Lo que perdura en la oscuridad

 

Me topé con el trabajo de Michael Ackerman como siempre: por casualidad. La intensidad de su trabajo (siempre en blanco y negro) provocó en mí sensaciones más hermanadas con el silencio que con la sorpresa. El uso del grano grueso en la impresión, el sutil fuera de foco buscado adrede y, por supuesto, los temas elegidos (incluso cuando se trata de autorretratos o retratos), me dejaron más pensativo que subyugado por lo que suele ser un arte más cercano a lo teatral la mayor parte de las veces. Hay, por supuesto, muchos análisis de las obras de Ackerman, pero no me adentraré en ellos, sólo dejaré algunas muestras de su trabajo y sus mismas palabras, todo lo cual debería ser más que suficiente para explicar lo inexplicable.

 

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La fotografía que lo explica todo es una fotografía muerta, la que está viva es aquella que cuestiona, que crea preguntas.

No creo que la fotografía sea una forma de alcanzar la inmortalidad. Por supuesto que no. Pero es una forma de guardar, de conservar cosas, de aferrarme a lo que me importa. Es una forma de preservación. 

 

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Cuando estoy fotografiando me siento muy conectado con lo que fotografío, y eso me hace sentirme más vivo en ese momento. Es un sentimiento persistente. Vivir es algo diferente al mero hecho de existir; tal vez sea la pasión, el amor, creer realmente en algo que sabes que es verdad. También tiene que ver con poder aprender, evolucionar. Con no estar estancado.

Tampoco creo que la fotografía sustituya a la memoria, como tampoco lo hace la escritura. Las fotografías son transformaciones de la memoria, de la experiencia. Así que no creo que fotografiar a alguien te permita recordarlo mejor.

 

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Lo cierto es que tengo una relación conflictiva con el tiempo, no me siento nada cómodo con él. Estoy tan obsesionado con el paso del tiempo que eso puede llegar a ser paralizante. Pienso demasiado en ello y hago muy poco al respecto. Pierdo mucho tiempo pensando en ello.

Los lugares y las personas que fotografío tienen algo en común; que son misteriosos. También son impredecibles, vulnerables, generosos y necesariamente imperfectos.

 

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Muchas veces me pasa que veo a alguien y esa persona me intriga, siento el deseo de fotografiarla, pero no sé cómo, no sé cómo hacer que su cara sea más interesante. No se trata de hacer solo un retrato. Se necesita tiempo, persistencia, convicción y suerte para ir más allá de la superficie. Necesito que la gente que fotografío me ofrezca una forma de entrar. Por eso digo que son generosos y valientes. Y también yo necesito ser valiente para aceptar lo que me ofrecen. Y lo cierto es que a menudo no lo soy.

 

Una galería con otras imágenes de Michael Ackerman. Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas. Para ver imágenes de su libro Half Life, pueden visitar su sitio oficial, aquí.

 

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La escalera de la cultura

 

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Esta escalera cerca de la biblioteca de la Universidad de Balamand en el Líbano está pintada para parecerse a una pila de textos clásicos:

La epopeya de Gilgamesh
La república, de Platón
Diwān Abū al-Tayyib al-Mutanbbī
Risālat al-ghufrān / Abī al-Alā al-Ma’arrī
La Divina Comedia, de Dante Alighieri.
Muqaddimah-i ibn Khaldūn
El príncipe y los discursos, de Niccolò Maquiavelo
Discurso del método, de René Descartes
La Crítica de la razón pura, de Immanuel Kant
Fausto, de Goethe
El origen de las especies, de Charles Darwin
Los hermanos Karamazov, de Fiodor Dostoievski
Así habló Zarathustra, de Friedrich Nietzsche
El significado de la relatividad, de Albert Einstein
El profeta, de Khalil Gibran
al-Ayyām / Tāhā Husayn
Un estudio de la historia, de Arnold Toynbee
Cosmos, de Carl Sagan
Una breve historia del tiempo, de Stephen Hawking
Les Désorientés, de Amin Maalouf
El camino por delante, de Bill Gates

Esto los pone (casi) en orden cronológico.

De la incongruencia y sus límites

 

De los muchos defectos que tenemos los seres humanos, uno de los más graves —considerando que es uno de los evitables, es decir, uno que puede ser subsanado mediante cierto trabajo consciente—, es el de la incoherencia (por otra parte, si bien es cierto que todos los seres humanos somos entes ambiguos y que cierto nivel de comportamiento paradójico puede sernos tolerado, hay grados en este punto, así que aferrarnos a él para justificarnos no siempre es algo válido). Veamos un ejemplo de esto a partir de una foto que acabo de ver:

 

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La imagen nos muestra la plaza de toros de la Ciudad de México y, en primer plano, a dos felices y elegantes damas. De manera indirecta conozco a estas señoras pero nada diré de ellas, ya que el motivo de esta entrada no es la burla ni el escarnio personal, sino la crítica general a una postura ideológica, la cual es la de declararse amante de los animales y, al mismo tiempo, ser un ferviente admirador de las corridas de toros.

lo dije antes: podemos tolerar cierto nivel de ambigüedad, pero para todo hay límites. También dije que mediante cierto trabajo consciente —es decir, de la voluntad— podemos subsanar nuestros niveles de incoherencia; y esto se logra simplemente pensando y considerando si nuestras ideas so compatibles las unas con las otras y, si esto no es así, debemos desechar a una de ellas (o a veces a ambas). Claro, he aquí la dificultad: debemos cambiar nuestra forma de pensar ¡Vaya horror, con lo apegados que nos encontramos a nuestros prejuicios! (Ya lo dijo Descartes: No hay nada mejor distribuido que el sentido común: todo el mundo cree tener el suficiente).

Por si alguien no notó el detalle, aclaro que, básicamente, no estoy hablando de las corridas de toros en sí (su crítica es tan banal y recurrente que ya nada puede decirse acerca de ellas sin caer en lugares comunes); sino de lo que se ve en el fondo de la imagen; en esa silueta de la virgen María trazada en la arena donde serán torturados y sacrificados algunos animales a manos de otros animales de otra especie. Allí es donde tenemos la mayor cantidad de tela para cortar. Es allí donde veo los mayores niveles de incoherencia. La suma es lo que me interesa: una sonrisa bonita, una virgen amorosa, una matanza en ciernes, el amor divino, una foto orgullosa…

Fantasmas

 

«Fotografiar es colocar la cabeza, el ojo y el corazón en un mismo eje», dijo alguna vez Henri Cartier-Bresson; y eso es lo que sentí al encontrarme con esta serie de fotografías creadas por Jo Hedwig Teeuwisse, consultora de historia nacida en Holanda.

 

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Esta colección de imágenes nos muestra, en una superposición sutil, cómo sería si los fantasmas de la Segunda Guerra Mundial volvieran a nuestras calles. Las fotografías superponen escenas modernas de Francia con fotografías tomadas en el mismo lugar durante la guerra. Jo Teeuwisse comenzó el proyecto después de encontrar 300 negativos viejos en un mercado de pulgas en su ciudad natal; los cuales mostraban lugares muy familiares para ella, pero en un contexto muy diferente.

Ella investigó el trasfondo de cada uno de los hallazgos más interesantes y creó una hermosa serie de imágenes superponiendo las viejas imágenes sobre las nuevas. Luego de ese primer trabajo, encontró una serie de fotografías de soldados en guerra en Francia y en toda Europa y ha creado nuevos conjuntos de diseños evocadores y emocionales. Teeuwisse cree que hacer que las escenas de guerra sean familiares al vincularlas a un lugar que reconozcamos aumenta su impacto porque, tal como dijo alguna vez: «No es lo mismo saber qué es lo que ocurrió allí, que conocer el lugar exacto sumado a detalles particulares. Eso lo grabará en tu memoria visual».

También creo que la serie es notable desde muchos puntos de vista porque, como señaló ese otro fotógrafo notable que fue Dando Moriyama: «Una sola fotografía puede contener múltiples imágenes»; y eso es lo que conforma el trabajo de Teeuwisse.

 

Galería de fotos de Jo Teeuwisse. Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

 

El poder de la tijera

 

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Un problema clásico en la filosofía es el del conocimiento y sus alcances o sus límites (epistemología). En la práctica podemos dejar de lado esos asuntos, ya que todos sabemos que esa mesa que tenemos adelante es una mesa y no hace falta adentrarnos en temas que son sólo aptos para ámbitos académicos. Pero las cosas se complican siempre y la verdad es que cada día cuesta más y más saber en qué podemos creer y en qué no, aún en aspectos prácticos. La duda sobre lo que nuestros sentidos nos ofrecen se va haciendo cada vez más tenue en la medida en que los medios de comunicación se perfeccionan. Roland Barthes escribió alguna vez: «Toda fotografía es un certificado de presencia. Este certificado es el nuevo gen que su invención ha introducido en la familia de las imágenes. [ …] Quizá tengamos una resistencia invencible a creer en el pasado, en la Historia, como no sea en forma de mito. La Fotografía, por vez primera, hace cesar tal resistencia: el pasado es desde entonces tan seguro como el presente».

La fotografía vino a poner un poco de orden en el mundo y hubo un momento en que pasó a ser tan importante que si algo no estaba fotografiado podía llegar a considerarse como que no había ocurrido. Pero luego llegó la perfección a la técnica y, como bien dijo Peter Burke en su Visto y no visto «La fotografía no miente, pero hay fotógrafos mentirosos». Somos nosotros, como siempre, los que estamos detrás de todo lo que sucede.

La foto que ilustra esta entrada sintetiza la idea. Una foto, la central, puede ser modificada con sólo un pequeño corte para mostrar dos realidades diferentes. La que continúa es más compleja en su ejecución, pero la base es la misma. Pertenece al fotoperiodista Brian Walski y este montaje le costó su trabajo en Los Angeles Times. Pero como siempre digo en estos casos ¿Cuántos otros casos pasarán desapercibidos o serán ocultos tras la trama del poder?

 

Brian Walski

 

Ahora, claro, volvemos a la pregunta inicial: ¿En qué o en quién podemos creer?

El movimiento se demuestra andando

 

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Un cuadro que siempre ha llamado mi atención es el Desnudo bajando la escalera, de Marcel Duchamp. Ya el título nos ayuda a comprender que esas formas abstractas son en realidad las diferentes poses de momentos sucesivos de una persona al bajar por una escalera. En general, cuando uno vuelve a una pintura en particular una y otra vez lo hace por alguna razón en especial, es decir, por algo que va más allá del mero placer estético (éste, al igual que sucede con el humor, va apagándose a medida que pasa el tiempo, del mismo modo en que ya no nos reímos cuando nos cuentan una y otra vez el mismo chiste).

En mi caso, el Desnudo bajando la escalera me resulta fascinante porque a veces veo a la figura moverse mientras que otras veces sólo veo a la figura y otras veces sólo veo las líneas rectas y el color que las circunda. No sé si se deberá al cansancio o a la lucidez de cada momento; pero sea como fuere, ese cuadro de Duchamp es, para mí, tres o cuatro cuadros diferentes, según sea el momento en que me lo encuentre.

Ahora, tal vez, me veré obligado a sumar una o dos formas más de verlo, lo cual, lejos de agobiarme, es una idea que me agrada muchísimo. Y es que leyendo La cuarta dimensión en el arte del siglo XX, de Javier Ibáñez, me encuentro con que Duchamp se inspiró en los conocidos trabajos del fotógrafo Eadweard Muybridge; sobre todo en su serie Mujer bajando una escalera:

 

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Claro, ahora todo resulta obvio ¿No? Pero es lo mismo de siempre; como nos sucedía en la escuela cuando no podíamos resolver un problema y la maestra, al fin, nos daba la respuesta ¡Por supuesto que así era! Todo estaba ante nuestros ojos, de una u otra manera.

Como dije, creo que a partir de ahora el Desnudo bajando la escalera de Duchamp ya no sólo se moverá (cuando le dé la gana, claro) sino que también será una serie de fotos fijas o de líneas o de lo que se le antoje. Sea lo quiera ser, estoy seguro de que lo voy a disfrutar muchísimo.

Nota: buscando las imágenes que necesitaba para ilustrar esta entrada, me encuentro con este montaje (de quien desconozco la autoría) pero que ilustra a la perfección la unión entre ambos artistas:

 

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La piel de las cosas (Invitación)

 

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No sé de dónde saqué ese verso; no puedo recordar si es mío o de otro, pero lo recuerdo así: “La luz es la piel de las cosas” y, sea mío o de otro, como me gustó, me lo quedo. Al menos me lo quedo como nombre de un nuevo sitio al que quiero invitarlos: La piel de las cosas. En esa página iré subiendo algunas de las fotografías que he tomado a lo largo de mis viajes, de las que voy tomando a diario o de las que iré tomando en el futuro.

En un principio subí sólo un par de fotografías para “ver cómo quedaba”; pero luego una amiga de este sitio me aconsejó que le sumara algún pequeño texto y eso hice con un resultado que tal vez sea dispar, pero que me agrada mucho llevar a cabo. Vaya, entonces, mi agradecimiento a María Jesús Beristain los consejos, el apoyo y por haber brindado su tiempo para ayudarme en este nuevo proyecto.

Entonces, quedan invitados a este pequeño muestrario de un placer personal que se llama La piel de las cosas