Por todos

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En el marco de una entrevista con Larry King, y ante la clásica cuestión de la muerte o del miedo a la muerte, Neil deGrasse Tyson respondió con la precisión y la lucidez que lo caracterizan: “La forma en que yo lo veo es así: Es el conocimiento de que voy a morir lo que le da sentido al estar vivo. La urgencia del logro. La necesidad de expresar amor ahora, no más tarde. Si viviéramos para siempre ¿para qué levantarse de la cama cada mañana si siempre habrá un mañana? Ese no es el tipo de vida que quiero llevar”. Ante la pregunta de Larry King sobre si no siente miedo a no estar más aquí, la respuesta fue: “Temo vivir una vida donde podría haber logrado algo que no logré. Eso es a lo que temo, no a la degrassetyson-2muerte. ¿Sabes lo que quiero que escriban en mi lápida? Mi hermana tiene las indicaciones para el caso. Lo que quiero que escriban es una cita de Horace Mann, el gran educador: «Ten vergüenza de morir, si no has conseguido un logro para la humanidad».

Creo que quien teme a la muerte lo hace no porque tema a lo desconocido, como habitualmente se piensa. Creo que se teme a la muerte cuando se ha desperdiciado una vida y, de alguna manera más o menos consciente, nos damos cuenta de ello demasiado tarde. Tal vez dejar de mirar nuestro ombligo y ver a los demás como lo que son, parte integral de nuestro ser, sea una buena manera de aprender a morir en paz.

Soñar no cuesta nada

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Pues, no; no cuesta nada y es una fuente inagotable de beneficios si se lo hace correctamente. Soñar como punto de partida para la movilización personal; para dar inicio a un camino, sea éste cual fuere. El siglo XX, como bien sabemos, tuvo de todo: las dos guerras más atroces que el hombre haya visto; revoluciones; bombas atómicas; migraciones masivas; pero también vio el germen de una revolución en las artes; aprendimos a volar y a navegar futuro-3por el espacio; expandimos nuestra comprensión del universo que habitamos (hasta la década del 20 del siglo pasado ni siquiera se conocían otras galaxias); y muchas, demasiadas cosas más que ustedes podrán agregar a cada una de las listas. Si nos fijamos bien, lo que integra la segunda lista fue producto, básicamente, de los sueños. Los hombres de aquella época ansiaban romper los límites humanos, querían volar, moverse más de prisa, mirar más allá de lo que nuestros pobres ojos nos permitían ¡y lo hicieron en ambos sentidos!, de lo infinitamente pequeño como a los incomprensiblemente grande.

Pero hoy la sensación que se tiene es otra. ¿Cuáles son los sueños del hombre actual? ¿Aparecer en una pantalla? ¿Volverse millonario? ¿Acceder a la fama sin importar el medio usado para tal propósito? No veo mucho más por allí. Lesfuturo-2 propongo un pequeño ejercicio: busquen una revista de los años cincuenta; una revista, si es posible, de temas o de información general. Estoy seguro de que verán en ella algún artículo titulado “El mundo del mañana”; “Las ciudades del año 2000”; “Los aviones del futuro”; “El hombre en Marte”; etc. Ésas eran las ideas que impulsaban el imaginario social de aquel entonces. ¿Y hoy, dónde están los sueños de futuro; dónde las ansias de avanzar, de sorprender, de crecer o de seguir volando? La verdad es que no los veo por ningún lado; sólo veo personas preocupadas por la imagen y por lo que el otro piense de esa imagen. Lejos que querer pisar la superficie de Marte parece que hoy sólo es necesario una cámara digital.

Relación íntima

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Cuadro y materiales de trabajo de Anabutsa  Itcho

La pintura, en el antiguo Japón, estaba estrechamente relacionada con la caligrafía. No se podía ser un buen pintor si no se era, al mismo tiempo, un buen calígrafo; pero también se consideraba lo contrario; es decir que no se podía ser un buen calígrafo si no se era, al mismo tiempo, un buen pintor. Esto, claro está, es comprensible ante la delicadeza que requería un trazo como un ideograma; el cual debe transmitir, desde su misma imagen, una idea conceptual de lo que designa.

Pero hay un paso más que puede darse: los poetas tenían por costumbre ilustrar sus versos con dibujos, lo cual hace que el poeta sea, a su vez, calígrafo y pintor.

Durante muchos siglos fue costumbre que el poeta y calígrafo escribieran primero una estrofa y luego, en torno a ella, compusieran un cuadro. Las tres disciplinas debían ser, entonces, una única cosa; una única forma de arte. Me pregunto qué pasaría por la mente de uno de estos artistas; cómo verían su entorno y cómo lo sentirían dentro de sí. Una imagen que evoca un verso, un trazo que despierta una imagen, un sonido que se inscribe en el papel como un dibujo y al mismo tiempo como una idea… Se me hace imposible llegar siquiera a acercarme a ese pensar o a ese sentir (como ven ni siquiera sé cómo denominar a esa capacidad).

Ante tanta torpeza expositiva de quien esto escribe, es mejor un ejemplo; en este caso, un haiku de Matsuo Basho ilustrado por él mismo:

Amarillos pétalos de rosa
trueno—
una cascada…

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Narciso Reloaded

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Sátira del suicidio romántico – Leonardo Alenza

En su Sátira del suicidio romántico, Leonardo Alenza pinta con perfecta ironía lo que en otros tiempos se consideraba como algo digno, como el epítome del amor como cosa en sí, como objeto último y como valor absoluto. Sin duda, todos estamos de acuerdo en que esa costumbre es poco menos que ridícula; pero déjenme decirles que en lo personal considero a su contraparte como no menos ridícula y digna de ser pintada, también, con el pincel de la ironía o de la burla. Me refiero a que suicidarse por un amor es tan tonto como no suicidarse por ninguno. Perder la vida por una causa perdida es tan ridículo como no perderla por nada. Incluso creo que la versión moderna es peor; es más cínica y vacía; es más perniciosa, incluso. Cuando veo a la gente (y muchas veces a los jóvenes) hablar en contra del amor o incluso burlándose de él me parece que están cayendo en un pozo del que es más difícil salir porque sin que ellos lo sepan también es una forma de amor, pero más dañino: el amor a sí mismos y nada más; es decir, el viejo y conocido narcisismo. No querer morir por nadie ni por nada es lo mismo que decir que nadie vale tanto como yo. Entonces, si cambiamos un amor por otro; si cambiamos una no muerte por una vida que se parece a la muerte, no veo dónde está el negocio ni, tampoco, el valor que realmente debemos darle a la vida.

Resurrección

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Dijo Jorge Luis Borges: “¿Qué es un libro en sí mismo? Un libro es un objeto físico en un mundo de objetos físicos. Es un conjunto de símbolos muertos. Y entonces llega el lector adecuado, y las palabras —o, mejor, la poesía que ocultan las palabras, pues las palabras solas son meros símbolos— surgen a la vida, y asistimos a una resurrección del mundo”.

¿Y si expandimos los horizontes borgesianos? ¿Y si todo fuese símbolo, no sólo las palabras? ¿Qué despertaría a ese mundo tan nuestro, tan privado, tan necesario? Pienso en una piel y unos labios y en el nombre que llevan tras de sí; pienso en un abrazo que me espera en el sur; pienso en una voz que no volveré a escuchar pero que me acompañaba desde el pasado lejano; pienso en el contacto con la piel peluda de un ángel en particular (los únicos ángeles que conozco caminan en cuatro patas y los llamamos perros); pienso en un paseo solitario por cualquier lugar; pienso en un cuadro de Renoir que vi en el Museo Soumaya; pienso en los árboles reverdeciendo en la primavera de Mar del Plata.

Cuánta poesía nos rodea, incontenible…

Mil cumbres

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El paisaje desde Mil cumbres, quita el aliento. Montaña tras montaña tras montaña. Allí abajo los valles entre cada cadena y nosotros en la cima de otra montaña que sería vista desde lejos tal vez como una sombra más o menos lejana. La casa donde estábamos tenía una vista de ciento ochenta grados; es decir que veíamos todo el paisaje desde el norte hasta el sur, con el oeste frente a nosotros. Almorzar con esa vista fue algo magnífico y debo reconocer que fui el último en sentarme a la mesa, ya que cuando el dueño de casa, al poco tiempo de llegar, nos invitó a sentarnos, yo agradecí la atención pero me quedé parado donde estaba. Lo único que quería era mirar y mirar y mirar.

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A media tarde dimos un paseo por el bosque, haciendo crujir las hojas secas de pino a nuestro paso. Nos volvimos niños en los columpios que Alfredo tiene colgados de altísimos árboles y visitamos su pequeña casa, en la parte trasera de la misma montaña. Al caer el sol nos preparamos para irnos, pero por suerte no lo hicimos de inmediato, sino que estuvimos por allí casi una hora más. Eso fue suficiente como para poder ver uno de los atardeceres más bellos de los que tenga memoria. Sé que las fotografías que tomé no alcanzan a transmitir lo que tenía frente a mis ojos (en ese sentido, toda belleza es inefable), aun así, tomé varias, al menos para poder recordar a partir de ellas. Luego guardé la cámara y me dispuse a ver, sólo ver en silencio (y eso en la medida de lo posible, ya que parece que la gente no puede permanecer en silencio por demasiado tiempo y las conversaciones se sucedían una a otra, inevitables). A medida que el sol se iba poniendo, las cadenas montañosas se iban tiñendo de una degradé más o menos oscuros según la distancia. Venus apareció hacia el norte, más brillante que nunca (y esto según yo, que suelo verlo desde una ciudad. Venus, allí, siempre brilla de manera notable).

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Cuando ya los últimos tonos de rosa y naranja se perdían definitivamente bajo el horizonte, regresamos.

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Tesoros escondidos III

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En dos oportunidades anteriores hablé sobre las pinturas escondidas en los bordes de libros antiguos. Ahora encontré unas nuevas imágenes y, como estos libros siguen sorprendiéndome como la primera vez, vuelvo a compartir con ustedes estos pequeños hallazgos.

fore-edge-painting-2La pintura oculta en estos libros obedecía a diversos motivos, desde el simple placer de poseer un volumen con características estéticas únicas hasta el mantener ciertas imágenes eróticas lejos de las miradas indiscretas. Sea como fuere, esa costumbre sólo podían permitírsela aquellos que podían pagar semejantes lujos y que así nos han legado maravillosos volúmenes con los cuales embellecer cualquier biblioteca.

Pueden ver un video sobre cómo se realizan estas escenas (y tal vez tengan un buen amigo acuarelista que les haga el favor de hacerles un buen trabajo) aquí. Claro está, ninguna valdrá lo mismo que una que nos haya llegado desde un par de centurias atrás; pero al menos alguno podrá darse algún gusto en particular y así también podrá deslumbrar a sus amigos mostrándoles alguna imagen personal y única.

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Por cierto, hablando de imágenes únicas llamo la atención, en particular, sobre la que cierra esta entrada. Debo decir que de las muchas que he visto —las cuales competían entre sí y cada una de ellas por un motivo particular— la que dejo a continuación sigue pareciéndome la más sorprendente de todas. En el extremo izquierdo del libro se ve a una pareja avanzar unos metros en el paisaje y a un perrito que corre hacia ellos. La pericia técnica para lograr ese detalle me parece que la eleva por sobre todas las demás.

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Aquí dejo, por si alguien quiere echar una mirada a otras imágenes y a parte de su historia, los enlaces a las dos entradas anteriores:

Tesoros escondidos

Tesoros escondidos II