Un Quevedo en la Grecia antigua

Zenon de Citio

Zenón de Citio

Se considera a Zenón de Citio como al fundador de la escuela estoica. Se dice que cuando Zenón llegó a Atenas desde Chipre, en el siglo III a.e.c. y como era costumbre por aquellos tiempos, se dirigió al oráculo y éste le dijo: “Debes tener trato con los muertos”. Por fortuna para Zenón, él no vivió en esta época trivial donde esas palabras podían ser interpretadas como una invitación a la superchería. Entonces, casi como un Quevedo anticipado a su tiempo, Zenón se puso a leer a los muertos, sobre todo a los cínicos, en especial a Crates y a Diógenes. Los alcances o motivos de la escuela estoica es tema para otra entrada; hoy prefiero quedarme con ese consejo oracular y con la consonancia entre el filósofo griego y el poeta español, separados mil quinientos años en el tiempo, pero unidos en la inteligencia y la humanidad. ¿Habrá sido Zenón de Citio uno de los muertos a los que Quevedo escuchaba con sus ojos?

-PASEN_4.jpg de Archivo ABC-

Francisco de Quevedo

 

Reencuentro con Ítaca

Viaje

“Después del tiempo ascendente del deseo y del tiempo excitante del acontecimiento llega el tiempo descendente del retorno. No hay viaje sin reencuentro con Ítaca, que da al desplazamiento su sentido mismo”. Dice Michel Onfray en su Teoría del viaje. La referencia directa que se encuentra es el poema homónimo de Konstantinos Kavafis (o Cavafis, según la grafía que se use); allí Kavafis termina diciendo “entenderás ya qué significan las Ítacas”; es decir que Ítaca es la patria (sea ésta ciudad, país o persona) a la que siempre volvemos cuando regresamos de un viaje o cuando pensamos en el viaje como regreso. Esa Ítaca deseada es la referencia que le da sentido a nuestro viaje; sin ella nuestro deambular sería un nomadismo eterno, un constante derrotero sin otro destino que el emular al judío errante.
Así, entonces, podríamos entonar los versos de Kavafis con otro ímpetu:

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
[…]
Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
[…]
Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.
[…]
Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.

Para leer el poema completo, pueden ir aquí.

La llave

Llaves

“A todo hombre se le entrega la llave que abre la puerta del paraíso. Pero esa llave también abre la puerta del infierno”. Dice un proverbio budista, el cual nos lleva de la mano hasta Jean Paul Sartre, cuando dice “El hombre está condenado a ser libre”. Nosotros somos los responsables de lo que hacemos y de lo que dejamos de hacer, de lo que creamos y de lo que dejamos abandonado. Nosotros somos los responsables de tomar las riendas de nuestra vida o de dejarla en manos de otros, llámense padres, políticos, sacerdotes o parejas.
También esto me recuerda a aquella idea magnífica de Swedenborg, cuando decía que la diferencia entre el cielo y el infierno no era tanto la de una locación física, sino que formaba parte de la mirada de cada una de las personas. Los pobres de espíritu, en el cielo, no podían disfrutar, ya que no estaban capacitados para ello. Vamos, Swedenborg no decía otra cosa que no podía existir el cielo para los imbéciles simplemente porque éstos no podían verlo aunque estuviesen en él.
No hay día, en suma, que no estemos en el cielo o en el infierno. Solemos culpar de ello al destino, a nuestro pasado, a las circunstancias o a cualquier otra cosa que tengamos a mano; pero olvidamos que, tal como dice el proverbio con el que se abre esta entrada, la llave la tenemos nosotros en nuestra mano.

Vivir como se piensa

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Es habitual que al hablar de filosofía mucha gente se espante. No son pocas las veces que me han mirado con desconfianza o con vergüenza cuando digo algo que ellos consideran como “muy difícil” o que ven como un terreno privativo de un selecto grupo de personas aburridas que sólo se entienden entre ellas. Este concepto de la filosofía proviene de los primeros tiempos del cristianismo y se acrecentó con luego con el iluminismo alemán; el que consideraba sólo las ideas como un fin en sí mismo, nunca como una forma de praxis (de allí a considerar que todo lo que no fuera europeo no era digno de llamarse civilizado hay un paso muy cortito, el cual ya dieron y mantienen hasta hoy).

Pero nada más lejos de ello. La filosofía es la disciplina que todas las personas en algún momento u otro de su vida aplican, aún sin saberlo. Cuando nos estamos preguntando sobre el sentido de la vida, sobre el significado de la muerte, cuando establecemos que esto es bello y esto no, cuando vemos a nuestros hijos y nos preguntamos cómo debemos educarlos o qué estamos haciendo bien o mal, estamos filosofando.

Pierre HadotEn Qué es la filosofía antigua, Pierre Hadot nos dice que los filósofos de la antigüedad no distinguían de manera tan tajante entre discurso filosófico y forma de vida. «¿Cómo es posible que en la enseñanza actual de la historia de la filosofía, la filosofía sea presentada ante todo como un discurso sin ninguna relación directa con una manera de vivir del filósofo?» (p. 274).

No se puede considerar a la filosofía antigua, después de haber leído este libro, como se la consideraba antes de hacerlo. Un filósofo en la filosofía antigua no es alguien que piensa y que teoriza, no es alguien que escribe libros, no es alguien que hace funcionar un lugar donde se piensa y se reflexiona es, antes que nada, alguien que vive como filósofo. Y su demostración es bastante eficaz, Pierre Hadot nos dice que la filosofía no estaba reservada a los filósofos en esa época; estaba reservada para quienes la adoptaban; es decir que se puede ser carpintero y filósofo, vendedor de pescado y filósofo, y que antes que nada se vive como filósofo.

Tal vez allí esté la clave del asunto, me digo; tal vez la dificultad para muchos resida en el hecho de que vivir como filósofo es bastante más difícil que sólo hablar de una disciplina. Es más fácil hablar de lo mal que está todo sin hacer nada por cambiarlo o de juzgar al prójimo por las mismas cosas que nosotros hacemos a diario pero que nadie notó todavía. De todos modos, creo que vale la pena el esfuerzo de ser coherente; de unir pensamiento y acción aunque nadie o muy pocos nos acompañen en el camino.

Serás lo que debas ser

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“Los simpáticos me caen antipáticos; los antipáticos me resultan incómodos mientras dura la conversación, pero cuando esta se acaba se han ganado mi aprecio y mi simpatía”. Rafael Sánchez Ferlosio pone en claro lo que muchos hemos pensado o sentido en algún momento de nuestras vidas. Hay gente que se le nota a la legua que su simpatía es una máscara falsa y retorcida; y otros que sí son muy simpáticos, pero que por eso mismo se sienten en la obligación de contar un chiste cada tres minutos o de bromear sobre todo.
También están las personas que, como quien esto escribe, no se siente cómodo hablando con extraños ni manteniendo conversaciones sobre temas que no le interesan, y que de inmediato y por eso mismo se ganan el mote contrario: somos los antipáticos por excelencia.

Pero lejos de sentirse incómodos por esta etiqueta, los antipáticos saben que sus razones son fuertes y válidas. Como el mismo Ferlosio agrega: “La simpatía es un arcaísmo de quienes creen, quieren creer o necesitan fingir que hay todavía un medio, un ámbito de vida pública en el que los hombres pueden allegarse en algún grado, de manera directa y espontánea, los unos a los otros. La antipatía es resistencia y repugnancia a simular, o escenificar, un mundo que no existe”.

Entonces los antipáticos no somos tan antipáticos, después de todo; sólo exponemos nuestra simpatía en los momentos adecuados y frente a las personas que se lo merecen. Sin máscaras, sin incomodidades, sin fingimientos.

La perla

Emile Vernon Starlight (detail)

Emile Vernon – Starlight (detalle)

«En el monte de tu cuerpo hay una perla ¡encuéntrala!» Dice el poeta sufí Rumi. Esa perla, para el poeta, es una metáfora de lo valioso que se oculta en el interior de las personas; algo así como el ideal de perfección. Es entonces que la búsqueda de esa perla es la búsqueda de un sentido interior y último. Más o menos lo que se dice hoy en día en todos lados pero que nadie o muy pocos se dedican a buscar, más allá de lo que digan sus palabras. Rumi también dice: «El amor es el astrolabio de los misterios divinos»; o «La muerte es el enlace nupcial con la eternidad».

A veces no hace falta seguir moda o costumbre alguna; a veces simplemente tenemos que mirar hacia atrás y ver que alguien hace ochocientos años ya dijo esas mismas cosas que a nosotros nos parecen pan recién salido del horno.

Certificado de autenticidad

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El 29 de mayo subí una entrada sobre lo que significa cierta parte de internet y, sobre todo, de las redes sociales. Acabo de leer un texto del filósofo José Pablo Feinmann que sintetiza la misma idea:

“El insulto se ha desbocado en la red. Y el motivo fundante es la impunidad que otorga el anonimato. Se trata de un espectáculo altamente desagradable. Se funda en la condición anónima del que insulta. Este anonimato, el no dar la cara, el no tener que responder ante nadie, es lo que dinamita ese “vale todo” al que uno asiste en esos paramos de la ética y del pensamiento. Es fácil ser valiente si nadie sabe quién soy. Ese pequeño “hombre del subsuelo” arroja sus excrecencias sobre todos, acaso con más furia sobre personas a las que envidia, que despiertan su resentimiento. Detrás de todo texto agraviante y anónimo que vemos en la red se esconde un cobarde. Todo tipo que no firma un agravio ha apuñalado a otro por la espalda. Un anónimo vive en las sombras. Letrinet le permite vaciar, expulsar de sí la enfermedad que amarga sus días. El odio. Desde su hondo abismo se siente el dueño del mundo: puede arrojar sobre quien lo desee todo su hediondo arsenal. Nada pasará. Arrojó la piedra, el sistema consagrado del anonimato de Letrinet protegerá su mano de la vista de todos. Qué enorme placer. Qué infinita posibilidad para canalizar su odio, su resentimiento, su mediocridad”.

El juego de palabras que une letrina e internet para formar Letrinet me parece por demás acertado; el párrafo entero me parece, sencillamente, brillante.