Zygmunt Bauman por siete

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A cuatro años de la partida del sociólogo y filósofo polaco, no viene mal una breve compilación de citas, cada una de las cuales abre una puerta independiente a una habitación propia. «Lo bueno, si breve, dos veces bueno», dijo Gracián; y como tiene razón, a la brevedad de Bauman, sumo la mía y me voy de inmediato luego de este punto final.

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«Si los pobres están distraídos, los ricos no tienen nada que temer».

«El diálogo real no es hablar con gente que piensa lo mismo que tú».

«Es normal que queramos ser felices, pero hemos olvidado todas las formas de ser felices. Sólo nos queda una: la felicidad de comprar. Cuando uno compra algo que desea, es feliz; pero es un fenómeno temporal».

«La energía de un puente no es la fuerza media de sus pilares, sino la fuerza del pilar más débil. Siempre he creído que no se mide la salud de una sociedad por el presupuesto general de la nación, sino por la condición de quien esté peor».

«La diferencia entre la comunidad y la red es que tú perteneces a la comunidad pero la red te pertenece a ti. Puedes añadir amigos y puedes borrarlos, controlas a la gente con la que te relacionas. La gente se siente un poco mejor porque la soledad es la gran amenaza en estos tiempos de individualización. Mucha gente usa las redes sociales no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en lo que llamo zonas de confort, donde el único sonido que oyen es el eco de su voz, donde lo único que ven son los reflejos de su propia cara. Las redes son muy útiles, dan servicios muy placenteros, pero son una trampa».

«Es estéril y peligroso creer que uno domina el mundo entero gracias a internet, cuando no se tiene la cultura suficiente para filtrar la información buena de la mala».

«Hemos olvidado el amor, la amistad, el trabajo bien hecho. Lo que se consume, lo que se compra, son solo sedantes morales que tranquilizan tus escrúpulos éticos».

El decálogo de Bertrand Russell

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En un artículo de 1951 en la revista New York Times, Bertrand Russell expuso «los Diez Mandamientos que, como maestro, desearía promulgar». Creo que hoy esos mandamientos son tan válidos como hace setenta años; sobre todo teniendo en cuenta los niveles de intolerancia que están alcanzándose en las redes sociales y que están extendiéndose a los demás ámbitos de la vida social, incluso al ámbito intrafamiliar. Vamos a ellos:

  1. No se sienta absolutamente seguro de nada.
  2. No crea que vale la pena producir una creencia ocultando pruebas, porque es seguro que las pruebas saldrán a la luz.
  3. Nunca intente desalentar el pensamiento, porque usted se crea seguro de su éxito.
  4. Cuando te encuentres con oposición, aunque sea de su pareja o de sus hijos, esfuézate por superarla con argumentos y no con la autoridad, porque una victoria que dependa de la autoridad es irreal e ilusoria.
  5. No tengas respeto por la autoridad de los demás, porque siempre se encuentran autoridades contrarias.
  6. No uses el poder para reprimir opiniones que consideres perniciosas, porque si lo haces, las opiniones te reprimirán.
  7. No temas ser excéntrico en tu opinión, porque cada opinión ahora aceptada fue alguna vez excéntrica.
  8. Encuentra más placer en la disidencia inteligente que en el acuerdo pasivo, porque si valoras la inteligencia como debieras, la primera implica un acuerdo más profundo que la segunda.
  9. Sea escrupulosamente veraz, incluso cuando la verdad sea inconveniente, porque es más inconveniente tratar de ocultarla.
  10. No sientas envidia de la felicidad de quienes viven en el paraíso de los tontos, porque solo un tonto pensará que es felicidad.

En el mismo artículo, Russel escribió: «La esencia de la perspectiva liberal en la esfera intelectual es la creencia de que la discusión imparcial es algo útil y que los hombres deberían ser libres de cuestionar cualquier cosa si pueden apoyar sus cuestionamientos con argumentos sólidos», y más adelante, esto: «La opinión contraria, que mantienen quienes no pueden ser llamados liberales, es que la verdad ya se conoce, y que cuestionarla es necesariamente subversivo».

Queda muy poco que agregar a sus palabras, y eso es lo que suele suceder con Bertrand Russell, uno lo lee y no tiene otra opción que quedarse callado, incluso cuando eso suene a contradicción, ya que él mismo nos está diciendo que cuestionemos todo. Pero el asunto va por otro lado: cuestionar todo no significa que el cuestionamiento en sí y de por sí sea un valor absoluto. Se cuestiona para llegar a un punto de llegada o para determinar que no puede llegarse a un punto de llegada (en referencia a esto último es altamente recomendable la lectura del debate Russell – Copleston acerca de la existencia de Dios. Un ejemplo de cómo se debe debatir y de cómo se avanza en el conocimiento); si lo segundo ocurre, se deja en suspenso el juicio; si ocurre lo primero, podemos darnos por satisfechos, al menos momentáneamente, hasta que un nuevo dato o punto de vista nos haga revisitar y revisar esa idea o pensamiento. Sea como fuere, seguir los consejos de Russell siempre da buenos resultados.

El discreto encanto de ser humano (Parte III de III)

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Una de las discusiones más fuertes que vienen dándose en este último tiempo; magnificada, también, por los alcances de la pandemia que estamos sufriendo, es el del alcance y la responsabilidad que le cabe al sistema capitalista en toda esta cuestión. Más aún, a quien se apunta es al capitalismo tardío, neoliberalismo o capitalismo salvaje (cualquiera de las tres expresiones señalan a lo mismo, sólo que alguna lo hace de manera más literal y otra lo hace de manera más permisiva), quien es el que parece no tener control ni permitir, tampoco, que nadie intente tal cosa (es decir, controlarlo. No hay más que ver lo que sucedió hace pocos días en Wall Street).

El gran «caballito de batalla» de este sistema económico-ideológico es la llamada «meritocracia», la cual vendría a sintetizar todo en un sencillo «Si tiene, es porque se lo ganó; si no tiene, es porque no ha hecho lo suficiente»; dejado de lado, por supuesto, todas aquellas variables que forman parte de la existencia humana y de la que, en líneas generales, quienes sostienen esta faceta ideológica, están exentos en un alto grado.

En mi caso, la foto con la que abro esta entrada es estupenda para plantear el asunto desde el otro ángulo, desde el otro punto de vista. Ante ella, un liberal (o capitalista tardío o un neoliberal; no creo que le gustaría que lo llame capitalista salvaje) diría algo así como: «Si a pesar de las condiciones externas, como repartidor le conviene entregar pedidos, quiere decir que elige libremente y prefiere ganar dinero a quedarse parado». Yo creo que la pregunta es la contraria: si el repartidor fuese libre, ¿elegiría entregar pedidos en plena nevada con la ciudad en ese estado? Lo que nos lleva a otra pregunta: ¿puede haber libertad si no están garantizadas las condiciones que nos permiten ser libres? ¿Qué libertad de elección existe cuando la decisión está subordinada a la necesidad?

Sabiduría intrascendente

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Tengo 30 años, no estoy casada, no tengo hijos ¡Y todo está bien!

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La foto con la que abro esta entrada fue compartida, como todos suponemos, en una red social. El hecho no tendría mayor importancia salvo que, unos pocos días antes, y esta vez en un periódico, había visto una «noticia» en la cual se informaba que una pareja, también de unos treinta años de edad, había decidido no tener hijos, por lo cual ambos se habían sometido a intervenciones quirúrgicas para evitar un embarazo no deseado. Alguien, con buen tino y perfecta ironía, dejó un comentario diciendo «Yo acabo de hacer una tortilla de papas ¿cuándo van a venir a hacerme una nota?». El punto es exactamente ese: ¿A quién le importan estas cosas? ¿En qué me va a mí tanto como al resto del mundo que ciertas personas hayan decidido tener o no tener hijos, adoptar un gato, alimentarse sólo con frijoles o bañarse una vez cada seis meses?

Decidirse a no tener hijos no es una tontería, es sólo una decisión personal; lo que sí lo es es transformar eso en una noticia o considerar que debe ser expuesto a los cuatro vientos, como si esa idea fuera genial o al menos original. Supongo (y esto no es nada más que una interpretación personal, así que queda en el campo de las hipótesis incomprobables, porque por un lado no hay modo de llegar a una certeza en este campo y, sinceramente, tampoco me interesa hacerlo) que las vidas de estas personas, al estar vacías de todo proyecto de vida interesante y válido, tiene que llenarse con estas cosas que a nadie importa pero que parecen ser sólo en la medida en que son compartidas con el resto del mundo.

Recuerdo una frase de Zizek que viene perfecta para el caso: «El verdadero enemigo no son las nuevas visiones realistas, sino lo que uno está tentado de llamar el bello arte del no pensar, un arte que impregna cada vez más nuestro espacio público: «sabiduría» en lugar de pensar apropiadamente; «sabiduría» como un intento de fascinarnos con sus profundidades falsas».

De demonios, pasteles y piñatas

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Leo un artículo del suplemento cultural del diario La Jornada. En él la historiadora Fallena Montaño explica que una manera de controlar el miedo es sublimarlo (sublimar: «Alabar o ensalzar a una persona o una cosa exagerando mucho sus cualidades o méritos». Pero en psicoanálisis, significa «Transformar los impulsos instintivos en actos más aceptados desde el punto de vista moral o social»). ya muchos saben que considero al psicoanálisis como una forma moderna de superstición; una mera superchería; pero vamos adelante aceptando, por el momento, esa definición.

Sigue la historiadora: «En el período gótico aparecieron imágenes de un demonio carnavalesco. Es cuando surgen los carnavales y las danzas en las que las personas se disfrazaban de un diablo tonto, que se equivoca, se tropieza; esa es una manera de controlar el miedo. Es lo mismo que se hace hoy en día con las piñatas con forma de coronavirus o se reproducen memes donde el coronavirus tiene una carita y está bailando “para enfrentar el temor natural que le tenemos”, pues es la actual representación del mal».

Piñatas con forma de coronavirus. ¿La del medio la habrá diseñado Trump? Aquí el mal no sólo es el virus, también son los chinos…

Aquí ya empiezo a hacerme algunas preguntas: ¿Es realmente lo mismo ridiculizar a la figura del diablo en la Edad Media que representar a un virus en la actualidad? Es decir ¿realmente subyace el mismo temor y la misma necesidad detrás de ambas representaciones? Quisiera creer que el temor que se le tenía al diablo en la Edad Media tenía unas características más pronunciadas que las que podemos tener hoy con respecto a un virus; aunque tampoco podemos decir demasiado al respecto; desde el momento en que recuerdo que hay gente que todavía cree que la Tierra es plana o cree en la astrología o en el diablo mismo, no me dejan mucho margen para el optimismo.

Pasteles decorados como Coronavirus. ¿Otra forma de sublimación?

Sigamos con Fallena Montaño quien, al menos en los aspectos históricos, dice un par de cosas interesantes más: «La figura de Satanás, visualmente, tuvo características encontradas en la Edad Media, “por un lado era atemorizante, zoomorfo, con rabo, pezuñas de macho cabrío, cuernos o garras de ave de rapiña pero, además de las anteriores, aparecieron imágenes de un diablo ridículo. Al igual que el demonio, durante el período de la pandemia medieval, “la muerte tuvo un lugar protagónico en el arte, algo que no encontramos en el período románico. La muerte se convirtió a partir del siglo XIV en el personaje que conocemos hasta nuestros días, un esqueleto con su guadaña, o un cuerpo putrefacto, agusanado, con llagas, pus o con los bubones de la enfermedad».

«De ahí surge en la pintura el género Vanitas, que se refiere a que todo en esta vida es vanidad y que no importa si alguien es rey, el papa, una persona poderosa, alguien muy culto o rico, de todas maneras la muerte es común para todos y el cuerpo va a decaer».

Me pareció interesante el dato de que la imagen de la muerte, tal como la consideramos hoy, aparece alrededor del 1300 y que ha perdurado hasta la actualidad. También que por aquellos tiempos aparece el género Vanitas (del cual traeré un par de ejemplos pronto); pero aquí también hago una distinción entre aquellos tiempos y estos. Si bien el género Vanitas señalaba la igualdad de todos los hombres ante la muerte, independientemente de su rango o posición; en la actualidad el asunto sigue siendo verdad, pero no de una manera tan tajante. En la Edad Media si te agarraba la peste, un virus o la gripe, no importaba absolutamente nada. La palmaba igual el rey que el campesino; pero todos sabemos que hoy no es tan así. No es lo mismo contagiarse de coronavirus siendo un acaudalado millonario que siendo un desocupado sin seguro social.

Y es por eso, también, que dudo al intentar responder a esas preguntas que hice antes: ¿Es realmente lo mismo ridiculizar a la figura del diablo en la Edad Media que representar a un virus en la actualidad? ¿Realmente subyace el mismo temor y la misma necesidad detrás de ambas representaciones? Las respuestas que tengo son parciales y debo pensarlas más; no me convencen del todo o sé que hay cosas que he dejado sin considerar. ¿Alguno tiene alguna respuesta, aunque sea parcial? Les convido un trozo de pastel de coronavirus y un café; así mientras pensamos al menos vamos sublimando…

Seguir pensando mal, seguir obrando mal

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A raíz de un triste caso de violencia de género que ocurrió recientemente en esta ciudad, he encontrado muchas versiones del hecho, las cuales sería demasiado extenso tratar por separado (aunque ganas no me faltan; por cierto); pero lo que veo, en líneas generales, es que hay una profunda falta de pensamiento crítico que les brinde solidez, lo cual sería más que deseable, porque si algo necesita un sistema crítico es, precisamente, solidez; es decir, lógica y coherencia. Trataré sólo uno, tangencial al hecho en sí, aunque hijo de este.

He leído, en una de las tantas publicaciones que desbordaron las redes sociales a lo largo del fin de semana, el siguiente texto (lo copio de manera literal, los errores le pertencen):

«Quizá no hemos reflexionado sobre el verbo “cuidar”. Cuidas al perro, al gato porque los has sacado de su hábitat (no olvides que al domesticarlos los has inutilizado). Cuidas la planta porque la has sacado de su entorno. Cuidas al León porque lo tienes encerrado en una jaula. Cuidas al niño/niña porque sabes que no pueden hacer muchas cosas, como alimentarse y buscar su propio alimento. Cuidas al anciano porque sabes que ha perdido habilidades. Cuidas al enfermo porque sabes que ha perdido su fuerza y sus defensas.

En todas, el verbo cuidar conlleva dependencia y no necesariamente amor. ¿Así quieres “cuidar” a una mujer? Es decir, que se vuelve inútil y dependa solo de ti. ¿Por qué quieres ese control? Amor no hay. Si hubiera amor la dejarías libre. Al niño/a los/as cuidas y precisamente porque los amas los dejas libres cuando ya son autosuficientes. Justifícate como quieras, pero el verbo “cuidar” tiene sus propias connotaciones, no depende del punto de vista, sino el uso que le damos y siempre coincide en esa dependencia que el otro tiene del cuidador».

A continuación, se agregaba una captura de pantalla con la definición del verbo «cuidar»:

Cuidar

  1. Ocuparse de una persona, animal o cosa que requiere de algún tipo de atención o asistencia, estando pendiente de sus necesidades y proporcionando lo necesario para que esté bien o esté en buen estado.

2. Procurar, a una cosa o persona, la vigilancia o las atenciones necesarias para evitar algún malo peligro.

Lo que me llama la atención es que no hay, en la definición del término, nada que avale lo dicho en el texto. ¿De dónde sale la idea de que son los hombres y sólo los hombres quienes usan de esa manera el término «cuidar»? Si se parte de esa premisa, por supuesto que sería un error grosero que habría que subsanar; pero no es así y la prueba la tenemos en una simple distinción: sólo hay que cambiar los términos «hombre» y «mujer» por el término «persona» (a fines del año pasado fui invitado a dar un par de clases en una universidad local y, al plantearle a los alumnos los problemas bajo este cambio de términos, la mayor parte de las discusiones se terminó casi de inmediato. Muchos de ellos reconocieron que plantear los problemas sociales como venían haciéndolo, sólo acentuaba las diferencias, no acababa con ellas). Entonces tenemos ahora el problema planteado de este modo: «Una persona necesita ayuda, otra persona se la ofrece».

¿Qué hay de malo en este nuevo planteo? Absolutamente nada. Sólo hace patente el hecho innegable que somos seres interdependientes y que nos necesitamos los unos a los otros. ¿Importa el sexo de quien necesite ayude y de quien la brinde? No, por supuesto; y aquí terminaría el asunto, pero permítanme ir un paso más allá, para lo cual voy a tener que dejar de pensar en abstracto para ejemplificar lo que quiero decir con un ejemplo personal.

Cuando leí el fragmento que destaco al inicio de la entrada pensé en mi entorno personal. Pensé en mi esposa, por ejemplo. ¿La cuido? Por supuesto. ¿Por qué? Pues porque la amo, claro; pero también me di cuenta de que la cuido porque no temo que le pase algo; porque temo que algo le suceda. Temo, sí, que algo le suceda y que eso la aparte de mí. ¿Es egoísta esta actitud? Tal vez. Pero eso es porque soy humano, no un ser perfecto que puede pensar por fuera de su corporalidad y de sus limitaciones. Lo mismo me sucede con mis hijos, con mi hermanos y hasta con los extraños (¿quién, al ver a alguien en peligro -digamos algo simple como cruzar una calle sin prestar la debida atención- no haría lo posible para evitarle un daño?). Y lo mismo sucede con mi esposa ¿por qué me cuida ella a mí? Por los mismos motivos, claro está; no porque me considere inferior o inútil. Y lo mismo sucede con mis hijos (no hay placer mayor que abrir el teléfono y encontrar un mensaje de ellos quienes, lo primero que dices es ¿Cómo estás? A pesar de la distancia, el cuidado, el acto amoroso a través de unas palabras que dicen más que lo que meramente está incluido en su definición).

Dos consideraciones finales:

  1. Me gustó descubrir que temer por la suerte de aquellos a los que amamos nos hace más fuertes. Es precisamente en esos momentos donde nos sobreponemos a todo y es en esos momento cuando desmostramos que no hay diferencias de sexo que valga cuando se trata del bienestar del otro (algunos recordarán un hecho particular que me ocurrió hace unos años cuando mi esposa, literalmente, y sin exagerar, me salvó la vida. he dejado en este sitio una crónica de aquellos días como agradecimiento explícito a ella. Aquella vez yo fui el más débil de las personas, ella la más fuerte).
  2. Mientras se siga pensando en términos de hombre/mujer (con la adjetivación implícita de hombre-victimario/mujer-víctima) nos será mucho más difícil encontrar una salida al problema de la violencia (y hablo de la violencia en general. Violencia. La que sufre cualquier ser humano) y sus posteriores consecuencias. Entender que todos somos uno y el mismo y que debemos cuidarnos entre todos independientemente del sexo o de la edad o de la nacionalidad o de cualquier otro añadido posterior a nuestra concepción primaria de ser humano, es el primer paso para avanzar en la dirección correcta. Lo demás sólo retrasará la aparición de posibles soluciones.

Límites (que no llegadas)

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A veces uno lee un libro, ve una película o, como en este caso, un artículo, y mira hacia ambos lados, suponiendo que alguien nos ha estado espiando y tomando notas de nuestro accionar a lo largo de todo este tiempo. Algo así me pasó al leer un artículo de The Atlantic (Your professional decline is coming (much) sooner than you think) donde fue tanta la identificación con el tema que se estaba tratando que no pude menos que considerar esa vieja sensación que dice: están hablando de mí…

Les dejo extracto muy breve del artículo de The Atlantic y los puntos esenciales que me llamaron la atención (o que me gustaron en especial, lo cual es otra forma de decir lo mismo):
«Le dije a Acharya mi problema: muchas personas con logros sufren a medida que envejecen, porque pierden sus habilidades, ganadas durante muchos años de arduo trabajo. ¿Es este sufrimiento ineludible, como una broma cósmica sobre los orgullosos? ¿O hay una laguna en alguna parte, una forma de evitar el sufrimiento?

Acharya respondió elípticamente, explicando una antigua enseñanza hindú sobre las etapas de la vida, o ashramas. El primero es Brahmacharya, el período de la juventud y la adultez joven dedicado al aprendizaje. El segundo es Grihastha, cuando una persona construye una carrera, acumula riqueza y crea una familia. En esta segunda etapa, los filósofos encuentran una de las trampas más comunes de la vida: la gente se apega a las recompensas terrenales (dinero, poder, sexo, prestigio) y, por lo tanto, intenta que esta etapa dure toda la vida.

El antídoto para estas tentaciones mundanas es Vanaprastha, el tercer ashrama, cuyo nombre proviene de dos palabras sánscritas que significan «retirarse» y «en el bosque». Esta es la etapa, que generalmente comienza alrededor de los 50 años, en la que deliberadamente nos enfocamos menos en la ambición profesional y nos volvemos cada vez más dedicados a la espiritualidad, el servicio y la sabiduría. Esto no significa que deba dejar de trabajar cuando cumpla 50 años, algo que pocas personas pueden permitirse hacer, solo que sus objetivos de vida deben ajustarse.

Vanaprastha es un tiempo de estudio y entrenamiento para la última etapa de la vida, Sannyasa, que debe estar totalmente dedicada a los frutos de la iluminación. En tiempos pasados, algunos hombres hindúes dejaban a su familia en la vejez, tomaban votos sagrados y pasaban el resto de su vida a los pies de maestros, rezando y estudiando. Incluso si sentarse en una cueva a los 75 años no es su ambición, el punto debe quedar claro: a medida que envejecemos, debemos resistir los señuelos convencionales del éxito para enfocarnos en cosas más trascendentalmente importantes».

Lo dicho: una delicia de texto (bueno, ya, al menos para mí). Y es que por un camino o por otro creo que en algún momento debe llegarse a esa conclusión que me parece casi definitiva o esencial. Algunos llegamos a través de la filosofía occidental y a los tropezones; otros, aquellos que viven en las antípodas, llegan a través de sus propios mitos y religiones; otros, lamentablemente, no llegan nunca.

¿Cómo dice el dicho? ¿Que todos los caminos llevan a Roma? Mmmmm… creo que no, que llevan a otro lado, y cuando antes nos enteremos de eso, antes nos libraremos de todo lo superfluo; el modo de hacerlo es lo de menos.

Posiciones encontradas

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Dijo Elena Garro: «El amor no existe. Existe sólo un mundo que trabaja, que va, que viene, que gana dinero, que usa reloj, que cuenta los minutos y los centavos y acaba podrido en un agujero, con un piedra encima que lleva el nombre del desdichado». Pero de inmediato por la ventana entra William Burroughs y sentencia: «No hay nada. No hay sabiduría final ni experiencia reveladora; ninguna jodida cosa. No hay Santo Grial. No hay Satori definitivo ni solución final. Sólo conflicto. La única cosa que puede resolver este conflicto es el amor. Amor Puro. Lo que yo siento ahora y sentí siempre por mis gatos. ¿Amor? ¿Qué es eso? El calmante más natural para el dolor que existe. Amor».

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¿Qué hacemos ante la dicotomía? Podemos tomar un camino o el otro o, mejor aún, podemos crear el nuestro. Por mi parte, pesimista irredento, no creo en la bondad del mundo, pero creo que al final de la jornada, cuando la noche cae y el silencio se adueña del mundo, no hay nada como la compañía de una piel amada para expulsar a todos los fantasmas. No es verdad que el amor no existe, como dice Garro; el amor es un acto, una acción, una práctica. El amor no existe si eres imbécil o incapaz, pero si te pierdes en él y aprendes un par de cosas, pues sí, ahí está, frente a ti, resplandeciente como ninguna otra cosa. Burroughs lo entendió (el viejo beatnik sorprendió a más de uno aquí): a pesar de todo lo malo que nos rodea —¡O tal vez por eso mismo!— el amor es algo que tenemos que crear (si no existe) o aprender a alimentar (si existe independientemente de nosotros).

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Y hablo del amor como sentimiento a un ser y del amor como sentimiento abarcador, amplio, general. El amor a nuestra pareja y el amor a todos y a todo lo demás. He dicho aquí incontables veces que las dos únicas cosas que valen la pena en esta vida es el (amor al) conocimiento y el amor en sí. Para mí Borges, Mozart, viajar, pasear por cualquier calle de cualquier ciudad, un bosque, Schopenhauer, la llanura pampeana, el mar, Gustav Klimt, la matemática (que no entiendo del todo), la lluvia, el jazz, son algunos de los que forman parte del primer grupo. El segundo lo ocupa Lourdes, por completo. Es por eso que, al apagar la luz al llegar la noche, si siento su respiración a mi lado, sé que todo estará bien y que el día ha valido la pena. A pesar de todo.

Pequeñas diferencias

 

escéptico

 

¿Qué es el negacionismo? Me animo a esta definición: «Actitud que consiste en la negación de hechos históricos o de posturas científicas o intelectuales que son generalmente aceptados». ¿Qué es el escepticismo? Probemos con esta definición: «Recelo, incredulidad o falta de confianza en la verdad o eficacia de una cosa». En un primer momento ambas posturas parecen ser muy parecidas. Las similitudes entre ambas podrías sintetizarse en el hecho de que ninguna de las dos acepta nada que no se encuentre firmemente basado en pruebas, y es así como generalmente se las hace pasar, haciendo una pequeña y no siempre detectada trampa en favor de las primeras de las posturas.
En realidad la diferencia entre una y otra forma de pensamiento es radical. El escepticismo niega todo aquello que no pueda ser probado, pero puede (y quiere) cambiar de opinión en cuanto el razonamiento o las pruebas demuestre que está equivocado o que el tema que está siendo tratado tiene bases científicas o lógicas bien fundamentadas. El negacionismo no; el negacionismo no tiene interés alguno en cambiar de opinión y si para ello tiene que forzar a la realidad a adaptarse a sus ideas, pues lo hace.

 

negacionista

 

Un buen ejemplo de ello lo tenemos en el documental de Netflix «La Tierra es plana», cuando a líder de los terraplanistas se le pregunta si ha tenido contacto con científicos y éste dice «Sí, pero ellos siempre salen con matemática y esas cosas…». Es decir: ¿Para qué vamos a analizar la realidad? Yo ya sé cómo son las cosas y no necesito más pruebas que eso. También, no hace mucho, en un programa de T.V. argentina donde se discutían cuestiones de feminismo, una defensora de esta corriente le dijo a una mujer que mantenía la postura opuesta: «Bueno, pero no empieces con los datos…». La misma idea: ¿Para qué aceptar los datos duros de la realidad si con la que uno piensa o cree ya es suficiente?
Hay que prestar atención a estas sutiles diferencias. No es lo mismo discutir con un escéptico que con un negacionista. Aquel cambiará sus ideas y el flujo de su discurso según lo que indique la lógica y la realidad; éste no cambiará jamás, aunque la realidad lo enfrente de narices con su contradicción. Recordemos, por último, las siempre lúcidas palabras de Emilio Lledó:
«A mí me llama la atención que siempre se habla, y con razón, de libertad de expresión. Es obvio que hay que tener eso, pero lo que hay que tener, principal y primariamente, es libertad de pensamiento. ¿Qué me importa a mí la libertad de expresión si no digo más que imbecilidades? ¿Para qué sirve si no sabes pensar, si no tienes sentido crítico, si no sabes ser libre intelectualmente?».