El dodo y el unicornio

 

barbara-longhi-lady-with-the-unicorn-1605

Barbara Longhi – Lady With The Unicorn, 1605

 

Si se considera que la existencia promueve esta condición (es decir: la misma condición de la existencia) y la unidad, entonces la inexistencia tendrá, hablando informalmente, este problema: nos obliga a hablar de una nada. Si un objeto inexistente fuera siempre una huella en la arena, podríamos referirnos a él por su molde, su lugar negativo. Pero generalmente el mundo se cierra sin mucho rastro alrededor de cosas que han pasado su tiempo y han dejado de existir, y con frecuencia ni siquiera queda un mundo para sostener el molde: piense en dodos extintos y en unicornios que nunca existieron; no queda un nicho vacío en nuestro mundo «real» para el primero y nunca hubo uno para el segundo. ¿Qué tipo de enfoque nos permite, entonces, hablar de cosas que definitivamente y definitivamente no están en ninguna parte, ni ahora ni nunca? ¿A qué nos referimos cuando decimos: esto no existe?

Eva Brann, The Ways of Naysaying, 2001.

La pregunta que plantea Brann al final del párrafo anterior no es menor, aunque lo parezca en un acercamiento primero. No es casual que la pregunta se haya formulado en el año 2001, cuando todo parecía carecer de un sentido o, peor aún, cuando todo parecía tener el mismo valor de sentido. La pregunta, decía, no es menor aunque lo parezca porque hoy estamos pagando el alto precio de las consecuencias no respondidas en su momento a esta cuestión. En el mismo ejemplo que la autora alemana nos brinda en su texto debería ser la base sobre la que se debería edificar la respuesta: equiparar a una especie extinta con una que es sólo una creación de la mente humana sólo puede ser respondido (insisto: considerando a esto como a una pregunta seria, cosa que cuesta considerar, por momentos) usando el método científico. Es entonces cuando nos damos cuenta de que la pregunta es, en realidad, una tontería a la que se le ha dado demasiada importancia y por la que hoy nos vemos inmersos en este estado de cosas, donde vale lo mismo el astrólogo que el astrónomo y donde pesa lo mismo el argumento que la opinión.

 

Anuncios

¿Es el amor moral? y otras cuestiones (in)trascendentes

desded

 

Mi esposa y un extraño se están ahogando. Solo puedo salvar a uno de ellos. ¿Qué tengo que hacer? Al considerar esta pregunta en 1981, Bernard Williams sugirió que estoy «pensando demasiado» si me detengo a reflexionar sobre lo que requiere la moralidad. Debería salvar a mi esposa simplemente porque ella es mi esposa. Troy Jollimore argumenta que esto debería silenciar todas las demás consideraciones: un esposo debe «percibir que esta consideración posee una importancia tan abrumadora que simplemente aleja todo lo demás de su mente».

Pero esto «suena terrible», escribe Raja Halwani. «Una cosa es decir que Sam debería estar motivado por el pensamiento de que su esposa se está ahogando, pero otra muy distinta es que este pensamiento debe silenciar a todos los demás. El peligro aquí es que incluso si el amor nos saca de la auto-absorción, nos empuja a la absorción en otro, y esto no parece moral». ¿Es el amor una emoción moral?

Bernard Williams, Moral Luck, 1981; Troy Jollimore, La visión del amor, 2011; Raja Halwani, Filosofía del amor, el sexo y el matrimonio, 2018.

 

¿Es el amor una emoción moral? no deja de ser una interesantísima pregunta, más allá de que en un primer momento todos responderíamos con un rotundo «sí» a la situación planteada más arriba, es decir, si salvaríamos primero a nuestra pareja que a un extraño —supongo y me atrevo a decir que ésta será la respuesta más aceptada por todos—. De todos modos, luego de salvar a nuestra pareja y de tener tiempo para dedicarnos a filosofar, la pregunta abre puertas más que interesantes, porque ese accionar que justificamos no necesariamente podría ser realmente moral. Entonces volvemos, nos planteamos nuevamente la pregunta: ¿Es el amor una emoción moral?  y probamos con otra puerta, la cual nos dice que…

 

 

Todos en capilla IX

 

horizonte

 

Queridos hermanos feliz estoy de verlos aquí, prestos a compartir la palabra del apóstol quien hoy nos trae su Regla número 4, la que se titula Sobre la relación entre las pretensiones y las posesiones y que reza así:

«Los bienes que a alguien nunca se le había pasado por la cabeza pretender, no los echa en absoluto de menos, sino que está plenamente contento sin ellos. Otro, en cambio, que posee cien veces más que aquél, se siente desgraciado porque le falta una cosa que pretende. También a este respecto cada uno tiene su propio horizonte de lo que a él le es posible alcanzar. Hasta donde se extiende, llegan sus pretensiones. Si un objeto cualquiera dentro de este horizonte se le presenta de tal manera que puede confiar en obtenerlo, entonces se siente feliz; en cambio es infeliz si surgen dificultades que le privan de la perspectiva de tenerlo. Lo que se halla fuera del alcance de su vista no ejerce ningún efecto sobre él. Esta es la razón por la cual el pobre no se inquieta por las grandes posesiones de los ricos, y por la que, a su vez, el rico no se consuela con lo mucho que ya posee cuando no se cumplen sus pretensiones. La riqueza es como el agua de mar: cuanto más se beba, más sed se tendrá».

Sí, la famosa dicotomía sobre la felicidad y el poseer aquí se condensa en sus términos y se reduce hasta el absurdo, si se quiere. Pero es así cómo se evidencia más y más el carácter secundario, efímero y totalmente trivial de las posesiones materiales cuando éstas ahogan al espíritu. Ese horizonte del que habla el apóstol es algo más que la mera línea que delimita el alcance de nuestra mirada; es también una metáfora de todo lo que puede, en nuestra vida, tener límite y tasa y eso no es más que… todo; absolutamente todo. Nos guste o no este carácter definitivo, allí está aunque nos pese. Aprender a convivir con él es lo único que podemos hacer.

Podéis ir en paz, y que no les pese esta finitud; si es necesario, incluso, podéis verla como una liberación, lo cual ciertamente es.

Sombras de gris

 

perros 03

 

En la última entrada nombré a alguien habitual de este sitio: Diógenes de Sinope. Como alguno recordará, soy un ferviente admirador y seguidor de las doctrinas de los filósofos cínicos o, como al mismo Diógenes le gusta decir, de los filósofos perros. También recordarán que mi fervor no es menos profundo en lo que se refiere al rechazo que siento por Platón y sus huestes posteriores. En ese sentido, soy un antiplatonista nato y activo.

Pero, como todo en esta vida,  hay matices que uno debe conocer y reconocer para no convertirse en un fanático absolutista, como esos que vemos pulular por todos lados, individuos o grupos que no permiten la menor crítica por más bien fundamentada que ésta sea. Para evitar estos excesos nada mejor que poner en tela de juicio lo que uno cree o piensa o supone y, de ese modo, ir adecuando esos pareceres al nivel que le corresponde. Por ejemplo, volviendo al tema del inicio de esta entrada y para salir de la remanida anécdota de Diógenes y Alejandro Magno, podría citar otra:

Cierto día Platón ve a Diógenes lavando unas verduras para comer y le dice «Si hubieses sido amable con Dionisio no estarías lavando verduras» (Se refiere al tirano Dionisio de Siracusa, no al dios del mismo nombre). A lo que Diógenes responde: «Y tú, si lavaras tus propias verduras no tendrías que ser esclavo de Dionisio».

Muy bonito. Punto para Diógenes, pero… hay otra anécdota que me parece aún mejor y que no deja al filósofo cínico muy bien parado. Se dice que cierto día Platón (también estaba invitado Dionisio, dicho sea de paso) invita a Diógenes a su casa y que éste, al pisar las ricas alfombras de la casa, dijo «Piso la vanidad de Platón»; a lo que éste respondió: «Sí, Diógenes, pero con otra vanidad…». Notable respuesta que no sólo puso a Diógenes en su lugar, sino que nos alerta a todos los que lo admiramos que hay, siempre, límites a la admiración y a las ideas. Cuando uno lee textos sobre Diógenes encuentra a un hombre de una altura moral inigualable; pero no pocas veces lo vemos caer en una soberbia improducente y, lo que es peor, incoherente. De allí que debamos tomar nota de ello e ir puliendo lo que tomamos de estos grandes hombres. Sin caer en el relativismo de que «todo vale lo mismo» (horrible idea moderna que debe ser evitada a toda costa, sin ir más lejos, valga como ejemplo de un absoluto erróneo) debemos reconocer que no todo Diógenes es digno de ser seguido al pie de la letra y que no todo Platón debe ser descartado o relegado al olvido. Hay que aprender a ver, entre tantos blancos y negros, a las deliciosas sombras de gris.

Autorretrato del olvido

 

William Utermohlen 01

William Utermohlen (1933- 2007).

 

El 22 del mes pasado publiqué una entrada donde hablé de lo que me hizo sentir un video musical y de las reflexiones que provocó en mí a partir de sus imágenes. Cuando L. lo vió pensó que mis comentarios tuvieron como germen esa dolorosa enfermedad que es el Alzheimer, cosa que yo no había tenido en cuenta en absoluto pero que, sin duda, bien puede ser considerado en este caso (eso fue lo que ella vio en el video y aquí sí puede permitirse aquello de que (casi) toda interpretación es válida). El video cobra, entonces, otra faceta no menos precisa y, por supuesto, no menos penosa.

Mientras charlábamos de lo que cada uno habíamos visto en esas imágenes recordé el caso de un pintor que había iniciado una serie de autorretratos al enterarse de que había sido diagnosticado con Alzheimer. Se trata de William Utermohlen y hablaré muy poco de él aquí (pueden leer un excelente artículo aquí, en inglés), ya que mi intención es seguir ahondando en lo que esas imágenes provocaron en mí. Sí compartiré una serie de imágenes de la obra de Utermohlen porque ello será la síntesis perfecta de lo que significa este tema tan profundamente angustiante: el olvido, ya sea éste producto de una enfermedad o de la inevitable muerte. Sea como fuere, no hay nada que hacer más que enfrentarse a ellos con todas las armas que disponemos y, de ser posible, mejorar su estado, su alcance y su poder. Hay muchas cosas que no pueden evitarse en nuestra vida, pero la angustia es algo que podemos mantener a raya si trabajamos en ello.

 

William Utermohlen, síntesis

William Utermohlen – Síntesis de sus autorretratos

 

De todas las palabras e ideas que cruzamos con L. veo que lo que más me llama la atención son las dos imágenes finales de ambas series, tanto la del video como la de la serie de autorretratos tienen muchísimo en común: una pérdida del sentido de detalle, una vuelta a la sencillez de las formas, un retorno, tal vez, a lo más básico de nosotros mismos. La síntesis de las formas como síntesis del olvido.

 

Una galería de imágenes de los autorretratos de William Utermohlen. Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

 

Fundido a negro

 

Cuenta Borges, en algún lado, que siendo niño su padre le enseñó cómo funcionaba la memoria. Para ser más gráficos, su padre puso una pila de diez monedas entre ellos y le explicó que el recuerdo de algo era como la primera de las monedas; el segundo recuerdo (la segunda vez que ese recuerdo viene a nuestra mente) es como la segunda moneda pero, entre una y otra hay una pequeña diferencia: la mente no es perfecta y, si bien recuerda mucho, no recuerda todo y en ese segundo recuerdo algo se ha perdido, algún pequeño detalle es diferente. La tercer moneda ya es diferente a la segunda y bastante más diferente a la primera y la cuarta… Bueno, ya entienden cómo va el asunto; caemos, al final, en una bonita paradoja: cuando más recordamos una cosa es cuando más la olvidamos (porque es cada vez más distinta de lo que realmente fue) y cuando menos recordamos una cosa, en realidad el recuerdo es más sólido (porque está casi sin modificar).

Todo esto viene a colación a raíz de un video que acabo de ver. Se trata de la canción The Spoils, de Massive Attack y, más que la canción en sí (aunque el ritmo lento y la vocalización algo ayudaron, es cierto) lo que motivó mi posterior tristeza fue la historia narrada en las imágenes. Como no puedo evitar leer todo lo que cae frente a mí bajo el cristal de la filosofía, dejo aquí mi impresión de esta película (porque es, si queremos, una película completa).

Ella comienza como lo que es: un recuerdo completo en su mente. Poco a poco se desvanece; lentamente, lentamente, el recuerdo se torna más equívoco. Él la recuerda en diferentes ángulos, bajo diferentes luces de colores, en diferentes situaciones y todo esto va cambiando la imagen que tiene de ella. Su memoria se deforma en la medida en que poco a poco pierde sus características y se desintegra por completo. Ella está perdida en un rincón oscuro de su mente, en ese rincón donde todo se marchita; ella está siendo olvidada y nada podrá cambiar eso. De un rostro a un sentimiento, de una forma a un color, de unas facciones a un objeto informe. Y al final se va, se desdibuja, se pierde, como nos perderemos todos, para siempre.

 

La utilidad nuestra de cada día

la-utilidad-de-lo-inc3batilAcabo de terminar el estupendo La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine; libro que, mediante breves y concisos capítulos, sin necesidad de párrafos extensos y complejos, apuntala y sostiene el edificio del pensamiento por el pensamiento en sí. Ideal para armarse de argumentos contra la avanzada de opinólogos de toda laya con la que nos encontramos hoy, Ordine nos dice:

«Las materias humanísticas en general y el arte en particular están siendo atacados en todas las latitudes del planeta; como nunca, el capitalismo se ha enseñoreado en todos los ámbitos y todo aquello que no le sea útil es descartado por “improductivo”. Se hace necesario un cambio de paradigmas de manera urgente; no sólo en términos ecológicos, sino culturales (una ecología de la cultura, si se me permite el neologismo). El oxímoron evocado por el título «La utilidad de lo inútil» merece una aclaración. La paradójica “utilidad” a la que me refiero no es la misma en cuyo nombre se consideran inútiles los saberes humanísticos y, más en general, todos los saberes que no producen beneficios. En una acepción muy distinta y mucho más amplia, he querido poner en el centro de mis reflexiones la idea de utilidad de aquellos saberes cuyo valor esencial es del todo ajeno a cualquier finalidad “utilitarista” […] Si dejamos morir lo gratuito, si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, sólo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida. Y en ese momento, cuando la desertificación del espíritu nos haya ya agostado, será en verdad difícil imaginar que el ignorante “homo sapiens” pueda desempeñar todavía un papel en la tarea de hacer más humana la humanidad».

A lo que se suma el excelente acápite de Pierre Hadot, tomado de su Ejercicios espirituales y filosofía antigua:

Y es precisamente tarea de la filosofía
el revelar a los hombres la utilidad de lo inútil
o, si se quiere, enseñarles a diferenciar
entre dos sentidos diferentes de la palabra utilidad.

 

Filosofos

 

Por último, y como si hiciera falta algo más, desde la misma portada del libro Fernando Savater nos dice: «Algunos impertinentes agradecemos a Nuccio Ordine su manifiesto La utilidad de lo inútil en el que repasa las opiniones de filósofos y escritores sobre la importancia de seguir tutelando en escuelas y universidades ese afán de saber y de indagar sin objetivo inmediato práctico en el que tradicionalmente se ha basado la dignitas hominis». Y ya no es necesario decir más.

 

 

Nota al margen: Por tiempo indeterminado estaré sin conexión a internet, así que responderé a sus comentarios en cuanto pueda. Dejaré varias entradas programadas, así que éstas se subirán aunque no esté aquí. Pasaré a visitarlos en cuanto me sea posible.