El gimnasio de cada uno

 

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Los ejercicios para escritores a veces son meros juegos lingüísticos y a veces son buenos puntos de partida para comenzar jugando y terminando creando cosas realmente interesantes. Todo depende claro está, de la capacidad creativa de cada uno; hay personas a quienes les cuesta encontrar las ideas adecuadas y a otras, todo lo contrario. Como cuentan de aquella vez que uno de los discípulos de Bach le preguntó: «Padre, ¿cómo se te ocurren tantas melodías?», a lo que Bach respondió: «Querido muchacho, lo que más me cuesta es no pisarlas cuando me levanto por la mañana».

Para unos y para otros, sea como fuere, hacer algunos ejercicios forzados puede ser una buena costumbre (alejándonos de esa idea que nos hace suponer que las ideas aparecerán solas en el momento adecuado). Para quienes no suelen ser muy imaginativos, éste puede ser un buen inicio; para quienes sí lo son, esto puede ser un nuevo camino donde multiplicar esa faceta creativa y alimentarla con cosas que uno ni siquiera sabía que tenía adentro.

En la red, como bien se sabe, si se quiere pueden encontrarse sitios por demás útiles. Language is a Virus es uno de ellos (por cierto, ese nombre es una cita de Borroughs: «El lenguaje es un virus». Alguna vez hablé de esa frase y me gustaría hacerlo nuevamente). Bien, volvamos. En ese sitio cada día se nos pide que hagamos un ejercicio (entre otras cosas que podemos encontrar allí). Como dije antes, forzarnos a cumplirlo aun cuando consideremos que no es “nuestro tema” es un ejercicio excelente. Veamos algunos de ellos:

• Escribe diez sentencias que empiecen con las palabras «No puedo…»

• Describe formas en que tu personaje muestra o no muestra sabiduría.

• Escribe un lamento: un breve himno o canción de lamentación y dolor (generalmente se componían para ser cantados o recitados en un funeral).

• Describe la última vez que te sentiste realmente desesperado.

• Cuenta la historia de tu vida en diez líneas.

• Haz experimentos con la memoria sensorial: registra todas las imágenes sensoriales que permanecen del desayuno; estudia qué sentidos atrapan a esas sensaciones y cuáles se te escapan.

• Escribe un diálogo entre tu personaje favorito de un libro o de una película y tú.

Insisto en que llevar adelante cualquiera de estos ejercicios puede dar frutos muy interesantes. En la mayor parte literarios, pero algunos casos creo que será muy interesante ver los que nuestro Mr. Hyde tiene para decir.

La página Language is a Virus está aquí.

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Y a falta de músculos…

 

The Uncertainty of the Poet 1913 by Giorgio de Chirico 1888-1978

Giorgio de Chirico – La incertidumbre del poeta

Octavio Paz, en el primer ensayo de su El laberinto de la soledad, se pregunta sobre la inseguridad casi genética de los mexicanos. Allí se hace algunas preguntas muy atinadas: «¿Qué somos y cómo realizaremos lo que somos?» y la más importante: «¿No sería mejor crear, obrar sobre una realidad que no se entrega al que la contempla, sino al que es capaz de sumergirse en ella?». Ésa es la pregunta clave que toda persona debería plantearse y, sobre todo, responderse de manera tajante. Hoy en día, en cambio, está de moda la idea contraria: la de sentirse nada ante la realidad que nos rodea o que creamos.

Acabo de ver Jot Down una entrevista a la escritora española Sara Mesa, quien dice: «Por escribir libros mi opinión no está más cualificada ni es mejor que la de alguien que no escribe». Ante casos como este no puedo dejar de preguntarme ¿Para qué escribe, entonces? Si su opinión es tan válida o inválida como la de cualquiera ¿Por qué debería leer sus libros? Este tipo de postura supuestamente humilde parte del error de confundir seguridad con soberbia y de olvidar que si bien lo segundo es reprochable, lo primero no lo es en lo absoluto.

Cuando uno accede al trabajo de un profesional, sea éste cual fuere, no quiere medias tintas, quiere lo mejor. Así se trate de nuestro seleccionado de fútbol, de un médico, de un político o de un artista, uno no quiere a una persona que ya parte desde el mismo inicio sintiéndose mediocre; uno quiere que su equipo gane, que su médico sea excelente, que su político sea capaz y que su escritor le entregue una buena historia. ¿Se imaginan un boxeador que se suba al ring diciendo algo así como «Bueno, yo no soy mucho mejor que cualquiera de ustedes… sólo hago lo que puedo…» ¿Quién apostaría por él? Es por eso que los boxeadores son unos bravucones irredentos: porque tienen que serlo. Luego la realidad dirá si están a la altura de sus palabras o no; y eso mismo es lo que quiero en un escritor (o un artista cualquiera, si vamos al caso). Quiero que ese escritor me dé lo mejor de sí mismo; quiero que ataque a la hoja en blanco con el convencimiento de que escribirá la mejor novela, el mejor poema, el mejor ensayo. Quiero que al tomar su pluma esté convencido de que su trabajo marcará un antes y un después en la historia de la literatura. Después la realidad marcará si merece el bronce o el olvido; eso es algo que él nunca podrá determinar y tampoco debe importarle; sólo debe hacer su trabajo con el convencimiento de que es el mejor en ello. Eso es lo respetable, incluso más que el resultado de su obra.

Por cierto, hablando de poetas y boxeadores, dejo un fragmento de Lectura, de Wislawa Szymborska, quien por algo es la mejor de todas:

Lectura

No ser un púgil, Musa, es como no ser nada.

[…]

No ser un boxeador, ser un poeta,

con una condena a poemas forzados,

y a falta de músculos mostrarle al mundo

—en el mejor de los casos— una lectura escolar en el futuro.

Oh Musa. Oh Pegaso,

ángel equino.

La matemática del soneto

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Collage – Borgeano

Sigo leyendo y deleitándome con Ideas para la imaginación impura, de Jorge Wasenberg. En el capítulo veinticinco, luego de hacer algunos malabares con números y de determinar la clásica cifra de todas las partidas de ajedrez posibles, Wasenberg se adentra en el terreno literario, pero lo hace de la mano de la matemática. El resultado es maravilloso. Por un lado accedemos a un costado poco habitual de la literatura; pero en el mismo acto también accedemos a algo a lo que no estamos acostumbrados: a la belleza de la matemática. Transcribo el párrafo que llamó mi atención:

“Los poetas parecen tenerlo un poco mejor que los ajedrecistas. Un uno seguido de 415 ceros (10415) mide el número de sonetos libres distintos que se pueden llegar a componer, es decir, el número de maneras distintas que existen, en castellano, de ordenar seis palabras del total de las 85 000 de esta lengua en cada uno de los 14 versos. La inmensa mayoría de esos «sonetos» no tienen, claro, el menor sentido. Y de la inmensa minoría que sí tienen sentido, una inmensa mayoría serán malísimos. De modo que sólo una inmensa minoría, aún inmensa, de aquella minoría merece editor. Ahora bien, ni todos los seres humanos que quedan por nacer, metidos todos a genios del soneto con furia creadora de 24 horas al día, son suficientes para escribir una mínima parte del número de poemas geniales posibles, todavía no escritos. Salvados por la enormidad. Quevedo quizá no llegara a saberlo, ni falta que le hacía, pero sus sonetos ya estaban escritos en el mundo de lo realizable pero aún no realizado. Se pueden escribir 10354 918 novelas de 200 páginas a 360 palabras por página”.

Todo está ya escrito, dice Wasenberg; al menos en el mundo de lo realizable. El artista (ya no solo el escritor) sólo busca y desnuda, tal como Miguel Ángel lo hiciera con la piedra frente a él, la obra oculta.

“Crear es una ilusión, aunque sea una ilusión tenaz. Sin embargo, estamos salvados. Crear es descubrir. O digámoslo un poco mejor. Crear es descubrir, desde el mundo real, algo de mérito entre la sideral quincalla del mundo de lo solamente realizable. Duchamp quizá no llegara a caer en la cuenta, o, justamente, quizá sí, pero su idea del ready made era una propuesta sublime. Todo es, en rigor, un ready made. Incluso la idea del ready made”.

A descubrir, entonces, que con ello ya tenemos suficiente.

La literatura como refugio último

 

Leyendo entre los escombros

 

Uno de los debates que parecen ser eternos es el del artista que se recluye en su Torre de marfil o aquel que hunde los pies en el barro de la historia. Lejos yo de ser un artista y, menos aún, alguien a quien esta pregunta se le vaya a hacer por motivo alguno, a veces me encuentro en ese mismo planteo sólo por el entorno del que, para mal o para bien, formo parte. Y veo, ya sin molestia alguna, que poco a poco voy pasando del segundo estado al primero. El segundo estado, propio del ímpetu juvenil, rebelde, inquisidor, activo; sigue pareciéndome el moralmente correcto; pero el primero se me hace cada vez más indispensable para poder descansar del insoportable estado de mediocridad de esta sociedad que nos rodea. Claro, diciendo esto es cuando abrimos la puerta a esa crítica que tilda de superficial a todo aquel que la adopta. Pero nada más lejos de ello, puedo asegurarlo; sólo es que si uno pelea y pelea por alguien y resulta que ese alguien se pone del lado opuesto, del lado del que lo oprime o molesta o roba o viola… Bueno ¿Qué hacer? ¿Vestirse de Quijote por quien no lo agradece ni lo merece? ¿Correr el riesgo del patíbulo por defender a quien a la postre va a afilar el hacha del verdugo? No, nada de eso; los superhérores están bien para los cómics o el cine, nada más.

Y luego sigue el resto, claro. La publicidad, los medios, las redes sociales… Todo es tan vulgar, tan tristemente mediocre, tan pequeño en su intención, tan simple en su contextura, tan molesto en su ejecución, que lo único que puede hacerse por la propia salud mental es encerrarse en el último refugio que nos queda: la literatura. ¿Alguien quiere saber qué es lo que está ocurriendo en la sociedad? Que lea libros. ¿Alguien quiere entender de qué está hecho y de qué están hechos los demás? Que lea libros. ¿Alguien quiere acceder a la belleza y, al mismo tiempo, entender lo que sucede aquí y ahora? Que lea libros. La literatura es el refugio último contra la mediocridad imperante. Los libros no mienten, sin importar si su contenido es filosófico, poético, científico, novelístico. Ellos contienen en sí mismos el antídoto contra sí mismos. Leer un libro malo nos enseña a no leer libros malos y es así como ellos mismo nos inoculan sobre el bien y el mal y es así como también nos señalan quiénes son dignos de nuestra lucha y quiénes no. Y mientras éstos últimos sean mayoría, pues no quedará otra opción que tomar nuestros libros y adentrarnos en nuestra pequeña torre que, aunque sea de adobe y paja, lucirá como del mejor y más níveo marfil.

La literatura es arte (recordatorio)

James Joyce

Estoy leyendo otra vez el Ulises, de James Joyce. Lo hago porque es una de esas novelas inabarcables, de las que cada vez que nos adentramos en ellas encontramos algo nuevo o, incluso, diferente; como si la primera vez que la hubiésemos leído nos hubiésemos dormido a los largo de varias páginas.

Joyce y su Ulises pertenecen a esos escritores y a esos libros que requerían del lector un estado de alerta y de dedicación que, en líneas generales, hoy se ha perdido. En estos tiempos donde los libros —aun aquellos que reciben y merecen buenas críticas— son escritos bajo la premisa de la escritura fácil (no hay que olvidar la enorme cantidad de talleres y libros dedicados al tema: desde “Cómo escribir un best-seller” hasta los consejos para “atrapar” al lector y no dejarlo escapar), hay autores que nos obligan a una lectura dedicada, atenta y concentrada. Joyce, Faulkner, Carpentier, Marías, Lezama Lima, Saramago son algunos de ellos, los cuales ya no integran las listas de los más leídos, aunque no estaría mal que lo fueran.

Ulises página 01

La lectura de estos autores conlleva una diferente actitud ante sus textos; cada uno de ellos imprime, mediante el estilo u otra forma técnica una variante en la escritura que implica, a su vez, una variante determinada en la lectura. El estilo de Joyce es tal vez el más complejo porque trabaja con varias técnicas diferentes y lo hace, a veces, de manera simultánea: neologismos, diferentes voces y estilos, sincronicidad, monólogo interior (de hecho, Joyce fue el creador de esta técnica), etc. Vamos con una (y sólo una) de las dificultades del Ulises; la sincronicidad.

En el capítulo primero, desde la torre donde comienza la novela, se lee:

“Una nube comenzó a cubrir el sol lentamente, completamente, iluminando la bahía en un verde más profundo”.

En el capítulo cuarto, Leopold Bloom nota lo mismo mientras camina a casa desde la tienda de Dlugacz:

“Una nube empezó a cubrir el sol lentamente, completamente. Gris. Lejos”.

Estos dos hechos meteorológicos separados por cincuenta páginas son el mismo suceso; Joyce nos indica, de esta manera, que lo que hacen ambos personajes (Stephen Dedalus y Leopold Bloom) ocurre al mismo tiempo.

 

Cuatro párrafos más adelante la nube ha pasado:

“Rápidamente la cálida luz del sol salía corriendo de la carretera de Berkeley, rápidamente, en sandalias delgadas, a lo largo del sendero iluminado.

Y de vuelta al primer capítulo, en la torre pasa también:

“Stephen, todavía temblando ante el grito de su alma, escuchó el cálido sol que corría, y en el aire detrás de él palabras amistosas”.

(“Por lo tanto, la brisa es aproximadamente del oeste, que es la dirección predominante de los vientos en las Islas Británicas”, observa Ian Gunn en El Dublín de James Joyce (2004)).

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Otra de las muchas sincronizaciones que contiene el Ulises la encontramos en el quinto capítulo de la segunda parte. Leopold Bloom va caminando por las calles de Dublín cuando alguien le da un folleto religioso en que se habla de la vuelta del profeta Elías (“Elías viene”). Ese folleto nos seguirá a lo largo de tres capítulos y hay que estar atento a él, ya que su presencia será absolutamente casual: «Un esquife, un prospecto arrugado, Elias viene, navegaba por el Liffey, bajo el puente de Loopline, acelerando en los rápidos donde… » o «Elias, esquife, liviano prospecto arrugado, navegaba hacia el este junto a los costados de los barcos… » Estas apariciones de la expresión “Elías viene” se refiere a tres momentos diferentes del mismo folleto que fue arrojado por Bloom al río Liffey y el itinerario que el mismo lleva corriente abajo; de esta manera podremos determinar la hora en la que cada hecho ocurre teniendo en cuenta el viaje del papel arrugado en el agua.

Como dije, la lectura de este tipo de libros conlleva una necesidad de atención profunda y constante, pero es precisamente ése el modo de aprehender lo que es una obra de arte, no la mirada superficial que nada recuerda porque nada registra. Acercarnos cada tanto a las grandes obras de la literatura nos recuerda que las palabras no son sólo un medio de comunicar algo, sino que son, tal vez, el modo primero y más profundo de transmitir belleza, conocimiento y sabiduría, todo en uno y al mismo precio.

Razón de ser.

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Revisando algunas carpetas viejas encontré esta notable foto, la cual recibió el primer lugar en la categoría “Temas contemporáneos”, del certamen de fotoperiodismo World Press Photo del año 2013. No la compartí en su momento pero eso no importa demasiado; lo hago ahora compartiendo las mismas simples notas que tomé en ese momento. El fotógrafo que la tomó fue el estadounidense Micah Albert, quien en un basurero municipal en las afueras de Nairobi, Kenia, encontró a esta mujer que trata de rescatar algo de los restos urbanos y que se abstrae del mundo viendo libros.
Quiero creer que la lectura le permite construirse un mundo alterno, mucho menos injusto y sórdido que el de su día a día. Uno está tentado a decir que si la literatura no sirve para nada más, sólo el hecho de brindarle a ella esa oportunidad, da razón de ser a todos los libros que han sido publicados hasta hoy.