Ante la ley

 

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William Blake – Newton

 

«Cuando un león come a un hombre, y un hombre come un buey, ¿por qué el buey está más hecho para el hombre que el hombre para el león?» Es una pregunta que se hizo ya en 1656 Thomas Hobbes en Questions Concerning Liberty, Necessity, and Chance. Esa pregunta que coloca en el centro del debate cuál es el lugar que los hombres tenemos dentro de nicho ecológico conocido como Tierra, recién está comenzando a plantearse seriamente ahora, trescientos cincuenta años después de que fuera formulada por el filósofo inglés.

La frase de Hobbes me recordó de manera inmediata a otra de William Blake que ya he citado aquí un par de veces; pero sólo lo hizo de manera tangencial, ya que sólo poseen en común las referencias zoológicas. Dijo Blake en su Proverbios del infierno: «La misma ley para el buey y el león es opresión».

En sentido estricto, son diametralmente opuestas. De todos modos, la unión de ambas frases sirve para pensar el tema de la ecología y de nuestro lugar dentro de la comunidad animal. Por un lado tenemos a Hobbes, quien nos recuerda que no somos más que un tipo específico de animal; en muchos casos no mejor ni peor que muchos otros. Blake, en cambio, nos recuerda que si bien estaría de acuerdo con su coterráneo, tampoco debemos exagerar en los asuntos de la igualdad animal. La moral es un imperativo que, cuando se exagera en sus límites, pasa a ser bastante dañina, así que hay que tener mucho cuidado con dónde trazamos el límite.

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Los civilizados del sur

La expedición antártica de Escocia de 1904 hizo una contribución única a la ciencia: «Varios pingüinos emperadores, que eran muy numerosos aquí, fueron capturados.  Para probar el efecto de la música en ellos, Kerr tocó una en sus gaitas. No teníamos a Orfeo que gorjeara dulcemente en un laúd, pero ni las marchas entusiastas, las danzas populares animadas, ni los lamentos melancólicos parecían tener ningún efecto sobre estos aletargados pájaros flemáticos; no hubo emoción, ni rastro de aprecio o desaprobación; sólo somnolencia e indiferencia». (Rudmose Brown y otros, The Voyage of the “Scotia”, 1906).

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Bueno, pero tres años más tarde, la expedición de Ernest Shackleton, había avanzado y llevado a la Antártida, gramófonos: Eso no pareció haber mejorado, pero cada vez estaba más claro que somos nosotros los obtusos. El biólogo de Shackleton, James Murray, escribió: «Llegaron a la fiesta en una extraña y dispersa procesión. Un gran líder parecía guiarlos. A una respetuosa distancia, se detuvieron, y el viejo macho se acercó tambaleándose e hizo una profunda reverencia hasta que su cabeza casi tocó su pecho. Con la cabeza todavía inclinada, pronunció un largo discurso en un murmullo, y habiendo terminado su discurso, mantuvo la cabeza baja durante unos segundos por cortesía; luego, al levantarla, describió con su pico un círculo tan grande como las articulaciones de su cuello lo permitía, y finalmente nos miró a los rostros para ver si entendíamos. Por si no lo habíamos hecho, como era el caso, lo intentó de nuevo. Fue infinitamente paciente con nuestra estupidez, pero sus seguidores no fueron tan pacientes con él y pronto estaban seguros de que estaba haciendo un lío. Enseguida otro pingüino caminó hasta su lado y se puso codo a codo con el primer emperador, como diciendo: «Te mostraré cómo debe hacerse», y volvimos a pasar por todo el asunto».

 

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Murray termina la descripción de su encuentro con los pingüinos con una maravillosa imagen:

“Ellos son las naciones civilizadas de las regiones antárticas, y su civilización, si es mucho más simple que la nuestra, es en algunos aspectos más alta y más digna de ese nombre”.

En Wikipedia hay una buena síntesis de la expedición. Pueden verla aquí.

 

La hermandad animal

 

Martin Wittfooth - Brahman (Sacrifice)

Martin Wittfooth – Brahman (Sacrifice)

 

La historia, esa disciplina que consideramos, en general, como lineal, gradual y ascendente, nos permite acceder en «vivo y en directo» —y eso sólo a veces—, a sus avances o retrocesos. Esos avances o retrocesos en general sólo pueden ser bien vistos a través de la distancia; es decir que hay que tomar cierta lejanía temporal para poder determinar si los cambios fueron beneficiosos o no; pero algunas cosas hemos aprendido en el camino y a veces no es necesario esperar tanto para darnos cuenta de que las cosas cambian para mejor.

Uno de esos cambios sociales he históricos a los que estamos asistiendo en primera fila es el de las consideraciones sobre los animales. Poco a poco éstos van siendo considerados como lo que son, seres sintientes y en algunos casos hasta con ciertas capacidades racionales (el concepto de “racional” es el que está siendo reinterpretado en este aspecto) y al mismo tiempo se está poniendo en tela de juicio el lugar que ocupa el ser humano en el complejo sistema biológico.

 

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Libros como Comer animales, de Jonathan Safran Foer; Los animales son parte de la clase trabajadora, de Jason Hribal; Leche que no has de beber, de David Roman; Todos los animales somos hermanos, de Jorge Riechmann; Malcomidos, de Soledad Barruti; Un animal es una persona, de Franz-Olivier Giesbert; o En la mente de un perro, de Alexandra Horowitz; entre muchos otros, son ejemplos de este cambio de paradigma que implica el considerar a un animal como a algo más que a ese autómata mecánico, tal como lo hicieron Gómez Pereira o Descartes, por ejemplo.

 

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Como todo en esta vida, hay que empezar a pensar en términos lógicos, lo cual parece ser algo bastante difícil para muchos seres humanos. Si bien es moralmente correcto comenzar a pensar en los animales como seres con derechos, no hay que caer en el facilismo de muchos que si los dejamos empezarían a pedir para el mosquito los mismos derechos que para los humanos. El asunto, como siempre, es dónde trazar las líneas adecuadas (aunque ello no deje de ser una señal de nuestras limitaciones culturales históricas; pero como no podemos salir de ello, sigamos adelante).

Por último; una pequeña nota sobre la obra con la que se abre esta entrada. El arte ha sido siempre una forma de comunicación humana; una forma de expresión, sí, pero también de decir ciertas cosas (El siglo XX ha sido tal vez el más caótico en el aspecto artístico pero también lo ha sido en los aspectos sociales; así que de algún modo también el arte está hablando de lo suyo). En este principio de siglo estamos asistiendo a un renacimiento de la pintura figurativa; del relato; es decir, del decir. Brahman (Sacrifice),de Martin Wittfooth fue la obra que me impulsó a escribir esta entrada y lo hizo desde la interpelación; desde la pregunta que ese animal representado me hizo desde el lienzo. Ese mandala en la frente contrapuesta a la etiqueta numerada en la oreja y esas banderillas como una corona roja dicen (dicen) más de nosotros de lo que habitualmente solemos reconocer.

Flores entre los escombros

 

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Esto va a ser breve. No voy a decir nada demasiado profundo ni interesante sobre lo que acaba de suceder en México por la sencilla razón de que excede lo que es posible poner en palabras. Mi afecto por este país que ya siento como mío hace que considere como trivial cualquier consideración sobre este asunto. El dolor es dolor y, como bien dijera Ramón Gómez de la Serna «No hay color para el luto».

Lo único que quisiera hacer, entonces, es destacar algo de lo que he estado hablando desde hace unos días y que también tiene una estrecha relación con la entrada y el poema que les compartí ayer. El valor del otro puesto, esta vez, en evidencia directa por las terribles circunstancias que todos conocemos. Para todos aquellos para quienes la vida es sagrada, entonces, el reconocimiento que se merecen.

 

Los jóvenes.

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De manera inmediata las calles se vieron inundadas, pocos minutos después del terremoto, por una gran cantidad de voluntarios, la mayoría de ellos, como podrán ver en cualquier imagen que les llegue hasta ustedes, fueron jóvenes que no dudaron ni un segundo en hacer lo que estuviese al alcance de sus manos para ayudar a quien lo necesitara. Hoy, un día después, son ellos quienes más trabajan en los centros de acopio de agua, medicinas, alimentos y herramientas. Esos jóvenes que tan criticados son en líneas generales son los primeros que actúan y trabajan a destajo por el bien de todos aquellos que se encuentran bajo los escombros y, algo que no deberían olvidar los adultos que suelen señalarlos con el dedo cada vez que tienen la ocasión, sin pedir nada a cambio.

 

Los topos.

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Los Topos (como se conoce a la Brigada Internacional de Rescate Tlatelolco Azteca A.C), es una agrupación civil que nació en México en 1985, luego del terremoto de aquel año. El trabajo que llevan adelante los integrantes de este grupo es por demás notable. Poniendo su vida en riesgo se adentran por entre los escombros para rescatar personas o para determinar el mejor camino a seguir si es que no pueden hacerlo de manera directa.

Sólo pensar en estar atrapado entre cientos o miles de toneladas de concreto es algo que puede paralizarnos de miedo; ellos, sin embargo, lo hacen adrede con la única intención de ayudar a alguien.

 

Ellos.

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No podían faltar, claro está. Ellos siempre están allí prestos a ayudar y, también, a salvar vidas (y pensar que hay gente que se queja de que los salven a ellos. Pero no, hoy nada de eso; hoy vamos a hablar de los que sí valen algo). Ecko, Frida, Evil (tengo entendido que son los nombres de los tres de la foto), más Titán y algún otro del que se me escapa el nombre, también aportan lo suyo. De los tres primeros, Frida es una veterana rescatistas y ha trabajado en tareas de salvamento en Guatemala, Haití y Ecuador (ella sola llevaba en su cuenta 52 personas encontradas). De Titán no sé mucho, pero leí que lleva encontradas a veinte personas sólo en las últimas veinticuatro horas.

 

 

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Hay gente (hay seres) para quienes el otro es alguien; simplemente alguien, y actúan en consecuencia. Sólo nos queda desear que si alguna vez tenemos la mala fortuna de encontrarnos en un trance como este, alguno de ellos se encuentre cerca; de lo contrario lo que deberíamos hacer es convertirnos en uno de ellos.

 

Binvenidos al (nuevo) circo

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Los recuerdos que tengo de los circos de mi niñez son, en general, bastante tristes. Los circos de aquella época no tan lejana (tampoco exageremos) constaban de una seguidilla de números previsibles —aun para un niño— como los de los payasos, con sus inevitables bofetadas y sus chorros de agua que brotaban del costado de sus ojos; los magos, con su infaltable corte en dos de una agraciada señorita; y algunos malabaristas, quienes arrojaban aros o pinos al aire, a veces con algo de fuego en uno de los extremos intercalados con números varios donde animales hacían algunas gracias como pararse en dos patas (elefantes, por ejemplo) o saltar por un aro en llamas (tigres o perros). No había mucho más por aquel entonces ni nadie que lo exigiera.

Digo todo esto porque hace un par de días me invitaron a una función circense y debo reconocer que recibí una más que grata sorpresa. Al igual que con lo que se hace con las películas animadas hoy en día, es decir, con la excusa de llevar a los niños, fuimos un par de adultos a ver la función y nos sentimos, por momentos, más entretenidos que los mismos pequeños. Y es que esa diferencia que implica la ausencia de animales en los nuevos circos hace que los números humanos (es decir, todos ellos) deban ser llevados a cabo por verdaderos profesionales en cada una de las disciplinas. También, para lograr una mayor coherencia estética, ahora se nos presenta una historia que nuclea a los diferentes actos, lo cual evita una secuencia de números aleatorios que nunca se sucedían con lógica alguna. En este caso se trató de El circo del miedo, lo cual no es más que una especie de Alicia en el país de las maravillas en tono dark; pero esa excusa sirvió para que los artistas siguieran un guión, que los espectadores mantuvieran un mayor interés y también para que los artistas interactuaran con los espectadores.

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Vuelvo al punto central de lo que quiero decir: un circo es un circo, no hay demasiado misterio en ello; pero el hecho de que sólo sean personas las que ahora trabajan en él hace que estas personas deban perfeccionar su arte para que el espectáculo no decaiga nunca. En ese sentido, la prohibición del uso de animales en estas obras es doblemente beneficiosa, por un lado tenemos el aspecto moral, el cual es primordial; y también esta prohibición ha obligado a las personas a poner en práctica su ingenio y a perfeccionar su arte. Quien gana es el espectador y, sobre todo, los niños, quienes en el futuro no tendrán ningún recuerdo pálido de un espectáculo que merecía una mejor factura.

 

Nadie, excepto nosotros

 

Animales“Cuando miramos las cosas, frecuentemente suponemos que cuando dos de ellas se parecen externamente deben ser similares internamente. Sin embargo, el sabio sabe que las apariencias no nos pueden decir cómo es algo por dentro. Algo puede parecerse a un humano y, no obstante, no ser tan inteligente como un humano; y algo puede no parecer humano y, sin embargo, ser tan inteligente como un ser humano.
Nosotros también tendemos a ser atraídos hacia cosas que se nos parecen y distanciarnos de aquellas que no se nos parecen. Cuando vemos algo de aproximadamente un metro setenta que camina sobre dos piernas, lo llamamos ser humano e inmediatamente nos sentimos amistosos con él. Cuando vemos algo que camina sobre cuatro patas, vuela o se arrastra, inmediatamente sentimos que es diferente de nosotros y tenemos miedo. Sin embargo, el sabio sabe que algunos animales son tan inteligentes y cariñosos como los seres humanos, y que algunos seres humanos son tan salvajes como animales. ¿Quién puede juzgar por las apariencias?
Los benefactores de la humanidad –la diosa Nu que nos creó, el sabio Sheng-nung que nos enseñó agricultura, y muchos de los maestros de la humanidad de la Antigüedad– no se aparecen en forma humana. Algunos tienen cuerpo de serpiente, otros tienen cabeza de toro, pero incluso hay otros que tienen alas y garras. Por otra parte, los tiranos que esclavizaron a los pueblos y mataron inocentes son humanos en apariencia. Así pues, ¿cómo podéis juzgar algo simplemente por su apariencia?
Realmente, los animales son muy semejantes a los seres humanos. Saben cómo cuidarse, se aparean, cuidan a sus crías, evitan el peligro y buscan calor y cobijo. Cuando viajan, los fuertes protegen a los jóvenes. Algunos otean el agua, otros encuentran las pistas y algunos vigilan el peligro. ¿No es esto lo que los seres humanos inteligentes hacen?”

Todo esto, que tan bonito y actual suena y que a cualquiera le gustaría firmar con su propio apellido de tan simple y evidente que es, parece sacado de una moderna defensa de los derechos de los animales; pero la verdad es que está tomado del Tratado del vacío perfecto, clásico taoísta escrito entre la dinastía Han y la dinastía Chin (entre el 200 – 400 d.e.c.) por Lie Tse.

Lie Tse

Eso significa que este libro tiene sobre sus espaldas alrededor de 1700 años. Suele sucederme que, al encontrarme con textos como este, de inmediato me pongo a pensar en esa forma de la excusa que solemos usar de manera muy  amplia y acrítica: “Bueno, es que en esos tiempos…” Ya vemos que eso no funciona. Si alguien podía decir esto en aquella época (al menos en oriente, porque en occidente habíamos empezado a revolcarnos en la barbarie con renovado y brutal regocijo) es que la verdad nunca fue tan difícil de ver. Eso también nos indica que nuestra propia brutalidad no se la podemos endilgar a ninguna persona en ninguna época: nuestro tiempo es brutal y nosotros estamos en él sin poder echarle la culpa a nadie, excepto a nosotros mismos.

El mejor título (historia aplicada)

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Hace un tiempo crucé un par de comentarios con Julie Sopetrán con respecto a un par de historias que teníamos en común. Ambos habíamos encontrado a sendos perros en la ruta o en la calle, maltratados, hambrientos, sucios, y los habíamos adoptados. Ambos animales (Wise, el de Julie; Donna, la mía) vivieron luego muchos años a nuestro lado y, más allá de que nosotros, las personas, pongamos en ellos actitudes que nos son propias, Julie y yo podemos asegurar que esos dos perros fueron compañeros sumamente agradecidos.

Ahora me voy para otro lado. En mi adolescencia me sentí fuertemente atraído por la ciencia ficción y creo que, salvo dos o tres autores de “los de siempre”, tuve un par de años en que lo único que leí fueron novelas y cuentos de ciencia ficción. Uno de ellos me llamó la atención por lo curioso de su título (y eso que la CF es una maestra en cuestiones de rareza): ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? El autor era Philip Dick y ha quedado como uno de los pocos que aún sigodick-2 leyendo de ese género.

Voy a sintetizar la novela lo más que pueda: En el futuro los hombres han destruido tanto al medio ambiente que casi extinguieron a todos los animales (aclaración, la novela es de 1969, bastante antes de que se pusieran de moda los temas ecológicos); entonces la moral se demuestra cuidando a los animales que sobrevivieron al holocausto humano; y hasta tal punto esto es importante que se ha creado una empresa que hace animales eléctricos (indistinguibles de los biológicos) así todos pueden pasearse con uno de ellos y demostrar que son seres morales y no unos perversos crueles e inhumanos. Si una persona demuestra poca empatía hacia los animales, es un psicópata o un replicante. ¿Y qué es un replicante? Pues son copias de los humanos que creamos para que trabajaran por nosotros en sitios tan inhóspitos como las lunas de Saturno o de Júpiter. Ahora bien, estos replicantes tienen una dick-1vida de cuatro años, no más; ya que al ser mucho más fuertes e inteligentes que los humanos que los crearon pueden ser un problema. Claro, cada tanto un replicante se escapa de donde esté y vuelve a la Tierra (cosa que tienen prohibida), como lo hacen cuatro en la novela. Y el objetivo de su regreso es que ellos no quieren morir. Eso es todo; no quieren morir y regresan para que les permitan alargar sus vidas. Ahora bien, Rick Deckard es un policía cuya tarea es eliminar a los replicantes que regresan a la Tierra y eso es lo que hace; los elimina uno a uno; pero… ¿es moral hacerlo? ¿Con qué derecho un humano puede matar a un clon humano? Y aquí es donde entra el maravilloso título de la novela: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Si la respuesta es sí, no se debería matarlos, ya que han demostrado tener una alta categoría moral.

Es un título extraño, lo sé; pero me parece maravilloso que el título no sólo sea un mero accesorio del texto, sino que dialogue con él y lo complete. Un androide como yo, que ando por este mundo un poco más de tiempo que un replicante (y me atrevería a incluir a Julie en esta categoría, pero no le pedí permiso y no quiero que se ofenda por llamarla androide, aunque lo haga cariñosamente), siente que también es maravilloso que ese título siga cuestionándome de manera constante, aun cuando los años pasen. Si los androides sueñan con ovejas eléctricas, tú, Borgeano ¿con qué sueñas?

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