Por un par de monedas

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En el siglo I d.e.c., en Roma, se acuñaron unas raras fichas o monedas eróticas llamadas Spintriae; las cuales fueron originalmente manufacturadas con una aleación de latón y bronce. En un lado de la ficha se muestra una escena sexual —siempre un hombre con una mujer—, mientras que del otro lado se ve un número romano dentro de una corona. Los números del I a XII son comunes, mientras que los números que exceden el XIII son muy raros. En realidad no se sabe por qué se hicieron estas fichas; algunos expertos afirman que la función principal era la de ser admitidos en los burdeles y el dibujo indicaba el servicio que se recibiría. Se cree que esa representación del servicio fue hecha para superar la barrera del idioma entre los pueblos del Imperio Romano, ya que, por ejemplo, un marinero sirio que acaba de llegar a Roma sin saber una palabra en latín sabría exactamente qué esperar en base a la ilustración. Otros estudiosos dicen que eran fichas de juego especiales similares a las tarjetas eróticas contemporáneas o fichas numéricas utilizadas en algunos juegos de mesa. Estas fichas eróticas tenían un paralelo en las fichas romanas que servían como entradas de admisión al circo y los entonces “cupones de harina”. Estos últimos llevaban el retrato del emperador por un lado. Sin embargo, era impensable representar al emperador en un símbolo con motivos eróticos; y el reverso de los Spintriae lleva por lo tanto una designación numérica, tal vez el valor de la ficha. De acuerdo con la opinión actual predominante, eran en realidad fichas de servicios sexuales que se distribuían gratuitamente aunque no tan extensamente como las fichas de “pan y circo”.

Veo venir la moralina a raudales cuando se tocan estos temas. Veo ceños fruncidos y muecas de disgustos en estos tiempos de feminismo y de posturas políticamente correctas; pero ese asunto pasa por otro lado; un lado mucho menos agradable y el cual, si lo tocáramos como corresponde, haríamos que mucha, muchísima gente frunciera el ceño de verdad, sobre todo cuando los señaláramos como los verdaderos culpables de este estado de cosas. Ser moral es una cosa; parecerlo, otra; y creerse dueño de ella, es otra muy, muy distinta. Por lo pronto, dejemos todo esto en una mera curiosidad histórica.

Sin inteligencia, no.

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Hay algunos tópicos, aun entre gente leída, que no dejan de ser simples lugares comunes que se repiten sin ahondar demasiado en ellos para ver dónde está la verdad o hasta dónde llega esta. Si digo Kamasutra muchos, sino todos, pensarán en un compendio de posiciones amorosas y poco más; pero no es así, aunque hay mucho de ello, claro está, ya que, como su nombre lo indica (Kama significa amor, sexualidad; mientras que Sutra significa aforismo) Kamasutra vendría a significar algo así como Los aforismos del amor o Las reglas del amor. Entonces ¿qué es lo que nos enseña el Kamasutra? Me detengo en el tercer capítulo y transcribo algunas de las artes que deberá estudiar quien quiera abocarse posteriormente a las artes amatorias:

  1. El canto.
  2. La música instrumental.
  3. La danza.
  4. La unión de la danza, el canto y la música instrumental.
  5. La escritura y el dibujo.
  6. […]
  7. La pintura, el arreglo y la decoración.
  8. La confección de collares, guirnaldas y coronas.
  9. […]
  10. La preparación de perfumes y fragancias.
  11. El hábil arreglo de joyas y adornos.
  12. […]
  13. El arte culinario.
  14. La preparación de limonadas, sorbetes, bebidas aciduladas y extractos espirituosos con perfumes y colores gratos.
  15. El arte de la lectura, comprendidos en ella el canto y la entonación.
  16. […]
  17. El arte de versificar.
  18. Los juegos aritméticos.
  19. La confección de flores artificiales.

 

Como puede notarse por esta lista incompleta pero ejemplificadora, ser un buen amante es algo que va más allá de lo meramente físico. No se puede ser un buen amante sin haber estimulado, antes, las más exquisitas facultades; en síntesis: la inteligencia magnifica los placeres y el sexo es algo más que la mera unión física entre dos personas.

O también, como dijo alguien muchos siglos después de que se escribiera este texto del que hablo hoy: Sólo hay dos temas que importan en la vida de los hombres; los temas del amor y los del conocimiento. Lo demás es hojarasca.

Distinciones asexuadas.

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Asisto a la presentación de un libro. Es una novela escrita por un hombre cuyo personaje central es una mujer. En la ronda de preguntas surgen las inevitables cuestiones sobre “cómo se puso en el papel de una mujer” y demás. También de manera inevitable surge algo así como si existe una literatura femenina en contraposición a una literatura masculina y se habla de “escritura metafórica” (la cual vendría a ser la escritura masculina) y de “escritura metonímica” (ergo, la literatura femenina). Yo me encuentro lejos de todo este tipo de consideraciones. Pienso, con toda sencillez pero con toda seguridad, que el artista debe, ante todo, crear; y del mismo modo en que no es necesario ser violado para comprender la gravedad o el dolor de ese acto, no es necesario matar para crear un personaje que sea un asesino (imagino a Thomas Harris matando y cenándose al vecino con la excusa de crear a Hannibal Lecter…). Siguiendo esa línea pienso, en mi subjetividad, cuáles son las mejores escritoras en cada disciplina y me digo: Wyslawa Szymborsaka en poesía; Flannery O´Connor en cuento; (tal vez) Virginia Woolf en novela; Susan Sontag en ensayo. Pienso en ellas y lo único que veo en común es que eran endemoniadamente buenas en lo que hacían, pero no veo estilos ni tendencias ni nada que las haga, prima facie, reconocibles como mujeres en su escritura.

Sigo con mi sencillez hermanada de seguridad y me digo que sí hay que hacer distinciones en materias de arte o literatura; pero creo que esa distinción debe ser más sencilla, más tajante y, sobre todo, más útil. Lo único necesario es saber distinguir entre buena y mala literatura; después, lo que lleve entre las piernas el autor (y el uso que decida darle a eso) es algo que nos debe tener sin cuidado.

Razón de más.

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Estoy leyendo El erotismo, de Georges Bataille. Debería decir que estoy leyendo, disfrutando, aprendiendo y gozando con esta lectura, porque el tema en sí ya promete riqueza por donde se lo mire y observe. En el Primer Estudio de la segunda parte, donde se analiza el famoso informe Kinsey, encuentro el siguiente párrafo:

“La sexualidad es para los autores una «función biológica normal, aceptable, bajo cualquier forma en que se presente». Pero a esta actividad natural se ponen ciertas restricciones religiosas. La serie más interesante de datos numéricos del primer Informe indica la frecuencia semanal del orgasmo. Aunque varía según las edades y categorías sociales, en conjunto es muy inferior a 7, cifra a partir de la cual se nos habla de alta frecuencia (high rate). Ahora bien, La frecuencia normal del antropoide es una vez al día. La frecuencia normal del hombre, según afirman los autores, podría no ser inferior a la de los grandes monos si no se hubieran interpuesto las restricciones religiosas. Los autores en los resultados de su encuesta clasificaron las respuestas de los fieles de diversas confesiones, oponiendo practicantes y no practicantes. El 7,4% de los protestantes piadosos contra 11,7% de los indiferentes alcanzan o superan la frecuencia semanal del 7%; del mismo modo, el 8,1% de los católicos piadosos se contraponen al 20,5% de los indiferentes. Son cifras relevantes: la práctica religiosa frena obviamente la actividad sexual”.

Georges Bataille. El erotismo, p. 162.

No es algo desconocido para cualquier persona medianamente lúcida lo que estos datos confirman. Como si hiciese falta una razón más, la práctica religiosa debería ser abolida, entonces (entre otras muchas cosas), por oponerse a unos de los aspectos más ricos y sanos que forman la vida de toda persona. Y me adelanto a la posible crítica de algún intolerante de turno: quien quiera castrarse en vida, es libre de hacerlo; pero que no joda al resto del personal y, mucho menos, que no obligue a castrarse a los demás por su propio delirio. Amén.

Amar a través de las palabras (Amarte a través…)

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El lenguaje es una piel: yo froto mi lenguaje contra el otro. Es como si tuviera palabras a guisa de dedos, o dedos en la punta de mis palabras. mi lenguaje tiembla de deseo. La emoción proviene de un doble contacto: por una parte, toda una actividad discursiva viene a realzar discretamente, indirectamente, un significado único, que es “yo te deseo”, y lo libera, lo alimenta, lo ramifica, lo hace estallar (el lenguaje goza tocándose a sí mismo); por otra parte, envuelvo al otro en mis palabras. Lo acaricio, lo mimo, converso acerca de estos mimos, me desvivo por hacer durar el comentario al que someto la relación. (Hablar amorosamente es desvivirse sin término, sin crisis; es practicar una relación sin orgasmo. Existe tal vez una forma literaria de este coitus reservatus: es el galanteo).

Roland Barthes. Fragmento de un discurso amoroso.

El sexo no es para gente escrupulosa.

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“El sexo no es para gente escrupulosa. El sexo es un intercambio de líquidos, de fluidos, saliva, aliento y olores fuertes, orina, semen, mierda, sudor, microbios, bacterias. O no es. Si sólo es ternura y espiritualidad etérea entonces se queda en una parodia estéril de lo que pudo ser. Nada.”  Dice Pedro Juan Gutiérrez en su Trilogía sucia de La Habana. Ahora se entiende por qué el sexo y la pacatería no hacen buenas migas. Y también por qué no me gusta la gente escrupulosa y nunca va a gustarme.

Amar a través de las palabras (Amarte a través…)

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El lenguaje es una piel: yo froto mi lenguaje contra el otro. Es como si tuviera palabras a guisa de dedos, o dedos en la punta de mis palabras. mi lenguaje tiembla de deseo. La emoción proviene de un doble contacto: por una parte, toda una actividad discursiva viene a realzar discretamente, indirectamente, un significado único, que es “yo te deseo”, y lo libera, lo alimenta, lo ramifica, lo hace estallar (el lenguaje goza tocándose a sí mismo); por otra parte, envuelvo al otro en mis palabras. lo acaricio, lo mimo, converso acerca de estos mimos, me desvivo por hacer durar el comentario al que someto la relación.

(Hablar amorosamente es desvivirse sin término, sin crisis; es practicar una relación sin orgasmo. Existe tal vez una forma literaria de este coitus reservatus: es el galanteo).

Roland Barthes. Fragmento de un discurso amoroso.