¿Me interpreta, maestro?

Esta entrada viene a colación de la entrada anterior; puede leerse sin haber leído aquella, pero se entenderá mejor si se sigue el orden correspondiente. Intentaré ir al grano y de ser lo más breve posible, sobre todo en el primer párrafo:

lápiz rojo

 

Heidegger distinguía entre dos tipos de existencia: la que él llamaba existencia auténtica y la existencia inauténtica. La existencia auténtica es aquella que es llevada a cabo por quienes piensan, por quienes aprenden, por quienes toman las riendas de su ser. En suma: por quienes se enfrentan a la vida, con todo lo que ella implica (incluso la muerte); los que hacen algo con ella. Por otra parte, tenemos a quienes viven una vida inauténtica; es decir, para ser directos, aquellos que tratan por todos los medios de escapar de todo lo anterior. Una de las formas predilectas de estas personas es, por supuesto, negarse a pensar, ya que pensar implica, sobre todo, tener que pensar en la muerte y tener que enfrentarse a ella. ¿Qué tiene que ver esto con lo dicho hace dos días? Ahí voy.

En la entrada anterior dije que hay muchas personas que repiten las mismas frases independientemente de la latitud en la que se encuentran. Es así que frases como «Si quiero salir y contagiarme nadie puede prohibírmelo. Es mi derecho»; «Los pobres son pobres porque quieren»; «Hay que votar por un rico, porque los ricos no roban» y otras por el estilo se oyen igual en el último extremo del cono sur como en el medio de Europa o en el último confín de Asia. ¿Cómo puede ser esto posible? La respuesta es sencilla: se copian unos a los otros y, como no piensan, como no tamizan lo que consumen, repiten todos las mismas frases, palabra por palabra. Claro, ahora con las redes sociales se refuerzan, también, los unos a los otros, porque ninguno de ellos acepta en sus cuentas a nadie que piense diferente; sólo se aceptan aquellos que refuerzan lo que ellos ya quieren saber (si es que el término saber puede ser utilizado aquí). Incluso esta conducta tiene nombre propio: se llama sesgo de confirmación. Es entonces que se produce esta endogamia pseudointelectual que termina, siempre, en la más profunda de las ignorancias o, como diría Heidegger, en la vida inauténtica. Esa misma de la que hay que huir como si de la peste se tratara porque no es otra cosa que eso: una peste que infecta todo lo que toca.

Breve ensayo sobre el cansancio

Parte I: la gente

Leyendo los comentarios a entradas anteriores, me encuentro con dos que me dejan material para pensar o, sería mejor decir, para poner en claro a algunas de mis ideas. Uno de esos comentarios hace referencia al uso del término «populacho» en referencia, claro está, a la masa indiferenciada. Esta crítica se me hace, también, en lo personal. Cuando hablo suelo usar la misma idea y generalmente se me señala que eso se considera incorrecto, poco amable, grosero. En mi última entrada, en la que copié algunas entradas de unos diarios personales de hace casi diez años, ya señalaba que lo políticamente correcto me parece una actitud poco menos que falsa e intelectualmente cobarde. Está claro que la cuestión no es la de andar insultando a diestra y siniestra y, mucho menos aún, la de creerse por encima de nadie; pero vamos, que tampoco la idea opuesta, la de creer que todos son iguales, es la más deseable de las actitudes.

Y esto último no lo digo por uno mismo, quien no tiene más valor que el de cualquiera que se encuentre dentro del promedio general; sino que lo digo por aquellos que sí han alcanzado algún grado de excelencia y que son menospreciados por aquellos que no tienen la altura suficiente ni como para subirse (solos) a un banquito, cosa de ver un poco más lejos. Es ahí cuando la referencia al populacho, a la masa o como sea que se denomine al grupo mediocre en general tiene sentido. Cuando uno se encuentra con que aquel que ha dado su vida para lograr lo que nadie ha logrado antes  ―independientemente del ámbito al que se haya dedicado―, es menospreciado o ridiculizado por aquellos que no entienden ni quieren entender y que además se jactan de esa ignorancia («A mí nadie me va a hacer creer que…» es una de sus expresiones favoritas), sabe que se encuentra ante lo más bajo de una forma social (ya que no se trata de clases sociales aquí, sino de formas sociales; es decir de actitudes o hábitos de ciertos grupos). De allí que denominarlos con expresiones tales como masa o populacho no sea una forma denigrante de señalarlos, sino sólo descriptiva. Lo que es denigrante es la actitud de estas personas, después, señalar su existencia es algo secundario (si no se quiere usar una expresión como «populacho» habrá que buscar alguna otra ¿y cuánto tiempo pasará, entonces, hasta que lo políticamente correcto vuelva a señalarnos que está mal decir esa nueva expresión?).

El segundo comentario hace referencia a algo que dije sobre no tener fe «ni siquiera en mí mismo» y agrega que «el escepticismo no da margen ni siquiera para excluirnos a nosotros mismos»; cosa con la que estoy de acuerdo, pero sólo hasta cierto punto ¡y es que soy tan voluble que ni siquiera puedo ser constante en ello! Y enlazo esto con lo anterior: lo que me cansa de la gente es, precisamente, que no saben ser, ni siquiera por un rato, escépticos. No hay modo en que uno pueda estar con alguien sin que ese alguien de inmediato se ponga a hablar, a decir algo, lo que sea y, lo peor de todo, es que la gente sabe todo de todo. ¿Cómo lo hacen? No tengo ni idea; pero nadie parece poder decir «No lo sé», temiendo, tal vez, el escarnio ajeno y exponiéndose así, precisamente, al escarnio ajeno; porque es bajo este saber todo de todo que se dicen las burradas más grandes y vergonzosas.

¡Qué lejos de aquel sano escepticismo del viejo Pirrón! Pirrón argumentó que la actitud que más conviene adoptar es la epojé, es decir, la suspensión del juicio o de la afirmación; y luego otro de la misma escuela, el finado Sexto Empírico diría que la epojé es «el estado de reposo mental por el cual ni afirmamos ni negamos». ¡Nada menos que «reposo mental»! Sólo se trata de eso: de descansar un rato; de decir «No lo sé» cada tanto (incluso cuando no corresponde; sólo para no tener que vernos envueltos en discusiones banales, por ejemplo).

Pero hasta en esto hay límites, por supuesto (es por eso que dije que no puedo ser constante ni siquiera en estos asuntos). Se dice que Pirrón dejó de hablar porque, al no poder afirmar ni negar nada, el acto de pronunciar una palabra ya estaría contradiciendo a su propio pensamiento. Más allá de la exageración de la anécdota, la verdad es que hay que ser escéptico hasta cierto límite. Aquel que por coherencia intelectual crea que debe permanecer dentro del escepticismo ―o de cualquier otra escuela― en pleno beso, no es más que un imbécil. Cada cosa en su lugar. Todo es tan complejo (el mundo y nosotros en él) que hay que adaptarse y acomodarse como corresponde a cada situación o, al menos, hay que intentarlo con la mayor de las intenciones. Algo tan simple como eso es lo que marca la diferencia con el populacho (cof, cof… con perdón de la expresión).

Jugar al intelectual

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bla bla bla

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Hace un par de días leí, en una de las páginas de filosofía que suelo visitar, el siguiente párrafo de Slavoj Zizek (filósofo que me gusta mucho, valga la aclaración), párrafo sobre el que alguien pedía una explicación o aclaración (les ruego paciencia, léanlo aunque no entiendan nada, luego me explicaré):

«Según la concisa fórmula de Lacan, el amor suplementa la ausencia de relación sexual. El amor no es un Uno ilusorio de fusión imaginaria, que encubre el punto muerto subyacente a la relación sexual; el amor auténtico es más bien un caso ejemplar de un «uno» extraño en el que se encarna esta misma no-relación. Ahí reside el vínculo entre amor y object a. ¿Cómo se relaciona el amor con el object a? Aproximémonos a este punto crucial a través del estatuto paradójico del object a como producto de una pérdida redoblada: el object a puede definirse mejor como un objeto doblemente reflejado, y precisamente como tal, es real —lo Real lacaniano no es el núcleo duro debajo de todos los juegos de reflexión y redoblamiento, sino la X elusiva que surge de la reflexión redoblada—».

Leí el párrafo un par de veces, leí los tres comentarios que ya estaban allí y, con mi ecuanimidad y buenos modales de costumbre, dejé mi opinión: «Cháchara insustancial para pseudointelectuales. No dice nada, pero como lo dice “difícil”, muchos se llenan la boca con basura como esta». Bueno, como se imaginarán, me llovieron insultos e ironías varias, hasta que luego de sostener mi postura una y otra vez, sólo me limité a decir que la mejor manera de hacerme callar y demostrar que era un obtuso retrogrado, no era insultándome, sino, precisamente, explicando el texto, cosa que además yo iba a agradecer muchísimo, porque me encantaría saber qué quiso decir Zizek allí. Hasta el día de hoy nadie volvió a decir una palabra. Por suerte dejaron de insultarme, pero tampoco nadie ha explicado el texto y ese hecho me hace pensar que muy equivocado no estoy (y sin modestia alguna: sé que no lo estoy).

 

 

Lacan

 

Después de eso recordé una página que crea discursos posmodernos azarosos y, al buscarla, encontré otra página donde un estudiante de filosofía dice: «He inventado un gran juego nuevo llamado “Zizuku”. Las reglas son simples: elija cualquier idea ampliamente recibida y encuentre la forma más inteligente de invertirla, para crear una paradoja, o al menos la apariencia de una. El juego, por supuesto, está inspirado en Slavoj Zizek. Al revisar su último libro para Times Higher Education, me di cuenta de que esto es realmente casi todo lo que hace, de varias maneras diferentes:

Existe el simple tropo psicoanalítico de afirmar que, por más que parezca algo, su verdadera naturaleza es exactamente lo contrario. Luego tienes la afirmación repetida de que una determinada posición implica su opuesto, pero que ambos lados de la paradoja son igualmente reales. Por otra parte, está la inversión del sentido común, en el que, sea cual sea la sabiduría recibida, Zizek postula lo contrario. Y eso es todo: Zizek simplemente repite estas maniobras intelectuales una y otra vez, aunque de manera brillante, completándolas con adornos lacanianos como el objet petit a, el Otro y lo Real».

 

¡Nadie podría haberlo sintetizado mejor! Ya lo dijo Nietzsche: «Hay quienes revuelven las aguas para que parezcan más profundas». Eso parece ser todo lo que tiene para darnos la psicología (y todo lo que nos ha dado desde que fue inventada por otro que decía cualquier cosa con ínfulas de «cosa seria» pero que al menos no escribía mal: don Sigmund Freud). Por último, alguien podrá preguntarse cómo puede gustarme alguien a quien critico tanto; y es que Slavoj Zizek no sólo trabaja temas psicoanalíticos (por suerte), sino que también analiza de manera más que interesante la política y la sociedad actual y es en esos ámbitos donde creo que saca lo mejor de sí. Por otra parte, la filosofía no es un ámbito dogmático, y lo mejor que podemos hacer es, precisamente, criticar, criticar y criticar. Sólo así podremos pulir el discurso ajeno y, lo que es mejor aún, nuestro propio discurso que es, al final, el que nos conforma.

 

Saber distinguir, saber apreciar

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opuestos

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Hace un tiempo hablé aquí del enorme placer que me causó la lectura de un libro de Jorge Wagensberg. Ahora he tenido la oportunidad de agenciarme un nuevo libro de este autor catalán (cosa que aquí no es nada fácil) y el placer es igual o tal vez superior al anterior. En este caso se trata de El gozo intelectual y vaya si le hace honor al nombre, me digo. Éste es uno de esos libros que deben ser leídos con una libreta a un lado, para ir tomando notas de lo que se lee y no perder el hilo de los razonamientos.

En la página 51 me encuentro con un breve y sencillo fragmento que me hizo recordar algo que vi hace pocos días en un vídeo de YouTube. El fragmento de Wagensberg dice así: «La inteligibilidad se distingue de un déjà vu por la ocurrencia del gozo intelectual. Es también la diferencia entre un refrán y un buen aforismo. El refrán está para ser recitado y repetido hasta conseguir algo muy cercano al estado de hipnosis. Un buen refrán sirve para repetir, para liquidar una buena reflexión. El buen aforismo no es para repetir si no para evocar, y no es para liquidar una reflexión o una conversación sino para abrirlas. La conversación debe acompañar a la mente hasta dejarla a solas frente a una comprensión o una intuición inminente. La comprensión cae cuando está madura».

Una sutil distinción entre el refrán y el aforismo nos abre las puertas a una comprensión mayor de lo que tenemos frente a nosotros, ya sea una lectura, una conversación o un pensamiento (el cual, tal como bien lo señala Wagensberg en este libro, no es más que una conversación íntima). Hace pocos días, en el programa español Todos para la 2 (supongo que así se llama, no estoy seguro, copio de lo que veo en el video), el artista plástico Jorge de los Santos señala la distinción entre el slogan y la máxima: «[…] una cosa es el «Llega a ser quien eres», de Píndaro, es decir, todas estas máximas… que son máximas, no slogans, que ésas no se compran. Uno parte del razonamiento para llegar a una máxima, mientas que el slogan es lo inverso» (tal vez este fragmento suene un poco más disperso que el anterior; pero tratándose de una charla en un programa televisivo, es lógico que el estilo sea más despojado e, incluso, un poco desprolijo. De todos modos la idea está ahí y eso es lo que vale).

El refrán es el pensamiento codificado, el aforismo es el pensamiento en acción; el que camina o nos ayuda a caminar. La máxima es la idea que nos ayuda o nos guía en nuestra vida, el slogan es el pensamiento cosificado, condensado en la sola idea de fijar el pensamiento para, sobre todo, vendernos algo. Mientras que la máxima es el punto de llegada del pensamiento, el slogan es el punto de partida, armado y prefabricado (por otro). Saber reconocer estas pequeñas diferencias no es algo menor en cuanto al trabajo del pensamiento; de hecho, como lo señala Jorge Wagensberg desde el mismo título de su obra, es lo que nos ayudará a llegar a ese puerto único que es el gozo intelectual.

Sobre lo bello

lo bello

El título de esta entrada es, a todas luces, parcial. Mal podría en unas pocas palabras establecer lo que toda la historia de la filosofía no ha podido hacer en miles de años. Si intentara hacer tal cosa no pasaría de una mera sentencia, la cual sería incompleta y la que quedaría caduca en muy poco tiempo. Así que me limitaré a unas citas de Friedrich Schiller y nada más (queda para más adelante lo que dijeron otros pensadores al respecto; el tema es rico y extenso y todos nos dejan buena material para pensar).

Antes que nada, quiero aclarar el motivo que me llevó a esta entrada. Como ustedes sabrán, hace un par de semanas se vendió en Art Bassel Miami, y por una cifra que ronda los ciento veinte mil dólares, una «obra de arte» que sólo es una banana pegada a la pared con cinta adhesiva. No voy a agregar nada al respecto, todo lo que tenía que decir ya está condensado en las comillas de «obra de arte».

Alguien me preguntó, con no poco asombro, cómo es posible que alguien gaste esa cantidad de dinero en una «obra» que en un par de días se echaría a perder y que, por consiguiente, perdería todo valor. Pero hoy el «arte» se mueve por otros caminos que los habituales que le conocíamos. Hoy, lo que esa persona compró no fue la «obra» en sí; sino que lo que compró fue un certificado que le permite replicar la obra cuantas veces quiera y donde quiera. Es decir, que esa persona tiene un certificado que le permite pegar una banana con cinta a una pared y decir que ésa es la obra en sí misma.

Bien, permítanme irme de esos asuntos lo antes posible.

En sus Cartas sobre la educación estética del hombre, escritas entre 1793 y 1794, dice Schiller: «[…] la época no parece pronunciarse en absoluto a favor del arte […] El provecho es el ídolo de nuestra época, al que se someten todas las fuerzas y rinden tributo todos los talentos. El mérito espiritual del arte carece de valor en esta burda balanza […] (p.117). ¿Cómo se protege el artista de las corrupciones de su tiempo, que le rodea por todas partes? Despreciando el juicio de su época, levantando la mirada hacia su propia dignidad y hacia la ley, y no cabizbajo en busca de la felicidad y de la necesidad material (p.179)».

Doscientos veinticinco años han pasado desde que Schiller dijera lo anterior y estamos todavía discutiendo sobre qué es arte y qué no lo es. Difícil cuestión, sin ninguna duda; pero antes de que aparezca alguno de esos subjetivistas o posmodernos que deambulan por todos lados (para los primeros, como se sabe, todo es subjetivo; así que nada podríamos decir al respecto. Para los segundos, no hay relatos; por lo tanto, tampoco podríamos decir nada. Habría que hacerles tomar un curso de lógica a esta gente. Tema para otro día. Pero desde ya aclaro que no acepto nada que provenga de ninguna de esas dos corrientes de antipensamiento); dejemos en claro que algunas cosas aprendimos; que los seres humanos hemos recorrido un largo trecho en lo que se refiere al conocimiento y a cómo es que éste se aplica. Así que aquí nada de “todo es según quién lo mire” ni tonterías por el estilo. Quien no quiera hacer el esfuerzo de educarse, es libre de hacerlo; quien no quiera aprender y elevarse por encima de sí mismo, allá él, nadie va a detenerlo; pero que no venga a decir que Lady Gaga es igual que Mozart o que una banana pegada con cinta a una pared vale lo mismo que Velázquez porque con ello sólo demostrará su completa ignorancia, su incapacidad para educarse (aunque sea a sí mismo) y su absoluto desprecio por lo mejor que ha creado el ser humano a lo largo de la historia: la ciencia y, por sobre todas las cosas, el arte. Lo único que a largo plazo podría llegar a justificarnos como especie.

Ozymandias

DiscursoDice Etienne de La Boetie, en su Discurso sobre la servidumbe voluntaria, de 1576: «Resuelve no servir más y serás inmediatamente libre. No digo que levantes tu mano contra el tirano para derribarlo, sino simplemente que no lo apoyes más; luego verás cómo, igual que un Coloso cuyo pedestal ha desaparecido, cae por su propio peso y se rompe en pedazos».

Todo el Discurso… es una obra que merece ser leída con atención; pero en este caso, más que en la acción promovida hacia quienes sirven, me quedé pensando en aquellos que mandan y sólo viven para mandar y que creen que eso es ser un hombre o, siquiera, algo parecido (quien quiera ver, por ejemplo, relaciones con los delirantes mandatarios actuales puede hacerlo con total libertad) y recordé aquel poema escrito por Percy Bysshe Shelley en 1818 y que dejé en este sitio hace un tiempo. Vuelvo a dejarlo con la última linea de esa entrada, porque dice lo que quiero seguir diciendo: «El paso del tiempo, el sentido (o sinsentido) de la vida, el orgullo humano, todo está allí, reunido en un poema más eterno que las pirámides».

 

Ozymandias

Conocí a un viajero de una tierra antigua
que dijo: «dos enormes piernas de piedra
se yerguen sin su tronco en el desierto;
junto a ellas, en la arena, semihundido
descansa un rostro hecho pedazos, cuyo ceño fruncido
y mueca en la boca, y desdén de frío dominio,
cuentan que su escultor comprendió bien esas pasiones
que todavía sobreviven, grabadas en la piedra inerte,
a la mano que se mofó de ellas y al corazón que las alimentó.
Y en el pedestal se leen estas palabras:
“Yo soy Ozymandias, rey de reyes:
¡Contemplen mis obras, oh poderosos, y desesperen!”
No queda nada a su lado. Alrededor de las ruinas
de ese colosal naufragio, infinitas y desnudas
se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas.

Práctica bélica

Ubersmench

 

El año pasado arranqué la temporada, por así decirlo, con una texto de Nietzsche que bien valdría la pena releer cada tanto (una vez al mes no estaría mal) y que dejo enlazado aquí porque realmente es de una belleza imperecedera. Este año, por pura casualidad (qué le vamos a hacer, lecturas son lecturas y lo que nos despierta cada una de ellas es independiente del calendario); me reencuentro con otra maravilla nietzscheana. En la primera parte de su Ecce homo, me topo con este fragmento al que Nietzsche llamaría su «práctica bélica», y que puede resumirse así:

«Primero: yo sólo ataco causas que triunfan; en ocasiones espero hasta que lo consiguen.

Segundo: yo sólo ataco causas cuando no voy a encontrar aliados, cuando estoy solo, cuando me comprometo exclusivamente a mí mismo. No he dado nunca un paso en público que no me comprometiese; éste es mi criterio del obrar justo.

Tercero: yo no ataco jamás a personas, me sirvo de la persona tan sólo como de una poderosa lente de aumento con la cual puede hacerse visible una situación de peligro general, pero que se escapa, que resulta poco aprehensible.

Cuarto: yo sólo ataco causas cuando está excluida cualquier disputa personal, cuando está ausente todo trasfondo de experiencias penosas».

En síntesis: 1) Se ataca al poder, nunca al que está caído. 2) Se ataca en soledad, nunca dentro de una masa informe (vaya esto para quienes, sin leerlo, dicen que Nietzsche es el prototipo del “guerrero ario”). 3) Nunca se ataca a personas (falacia ad hominem), sino a ideas. 4) No se ataca desde el yo; sino que se lo hace en busca de una mejora para el futuro.

Caramba… si esto no es un hombre, pues ya no sé lo que es. No por nada a la filosofía nietzscheana se la llama vitalismo. ¡Qué fuerza, qué conducta, qué ejemplo! Pues sí, eso mismo: ejemplo. Si sumamos las dos citas —la que dejé hace exactamente un año y esta que comparto hoy—, tendríamos con ello material suficiente como para pensar durante meses enteros y, aún más, para convertirnos en seres mejores. Fuertes, imparciales, justos y, por sobre todas las cosas, en seres éticos. Amor fati y praxis bélica; una combinación no apta para este siglo, lo sé; pero que tal vez por eso mismo sea más necesaria que nunca.

 

 

La relatividad de lo relativo

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Verdad

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Hace un tiempo subí a mi ex cuenta de Facebook la imagen que figura arriba. En aquel momento un muchacho se burló de mí acusándome de relativista, lo cual no era, ni por asomo, cierto; pero de nada valieron mis aclaraciones o explicaciones. Dejé eso de lado porque, como bien se sabe, en Facebook todo el mundo quiere tener razón y nada más (de allí que hable de mi “ex-cuenta”). Ahora me encuentro con esta frase de José Saramago: «En mi opinión, la gran sabiduría reside en ser capaz de relativizarlo todo. No dramatizar nada». Y he ahí la explicación de todo (y ahora lo digo por mí y para mí, que es lo que vale).

En lo filosófico no soy un relativista; no, absolutamente (en este sitio me he peleado ya demasiadas veces con el posmodernismo como para caer en esos mismos errores). En lo científico lo acepto como parte integral de unas disciplinas (la física, por ejemplo) pero lo niego en otras (la matemática); mientras que me parece que es una herramienta útil en los metodológico (ésa fue mi intención primera al publicar el cartel anterior: es cierto lo que se dice en ambos casos mientras se estudia el tema. Es decir que vale como un «mientras tanto» y nada más que eso). En lo social, en cambio, le doy tan poca importancia a las cosas que a veces me conduzco como si fuera un relativista. ¡Y es que uno no va a andar peleándose con cada persona que se encuentra por la calle y que sostiene una tontería como si fuera la verdad absoluta! No, en esos casos uno se hace a un lado y sigue su camino tratando de desentenderse de todo ello. No soy relativista, pero a veces se gana en tranquilidad actuando como si se lo fuera…

El ronroneo constante

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Para Lou, mi copiloto

 

Vivir es como conducir un auto por una ruta sin fin. El espejo retrovisor nos muestra el pasado y sería ridículo conducir fijando todo el tiempo la vista en él. Adelante, frente al parabrisas, más allá del motor y de las defensas, está el futuro, el cual, erróneamente, creemos conocer porque la cinta de asfalto se parece mucho a la que dejamos atrás; pero la verdad es que no sabemos absolutamente nada de lo que nos espera detrás de la siguiente curva. Tal vez la ruta se torne un camino secundario de grava y tierra; tal vez sea una moderna y ancha autopista; tal vez serpentee peligrosamente entre montañas y precipicios; tal vez no cambie en absoluto durante cientos de kilómetros; tal vez nos encontremos con el final del camino, abrupto y definitivo.

Sea como fuere, la única certeza que tenemos es el ronroneo constante del motor, el constante avance de los números en el cuentakilómetros, el sonido o la sensación del viento, la charla con nuestros acompañantes.

Tomo el volante y siento el cuero delicado bajo las palmas de mis manos. Suavemente lo giro hacia la izquierda y luego hacia la derecha y el automóvil obedece con presteza. Hasta cierto punto —y soy consciente de que sólo es hasta cierto punto— tengo el control de la situación, y por puro placer acelero un poco o ralentizo la marcha.

Todo lo demás es secundario o ilusión.