El paisaje y la memoria

Hace más de un mes que terminé de leer Un hombre enamorado, de Karl Over Knåusgard y todavía encuentro notas que tomé en el momento de la lectura. El que dejo a continuación es un fragmento en el que Knåusgard habla sobre Varus, un cuadro de Anselm Kiefer (y del cual yo no sabía absolutamente nada). Cuando me encuentro con algo así en un texto, lo que hago es suspender la lectura y, ahora que tenemos la bendición de internet, busco aquello a que se hace referencia. Dejo el fragmento en crudo, sin tocar ni una coma y dejo también una reproducción del cuadro de Kiefer. He buscado el libro de Schama en español, pero aún no lo he encontrado.

Varus de Anselm Kiefer

—¿Has visto ese cuadro de Kiefer? Un bosque, no ves más que árboles y nieve, con manchas rojas entremezcladas, y luego están los nombres de algunos poetas alemanes, escritos en blanco. Hölderlin, Rilke, Fichte, Kleist. Es la mejor obra de arte realizada después de la guerra, tal vez en todo el siglo pasado. ¿Qué aparece en el cuadro? Un bosque. ¿De qué trata? Bueno, pues de Auschwitz. ¿Dónde está la relación? No trata de pensamientos, penetra en lo más profundo de la cultura, y no se puede expresar mediante pensamientos. El cuadro se titula Varus, que era un caudillo romano. Perdió una gran batalla en Germania. La línea va, pues, desde la década de los setenta hacia atrás, hasta Tácito. Es Schama quien lo señala en Paisaje y memoria.

SchamaCuando leo a Lucrecio, todo trata del esplendor del mundo. Y eso, el esplendor del mundo, es un concepto barroco que seguramente se extinguió con él. Trata de las cosas. Lo físico de las cosas. Los animales. Los árboles. Los peces. Si a ti te da pena que haya desaparecido la acción, a mí me da pena que haya desaparecido el mundo. Lo físico del mundo. Sólo tenemos imágenes de él. Con eso nos relacionamos. ¿Pero qué es el Apocalipsis? Los árboles que desaparecen en Sudamérica. El hielo que se derrite, el nivel de agua que sube. Si tú escribes para recuperar la seriedad, yo escribo para recuperar el mundo. Bueno, no este mundo en el que me encuentro. Precisamente no lo social. Los Gabinetes de Curiosidades del Barroco. Los Cuartos de Maravillas. Y ese mundo que está en los árboles de Kiefer. Es arte. Nada más.

 

La remota majestad de un ídolo

carniceria

“Mi padre me dijo que me fijara bien en los soldados, en los uniformes, en las banderas, en las iglesias, en los sacerdotes y en las carnicerías; ya que todo eso iba a desaparecer y algún día podría contarle a mis hijos que había visto esas cosas. Hasta ahora, desgraciadamente, no se ha cumplido esa profecía”. Copio esta frase de un documental de o sobre Jorge Luis Borges. Mientras transcribo esas líneas recuerdo que en el primer libro de poemas de Borges hay un poema titulado, precisamente, Carnicería.  Supongo que ese texto le llegó al poeta a través de la enseñanza paterna, además de la visión diaria de ese desagradable comercio.

Al margen, y es un tema que quedará para otra ocasión, me queda en carpeta el tema del acto (de la necesidad; de la posibilidad de tomar otra opción, de los lineamientos morales, de los aspectos prácticos, etc.) de matar animales para comer o vestirnos. Por ahora, me quedo en aquel recuerdo de Borges y en su poema:

Carnicería

Más vil que un lupanar
la carnicería rubrica como una afrenta la calle.
Sobre el dintel
una ciega cabeza de vaca
preside el aquelarre
de carne charra y mármoles finales
con la remota majestad de un ídolo.

El enigma constante

Max Ernst - Los hombres no sabrán nada de esto

Max Ernst – Los hombres no sabrán nada de esto

“Para mí, el mundo es una suerte de enigma que se renueva constantemente. Cada vez que lo miro, siempre veo las cosas por primera vez. El mundo tiene mucho más que decirme de lo que soy capaz de entender. De ahí que tenga que abrirme a un entendimiento sin límites, de forma que todo quepa en él”. José Saramago, José Saramago en sus palabras.

¿Qué otra actitud madura puede pedírsele a un hombre que la completa y constante apertura a un mundo que de manera inevitable se presenta lleno de maravillas? El mundo tiene mucho más que decirme de lo que soy capaz de entender es una sentencia que, lejos de llevarnos a la inmovilidad del cómodo burgués (¿Para qué esforzarse si no voy a entenderlo? ¿Para qué trabajar en algo que no produce beneficio efectivo?) debe impulsarnos con más fuerza al campo de la búsqueda incesante de respuestas; aun cuando éstas sean esquivas o cuando nunca lleguen. El camino es la meta; la búsqueda es el tesoro.

De ninguna manera

René Magritte - La Corde Sensible

René Magritte – La Corde Sensible

“Cuando no ando en las nubes, ando como perdido”, dijo alguna vez Antonio Porchia; y uno se suma al aforismo con la conciencia que brinda la experiencia más pura y sencilla. Andar en el mundo de los hombres de negocios, en los siempre renovados e iguales chismes vecinales, en la dirigida publicidad, en la reiterativa televisión, en la pasión dominguera del fútbol, en todo eso que tan bien han preparado para nosotros, cansa. Por eso escaparse o dejarse ir a las nubes, despegar los pies del suelo trivial al que nos atan es más una necesidad que un placer, aunque luego éste último tome el lugar del primero y se haga dueño y señor de una nueva y maravillosa costumbre. Otro que sabía algo del tema era Hermann Hesse, quien también nos regala un impecable argumento: “Un hombre que tiene noción de los cielos y abismos de la naturaleza humana, no debería vivir en un mundo en el que dominan el common sense, la democracia y la educación burguesa”.

Sencillez engañosa

Voy a ser breve: amo a Grant Snider y a sus cómics breves, profundos y elocuentes. Snider es un dibujante que aúna sencillez de trazos con profundidad temática y sus historietas son breves. Aunque en ellas trata los más variados temas, siempre nos deja rumiando un poco más el alcance de su significado, lo cual iguala a estas pequeñas obras con otras como pueden ser las reconocidas en la gran literatura. Claro está, no estoy diciendo que una historieta de Grant Snider tiene la misma categoría que La guerra y la paz de Tolstoi; sólo digo que en, general, la obra es mayor que la mera página que la contiene.
Unos ejemplos y el enlace a su sitio oficial, el cual recomiendo fervorosamente (quienes no sepan inglés no deben preocuparse mucho, como todo lo de Snider éste es simple y pueden ayudarse con un traductor en línea ¡Tal vez sea una buena puerta para comenzar!). Para ver las imágenes en mayor tamaño hacer clic sobre una de ellas. La página oficial de Grant Snider, aquí.

Mi fuga favorita

mar
Hace un par de días alguien, al ver que me hablaba pero que yo no la escuchaba, me toca el hombro y me pregunta ¿Por dónde andas? “Por la playa” fue mi respuesta y ello nos llevó a dialogar sobre cuáles son los sitios donde solemos evadirnos cuando queremos relajarnos o cuando el entorno se hace demasiado aburrido u opresivo. Mi interlocutor prefiere las montañas, cuanto más altas, mejor. Yo, de manera inevitable, me voy al mar. No es casualidad que cada uno haya elegido el entorno en el que ha nacido; por eso (y por muchas otras cosas más), para mí el mar (El Mar, con mayúsculas de nombre propio; La Mar, con dejos poéticos) será siempre mi refugio, mi sitio de calma, mi eterno retorno.
De Fernando del Paso poseo un pequeño volumen que reúne varios textos de diferente estilo e intención. Al final de él hay una serie de poemas relativos al mar que lleva por título PoeMar. De él dejo este

El verano

Te surco, arpono, enfilo, te requiebro
y en mar candente te convoco y llamo:
te quiero a solas en mis olas, clamo
tus ojos, sombra, boca, tu cerebro.

Te bogo, nado, te buceo, enhebro
……………………..en pespuntes tu orgasmo. Prendo
……………………..inflamo
tu pezón más orondo. Beso, lamo
tu muslo más rijoso, lo celebro
con lengua que suspiras y que imploras.
Y te espumas, mareas, bulles, ardes,
te derrites, licúas en mis manos,

y en mi remo te encajas, bramas, lloras,
en oleadas de noches y en las tardes
más soleadas de todos los veranos.

El mundo es un huevo, man

Hace poco tiempo, en enero de este mismo año, publiqué una entrada donde Neil deGrasse Tyson se preguntaba dónde estaban los científicos, los artistas y las demás disciplinas humanas representadas en los congresos o en los gobiernos nacionales. Ahora me encuentro con un ejemplo que pone de nuevo el tema en negro sobre blanco. La historia es graciosa, pero no debemos olvidar que sólo es un ejemplo y que ha habido muchas otras que sí llegaron a ser norma y que en esos casos la gracia no se la encontraba por ningún lado.
Bien, la historia a la que me refiero es a la del delirante que casi logró que se aprobaran una ley parlamentaria para que el número Pi valiera 3,2. Así, 3,2 a secas. Como todo el mundo sabe, el valor del Pi es aproximadamente 3,14. (Es una buena aproximación, ya que Pi es un número que tiene infinitos decimales). Pues bien: un día de 1897, el Congreso de Indiana decidió que el valor del número Pi era exactamente 3,2. Por ley.

Pi
La historia de la “Ley de Indiana” comienza con un hombre llamado Edward J. Goodwin, un médico que pasaba sus ratos libres resolviendo problemas matemáticos. La obsesión de Goodwin era resolver un problema que habían intentado los matemáticos de la antigüedad: la cuadratura del círculo. El único problema es que ya se sabía que cuadrar el círculo era algo imposible. El matemático Ferdinand von Lindemmann lo había probado en 1882. Pero Goodwin siguió con su obsesión. En 1894, convenció a la revista científica American Mathematical Monthly de que publicase su prueba matemática de la cuadratura del círculo. Una de las consecuencias de su trabajo era que el número Pi debía valer exactamente 3,2. La prueba era evidentemente errónea, pero Goodwin estaba tan convencido de su genialidad que no sólo la publicó, sino que también la patentó. Creía que todo el mundo utilizaría su método y se haría rico con los derechos de autor.
EstúpidoGoodwin no sólo quería ser rico, sino también famoso. Por eso decidió que no cobraría “estúpidos derechos de autor” al Estado de Indiana si el Congreso pasaba una ley que reconociese su trabajo; y allí encontró un aliado: el Congresista Taylor I. Record presentó en el Congreso de Indiana la Ley Número 246. “El valor del diámetro de la circunferencia respecto al círculo es, exactamente, 3,2”. La ley reconocía además la genialidad de Goodwin pues “ha resuelto un problema que los grandes matemáticos de la Historia intentaron y creyeron imposible”. El resto de los congresistas de Indiana parece que tampoco tenían mucha idea de matemática, pues la ley se aprobó por unanimidad.

Afortunadamente alguien se dio cuenta de la barbaridad que acababan de cometer. El matemático C. A. Waldo, de la Universidad de Purdue, estaba entonces en Indianápolis y siguió con espanto el debate parlamentario. Rápidamente fue a ver a los senadores para hacerles ver que Goodwin no era más que un loquito autoconvencido. Y el Senado no aprobó la ley que sí había aprobado el congreso. Desde entonces parece que ningún parlamento del mundo ha intentado cambiar por ley el valor del número Pi, gracias al cielo; de lo contrario supongo que hoy todas las ruedas del mundo serían ovaladas y un montón de cosas así.
Fuera de broma, retomo el punto inicial: ¿En manos de quién están, entonces, las futuras leyes que marcarán el derrotero de nuestras vidas?