El vacío que se apodera de todo

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Que la sociedad moderna está yéndose al carajo a pasos agigantados es algo que todos sabemos y de lo que somos conscientes. Los ejemplos abundan y se encuentran por todos lados; no hay mas que abrir una red social, intentar debatir con alguien (de lo que sea), escuchar lo que se dice en la TV o en la calle. Todo, pero todo, absolutamente todo se ha vuelto vacío, mediocre, sin sentido. El posmodernismo ha hecho estragos en la mente de las personas y, como siempre sucede, destruir es mucho más fácil que construir, así que nos encontramos ahora, con otro problema: todo es cada vez más idiota y, al mismo tiempo (y por ello mismo) se hace cada vez más difícil revertir la situación. Han sido muchos los autores que se han dedicado a intentar defender a la razón y a la cultura de estos ataques incesantes; ¿pero cuánta gente lee esos libros en comparación con los que se dedican a demoler la cultura? De los muchos libros sobre el tema me permito recomendar dos: El asedio a la modernidad, de Juan José Sebreli y En defensa de la ilustración,  de Steven Pinker. Pero, como dije, hay mucho material sobre el tema, así que no es eso lo que falta, sino lectores…

Todo esto nace a colación de algo de lo que acabo de enterarme: existe el Museo de lo no-visible. ¿Y qué es esto? Pues, como su nombre lo indica, es un museo donde las obras no son visibles; eso es todo. La gente ingresa y lee unas tarjetitas adheridas a la pared y debe imaginarse la obra. La verdad es que conozco mejores modos de perder el tiempo… ¿Pero  esto es cierto? ¿Será verdad que se puede ser tan idiota? ¡Pues faltaba más! Claro que sí…

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Lo indignante no es que a alguien se le ocurran estas cosas; esto es algo más viejo que cualquiera de nosotros; pero sólo se mantenía dentro del juego intelectual (Alfred Jarry; Borges-Casares; Apollinaire; etc.); ahora no, ahora se le brinda un carácter de seriedad que es lo que lo vuelve profundamente repulsivo. Antes al menos teníamos al arte como refugio, hoy ya ni eso nos dejan. Han ensuciado todo.

He aquí, por ejemplo, una de esas obras de arte (imagínensela ustedes, claro). Pertenece al conocido actor James Franco, quien lamentablemente se ha sumado a esta payasada (y está bien, ellos son los astutos, los idiotas son los que van allí a sumarse a esa farsa o, peor aún, los que compran esas obras. James Franco vendió una a 10.000 dólares).

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James Franco

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James Franco

Barco del Capitán

Escultura, 2011

Un barco de vapor a gran escala en el que vivía el Jefe, en el río, para la película imaginaria e inacabada de James Franco, «Hojas rojas».

El barco de vapor estaba destinado a vivienda y dormitorio y esta réplica es un modelo a escala real que en realidad flota, aunque no tiene motor.

Tiene aproximadamente 10 metros de largo.

 

Esta no es la obra que vendió Franco; sino otra, la cual desconozco. Tenemos, por ejemplo, esta otra:

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Amor verdadero

Fotografía, 2011

Esta es una fotografía de tamaño natural de tu verdadero amor. Si aún no ha encontrado a su verdadero amor, se le revelará cuando mire esta obra de arte. Si ya has encontrado a tu verdadero amor, esta foto los captura en su momento más atractivo y entrañable. Cada vez que miras esta pieza, recuerdas instantáneamente lo que los unió y te enamoras de nuevo.

«…»

Bueno, ya; no hay mucho que agregar. Estamos rodeados y nosotros los hemos dejado. no voy a decir que la culpa es nuestra; pero vamos, dejar que los idiotas se apoderen de todo implica algo de responsabilidad de nuestra parte. Pero ahora que lo pienso, no está mal lo que hizo James Franco. Bajo el viejo adagio que dice Si no puedes vencerlos, únete a ellos, aquí me sumo y me declaro como AN-V;  es decir: Artista No-Visual. Aquí les dejo mi primera obra (la cual está a la venta por la ridícula suma de 5.000 dólares. lo acepto, no soy James Franco). Cualquier interesado, por ahí anda mi e-mail.

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Sitio oficial del Museum Of Non-Visible Art, aquí.

Artículo con la noticia de la venta de la escultura de James Franco, aquí.

 

 

 

Reflexiones varias a partir de una lectura de Rayuela

 

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Hará cosa de un mes compré una edición de Rayuela, de Julio Cortázar; la cual terminé hace unos días y la cual disfruté muchísimo. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que la leí? No lo recuerdo; pero fueron más de diez años, eso es seguro. Esta lectura me hizo tomar nota de algunas cosas tangenciales, las cuales no tienen que ver, casi, con la novela en sí, sino con otras cuestiones que parten a raíz de ella.

Uno. Me pregunté qué habría entendido yo en aquella primera lectura de Rayuela. Hago memoria y por algunas referencias secundarias calculo que tendría unos catorce años. Me digo que probablemente no entendí nada y que, al igual que con el Zaratustra de Nietzsche debí haberme quedado con alguna imagen más fuerte que las demás; porque del libro en sí seguro que no capté nada. También me pregunté cuanto podrá entender de ciertas cosas los lectores no argentinos. Cortázar, sin previo aviso, deja caer giros, guiños y referencias que sencillamente no pueden ser captadas por un extranjero (idea secundaria: es obvio que a mí me pasa lo mismo con los autores que  son extranjeros para mí). Y mejor no pensar en las traducciones de idiomas radicalmente diferentes al nuestro… A veces creo que ni siquiera estamos leyendo el mismo libro (hay un juego de palabras italiano que ilustra a la perfección esta idea: traduttore, tradittore; es decir: traductor, traidor…).

Dos. Años después (recuerdo que había tenido a mi primer hijo; es decir que estamos hablando de hace poco más de treinta años), volví a leerlo, pero tampoco tengo muchos recuerdos de aquella lectura. Un poco más acá, me encontraba en un pueblo rural de mi país cuando, en una tienda que vendía de todo, vi una pila de libros de Cortázar, en una edición muy barata. Pregunto por el precio de esos libros y me dicen «Diez pesos cada uno. Y el gordo, veinte». El gordo, claro está, era Rayuela. La edición era tan barata y el papel tan ordinario que ese ejemplar de Rayuela tendría unos siete centímetros de espesor. Lo compré igual. Recordar eso me llevó a pensar en…

Tres. ¿Cuántos libros he (hemos) comprado más de una vez y por qué? Haciendo un rápido racconto veo que, en mi caso, he comprado Rayuela al menos cuatro veces. Así habló Zaratustra, también cuatro. Cien años de Soledad; El perfume; Facundo… al menos tres de cada uno. ¿El Martín Fierro? Ya perdí la cuenta. ¿El Quijote? Otro que no me acuerdo, pero acabo de comprar la Edición Aniversario y debe ser, al menos, la quinta vez. ¿Hay otros? ¿Borges? Ni hablar…

También pienso en las razones por las cuales he comprado esos libros una y otra vez y, por supuesto, las razones son muchas. Préstamos que no se devuelven; roturas; mudanzas (tengo la costumbre de mudarme, de una sola vez, a miles de kilómetros de distancia, lo cual me obliga a dejar todo atrás. Y entonces uno ve esa edición que tanto le gusta y ahí va, otra vez).

Cuatro. ¿Cuál será el próximo libro que tengo o tuve y que compraré otra vez? No lo sé; pero ideas son las que me sobran…

Uno de los síntomas

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En una de las que serían sus últimas noches en libertad, Friedrich Nietzsche sale de su alejamiento en el número 20 de la calle Milano. Es enero en Turín, y hace frío. Aprieta el nudo de la bufanda en torno al cuello de su abrigo. Va a cruzar la calle cuando, ante él, un caballo se desploma. El cochero, impaciente, lacera a latigazos el lomo del animal, que no puede tirar de la carga. El filósofo corre hacia él, se abraza a su cuello y, llorando, le pide perdón en nombre de la humanidad.

La Historia considera este episodio como uno de los síntomas de su locura.

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Yuriria, Guanajuato

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Foto: Borgeano

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El monumental convento se yergue solitario bajo un sol que cae recto sobre él y mí. Se lo conoce simplemente como el Convento de Yuriria, pero en realidad debería llamárselo como Antiguo Convento de San Agustín o como Convento de Yuririhapúndaro (este término purépecha significa, literalmente, Lugar del lago de sangre). No hay edificación alguna por detrás que le sirva de decorado moderno —tal como ocurre en casi cualquier otro sitio del mundo, donde este tipo de construcciones antiguas ya ha sido casi ahogada por edificios que las superan en altura, aunque nunca en belleza— y esa silueta, entonces, recortada sobre el celeste sin degradé del cielo que nos sirve de telón de fondo, hace que su aspecto sea aún más sólido e imponente. Su arquitectura es curiosa, al menos si la comparamos con las construcciones propias de mediados del siglo XVI, al que pertenece. La fachada de la iglesia nos muestra un estilo plateresco, lo que la hermana a la Universidad de Salamanca, por ejemplo; pero no hay simetría que nos permita la tranquilidad de la imagen centrada, precisa, equilibrada. El edificio parece moverse hacia uno u otro lado, depende desde donde lo observemos. Se tiene la sensación de que no fue construido de una manera ordenada, estudiada de antemano; sino que parece que luego de haber construido la iglesia (con su forma de cruz, clásica) fueron agregándose más y más estancias a medida que se iban necesitando o tal vez por capricho o deseo de algún lejano obispo.

Me asalta, aquí también, la idea, la imagen, de la dualidad. Entro al convento y entro a otro mundo; no sólo porque, evidentemente, las sensaciones que produce acceder a los pasillos que rodean a sus dos patios interiores o a los secundarios que se internan hacia las habitaciones u otras dependencias del convento parecen llevarnos a un pasado de manera directa: los frescos se han ido deteriorando y sólo quedan pocos de ellos en buen estado, las nervaduras en los arcos de los techos, los viejos utensilios de madera que deben pesar decenas de kilos; el viejo mecanismo de un viejo reloj que en conjunto mide más de dos metros de alto; las gárgolas, pequeñas, que adornan allí arriba los arcos sostenidos por columnas dóricas; sino porque el cambio de luz y de temperatura hace que todo se acentúe más aún. Yuriria resplandece bajo un sol que parece arrancar iridiscencias hasta de las mismas piedras. Todo es color y calidez; todo brilla y se destaca y produce una sensación de bienestar que hace olvidar al mundo en sí y solo se anda, se camina, se pasea y siempre parece la misma hora, el mismo momento del día (la noche, para estar a tono, parece caer de manera sorpresiva); en cambio al entrar al convento se ingresa al mundo de la oscuridad; del frío que recorre los pasillos en forma de corriente de viento; del silencio; del olvido. Se recorre esos pasillos agustinos y se observa con atención las marcas en la piedra, algún detalle aún visible en algunos de los frescos. Se ingresa a las pequeñas habitaciones de los sacerdotes y se mira por las ventanas hacia el lago que está allí cerca (en una de ellas, cuyos postigos estaban clausurados, cierro la puerta y me quedo adentro por algunos minutos, en una oscuridad de celda casi absoluta. Me gusta el silencio y este no me resulta opresivo, pero creo que no muchos podrían hoy soportar estar allí por mucho tiempo. Pienso en lo que pensaría el hombre que allí paso gran parte de su vida).

Dentro del convento se pierde la imagen del exterior. Lo que afuera parece una sucesión algo caótica y que pasa de ser iglesia a castillo medieval, más allá tal vez a cárcel y más allá aún a sólo una mera pared (de piedras, en lugar de ladrillos, lo que también indica un cambio de material además de un cambio de forma) adentro es una sucesión ordenada de pasillos y habitaciones; de patios y dependencias. Entonces uno debe salir, volver a rodear al convento y a observarlo con detalle, intentar ubicar cada cosa que acaba de verse en el interior desde afuera, darse cuenta de que esto no es posible y, así, convencerse de que hay tiempos simultáneos o paralelos; y que uno puede vivir en todos ellos, si así lo quiere.

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Un par de fotos más. Para verlas en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

Mariposas, mariposas por todos lados

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Foto: Borgeano

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«Ya no se ven mariposas. Antes se veían muchas; ahora ya no». Recuerdo haber oído a mi madre decir eso hace ya más de cuatro décadas (aproximándose peligrosamente a las cinco). Creo que lo que más recuerdo de esas palabras fue el tono melancólico en el que las pronunció. Ella venía de vivir en una zona rural, en un vagón del ferrocarril donde trabajaba mi padre, el cual estaba acondicionado como vivienda. Cuando dijo esas palabras estábamos en una ciudad y, aunque vivíamos en los suburbios, las mariposas por allí no se acercaban. El tono melancólico ―vuelvo a él porque es lo más importante de esas palabras― reflejaban la pérdida de aquello que se tuvo y que se echa de menos, tal vez porque de alguna manera íntima y no racional, se sabe que no se volverá a poseer, a encontrar.

Recordé esas palabras cuando ascendía por las escaleras de madera o los senderos de grava y tierra del cerro Campanario hacia el Santuario de las mariposas Monarca; la extraña mariposa que viaja más de ocho mil kilómetros para escapar del invierno canadiense e hibernar aquí, a más de tres mil metros de altura, en estas cimas de cedro, pino y oyamel. La mañana estaba fresca y densas nubes cubrían el cielo. Quienes me llevaron aquel día me dijeron que no íbamos a tener suerte, que no íbamos a ver nada y, aunque después supe con exactitud a qué se referían, allí estábamos y seguimos subiendo sólo para ver si teníamos suerte al llegar a la cima; si el clima cambiaba en el tiempo que nos tomaba subir esos dos kilómetros y fracción caminando. Al llegar allí encontramos un sitio amplio, cercado por cintas amarillas. Los altos árboles que nos rodeaban fueron, para mí, una maravilla; pero para quienes me habían llevado estaban bastante desilusionados; ellos querían sorprenderme con el vuelo de miles o de decenas de miles de mariposas anaranjadas y negras; y lo único que pudimos ver eran los grandes racimos (¿se les dirá así? No lo creo, pero esa es la imagen que se me ocurre: la del racimo, como si estuviese frente a una vid gigantesca; de decenas de metros de alto y con racimos de dos o tres metros colgando de las ramas) de mariposas que, dormidas, esperaban el regreso del tiempo propicio para regresar a Canadá, cruzando medio México y todos los Estados Unidos. La desilusión de mis acompañantes no es compartida por mí. El saber que esas pequeñas mariposas (con todo lo que una mariposa es o implica en el imaginario humano; no hay otro animal que sea o pueda ser el símbolo de la fragilidad como lo son ellas) realicen ese viaje hasta esta exacta montaña y las que la rodean es algo que roza lo inexplicable; no porque la ciencia no pueda hacerlo, por supuesto, sino porque al ver una sola de ellas se pierde toda relación con las precisiones científicas. La poética visión de una mariposa o de miles de ellas dormitando en un racimo colgado de un oyamel hace que dejemos de lado las precisiones y nos abandonemos a la maravilla de lo imposible. Entonces, no es que no podamos explicar la migración de las Monarcas; es que preferimos no hacerlo.

Estuvimos un par de horas allí, mirando hacia lo alto; pero el cielo no abría, el frío se acrecentaba, las nubes se tornaban cada vez más densas y oscuras y, ante la posibilidad de que la lluvia nos atrapara allí, decidimos bajar. Las disculpas de mis acompañantes eran innecesarias. Yo había visto mucho, más que suficiente.

Aún así; dos semanas después, por insistencia de uno de ellos, volvimos. Retomamos la subida con calma, deteniéndonos, incluso, cada tanto para descansar (no es que se esté ascendiendo a la cima del Everest o del Aconcagua; pero para alguien nacido al nivel del mar; ascender por laderas empinadas a tres mil metros no es algo que se haga al trote ni mucho menos). Al llegar a la cima del Campanario entendí a mis acompañantes cuando dos semanas antes se habían sentido desilusionados ante la quietud de las Monarcas. Todo era una explosión de color y movimiento continuo: miles, tal vez decenas de miles de mariposas volando por doquier y los racimos, allí arriba, continuaban intactos. En la cima de la montaña, es decir, en pleno santuario, debe mantenerse el silencio y, de ser necesario hablar, sólo hay que hacerlo en un susurro; pero no hace falta que nadie nos lo diga de manera explícita; este es uno de esos sitios donde la naturaleza impone su dominio y su impronta de magnificencia. Aquí el silencio es obligado porque así nos lo señala el entorno. ¿Qué puede decirse? En silencio alguno señala un claro en el bosque, donde los rayos de sol penetran casi verticales y donde las mariposas vuelan en mayor cantidad. Nos tocó un buen día y eso marcó la diferencia (luego nos enteramos que el día anterior había ocurrido todo lo contrario; el frío y la falta de sol hizo que la quietud de las mariposas fuese aún mayor que la primera vez que estuvimos allí. «Es sólo una cuestión de suerte», nos dijo uno de los guardaparques. Y nosotros la habíamos tenido esa tarde).

Las mariposas no pueden tocarse, ni siquiera las que mueren y quedan sobre el suelo vegetal; pero ellas vienen y van, rodean al visitante que se queda de una pieza, mudo y sonriente (una constante en todos los que allí estaban) y se posan en su cuerpo, como para que podamos, por fin, observarlas como queremos hacerlo: a pocos centímetros de nuestros ojos y por varios minutos.

Aunque es innecesario, me acerco a la cinta amarilla, como si así pudiera estar más cerca de ellas. Pienso en mi madre y me digo que me gustaría que estuviera allí, conmigo y con ellas. Invertir la melancolía de aquellas palabras suyas y decirle que sí; que aún las hay, y muchas; y que viajan ocho mil kilómetros, y que duermen colgadas de las ramas del oyamel o del cedro y que ellas, al igual que nosotros, tal vez lo único que necesitan es un poco de sol y silencio. Lo demás es sólo un largo viaje.

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Foto: Borgeano

 

El soñador. Almafuerte

Para Xabier Novella

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Pedro Bonifacio Palacios, mejor conocido como Almafuerte, fue un poeta argentino más querido y admirado que citado o leído. Esto no es una paradoja ni una contradicción, sólo es el señalamiento de una realidad patente: quienes lo quieren y lo admiran lo hacen con la pasión que se le reserva a los imprescindibles; el resto, a lo sumo, cita uno o dos de sus poemas (¡Avanti! o ¡Più Avanti!) y poco más. Su poesía tiene la impronta de principios del siglo XX; pero eso lejos de ser una mella en esos versos se ha transformado, con el paso de los años, en una muestra de solidez, de carácter, de fortaleza. No hay más que leer sus Siete sonetos medicinales (poemas de notable raíz nietzscheana) para darse cuenta de que puede decirse cualquier cosa de ellos, menos que han perdido el filo.

Ahora les comparto este otro poema, sencillo, romántico, directo; donde más de uno se verá representado o señalado. Espero que así sea.

 

El soñador

Le aserraron el cráneo;
le estrujaron los sesos,
y el corazón ya frío
le arrancaron del pecho.
Todo lo examinaron
los oficiales médicos
mas no hallaron la causa
de la muerte de Pedro;
de aquel soñador pálido
que escribió tantos versos,
como el espacio azules
y como el mar acerbos.
¡Oíd! Cuando yo muera,
cuando sucumba, ¡oh, médicos!
ni me aserréis el cráneo
ni me estrujéis los sesos,
ni el corazón ya frío
me arrebatéis del pecho,
que jamás hasta el alma,
llegó vuestro escalpelo.
Y mi mal es el mismo,
es el mismo de Pedro;
de aquel soñador pálido
que escribió tantos versos,
y como el espacio azules
y como el mar acerbos.

Voy, sí

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Clarice Lispector

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Comparto este texto de Clarice Lispector sin saber su título y sin poder clasificarlo: ¿Poema en prosa, prosa poética, semblanza? No importa; las clasificaciones son sólo una forma de orden y nada más. Vamos a él, entonces, y que hable por sí mismo (y vaya si o hace):

 

Más allá de la oreja existe un sonido, en el extremo de la mirada un aspecto, en las puntas de los dedos un objeto: es allí adonde voy. En la punta del lápiz el trazo. Donde expira un pensamiento hay una idea, en el último suspiro de alegría otra alegría, en la punta de la espada la magia: es allí adonde voy. En la punta del pie el salto. Parece la historia de alguien que fue y no volvió: es allí adonde voy. ¿O no voy? Voy, sí. Y vuelvo para ver cómo están las cosas. Si continúan mágicas. ¿Realidad? Yo os espero. Es allí adonde voy. En la punta de la palabra está la palabra. Quiero usar la palabra “tertulia”, y no sé dónde ni cuándo. Al borde de la tertulia está la familia. Al borde de la familia estoy yo. A la orilla de mí estoy yo. Es hacia mí adonde voy. Y de mí salgo para ver. ¿Ver qué? Ver lo que existe. Después de muerta es hacia la realidad adonde voy. Mientras tanto, lo que hay es un sueño. Sueño fatídico. Pero después, después todo es real. Y el alma libre busca un rincón para acomodarse. Soy un yo que anuncia. No sé sobre qué estoy hablando. Estoy hablando de nada. Yo soy nada. Después de muerta me agrandaré y me esparciré, y alguien dirá con amor mi nombre. Es hacia mi pobre nombre adonde voy. Y de allá vuelvo para llamar al nombre del ser amado y de los hijos. Ellos me responderán. Al fin tendré una respuesta. ¿Qué respuesta? La del amor. Amor: yo os amo tanto. Yo amo el amor. El amor es rojo. Los celos son verdes. Mis ojos son verdes. Pero son verdes tan oscuros que en las fotografías salen negros. Mi secreto es tener los ojos verdes y que nadie lo sepa. En el extremo de mí estoy yo. Yo, implorante, yo, la que necesita, la que pide, la que llora, la que se lamenta. Pero la que canta. La que dice palabras.¿Palabras al viento? ¿Qué importa,los vientos las traen de nuevo y yo las poseo. Yo a la orilla del viento. La colina de los vientos aullantes me llama. Voy, bruja que soy. Y me transmuto. Oh, perro, ¿dónde está tu alma? ¿Está cerca de tu cuerpo? Yo estoy cerca de mi cuerpo. Y muero lentamente. ¿Qué estoy diciendo? Estoy diciendo amor. Y cerca del amor estamos nosotros.

Juan Rulfo, fotógrafo

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Mis estimados contertulios, hoy les traigo una pequeña joya que he encontrado en algún sitio cuyo nombre no recuerdo y poco importa. Puedo decir esto sin modestia alguna, porque nada de esto parte de mí, sino que sólo oficiaré de mensajero, cosa que me permite ser un poco grandilocuente.

De las muchas cosas que me atraen de México, una de ellas es la presencia (siempre constante) de Juan Rulfo quien, como todos saben, con sólo un par de libros dejó su huella marcada de manera imperecedera. Menudo logro. Ahora me he topado con un libro que reúne cien fotografías del autor mexicano, y debo decir que, si bien desconocía esta faceta de Rulfo, no me extraña en lo absoluto la calidad del trabajo. Un artista es un artista y si bien hoy estamos más acostumbrados al artista que se presenta en diversas disciplinas —cosa que antes no lo era tanto—; la sensibilidad artística no es algo que pueda encasillarse en una sola faceta.

FB_IMG_1595311459896 Copio de una reseña: «Andrew Dempsey dedicó una década al estudio del acervo fotográfico de Juan Rulfo, compuesto de unas 6,000 imágenes. A su trabajo se sumó Daniele De Luigi y ambos seleccionaron 100 de las mismas. Este libro-catálogo es el primero que parte del conocimiento de la totalidad del archivo de Juan Rulfo y reúne la mayoría de los géneros que cultivó, adecuadamente ponderados: los edificios de México, los múltiples paisajes del país, la vida de los pequeños pueblos, los artistas, escritores, amigos y familiares de Juan Rulfo.

Se incluyen dos textos de Juan Rulfo: uno dedicado a Henri Cartier-Bresson en las dos épocas de su paso por México y otro sobre el fotógrafo mexicano Nacho López. Igualmente los autores de la selección escriben sobre la fotografía de Juan Rulfo desde una perspectiva muy informada en sus respectivas áreas de competencia».

Mientras tomo nota de este libro como uno de los que quiero conseguir sí-o-sí, les dejo una galería con algunas de sus imágenes. Para verlas en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

Cada uno es lo que es (y anda siempre con lo puesto)

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Esquivel

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Dice Laura Esquivel: «Cada vez soy más consciente de que uno se convierte en lo que mira, en lo que recuerda, en lo que anhela, en lo que transmite. El futuro comienza hoy y depende de lo que elijo ver, de lo que me permito decir, de lo que quiero recordar y de lo que decido amar».

Este pequeño manual del buen sentido común nos ha llegado de manos de diferentes autores a lo largo de toda la historia; y no deja de ser curioso que, a pesar de ello, la gente siga prendida y prendada a sus pequeñeces de siempre. Del mismo modo en que se repite una y otra vez que «uno es lo que come» y otras cosas por el estilo, pocos parecen tener en cuenta los otros dos alimentos complementarios y tan necesarios como el primero: el intelectual y el espiritual. ¿Será porque una manzana es algo tangible y la verdad no? ¿Será porque sentimos cómo se aplaca la sed al tomar un trago de agua pero no tenemos esa misma sensación cuando comprendemos cómo actúa un argumento? Vaya uno a saber. La cuestión es que uno es lo que decide ser. Del mismo modo en que elegimos una manzana por sobre una chuleta grasosa o una chuleta grasosa por sobre una manzana, del mismo modo elegimos la verdad, la belleza, el honor, el amor o exactamente lo contrario, es decir: la mentira, la fealdad, la ignominia, el odio (y cada cerdo después se revolcará en su chiquero, por supuesto; la cuestión es ser consecuente con la elección y saberse responsable de ella). Como dije, esto nos los han dicho desde siempre diversos autores, cada cual a su modo y estilo. Tengo aquí, a mi lado, mi cuaderno de notas y encuentro citas de Séneca (allá a los lejos), de Spinoza (a mitad de camino) y de Fernando Pessoa (ya más cerquita). Me quedo con este último, porque lo dijo de manera poética y porque sí, porque eso también es elegir:

 

Poema XVIII

Ojalá fuese yo el polvo del camino
Y los pies de los pobres me pisaran…
Ojalá fuese yo los ríos que corren
Y hubiese lavanderas en mi orilla…

Ojalá fuese yo los sauces de la margen del río
Y tuviese sólo el cielo encima y el agua debajo…
Ojalá fuese yo el burro del molinero
Y él me golpease y me estimase…

Antes eso que ser el que atraviesa la vida
Mirando atrás y sintiendo pena.

XXX

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XXX – Collage en papel – Borgeano

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XXX

No quiero habitar tu olvido
me conformo, tal vez
con florecer unos minutos en tu
memoria
cuando desayunas, por ejemplo
o te bañas
……………………………..y ser agua.

No busco ni pretendo, sólo espero
como un ansia que no acaba
aparecer
alguna noche

………………en tus sueños

y quedarme
……………………….. allí

………………………………. tal vez para siempre.