La lámpara

 

Diógenes

 Jean-Léon Gérôme – Diogenes in Barrel Surrounded by Dogs

Una de las imágenes clásicas de la filosofía antigua es la de Diógenes recorriendo el mercado en pleno día con su lámpara al grito de «¡Busco un hombre, busco un hombre!»

Ateniéndome a lo obvio, pienso que una lámpara es útil sólo mientras alumbra nuestro camino o como Diógenes, mientras se busca algo; pero luego, saliendo un poco de esa obviedad que es inevitable en un primer momento, también veo que muchas personas han dejado la lámpara en algún punto del camino y que ésta, desde allí, los alumbra, arrojando sombras cada vez más largas a medida que el caminante se aleja. Para algunos ese punto está anclado en el día en que se recibieron, para otros el día en que se casaron, para otros el día en que consiguieron una medalla o un premio, para otros el día en que perdieron algo o a alguien, para otros… Sea como fuere, veo, no sin cierta pena, que todas esas personas determinan sus pasos según esa fuente de luz cada vez más lejana. Así, encuentro personas que siguen pensando lo mismo que hace treinta años, otros que no han vuelto a enamorarse nunca, otros que viven aferrados a una diminuta gloria de antaño, otros que ya no sienten empatía alguna porque ellos alguna vez sufrieron y ese sufrimiento no los abandona.

Andar con la lámpara siempre encendida y sostenerla siempre con el brazo en alto frente a nosotros se me hace indispensable. Pero ese soy yo y eso no me da derecho a decir que eso es lo correcto o que así deben ser las cosas. Yo soy yo y vivo según mis reglas y mis necesidades y los demás tienen derecho a hacer lo que consideren mejor para sí mismos. De todos modos, no puedo dejar de sentir cierta pena por quien ha dejado su luz atrás, del mismo modo que no puedo dejar de sentir cierto rechazo por esas personas que andan siempre precedidas por sombras largas. Pero ese, repito, sólo soy yo.

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Elogio de la duda

From ? to !

La filosofía, como bien se sabe, no tiene entre sus funciones la de darnos respuestas sino que, por el contrario, está destinada a crear preguntas; a obligarnos a ver el mundo desde la óptica de un niño (la edad de los “porqués” es, en un filósofo, eterna y, como bien lo estableció Nietzsche, el niño es el verdadero ente creador, el verdadero germen del superhombre).

Es Heiddeger quien sintetiza la idea cuando dice: “La pregunta es la devoción del pensar”. La pregunta es siempre la formulación de una duda y una duda es siempre el principio de un avance. Siempre será mejor —al menos en el campo intelectual— un hombre que dude que uno lleno de certezas. De éste último sólo podremos estar seguros de que intentará imponernos sus puntos de vista o sus creencias a como dé lugar, y ya todos sabemos lo que sucede cuando estas personas tienen el poder para hacerlo.

Por último, dos citas relacionadas entre sí y que suman una faceta extra al tema. Por un lado tenemos a Oliver Wendell Holmes, quien se preguntó: “¿Por qué no puede alguien darnos una lista de las cosas que todo el mundo piensa y nadie dice, y otra lista de cosas que todo el mundo dice y nadie piensa?” y a Charles Lindbergh, quien resume la idea preguntando: “¿No es extraño que hablemos menos de las cosas que pensamos más?”.

Aprender a morir

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Vuelvo a leer a Henry David Thoreau y su Colores de otoño; libro que vuelvo a recomendar a todos aquellos que disfrutan con la naturaleza (ni todos los libros ni todos los paisajes son compartibles; lo sé). En él encuentro un fragmento (otro) por demás notable. Thoreau torna su mirada sobre un hecho casual —las hojas caídas en bosque— y saca de ella una magnífica enseñanza filosófica. Ambos hechos son dignos de ser imitados: el de saber ver más allá de lo evidente y el de entender que estamos aquí de paso y, por ello mismo, reír.

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Dice Thoreau:

“¡Cómo se mezclan todas las especies, robles y arces, castaños y abedules! Pero la naturaleza no se recarga de ellas; es un perfecto granjero que las almacena a todas. ¡Imaginad qué inmensa cosecha es derramada cada año sobre la tierra! Ésta, más que ningún grano o semilla, es la gran recolección del año. Los árboles devuelven a la tierra con intereses lo que han tomado de ella. Están a punto de añadir una capa de hojas a la profundidad del suelo. Mientras converso con un hombre que me habla sobre el azufre y los costes de transporte, pienso que de esta bella forma la naturaleza obtiene el mantillo. Gracias a esta descomposición todos somos más ricos”.

Esto me hizo pensar en la muerte bien entendida, en aquella máxima de María Zambrano que dice “la filosofía es una preparación para la muerte” cuando vuelvo al libro y Thoreau me dice:

“Es agradable caminar sobre este lecho de hojas fresco y crujiente. ¡Con qué belleza se retiran a su sepultura! ¡Con qué suavidad yacen y se convierten en mantillo, pintadas de mil colores, perfectas para ser el lecho de nosotros, los vivos! Así desfilan hacia su última morada, ligeras y juguetonas. No caen sobre las hierbas, sino que corretean alegres por la tierra, eligen un terreno, sin vallas de hierro, susurrando por todos los bosques de los alrededores. Algunas eligen el sitio donde hay hombres que yacen debajo enmoheciendo y se reúnen con ellos a medio camino. […] Ya han volado tan alto que vuelven al polvo con enorme satisfacción y se depositan allí abajo, resignadas a yacer y a descomponerse al pie del árbol para ocuparse de la alimentación de las nuevas generaciones de su especie y volver a ondear en lo alto. Nos enseñan a morir”.

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¡Pues eso mismo! Las hojas de otoño nos enseñan a morir; nos enseñan que la muerte, además de inevitable, no es más que un paso de un estado a otro y que debemos aceptarlo con humildad, “ligeros y juguetones”, para así desfilar en paz hacia “nuestra última morada”.

Aprender a leer

Escalera al cielo

Todos los que estamos aquí coincidimos en la importancia de la lectura y del valor de los libros; pero pocas veces nos hemos detenido a pensar qué significa, realmente, leer. Recuerdo que en los noventa leí un manual de escritura que aconsejaba paradójicamente, no leer tanto; cosa que en aquel momento me sorprendió un poco, ya que yo leía todo lo que estaba a mi alcance casi de manera indiscriminada (fue tanto lo que me llamó la atención que aún tengo grabadas esas palabras: “Leer mucho, paraliza”).

A este respecto comparto una reflexión de Arthur Schopenhauer sobre la lectura, su utilidad y, más específicamente, una forma muy singular de incorporarla a nuestra vida. El fragmento proviene del tomo Pensamiento, palabras y música publicado por la editorial Edaf:

“Cuando leemos, otro piensa por nosotros; repetimos simplemente su proceso mental. Algo así como el alumno que está aprendiendo a escribir y con la pluma copia los caracteres que el maestro ha diseñado antes con lápiz. La lectura nos libera, sentimos un gran alivio cuando dejamos la ocupación con nuestros propios pensamientos para entregarnos a la lectura. Mientras estamos leyendo, nuestra cabeza es, en realidad, un Shopenahuer - Pensamiento, palabras y músicacampo de juego de pensamientos ajenos. Y cuando éstos se retiran, ¿qué es lo que queda? Por esta razón, sucede que quien lee mucho y durante casi todo el día, y en los intervalos se ocupa de actividades que no requieren reflexión, gradualmente pierde la capacidad de pensar por sí mismo. Tal es el caso de muchas personas muy cultas. Acaban siendo incultas de tanto leer. […] Así no se llega a rumiar, y tan sólo rumiando se asimila lo que se ha leído; del mismo modo que los alimentos nos nutren, no porque los comemos, sino porque los digerimos. Si se lee de continuo, sin pensar después en ello, las cosas leídas no echan raíces y se pierden en gran medida. El proceso de alimentación mental no es distinto del corporal: apenas se asimila la quincuagésima parte de lo que se absorbe. El resto se elimina por evaporación, respiración, etcétera”.

Para finalizar con:

“A esto hay que añadir que los pensamientos depositados en el papel no son más que las huellas de un caminante sobre la arena: podemos ver la ruta que siguió, pero, para saber lo que vio en su camino, tenemos que usar nuestros propios ojos”.

La lectura es indispensable, estamos todos de acuerdo; pero antes que eso debemos aprender a leer, lo cual no siempre hacemos del todo bien y, muy importante, en general también olvidamos de enseñarle a los que vienen detrás.

No.

En La sociedad abierta y sus enemigos, Karl Popper señala la paradójica relación entre la tolerancia y la intolerancia. Encontré este cartón magnífico que lo sintetiza en apenas tres viñetas y que me eximirá de tener que citar largos párrafos del libro:

Intolerancia (1)

Traigo esto en relación a cuatro hechos que han ocurrido recientemente: por un lado las revueltas raciales en los Estados Unidos, en especial en Charlottesville; la amenaza de Trump a Venezuela; el fraude electoral en Argentina y el atentado de ayer en la Rambla barcelonesa.

No voy a tocar cada uno de estos puntos por separado, ya que eso implicaría una extensión excesiva; pero sí voy a tratar en conjunto a lo que subyace en todos estos temas: la intolerancia. Todos los que suelen pasar seguido por aquí saben que uno de los temas recurrentes en este sitio es el otro; y ello se debe a que el ataque que está sufriendo el otro (es decir, todos nosotros) es cada día más abierto, más brutal y, sobre todo, global, y no podemos ni debemos quedarnos de brazos cruzados ante ello.

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Vuelvo al tema central de la intolerancia: aquí tenemos los dos aspectos en plena ebullición de esa paradoja que destaca Popper. Quienes han llevado adelante estos ataques, amenazas y fraudes son los que Popper (y todos nosotros en pleno uso de nuestra capacidad lógica) llama intolerantes y son quienes se escudan en nuestra tolerancia para actuar. Nosotros, por el contrario, somos los tolerantes que ya debemos dejar de serlo, no para convertirnos en ellos, sino para combatirlos. No importa de qué estemos hablando: política, sociedad o religión; ante el intolerante, cero complacencia.

Dice Popper (p. 379): “Pero de todos los ideales políticos quizás el más peligroso sea el de querer hacer felices a los pueblos. En efecto, lleva invariablemente a la tentativa de imponer nuestra escala de valores «superiores» a los demás, para hacerles comprender lo que a nosotros nos parece que es de la mayor importancia para su felicidad; por así decirlo, para salvar sus almas. Y lleva al utopismo y al romanticismo. Todos tenemos la plena seguridad de que nadie seria desgraciado en la comunidad hermosa y perfecta de nuestros sueños; y tampoco cabe ninguna duda de que no sería difícil traer el cielo a la tierra si nos amásemos unos a otros. Pero como dijimos antes, la tentativa de llevar el cielo a la tierra produce como resultado invariable el infierno. Ella engendra la intolerancia, las guerras religiosas y la salvación de las almas mediante la Inquisición”.

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Creo que podemos relacionar este asunto con el que tratamos ayer: la ignorancia generalizada. Ella es, después de todo, la que acepta a los grandes salvadores, a los héroes, la que se pliega al culto a la personalidad; y es por eso que tenemos a todos estos ignorantes haciendo gala de intolerancia suprema en todos los medios y, lo que es mucho peor, jodiendo a medio mundo.

 

 

Los rasgos de un gran sueño

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Arthur Schopenahuer

Muchos saben que Arthur Schopenahuer es uno de mis filósofos centrales o «de cabecera», como suele decirse. Creo que el autor alemán es uno de los que ha creado un sistema tan fuerte y sólido que muy pocos podrían llegar a igualar. ¿Por qué no se lo enseña más o no se habla de él con mayor asiduidad? La verdad es que creo que ello es porque Schopenhauer dejaría sin trabajo al noventa por ciento de los filósofos de la actualidad y al cien por ciento de los pseudofilósofos y adalides de la autoayuda. Es decir, que no es negocio.

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Joseph Campbell en diálogo con Bill Moyers

Otro de mis grandes referentes (pero en este caso es más específico, más acotado en sus alcances) es Joseph Campbell, mitólogo, escritor y profesor estadounidense. Encontrarme a ambos en un mismo texto, entonces, es un placer más que compartible. Por eso dejo aquí este fragmento de la charla que Joseph Campbell sostuvo con Bill Moyers en 1986, en el rancho propiedad de George Lucas y que se publicó con el título de El poder del mito; porque allí el mitólogo sintetiza a Schopenhauer y nos abre la puerta a su lectura, a profundizar en esa filosofía que no necesita nada más para ser lo que es: la estructura filosófica más sólida que se haya creado.

“Schopenhauer –dice Campbell–, en su espléndido ensayo llamado “Sobre una intención aparente en el destino de los individuos”, señala que cuando llegas a una edad avanzada y miras atrás en tu vida, puede parecerte que ésta ha tenido un orden y plan downloadconsistentes, como si la hubiera compuesto un novelista. Hechos que cuando tuvieron lugar parecieron accidentales y de poca importancia resultan ser factores indispensables en la composición del argumento. ¿Quién compuso ese argumento? Schopenhauer sugiere que así como tus sueños están compuestos por un aspecto de ti mismo del que tu conciencia no sabe nada, así también tu vida entera está compuesta por la voluntad que hay dentro de ti. Y así como personas que has conocido aparentemente por puro azar se convierten en agentes principales en la estructuración de tu vida, así también habrás servido tú como agente, sin saberlo, dando significado a las vidas de otros. Toda la trama marcha al unísono como una gran sinfonía, y cada uno inconscientemente está estructurando todo lo demás. Schopenhauer concluye que es como si nuestras vidas fueran los rasgos de un gran sueño de un solo soñador en el que todos los personajes del sueño también sueñan; de modo que todo se enlaza con todo, movido por la voluntad única de la vida que es la voluntad universal de la naturaleza.

Es una idea magnífica, una idea que aparece en la India en la imagen mítica de la red de Indra, que es una red de gemas, donde en cada cruce de un hilo con otro hay una gema que refleja a todas las demás. Todo sucede en mutua relación con todo lo demás, por lo que no puedes culpar a nadie de nada. Es, incluso, como si hubiera una única intención detrás de todo, que le diera un cierto sentido, aunque ninguno de nosotros sepa cuál puede ser ese sentido, ni haya vivido del todo la vida que se propuso vivir”.

 

Lo que conviene

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Hay dos posturas contrapuestas en este mundo que nos rodea; una de ellas, determinista, dice algo así como que “todo está escrito” y que nada podemos hacer para cambiarlo. No hace falta ser extremista para ser determinista (aunque los hay, claro); sino que sólo alcanza con decir “la vida es así” o cualquier frase por el estilo. En la vereda opuesta se encuentran los partidarios del “libre albedrío”. Para ellos todo está abierto a nuestras posibilidades y podemos cambiar las cosas cuándo y cómo queramos.

Está bien, uno puede ser una cosa u otra y no hay problema en ello; pero hay un grupo de personas bastante molesto (tengo un par en mi familia que fueron quienes me impulsaron a escribir esto) que actúa del siguiente modo: es determinista en la derrota y partidario del libre albedrío en la victoria. Es decir que cuando las cosas les salen mal es por culpa de otros o del destino, mientras que cuando las cosas le salen bien es gracias a ellos mismos y a su enorme capacidad para… (lo que sea).

Libre albedrío

 

Es una postura cómoda, claro; pero además de ser irreal es por demás molesta para quienes los rodean. Sobre todo porque esas personas también tienen otra costumbre: no toleran que al otro le vaya bien. En ese caso no aplican el libre albedrío y si a alguien le va bien es “porque tiene suerte” y nunca porque hizo algo para conseguir eso; aunque por lo visto nunca se ha tenido tanta suerte como para nacer lejos de ellos. Y y es que no, todo no se puede…