras

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Imposibilitado de escribir (al menos en la medida en que quisiera hacerlo), la realidad viene a regalarme una razón para publicar sin tener que hablar demasiado. Felicidade não tem fin.

Lula

El Renacimiento en pleno siglo XXI

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renacimiento 01

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Cuando observamos alguna obra de arte del período renacentista, notamos de inmediato algunas características (incluso si no sabemos específicamente cuáles son esas características sabemos que «están ahí»; del mismo modo que sabemos cuándo una obra es abstracta, por ejemplo). Encontré este conjunto de fotos que bien podríamos calificar de «renacentistas» en cuanto a su composición.

Para sintetizar un poco el tema, podríamos decir que el Renacimiento fue una vuelta hacia el estilo antiguo grecorromano pero desde un enfoque científico. Los conceptos que definieron este arte fueron el orden, la proporción, la armonía, el ritmo, la medida, la simetría, la perspectiva, la euritmia (definición griega de una composición de tipo armónica de líneas, sonidos, colores o proporciones). Este trabajo (del que, lamentablemente no conozco el nombre del autor y ni siquiera sé si es el trabajo de un solo fotógrafo o de varios) reúne esas características y nos permite ver la realidad desde un punto de vista estético, a la vez que social.

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Por qué leo, por qué escribo

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Pessoa 03

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«Hay metáforas que son más reales que la gente que anda por la calle. Hay imágenes en los escondrijos de los libros que viven más nítidamente que muchos hombres y mujeres. Hay frases literarias que tienen una individualidad absolutamente humana. Pasos de parágrafos míos hay que me hielan de pavor, tan nítidamente gente los siento, tan recortados contra las paredes de mi cuarto, en la noche, en la noche, en la sombra (…) He escrito frases cuyo sonido, leídas en voz alta o baja -es imposible ocultar su sonido-, es absolutamente el de una cosa que ha cobrado exterioridad absoluta y alma enteramente.

¿Por qué expongo yo de vez en cuando procedimientos contradictorios e inconciliables de soñar y de aprender a soñar? Porque, probablemente, tanto me he acostumbrado a sentir lo falso como lo verdadero, lo soñado tan nítidamente como lo visto, que he perdido la distinción humana, falsa creo, entre la verdad y la mentira».

Fernando Pessoa. Libro del desasosiego.

Luz prestada

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Mis estimados contertulios: heme aquí, presente de manera fugaz, cual cometa que se acerca a la órbita terrestre de forma esporádica, aunque con menos renombre y precisión que el que lleva el nombre de Mr. Halley. También con menos brillo, para ser sinceros, y es por eso que he pedido prestado algo de brillo ajeno para estas circunstancias (breve fuga trivial: algunos asuntos personales y ciertos problemas técnicos –mi teléfono y mi laptop pasaron a mejor vida– me mantienen fuera de la red. He vuelto al papel y al lápiz y a la lectura constante de esos objetos tan caros a nuestros afectos que se llaman libros. En cuanto pueda volveré; por ahora eso está difícil. Me disculpo con aquellos a quienes debo respuestas y cartas).
Pero estaba hablando de brillo ajeno y, como mi ausencia no tiene fecha de caducidad (es decir, no sé cuándo volveré a subir otra entrada), me gustaría que la página que quede aquí sea por demás luminosa; es por eso que le he pedido a una querida amiga que me deje publicar un par de poemas suyos y ella dijo, por suerte, que sí.
Laura Mastracchio es una poeta argentina que –movida por un exceso de celo en la búsqueda de la perfección– escribe menos de lo que debería y que –movida por un exceso de autocrítica (mal compartido por quién esto escribe y por dos más que yo conozco)– comparte menos aún. Así que es un enorme gusto el poder compartir dos poemas suyos aquí, iluminando esta casa hasta que los vientos del destino empujen mi barca hasta este puerto en algún momento futuro.
Disfrútenlos

IDENTIDAD

Impedir que
la voz del tiempo
precipite mi paso,
es todo un desafío.
Procuro retenerme
justo aquí,
en oportuna soledad
no tan lejos del alba,
en un silencio
casi imposible,
para intentar morir
un poco menos.

Debo
contra toda razón
aceptar el reto
de lo infinito:
trazos y letras
en virtuoso hallazgo,
el lenguaje del color
y la poesía
sobre el breve lienzo
de mi existencia.

 

NOSOTROS

Nosotros,
los que solíamos tomar café
con nuestra propia sombra
y luego, jugar a pisarle los pasos
en soleadas calles porteñas.

Nosotros,
los que al vernos reflejados
en una u otra vidriera
versábamos a puro antojo
sobre los valores de la vida.

Nosotros
sumábamos nuestros nombres
al patrimonio de lo eterno,
y no hacíamos más que reír
ante la certitud del espejo.

Nosotros
-entiéndanme bien-
solíamos ser nosotros mismos.

Nosotros
damos hoy vuelta a la esquina
para perdernos de vista
por el empacho de encajar
con el modelo de lo absurdo.

Nosotros
extraviados estamos
de la propia memoria:
guardamos lo que éramos
en bolsillos rotos.

Nosotros,
multitudes sonoras
rabiosamente conectadas
a caprichos contemporáneos.

Nosotros
-entiéndanme bien-
sabíamos estar con nosotros mismos.

La incertidumbre

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amor

 

La postura que la modernidad tiene ante el amor mueve un poco a risa y otro poco a compasión. Cuando uno escucha decir a un joven que «no vale la pena enamorarse» o, directamente, que «no hay que enamorarse», uno no puede menos que sonreír con algo de pena mientras espera que el tiempo, el azar o las hormonas empujen al joven en cuestión a esa carrera en la que todos estamos inmersos de una u otra manera. Quien sintetizó esa sensación de manera perfecta fue Borges, cuando dijo : «Desgraciadamente pienso que el amor trae más pesares que placeres. Ahora, claro que la felicidad que da el amor es tan grande que más vale ser desdichado muchas veces para ser feliz algunas. ¡Es también una cuestión de estadística! Yo creo que todos nosotros hemos sido muy felices con el amor alguna vez y también creo que todos hemos sido muy desdichados muchas veces. El amor le ofrece a uno esa incertidumbre, esa inseguridad del hecho de poder pasar de una felicidad absoluta a la desdicha; pero también de poder pasar de la desdicha a la brusca, a la inesperada felicidad».

Con precisión casi matemática Borges nos recuerda lo esencial: nada en esta vida está asegurado en un cien por ciento y es sólo una cuestión de estadística que, al menos en algún momento, a uno le toque una racha de buena suerte. Claro, ahora si uno es un poquito inteligente y, además, se pone a trabajar en el asunto, las probabilidades aumentan; y es allí cuando se deja de ser tan inocente y pesimista en cuestiones de amor y se deja arrastrar por la corriente, amando cuando somos afortunados y deshojando la margarita cuando la fortuna nos obliga a ello. Aunque sabiendo que sólo es un juego y que el tiempo siempre nos dará una nueva oportunidad.

Aprender a decir adiós

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Collage 01La cultura occidental tiene, entre sus muchas fijaciones, una muy particular: saber cuáles fueron las últimas palabras de este o aquel personaje (ya se sabe, la fama, aquí, tiene un plus de distinción o morbo). Tal vez sea la idea de despedida lo que prima aquí aunque, como dije, tal vez sólo sea simple morbo.

Sea como fuere, las últimas palabras tienen un aura especial y particular que las hace únicas e imperecederas. Lo que nadie parece pensar, me digo, es en cuáles fueron las últimas palabras que los vivos les han dicho a los muertos. ¿Será que nos hemos despedido de la manera adecuada? ¿O los habremos dejado ir con palabras que nos avergüenzan o nos hacen sentir arrepentidos?

Recuerdo un poema de Borges (siempre lo hago; es uno de esos poemas que vuelven una y otra vez) donde nos habla de aquellas cosas de las que estamos despidiéndonos constantemente y sin siquiera saberlo: «De estas calles que ahondan el poniente / una habrá (no sé cuál) que he recorrido / ya por última vez, indiferente» y dos de los versos que más me conmueven: «Para siempre cerraste alguna puerta / y hay un espejo que te aguarda en vano…» Ese espejo siempre lo he sentido como la síntesis del olvido. No puedo dejar de verlo como un símbolo de mi infancia y de todo lo que he dejado atrás. Ese espejo que espera será, creo que para siempre, la imagen de la despedida constante de las cosas que me rodean.

Y volviendo a las personas, que son, claro está, lo más importante de todo ¿por qué no tener esto presente y, ante la cierta probabilidad de que no volvamos a vernos, comenzar a despedirnos diciendo algo amable, algo que nos recuerde las razones por las cuales estamos unidos, algo que, después, no nos haga sentirnos arrepentidos? La idea de la bondad pura no es necesariamente buena, lo sé; pero si prestamos atención a nuestro entorno veremos que la mayor parte de las veces los enojos o las distancias se deben a cuestiones triviales. ¿No será una buen idea el dejar esas cosas donde corresponde y darle a nuestros seres queridos el lugar que se merecen? Quién sabe cuánto tiempo tenemos para decir un «te quiero» o para dar (y recibir) abrazos. ¿Para qué esperar por un momento que tal vez nunca llegue?

Todo momento es ahora, y si el espejo nos aguarda en vano, al menos que no lo haga con tristeza. Haber dejado un buen recuerdo en él habrá sido nuestra tarea.