La modestia de la filosofía, según Slavoj Zizek

 

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Yo no pienso a los filósofos dando respuestas, sino que pienso que la grandeza de la filosofía no es la idea común de que los filósofos hacen preguntas y nada más. Entonces, ¿Qué es la filosofía? Filosofía no es lo que algunas personas piensan: algunos ejercicios lógicos acerca de la verdad absoluta y sobre la que entonces tu puedes adoptar la actitud escéptica: “Nosotros, el pensamiento científico estamos tratando con lo real, con los problemas solubles mensurables.” “Lo filósofos sólo se preguntan sobre cuestiones estúpidas metafísicas, etc.” “Juegan con la verdad absoluta, la que todos sabemos que es inaccesible, etc.”

No, yo pienso que la filosofía es una disciplina mucho más modesta. La filosofía responde a diferentes preguntas: ¿Cómo un filósofo se aproxima al problema de la libertad? No es “¿Somos libres o no? ¿Existe Dios o no?” Son preguntas mucho más simples, llamadas preguntas hermenéuticas: “¿Qué significa ser libre?” Eso es lo que hace la filosofía, apenas ciertas preguntas cuando usamos ciertas nociones. ¿Cuál es el horizonte implícito para entenderlo? No es preguntarse sobre ideales estúpidos: ¿Existe la verdad? ¡No! La pregunta filosófica es: ¿Qué significado tiene el que yo diga «Esto es verdad»? Como puedes ver, esto es una pregunta modesta. Esto es filosofía.

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Charlando con Diógenes

 

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Estábamos con L., dando el habitual paseo nocturno cuando nos sentamos en una de las bancas de piedra de la plaza. L. me hace unas señas y veo a un hombre (me cuesta llamarlo “indigente”) sentado en el extremo del banco. En un primer momento no veo lo que me señala, pero luego sí: una pequeña perra, de unos pocos meses, se acurruca en su falda. Ambos duermen con tranquilidad. Poco a poco la perra se va deslizando y parece que va a caerse, pero el hombre, como una madre atenta aún durante el sueño, vuelve a acurrucarla y su regazo y entrelaza sus dedos para que así la cachorra esté más cómoda.

Le digo a L. «¿Te diste cuenta? Es Diógenes». Aclaro que mi fascinación por el filósofo griego es tal que la imagen que ilustra esta entrada también es el fondo de pantalla de mi laptop, así que la referencia no fue gratuita ni tuve que añadir nada más. L. sabía lo que yo le decía, aunque nunca supusimos que eso pasaría a ser algo un poquito más real. Me explico:

Algunos minutos después el hombre despierta y le preguntamos por la perra y una cosa llevó a la otra y mantuvimos una larga charla en ese banco de piedra de la plaza de Morelia. Él se llama Javier y constantemente se refería a su perra (“Chiqui”) como “Su mejor amiga”, “su juguete favorito”, “su mascota preferida”. Nos contó su historia y, en un momento dijo algo único: “Yo no molesto a nadie y sólo quiero que nadie me moleste”.

Si Schopenhauer tiene razón (y en general la tiene), cuando una persona observa algo con desapego artístico, es la misma persona que lo observó antes, no importa si fue hace doscientos años, si es ahora o si será dentro de otros doscientos años. Ese desapego emocional que nos permite el arte y el pensamiento hacen que nos separemos de la mediocridad general de ser un mero humano para pasar a ser algo más; algo que excede a esta pequeña cosa que somos. Si Schopenhauer tiene razón (y en general la tiene), ese hombre, en ese momento fue Diógenes. Esas palabras son las mismas que Diógenes le dijo a Alejandro Magno: «Quítate que me tapas el sol». Esa imagen que tuve al principio, la del vagabundo con su perro durmiendo mientras el mundo se afana en sus cosas triviales (mientras todos pasan mirando sus teléfonos móviles; mientras pasan con sus bolsas de la tienda de moda, mientras sacan de sus bolsillos las llaves para poner en marcha el auto) se convirtió en una realidad minutos más tarde cuando el filósofo me recordó que nada es más importante que la paz interior y que yo, todavía, tengo demasiadas cosas

L. y yo tuvimos la suerte, al menos por un instante, de charlar con el mismísimo Diógenes, quien viajó a través del tiempo para decirnos, a su modo, que nos corriéramos un poco y no le tapáramos el sol.

Donde acontece

 

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De Fenómenos fundamentales de la existencia humana, de Eugen Fink, un fragmento imprescindible para comprender de manera sencilla y directa lo que significa la necesidad de auto examinarse a la que cada hombre debería abocarse alguna vez a lo largo de su vida:

«Filosofía, en el sentido vago y corriente de la palabra, acontece donde quiera el hombre cavila sobre sí, donde quiera que se quede consternado ante la incomprensibilidad de su estar-aquí, donde quiera las preguntas por el sentido de la vida emerjan desde su corazón acongojado y trémulo. De este modo se le ha cruzado la filosofía casi a cada hombre alguna vez: como un sobresalto que nos estremece de súbito, como una aflicción y melancolía al parecer sin fundamento, como pregunta inquieta, como una sombra oscura sobre nuestro paisaje vital. Alguna vez toca a cada quien, tiene muchos rostros y máscaras, conocidas e inquietantes, y tiene para cada uno una propia voz, con la cual lo llama».

¿Qué importa?

 

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Como bien se sabe, la filosofía no está entre nosotros para dar respuestas, sino para ayudarnos a hacernos las preguntas adecuadas o, siquiera, para hacernos preguntas. El siguiente fragmento, Repetición, de 1843, pertenece a Søren Kierkegaard:

«Uno introduce un dedo en el suelo para oler en qué país se encuentra. Introduzco mi dedo en el mundo, no huele. ¿Dónde estoy? ¿Qué significa decir: el mundo? ¿Cuál es el significado de esa palabra? ¿Quién me engañó y me dejó parado aquí? ¿Quién soy? ¿Cómo entré al mundo? ¿Por qué no me preguntaron al respecto, por qué no fui informado de las reglas y regulaciones, sino que me metí en las filas como si me hubieran comprado a un vendedor ambulante de seres humanos? ¿Cómo me involucré en esta gran empresa llamada actualidad? ¿Por qué debería estar involucrado? ¿No es una cuestión de elección? Y si me veo obligado a participar, ¿dónde está el gerente? Tengo algo que decir al respecto. ¿No hay gerente? ¿A quién debo presentar mi queja?»

Pleno de preguntas, el fragmento me parece estupendo, pero la verdad es que al final terminé respondiendo a casi todas las preguntas de la misma forma: ¿Qué importa? ¿Qué importa que todo esto sea un absurdo, un periplo sin meta ni brújula, una nada suspendida momentáneamente? ¿Qué importa quién soy si soy? ¿Qué importa si no hay gerente si ni siquiera necesitamos uno para ser felices? ¿Qué importa el absoluto sinsentido si existe el amor y el arte para pasar el rato?

¿Y yo, qué es lo que sé?

 

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Ayer dije que William Blake era uno de los artistas a los que recurría de manera constante. Hoy me permitiré hablar de otro de ellos: Michel de Montaigne. Lo único que voy a decir de él es que si alguien no ha leído sus Ensayos, pues que lo haga. Eso es todo. Ya saben que aquí se trata de evitar todo tipo de consejos lectores, pero en este caso no se puede evitar. Leer a Montaigne es algo que uno debería incluir en su lista de cosas-que-hacer-antes-de-morir.

Ahora al punto secundario. Montaigne tenía muy claras las cosas: Difícilmente vamos a desprendernos de nuestras creencias si no somos capaces de examinarnos a nosotros mismos. Por eso a los treinta y ocho años se retiró a su castillo y en especial a la biblioteca. Allí se dio cuenta de que muchas de las creencias que tenemos pueden ser puestas en duda; es decir, que pueden ser relativizadas (palabra, claro, que él no conocía). Sólo hay que hacerse una pregunta: ¿Y yo, qué es lo que sé? Todo lo que me han inculcado hasta ahora ¿por qué tengo que creer que es verdad? Así, interpelándonos a nosotros mismos y dudando, sobre todo, de lo que sabemos, es como podemos avanzar, aunque sea quedándonos en el mismo sitio.

 

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Dos cosas sobre la torre donde Montaigne pasó la mitad de su vida. Originalmente fue diseñada como defensa pero el padre de Montaigne la adaptó para usos pacíficos. Convirtió la planta baja en una capilla y añadió una escalera de caracol interior. El piso sobre la capilla se convirtió en el dormitorio de Montaigne y subiendo los escalones que había encima de su habitación se encontraba el aseo y justo encima de éste, estaba el refugio favorito de Montaigne, su biblioteca. Y he aquí lo que más me gusta: en los tirantes de madera que cruzaban el techo de la torre, Montaigne hizo escribir una serie de máximas, las cuales le servían para reflexionar y para recordar las cosas verdaderamente importantes. Así, cuando se tiraba en el piso a descansar un rato, el cielo le devolvía un pensamiento, una idea, el recuerdo de lo que verdaderamente importaba.

¿Cuáles serían las máximas que nosotros escribiríamos en el cielorraso de nuestra habitación?

 

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Shhh…

 

Rembrandt - The Philosopher in Meditation

Rembrandt – The Philosopher in Meditation

Como muchos saben, en este sitio hay muchos temas recurrentes; uno de ellos es el silencio, el cual no sólo me parece algo meramente agradable sino, sobre todo, indispensable. Acabo de leer un artículo sobre él y me encuentro con que «el silencio tiene una cualidad que favorece la neurogénesis (la formación de nuevas conexiones neurales). Por último, existe también la noción mucho más antigua que relaciona al silencio con lo místico, con los estados de comunión con la naturaleza o con la deidad, con la paz de la mente que trae entendimiento de la verdad o de aquello que está más allá del cambio (del ruido del pensamiento y sus conceptos)».

Como soy adepto al silencio pero muy poco a las cuestiones místicas y más cuando estas son tomadas así, de manera general, no puedo menos que preguntarme si quien escribió el artículo no se dio cuenta de que tal vez una cosa sea consecuencia directa de la otra. Quiero decir, si el silencio promueve la neurogénesis ¿No será esta capacidad de crear nuevas conexiones neuronales lo que nos lleva a un estado de entendimiento más alto, el cual antes, al carecer de los conceptos adecuados, se consideraban como divinos o espirituales?

 

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Al respecto ahora se están poniendo de moda ciertos sitios silenciosos (al margen: qué patéticos somos los seres humanos que tenemos que crear modas para lo obvio… pero no quiero entrar en este tema; entonces, sigo). Uno de esos sitios es Noruega, país que tiene unos bosques que parecen ser la quintaesencia de la paz y del silencio. Megan O’Rourke, poeta norteamericana, quien pasó allí unos días, cuenta su experiencia en un artículo del New York Times:

« A la orilla del agua, la transformación fue más sutil —una transformación interna más que un cambio externo. Resulta que en el silencio, percibimos más—, nuestros sentidos se vivifican. Me percaté de dos árboles caídos cuyas raíces se entrelazaban de tal manera que sería imposible separarlos sin tener que dañarlos a ambos. En vez de acelerar como un motor siempre en marcha, mi mente bajaba de velocidad, deslizándose hacia los lados y hacia dentro. Entrando en una caleta, me di cuenta de lo habituada que estoy al ruido cuando mi mente empezó a interpretar el sonido de las olas como si fuera el rugido de motores».

 

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Si el silencio modifica a nuestro cerebro y si nuestro cerebro es el hogar de nuestra mente, vuelvo a mi pregunta original: ¿No será que lo místico, lo religioso, la paz, el entendimiento, o cualquier otro nombre que queramos darle está allí y que son, en suma, lo mismo? ¿No será que la mente y el silencio son dos manifestaciones de una sola, indivisible, cosa?

 

 

 

Colmillos

Imaginemos por un momento una situación descabellada, digamos una de esas películas con ideas algo absurdas pero con mucha acción: por ejemplo, una mujer está ahogando en un lago a sus dos hijos pequeños y quien viene al rescate es un perro. El animal salva a uno de los niños e intenta, infructuosamente, salvar al otro. Claro; el animal es un animal y no tiene aparejos ni herramientas ni, si los tuviera, tampoco tendría la capacidad para usarlos, así que usa lo que tiene: sus dientes. El animal es un héroe, por supuesto, pero aquí viene el meollo ridículo de la película: como el perro mordió al niño que salvó (y digamos que también a la harpía de la madre) y la ley establece que un animal que ataca a un humano debe ser sacrificado, eso es lo que se hará: el perro será sacrificado.

 

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Bueno, eso es lo que pasó hace un par de meses en Nueva Gales del Sur, en Australia y, por supuesto, después de la sorpresa inicial, comienzan a aparecer las frases y las preguntas de rigor. Las primeras son las más obvias, esas en las que todos caemos pero donde se quedan las personas como la tía Esmeralda, que nunca pasa de los titulares. Cosas como «No, si yo te digo que ya no se sabe quién es más animal…» o lo que dice el indignado de siempre «¡A ella habría que matarla, no al perro, que es un héroe!».

derechos de los animalesDespués podemos pasar a una segunda categoría de preguntas que, si bien tienen la misma base y el mismo fundamento que lo que acabo de decir, su objetivo es el de ir un poco más allá en estas cuestiones. Por ejemplo: ¿No va siendo hora que comencemos a reconsiderar el concepto de animal? Hace quinientos años René Descartes quitó a Dios del centro de las cosas, pero puso al hombre en ese centro y, peor aún, puso al pensamiento allí. A partir de entonces los humanos nos hemos dedicado a fregar las cosas con más entusiasmo aún de lo que lo habíamos hecho antes. Ahora nada podía detenernos. Sin embargo, ahora, en pleno siglo XXI, vemos que no somos más racionales que antaño o vemos que el concepto de racionalidad, para ser más precisos, debe ser puesto en tela de juicio.

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En otras palabras; lo que quiero decir es que tal vez debamos, ahora, descentrar al ser humano de manera definitiva y colocarlo donde corresponde: en un sitio particular y privilegiado dentro del entramado de la naturaleza. Y soy consciente de que dije «privilegiado»; pero no olvido que ese privilegio conlleva, también, la mayor de las responsabilidades. Sólo de ese modo dejaremos de ahogar a nuestros niños en un lago y, por sobre todo, dejaremos de asombrarnos de lo que puede hacer la naturaleza con los dientes de un Pitbull.

 

Hay muchos artículos sobre esta noticia en la red; aquí les dejaré el enlace a uno solo de ellos para que vean que no deliro. Quise decir: aquí.