Cuando llegue la noche

 

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William-Adolphe Bourguereau – Igualdad ante la muerte

 

En estos últimos días he visto algunos artículos que dicen algo así como «Comienza la sexta extinción masiva» o «La ONU advierte que la vida se distinguirán el 2050» (o 2060 según el caso). Es muy probable que esta información sea falsa o exagerada, pero supongamos por un momento que tenga algunos visos de realidad; ¿Qué puede deducirse de ello? De la primera información tenemos que tomar en cuenta un punto importante: si ésta es la sexta extinción masiva quiere decir que antes tuvo otras cinco y, sin embargo, la vida aquí está (de las cinco extinciones anteriores, la peor fue la tercera, la del período Pérmico-triásico, que terminó con el 96% de las especies). La vida es más persistente en la que los seres humanos pensamos y se abrirá paso a través de la sexta extinción masiva. Claro, el punto que es posible que seamos nosotros los que no pasemos esa barrera; y ése es el verdadero temor de algunos. Como bien sabemos el ombligo de los humanos es el verdadero centro del universo y es entonces que muchos se aterrorizan ¿Cómo es que el mundo sobrevivirá sin mí? Ese sin mí no es exagerado; la verdad es que la gente no piensa en la humanidad como concepto ni en sus mejores momentos.

 

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Pues bien, la naturaleza pudo, puede y podrá vivir sin seres humanos (de hecho, lo hizo durante casi toda su existencia); y dentro de poco (más tarde o más temprano tendrá que ocurrir) la humanidad como tal desaparecerá, y será de manera definitiva. ¿Hay que preocuparse por eso? Bueno sí, pero tampoco hay que exagerar con la pérdida. ¿Qué es lo que hay que salvar de la humanidad? Muchos hacen hincapié en la belleza que el hombre ha creado y sacan a relucir la palabra mágica: poesía (y también, en menor grado, sinfonía) y dicen cosas como «¡Pero se perderán todas las poesías y las sinfonías!» o «¡La belleza que el hombre ha creado se perderá en la nada!» y exclamaciones similares. Por una parte tienen un poco de razón quienes así se pronuncian, pero tan sólo un poco. No hay que olvidar que por cada Mozart que ha aparecido han tenido que hacerse presentes varias decenas de millones de seres humanos comunes y corrientes, y por cada Einstein, otro tanto. También hemos creado los elementos complementarios opuestos; es decir, hemos creado a Hitler, Ghengis Khan, Mao Tse Tung, la mayor parte de los presidentes norteamericanos y dos o tres Papas; así que eso de andar contando historia de la humanidad sólo a base de Mozarts y de Szymborkas no es nada justo. Esas son minorías, excepciones, las cerezas del pastel; los demás somos parte de la masa indiferenciada. Por cierto, un punto importante: si la humanidad está a punto de desaparecer, es por sus propios errores; así que eso ya nos demuestra que no somos tan inteligentes como creemos que somos. Así que llegamos a este punto donde la naturaleza está a punto de hacernos caer en el olvido como la plaga que somos y eso es todo. Quién sabe, quizás la próxima vez logre crear una especie realmente inteligente… ¿Se imaginan lo que serán sus poesías y sus sinfonías? Estoy seguro de que eso sí que debería ser preservado.

La relatividad de lo relativo

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Verdad

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Hace un tiempo subí a mi ex cuenta de Facebook la imagen que figura arriba. En aquel momento un muchacho se burló de mí acusándome de relativista, lo cual no era, ni por asomo, cierto; pero de nada valieron mis aclaraciones o explicaciones. Dejé eso de lado porque, como bien se sabe, en Facebook todo el mundo quiere tener razón y nada más (de allí que hable de mi “ex-cuenta”). Ahora me encuentro con esta frase de José Saramago: «En mi opinión, la gran sabiduría reside en ser capaz de relativizarlo todo. No dramatizar nada». Y he ahí la explicación de todo (y ahora lo digo por mí y para mí, que es lo que vale).

En lo filosófico no soy un relativista; no, absolutamente (en este sitio me he peleado ya demasiadas veces con el posmodernismo como para caer en esos mismos errores). En lo científico lo acepto como parte integral de unas disciplinas (la física, por ejemplo) pero lo niego en otras (la matemática); mientras que me parece que es una herramienta útil en los metodológico (ésa fue mi intención primera al publicar el cartel anterior: es cierto lo que se dice en ambos casos mientras se estudia el tema. Es decir que vale como un «mientras tanto» y nada más que eso). En lo social, en cambio, le doy tan poca importancia a las cosas que a veces me conduzco como si fuera un relativista. ¡Y es que uno no va a andar peleándose con cada persona que se encuentra por la calle y que sostiene una tontería como si fuera la verdad absoluta! No, en esos casos uno se hace a un lado y sigue su camino tratando de desentenderse de todo ello. No soy relativista, pero a veces se gana en tranquilidad actuando como si se lo fuera…

El poder de la bicicleta

 

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En un artículo de 1973 de Scientific American sobre tecnología de bicicletas, el profesor de ingeniería de Oxford, S.S. Wilson mostró que un hombre en bicicleta mejora su índice de eficiencia a No. 1 entre las criaturas y máquinas en movimiento: «Cuando se compara la energía consumida al moverse una cierta distancia en función del peso corporal para una variedad de animales y máquinas, se encuentra que un hombre que camina sin ayuda tiene un buen rendimiento (consume aproximadamente 0,75 calorías por gramo por kilómetro), pero no es tan eficiente como un caballo, un salmón o un jet. Sin embargo, con la ayuda de una bicicleta, el consumo de energía del hombre para una distancia determinada se reduce a aproximadamente una quinta parte (aproximadamente 0,15 calorías por gramo por kilómetro)».

 

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Cuadro comparativo de la relación costo/beneficio de las diferentes formas de  transporte

 

Más tarde, en 1974, el filósofo austríaco Ivan Illich escribió: «El hombre promedio estadounidense dedica más de 1.600 horas al año a su automóvil. El hombre se sienta en él mientras va, viene y mientras permanece parado. Lo aparca y lo busca. Gana el dinero necesario para cubrir los gastos y para cumplir con las cuotas mensuales. Trabaja para pagar gasolina, peajes, seguros, impuestos y boletos. Pasa cuatro de sus dieciséis horas de vigilia en la carretera o reuniendo sus recursos para ello. Y esta cifra no tiene en cuenta el tiempo consumido por otras actividades dictadas por el transporte: el tiempo que se pasa en hospitales, tribunales de tránsito y garajes; el tiempo dedicado a ver comerciales de automóviles o asistir a reuniones de educación del consumidor para mejorar la calidad de la próxima compra. El hombre promedio estadounidense desperdicia 1.600 horas para obtener 7.500 millas: menos de cinco millas por hora. En los países privados de una industria de transporte, las personas logran hacer lo mismo, caminando a donde quieren ir, y asignan solo del 3 al 8 por ciento del presupuesto de tiempo de su sociedad para el tráfico, en lugar del 28 por ciento».

 

Por supuesto, está de más hablar de los otros beneficios que tiene la bicicleta comparados con los del automóvil. Más aun en estos tiempos donde no sólo debemos pensar en el bien personal, sino en el general y, sobre todo, en el bien global. La vieja y confiable bicicleta parece ser una verdadera fuente de soluciones para muchos de nuestros problemas.

¿Insulto o descripción?

 

Hace un par de días nos reunimos varios amigos para cenar y charlar un rato. La noche fue larga, así que los temas de conversación fueron muchos y variados, como suele suceder cuando uno se encuentra cómodo, entre amigos con las mismas inclinaciones y con similares intereses. Claro, no todo puede ser perfecto en el sentido de que no hubiera diferencias; al contrario, muchos creemos que esas diferencias son lo mejor que puede pasar en una reunión como esa. Por ejemplo, en un momento, José Agustín y yo usamos con vehemencia la expresión «la masa es estúpida»; no tanto como afirmación de estupidez palpable en cada uno de los individuos; es decir, no con la intención de insultar a nadie en particular, sino como un énfasis de lo que queríamos decir; pero saltó el posmoderno de siempre, el que se siente molesto cuando escucha ciertas palabras, y tuvimos que ceder un poco y llamar a la masa como «infantilizada». Con eso esta persona quedó más conforme (aunque no menos incómoda, pero no cedimos en ese punto) y seguimos con el debate.

 

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Todo esto viene a colación porque hace un par de semanas me enteré que la Flat Earth Society (La sociedad de la Tierra plana) planea hacer un viaje en barco hasta la supuesta barrera de hielo que rodea a la moneda que es nuestro planeta. En ese momento pensé en subir algo aquí, pero luego me pareció una idea tan estúpida que, un poco por vergüenza ajena, opté por dejarla de lado. Pero como siempre, la realidad nos llama la atención a cada momento y ahora acabo de enterarme que los pasados 2 y 3 de este mes, se llevó a cabo en la ciudad de Colón, en la Provincia de Buenos Aires, Argentina; el primer congreso terraplanista (organizado, tengo entendido, por la misma Flat Earth Society. Por cierto, no deja de saberme deliciosa la ironía de que el congreso se lleve a cabo en la ciudad llamada Colón).

 

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Bien, no puedo evitarlo. Creo que aquí tengo la prueba empírica de que tengo el derecho a llamar idiota a cierta parte de la población, a pesar de que a alguno pueda resultarle molesto o poco educado o lo que sea. Ser partidario de la idea de la tierra plana es tan ridículo que no pienso perder el el tiempo demostrando el error de esta postura. Donde sí quiero hacer hincapié es que sólo hace falta averiguar un poquito; tomar un curso breve de astronomía (con un curso para principiantes alcanza) y tener ganas de aprender y, sobre todo, de querer saber de forma honesta y adulta. Entonces, estoy convencido de que negarse de manera sistemática al conocimiento es una prueba de idiotez. A eso apunto. Las pruebas están allí, a la vista de todos; pero esta gente (y otros similares que fundamentan sus pareceres en la creencia; más allá de la disciplina a la que adhieran, ya que no sólo los terraplanistas creen en tonterías) se niega a verlas como niños caprichosos.

Sé que cada cual puede creer en lo que quiera y demás; pero eso no significa que el resto del mundo deba seguir esa idea ni, mucho, muchísimo menos, tenerlas siquiera en cuenta o respetarlas.  Y a veces, llamar idiota al que se lo merece no es un insulto, sino una mera descripción.

¿Dónde está Calvin?

El siguiente texto lo tomé del Chemistry World Blog y, si bien no es más que una tontería curiosa, me gustó porque nos muestra ese aspecto poco conocido de esos hombres que son los científicos (de hecho, no puedo menos que imaginar las escenas que siguen como un fragmento de un capítulo de The Big Bang Theory):

Melvin Calvin fue un químico reconocido por sus trabajos complejos para evaluar el impacto de todo, desde la luz, el pH, el dióxido de carbono y el oxígeno en la fotosíntesis. Se hizo acreedor por ello al Premio Nobel en el año 1961. También era conocido por su poco sentido del humor. Parece que lo estricto era su forma de conducta general; tanto en su trabajo como en su vida privada.

Según John Kilcoyne, era un hombre serio con poca paciencia para bromas. Esto contrastaba con su estudiante graduado A. T. Wilson; un hombre con mucho de lo que los sajones llaman bromista práctico. Wilson hizo una apuesta con el secretario del departamento de que podía colar la imagen de un hombre pescando en uno de los reactores en el diagrama sin que su supervisor se diera cuenta. Wilson ganó su apuesta y el pescador todavía está en el diagrama. Calvin nunca se enteró. Aquí les dejo el diagrama en cuestión, por si quieren descubrir dónde está el pescador en cuestión (Para ver el diagrama en mayor tamaño, pueden ir aquí:

 

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Dicho esto (y mientras hago tiempo para que la respuesta quede un poco más abajo) y dejando las gracias un poco a un lado, hay que decir que el malhumorado Malvin Calvin es un hombre digno de estar al lado de algunos de los otros gigantes de las ciencias químicas. La mayoría de los científicos asociarán instantáneamente a Calvin con el famoso ciclo bioquímico, nombrado en su honor, que él elucidó. En la década de 1950, cuando Calvin llevó a cabo su trabajo, poco se sabía acerca de los detalles de la fotosíntesis y la idea de que el dióxido de carbono era la materia prima para hacer alimentos azucarados de las plantas no fue ampliamente aceptada. Los mecanismos de fotosíntesis que ayudó a resolver todavía nos parecen mágicos hoy en día; Es absolutamente increíble que una planta pueda tomar aire literalmente delgado y convertirlo en compuestos orgánicos que almacenan energía. Pero, de manera interesante, hoy enfrentamos un desafío análogo en la forma de la tarea aparentemente imposible de generar energía limpia a bajo costo. Parece claro que necesitamos más héroes de la química de al menos el mismo calibre que Calvin para abordar este problema. Y lo que con lo arduo del trabajo que inevitablemente tomará, un poco de sentido del humor probablemente ayudaría también.

Por cierto, el pescador se encuentra aquí:

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La mediocridad como opción

 

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Hace poco conseguí y leí Yo, lo superfluo y el error, de Jorge Wagensberg, uno de los libros intelectualmente más estimulantes que he leído en los últimos años. Es difícil encontrar aquí libros del autor español (ya vi que la biblioteca pública local tiene un par de volúmenes, los cuales ya me apresuraré a leer in situ). Más allá de lo que me haya provocado el libro, lo importante son las líneas de pensamiento que maneja el autor barcelonés, por lo que dejaré aquí como presentación para aquellos que no conocen, un enlace a un reportaje que me pareció no menos fascinante que el libro en sí (es una regla casi invariable: quien sabe pensar lo hace igual de bien en un libro de 250 páginas que en un breve reportaje o en una charla casual).

Destaco algunas perlas:

«La mediocridad es creer que se puede sobrevivir sin ideas o con las mismas ideas. La mediocridad es una elección. Uno no nace mediocre, sino que decide serlo. Eres un mediocre cuando las ideas no tienen un valor prioritario para ti.».

«Un país puede soportar un determinado kilo de mediocres por metro cuadrado. Por encima de eso, el país se va a pique».

«Cuando aparece una contradicción es que hay una idea de menos, una idea que hay que buscar. Si caes en contradicción, falta una idea».

«Uno está faltando al valor de la idea cuando uno se expresa en contradicciones. Cuando aparece una contradicción es que hay una idea de menos, una idea que hay que buscar. Si caes en contradicción, falta una idea».

Los libros de Jorge Wagensberg están plagados de ideas como estas y, lo que es mejor aún, están sólidamente justificadas y explicadas tanto en sus razonamientos como en sus alcances. Para mí leer un libro de Wagensberg es como acceder a una biblioteca entera, así de rica es cada una de sus páginas.

El reportaje completo, aquí.

Poesía científica o de cómo la metáfora llegó para salvar a la humanidad

 

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En un reportaje publicado en La Vanguardia, el neurocientífico Daniel Dennet dijo algo que me pareció por demás interesante (lo cual demuestras, además, que no sólo hay que saber qué es lo que se dice, sino que saber decirlo de un modo atractivo es parte integral del acto divulgatorio). el reportaje comienza así:

Daniel Dennet: ¿Qué ve aquí?

Lluís Amiguet: ¿No es la Sagrada Família?

DD: Es el nido de una colonia de termitas australianas. Y, sí, su parecido con la Sagrada Família de Gaudí es impresionante.

LA: ¿Por qué me enseña esa foto?

DD: Porque tanto el nido como la catedral son obra de animales.

LA: No sé si la comparación es afortunada.

DD: La diferencia está en que el nido está hecho por hormigas sin propósito o intención: es mero resultado de la evolución genética y sirve a las hormigas para sobrevivir. La catedral, en cambio, es fruto de la cultura de siglos y es una metáfora sobre otra metáfora y otra y otra…

LA: ¿Qué nos enseña esa comparación?

DD: Que las termitas son estúpidas, pero no menos que las neuronas de Gaudí. En cambio, la cultura de Gaudí le hacía un genio.

LA: ¿Qué nos hace inteligentes entonces?

DD: No nuestro cerebro y sus neuronas, sino las herramientas de pensar que hemos ido perfeccionando y transmitiendo con la cultura. Lo que nos hace inteligentes no son los genes, las unidades de transmisión evolutiva, sino los memes, las unidades de transmisión cultural. Son ellas las que nos hacen lo que somos.

Para esta altura de la entrevista hice una pausa y busqué imágenes de los nidos de terminas que pudieran ilustrar(me). Supongo que la imagen que Dennet le mostró a Amiguet sería parecida a esta:

 

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Termino con una idea que me parece esclarecedora:

LA: ¿Sin memes seríamos inteligentes?

DD: Sin herramientas, sólo con nuestras manos desnudas, no podríamos ser carpinteros. Y, del mismo modo, sin memes, sólo con el cerebro desnudo, no podríamos pensar.

LA: ¿Qué herramienta mental prefiere?

DD: La metáfora nos hizo avanzar tanto como la rueda. Y sobre la metáfora construimos otras herramientas complejas, evolucionamos para crear otros memes: la lógica, el silogismo, la computación, el algoritmo…

LA: …Que no sabemos usar sin aprenderlos.

DD: Algunos memes se aprenden, pero la mayoría contaminan tu cerebro, lo infectan. No hay que esforzarse para captarlos. Te contagias de ellos y ya son parte de ti y los transmites.

(Aquí hace falta una aclaración necesaria: cuando se habla de memes en la entrevista, se hace referencia a la propuesta del biólogo evolucionista Richard Dawkins, quien dijo que, del mismo modo que los genes son los encargados de heredarla información física de generación en generación, también había unos «genes» que heredaban información cultural. A estos «genes culturales» los llamó, para evitar futuras confusiones, memes. Luego la cultura popular, basada en esta idea, crearía los memes que todos conocemos en la red; pero eso es otra cosa).

Me voy masticando la idea de que sólo con el cerebro no podemos pensar; que la cultura es fundamental para ello y que la síntesis de ese pensamiento cultural es (o podría ser considerada) la metáfora. Me parece una maravillosa idea, que aúna ciencia con cierta dosis de poesía.

Pueden leer el reportaje completo, aquí.