Todos en capilla VIII

 

sapere

 

Queridos hermanos, henos aquí nuevamente prestos a esparcir la palabra del apóstol a los cuatro vientos, como si de la música de las esferas se tratase. Abrimos nuestros libros y leemos la Regla número 3; la cual acoto aquí en la medida de lo posible, ya que se trata de un texto extenso que excede los límites de nuestro espacio, aunque no de nuestra intención:

«El mero querer, y también poder, por sí mismos no bastan, sino que una persona también debe saber lo que quiere, y debe saber lo que puede hacer. Sólo así dará pruebas de su carácter, y sólo entonces puede realizar algo con logro. Debemos aprender a partir de la experiencia qué es lo que queremos y de qué somos capaces. Anteriormente no lo sabemos, carecemos de carácter y a menudo debemos sufrir duros golpes que, desde fuera, nos fuerzan a volver a nuestro propio camino. Pero cuando finalmente lo hemos aprendido, entonces hemos conseguido lo que la gente llama carácter, es decir, el carácter adquirido. Según lo dicho no es otra cosa que un conocimiento lo más completo posible de la propia individualidad: es el conocimiento abstracto y por tanto preciso de las propiedades inamovibles del propio carácter empírico y de la medida y la tendencia de las propias capacidades mentales y físicas, o sea, del conjunto de capacidades y deficiencias de la propia individualidad. Esto nos pone en condiciones de desarrollar entonces de manera serena y metódica el papel que desempeña la propia persona».

Nuevamente podríamos decir que estas palabras son algo obvias; de hecho podrían sintetizarse en aquella máxima atribuida escrita en en el pronaos del templo de Apolo en Delfos: «Conócete a ti mismo»; pero también tiene un pequeño añadido del Sapere aude («Atrévete a usar tu razón») de Horacio. Y, al igual que el domingo anterior digo que no por obvias, estas palabras son menos necesarias, ya que su puesta en práctica no siempre es algo que se encuentre como bien común y puesta en práctica general. Así que aquí quedan y que cada cual haga con ellas lo que crea conveniente. El Evangelio se comparte, pero no se impone.

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Sombras de gris

 

perros 03

 

En la última entrada nombré a alguien habitual de este sitio: Diógenes de Sinope. Como alguno recordará, soy un ferviente admirador y seguidor de las doctrinas de los filósofos cínicos o, como al mismo Diógenes le gusta decir, de los filósofos perros. También recordarán que mi fervor no es menos profundo en lo que se refiere al rechazo que siento por Platón y sus huestes posteriores. En ese sentido, soy un antiplatonista nato y activo.

Pero, como todo en esta vida,  hay matices que uno debe conocer y reconocer para no convertirse en un fanático absolutista, como esos que vemos pulular por todos lados, individuos o grupos que no permiten la menor crítica por más bien fundamentada que ésta sea. Para evitar estos excesos nada mejor que poner en tela de juicio lo que uno cree o piensa o supone y, de ese modo, ir adecuando esos pareceres al nivel que le corresponde. Por ejemplo, volviendo al tema del inicio de esta entrada y para salir de la remanida anécdota de Diógenes y Alejandro Magno, podría citar otra:

Cierto día Platón ve a Diógenes lavando unas verduras para comer y le dice «Si hubieses sido amable con Dionisio no estarías lavando verduras» (Se refiere al tirano Dionisio de Siracusa, no al dios del mismo nombre). A lo que Diógenes responde: «Y tú, si lavaras tus propias verduras no tendrías que ser esclavo de Dionisio».

Muy bonito. Punto para Diógenes, pero… hay otra anécdota que me parece aún mejor y que no deja al filósofo cínico muy bien parado. Se dice que cierto día Platón (también estaba invitado Dionisio, dicho sea de paso) invita a Diógenes a su casa y que éste, al pisar las ricas alfombras de la casa, dijo «Piso la vanidad de Platón»; a lo que éste respondió: «Sí, Diógenes, pero con otra vanidad…». Notable respuesta que no sólo puso a Diógenes en su lugar, sino que nos alerta a todos los que lo admiramos que hay, siempre, límites a la admiración y a las ideas. Cuando uno lee textos sobre Diógenes encuentra a un hombre de una altura moral inigualable; pero no pocas veces lo vemos caer en una soberbia improducente y, lo que es peor, incoherente. De allí que debamos tomar nota de ello e ir puliendo lo que tomamos de estos grandes hombres. Sin caer en el relativismo de que «todo vale lo mismo» (horrible idea moderna que debe ser evitada a toda costa, sin ir más lejos, valga como ejemplo de un absoluto erróneo) debemos reconocer que no todo Diógenes es digno de ser seguido al pie de la letra y que no todo Platón debe ser descartado o relegado al olvido. Hay que aprender a ver, entre tantos blancos y negros, a las deliciosas sombras de gris.

El cansancio de lo superfluo

 

Alejandro Magno

 

«Es concebible que Alejandro Magno —por todos los éxitos militares de su juventud, por toda la excelencia del ejército que entrenó, por todo el deseo que sintió de cambiar el mundo—, se hubiera detenido en el Helesponto y nunca lo cruzara; pero no por miedo, no por indecisión, no por debilidad de voluntad, sino por sentir las piernas demasiado pesadas».

Franz Kafka

Lo bello de leer a Kafka en fragmentos como el anterior es que nos dice todo con tan pocas palabras que uno siente, primero, que no aprenderá a escribir nunca. Segundo, luego de limpiarse un poco esa desazón primera, ya se adentra en el texto en sí y se deja guiar por las palabras perfectamente acotadas de Kafka y reconoce o, mejor aún, siente, que probablemente tenía toda la razón. Uno siente la futilidad de la obra de Alejandro, el sinsentido de la búsqueda del poder absoluto, lo trivial de querer ser el emperador más grande de la historia. Uno siente, también, que Kafka aquí se hermana con Diógenes y que esas piernas pesadas son el equivalente al «Hazte a un lado, que estás tapándome el sol».

Por cierto, si alguno quiere argumentar que Alejandro quedó en la historia precisamente gracias a su obra; me apresuro a decir que Diógenes también quedó en la historia (y mucho más que Alejandro, si vamos al caso. Hay que ver cuánto se lo cita a cada uno, por ejemplo) y lo hizo sin la necesidad de matar a nadie ni de arrasar territorios a diestra y siniestra. Tan sólo necesitó un par de frases y, sobre todo, mucha coherencia. A cada cual, sus armas.

Todos en capilla VII

 

envidia

 

Queridos hermanos, otro domingo que nos encuentra aquí reunidos ante la palabra del apóstol de los apóstoles. La enseñanza de hoy no por breve será menos certera y digna de llevarla a la práctica. Tampoco, por obvia (dirá alguno) es menos necesaria de ser expuesta en términos claros y sencillos, ya que si bien algo de obvio hay en ellas, no es menos cierto que pocos son quienes las ponen en práctica en la debida medida. Veamos, pues que nos dice el hermano en su Regla número 2:

«Evitar la envidia: numquam felix eris, dum te torquebit felicior «Nunca serás feliz si te atormenta que algún otro es más feliz que tú», Séneca, De ira, III, 30, 3. Cum cogitaveris quot te antecedant, respice quot sequantur «Cuando piensas cuántos se te adelantan, ten en cuenta cuántos te siguen», Séneca, Epistulae ad Lucilium, 15, 10».

«No hay nada más implacable y cruel que la envidia: y sin embargo, ¡nos esforzamos incesante y principalmente en suscitar envidia!».

Como dije más arriba, suena obvio; pero no lo es tanto si tomamos nota de cuántas veces nos asalta este sentimiento pernicioso y vano. Y no olvidemos prestar atención a la última sentencia del apóstol: no sólo no debemos sentir envidia sino tampoco debemos intentar provocarla en el otro. La paz se consigue trabajando en uno mismo pero, al mismo tiempo, debemos trabajar en el bien común, general, empático en toda su amplio sentido y alcance.

Vayamos en paz, entonces, y disfruten este domingo donde el sol ha salido para todos con igual fuerza e intención, sin fijarse en nuestras menudas diferencias.

Autorretrato del olvido

 

William Utermohlen 01

William Utermohlen (1933- 2007).

 

El 22 del mes pasado publiqué una entrada donde hablé de lo que me hizo sentir un video musical y de las reflexiones que provocó en mí a partir de sus imágenes. Cuando L. lo vió pensó que mis comentarios tuvieron como germen esa dolorosa enfermedad que es el Alzheimer, cosa que yo no había tenido en cuenta en absoluto pero que, sin duda, bien puede ser considerado en este caso (eso fue lo que ella vio en el video y aquí sí puede permitirse aquello de que (casi) toda interpretación es válida). El video cobra, entonces, otra faceta no menos precisa y, por supuesto, no menos penosa.

Mientras charlábamos de lo que cada uno habíamos visto en esas imágenes recordé el caso de un pintor que había iniciado una serie de autorretratos al enterarse de que había sido diagnosticado con Alzheimer. Se trata de William Utermohlen y hablaré muy poco de él aquí (pueden leer un excelente artículo aquí, en inglés), ya que mi intención es seguir ahondando en lo que esas imágenes provocaron en mí. Sí compartiré una serie de imágenes de la obra de Utermohlen porque ello será la síntesis perfecta de lo que significa este tema tan profundamente angustiante: el olvido, ya sea éste producto de una enfermedad o de la inevitable muerte. Sea como fuere, no hay nada que hacer más que enfrentarse a ellos con todas las armas que disponemos y, de ser posible, mejorar su estado, su alcance y su poder. Hay muchas cosas que no pueden evitarse en nuestra vida, pero la angustia es algo que podemos mantener a raya si trabajamos en ello.

 

William Utermohlen, síntesis

William Utermohlen – Síntesis de sus autorretratos

 

De todas las palabras e ideas que cruzamos con L. veo que lo que más me llama la atención son las dos imágenes finales de ambas series, tanto la del video como la de la serie de autorretratos tienen muchísimo en común: una pérdida del sentido de detalle, una vuelta a la sencillez de las formas, un retorno, tal vez, a lo más básico de nosotros mismos. La síntesis de las formas como síntesis del olvido.

 

Una galería de imágenes de los autorretratos de William Utermohlen. Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

 

Todos en capilla VI

 

Ataraxia

 

Queridos hermanos, estamos aquí reunidos para dar vida a las palabras que los apóstoles nos han legado a través del tiempo y de las latitudes todas. Para dar vida a las palabras, dije y me repito para recordar que éstas son algo más que un mero compendio de términos bonitos o bienintencionados. Así que abrimos nuestros libros y leemos la Regla número 1:

«Todos hemos nacido en Arcadia, es decir, entramos en el mundo llenos de aspiraciones a la felicidad y al goce y conservamos la insensata esperanza de realizarlas, hasta que el destino nos atrapa rudamente y nos muestra que nada es nuestro, sino que todo es suyo, puesto que no sólo tiene un derecho indiscutible sobre todas nuestras posesiones, sino además sobre los brazos y las piernas, los ojos y las orejas, hasta sobre la nariz en medio de la cara. Luego viene la experiencia y nos enseña que la felicidad y el goce son puras quimeras que nos muestran una ilusión en las lejanías, mientras que el sufrimiento y el dolor son reales, que se manifiestan a sí mismos inmediatamente sin necesitar la ilusión y la esperanza. Si esta enseñanza trae frutos, entonces cesamos de buscar felicidad y goce y sólo procuramos escapar en lo posible al dolor y al sufrimiento. Reconocemos que lo mejor que se puede encontrar en el mundo es un presente indoloro, tranquilo y soportable: si lo alcanzamos, sabemos apreciarlo y nos guardamos mucho de estropearlo con un anhelo incesante de alegrías imaginarias o con angustiadas preocupaciones cara a un futuro siempre incierto que, por mucho que luchemos, no deja de estar en manos del destino. Acerca de ello: ¿por qué habría de ser necio procurar en todo momento que se disfrute en lo posible del presente como lo único seguro, puesto que toda la vida no es más que un trozo algo más largo del presente y como tal totalmente pasajera?».

Ya lo dijo el apóstol; la vida es ahora. En este instante y nada más que en este instante. ¿Qué haremos con él, con ella, con esto? No desear en exceso, no permitir que las posesiones nos posean, no permitirnos no ser, en suma.

Vayamos en paz y que la paz venga a nosotros. Nos vemos el próximo domingo.

 


Aprovechando que el año tiene cincuenta y dos semanas, iré compartiendo las cincuenta reglas de un librito que tengo por ahí. Al final señalaré quién es el autor y demás. Digamos que abro aquí un proyecto que jugará con la filosofía, la literatura, y la realidad, todo matizado con un leve humor nada original pero que le dará a estas entradas un tono menos acartonado, si me lo permiten.