Razón de ser.

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Revisando algunas carpetas viejas encontré esta notable foto, la cual recibió el primer lugar en la categoría “Temas contemporáneos”, del certamen de fotoperiodismo World Press Photo del año 2013. No la compartí en su momento pero eso no importa demasiado; lo hago ahora compartiendo las mismas simples notas que tomé en ese momento. El fotógrafo que la tomó fue el estadounidense Micah Albert, quien en un basurero municipal en las afueras de Nairobi, Kenia, encontró a esta mujer que trata de rescatar algo de los restos urbanos y que se abstrae del mundo viendo libros.
Quiero creer que la lectura le permite construirse un mundo alterno, mucho menos injusto y sórdido que el de su día a día. Uno está tentado a decir que si la literatura no sirve para nada más, sólo el hecho de brindarle a ella esa oportunidad, da razón de ser a todos los libros que han sido publicados hasta hoy.

Curar por la palabra.

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Transcribo algunos fragmentos Crítica y clínica, de Gilles Deleuze: “La literatura sólo empieza cuando nace en nuestro interior otra persona que nos desposee del poder de decir Yo. […] No hay literatura sin fabulación, pero, como acertó a descubrir Bergson, la fabulación, la función fabuladora, no consiste en imaginar ni en proyectar un mí mismo. Más bien alcanza esas visiones, se eleva hasta estos devenires o potencias. […] No se escribe con las propias neurosis. La neurosis, la psicosis no son fragmentos de vida, sino estados en los que se cae cuando el proceso está interrumpido, impedido, cerrado. La enfermedad no es proceso, sino detención del proceso […] Igualmente, el escritor como tal no está enfermo, sino que más bien es médico, médico de sí mismo y del mundo. […] El mundo es el conjunto de síntomas con los que la enfermedad se confunde con el hombre. La literatura se presenta entonces como una iniciativa de salud…”

Hoy en día, tiempos en que las materias humanísticas se encuentran en peligro en varios sitios del planeta (y no solo en lugares del tercer mundo, vale la aclaración), ver a la literatura como sanadora no es algo descabellado ni utópico. Quien alguna vez dijo, literalmente, que fue salvado por los libros, no puede menos que sentirse algo apocalíptico ante este avance de lo más retrógrado del capitalismo utilitarista, aun sabiendo que no toda la estupidez es eterna, aunque el daño que hacen bien puede durar demasiado tiempo. A sanarse diariamente, entonces; a sanarse uno mismo y a quien quiera acompañarnos en este viaje pequeñito pero más que interesante.

El hermano de Rulfo

1375069271Hay minutos en que todo parece escaparse de las manos. El día ha sido como un cheque sin fondos. Hemos caminado de prisa y de pronto nos detiene una duda: ¿dónde vamos? Resulta que no lo sabemos. Una bruma desconsoladora nos envuelve. Creemos que los anuncios luminosos y las lámparas de los arbotantes no han sido encendidos. Suponemos que el mundo es demasiado grande y que no lo habita nadie. Algo así como si todos sus habitantes se hubiesen ido a vivir a otro planeta.

 A principios de noviembre, uno de los grandes amigos que he hecho aquí en México me regaló dos libros. Uno de ellos un poemario de José Pacheco y el otro, el libro de cuentos La muerte tiene permiso, de Edmundo Valadés; autor del que desconocía todo; desde su existencia en adelante, todo. Gerardo Farías, este amigo en cuestión, al que no quiero dejar de nombrar, es licenciado en letras y profesor de literatura e inglés. Desde que nos conocimos hemos cruzado lecturas y nombres varios; pero debo reconocer que me lleva ventaja. Sus recomendaciones siempre fueron mejores que las mías y eso debe ser por la sencilla razón de que sabe mucho más que yo. Cuando me dio los libros me dijo que Edmundo Valadés está considerado como un autor que puede colocarse a la par de Juan Rulfo; pero que su fama era menor y que por eso no suele asociárselo de ese modo tan literalmente con Rulfo. Comencé a leer el libro de inmediato y pude notar dos cosas: que Gerardo no había exagerado ni un ápice y que el libro me iba a quedar pequeño; y así fue, ya que en apenas unos días lo devoré, más que lo leí. La muere tiene permiso es un pequeño volumen compuesto por dieciocho cuentos magníficos. El fragmento que abre esta entrada pertenece al cuento Todos se han ido a otro planeta; y lo elegí porque esa soledad que se nos describe en ese principio es la misma soledad es la que vive dentro de cada uno de los personajes de cada cuento de Valadés. Desde el miserable que pide limosna, hasta el poderoso patrón que decide sobre la vida y la muerte de todos aquellos que viven dentro de sus dominios y que morirá a manos de uno de sus sometidos empleados pasando por el hombre que aún espera la llegada de un hada o el niño adoptado que se escapa de la casa donde vive para ser devuelto a ella poco después. No hay optimismo en estos relatos; no hay romances bonitos ni finales felices; pero uno no puede dejar el libro porque, por sobre todas las cosas, hay una pluma magnífica que nos hace permanecer frente a la página disfrutando como si estuviésemos en un parque de diversiones. Esto no es un detalle menor; lograr que el horror diario (porque lo que nos muestra Valadés en estos cuentos es lo que pasó y sigue pasando en el México profundo) sea, al mismo tiempo, puesto en escena como una magnífica obra literaria, es digno de aplaudir y de recomendar. Cuando me vaya de México me va a costar decidir qué es lo que voy a dejar atrás; pero hoy estoy seguro de que este libro va a viajar conmigo.

Somos animales poéticos

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“Somos animales poéticos; desde la más temprana edad necesitamos del arte y la literatura para habitar el mundo que nos rodea.” “Necesitamos el arte porque no somos solamente variables económicas más o menos ajustadas a un universo productivista. Más que ver en los libros y en la lectura una inversión para futuros más rentables, veámolos como espacios en los que vivir, de tanto en tanto, un presente más vasto, más intenso, donde conciliarnos con el mundo y con los otros.”

Michèle Petit “Las palabras habitables (y las que no lo son)”, conferencia en el marco del Encuentro Internacional ¿Qué leemos? ¿Cómo hablamos?, en la 41ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

Más allá de la idea central de la cita, que es la de brindarle la importancia que la lectura tiene de enriquecedora en sí misma y no sólo como una herramienta productiva, me gustó la idea del “animal poético”. Me gusta como una definición del ser humano en sí, ya que aúna la dualidad que nos constituye. Somos animales sí, pero hay algo que nos eleva por sobre esa mera existencia que de otro modo sería trivial: la poesía, la literatura, el arte en sí mismo. En ese sentido me reconozco en esas palabras y me declaro un total y absoluto animal poético.

Lecturas. Umberto Eco

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“La lectura de las obras literarias nos obliga a un ejercicio de fidelidad y de respeto en el marco de la libertad de interpretación. Hay una peligrosa herejía crítica, típica de nuestros días, según la cual podemos hacer lo que queramos de una obra literaria, leyendo en ella todo lo que nuestros más incontrolables impulsos nos sugieren. No es verdad. Las obras literarias nos invitan a la libertad de interpretación, porque nos proponen un discurso con muchos niveles de lectura y nos ponen ante las ambigüedades del lenguaje y de al vida. Pero, para poder jugar a ese juego, por el cual cada generación lee las obras literarias de manera distinta, hay que estar movidos por un profundo respeto hacia lo que, en otras obras, he denominado la intención del texto.”

Umberto Eco. Sobre literatura (Pgs. 12 y 13)

El regreso. Alberto Manguel

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¿Quién escribe las contraportadas de los libros? Ésa es una pregunta que me he hecho más de una vez. En muchos casos el afán de toda editorial por vender hacer que uno se encuentre con elogios desmesurados para obras que luego no llegan a ser ni la mitad de buenas que lo que nos prometen. En éste caso en particular, lo curioso es que ese texto parece haber sido escrito por alguien que no leyó el libro o que lo hizo muy por encima, hojeando el volumen y leyendo por aquí y por allá algunos fragmentos que lo llevaron a dar una versión muy deslucida de una historia mucho mayor.

Esta breve novela del gran Alberto Manguel (de quien alguna vez transcribí largos pasajes de su maravilla Historia de la lectura) narra la historia de Néstor Fabris, un argentino exiliado en Italia quien regresa al país luego de treinta años de ausencia. Tengo la sensación de hasta aquí es lo único que puedo explicar; ir más adelante implicaría transcribir pasajes y analizarlos en detalle, lo cual sería un absurdo. Lo único que puedo decir es que si no se presta atención a los detalles se corre el riesgo de no comprender absolutamente nada o de considerar lo que se está leyendo como una historia pseudosurrealista o poco más (eso es lo que hizo quien escribió la contraportada, de allí que me permitiera empezar con ése punto en particular). Hay tres o cuatro hechos puntuales —distribuidos de manera sutil— que señalan el carácter preciso de toda la historia; sin ellos, lo dicho: nada parece tener sentido.

Hay aquí referencias políticas, románticas, históricas, sociales, literarias (Néstor Fabris es llevado en un viejo colectivo por el profesor Grossman a un lejano descampado donde éste guiará al visitante en una magnífica referencia a La divina comedia. Fabris será un Dante perdido y confuso y Grossman una mezcla de Virgilio y Caronte) y todo eso en menos de ochenta páginas. Si esto, mis amigos, no es literatura…