Breve ensayo sobre el sentido de la vida (Parte III)

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El dibujo era sencillo pero muy sugerente. Un hombre moría y caía a tierra. Con el paso del tiempo comenzó a descomponerse para terminar siendo nada más que un puñado de huesos; éstos, poco a poco, se convirtieron en colinas y sobre ellas aparecieron árboles, pájaros y más personas que caminan sobre ellas. Alguien que compartía ese momento dijo «¿No sería muy triste que eso fuera todo?», a lo que respondí con mi propia idea sobre el asunto, la cual no es otra que si después de la muerte vamos a vivir por siempre, entonces esta vida carecería de sentido, lo cual sí sería realmente triste. En síntesis: las dos viejas posturas opuestas e irreconciliables (las cuales no me alejaron de esa persona, por fortuna).

Arthur Schopenhauer dijo, en una frase que puede parecer naïv pero que condensa mucha más verdad y profundidad de lo que puede verse a simple vista (además, si alguien quiere ahorrarse la lectura de las 1600 páginas de El mundo como voluntad y representación y sus notas puede considerar esta cita como a la síntesis de la síntesis):

«Encontré una flor silvestre, me admiré de su belleza, su perfección en todas sus partes y exclamé: «Pero todo eso, en ella y en miles iguales, brilla y se marchita sin que nadie lo observe y a menudo sin ni siquiera ser contemplado por ojo alguno». Ella contestó: «¡Necio! ¿Piensas que florezco para ser vista? Florezco por mí y no por los demás, florezco porque me place: en eso, en que florezco y vivo, consisten mi alegría y mi placer».

La voluntad (voluntad como «impulso vital», no como «opción deliberada») que forma el trasfondo de toda vida debe ser el norte de nuestra existencia. Del mismo modo en que esa flor crece y florece por y para sí misma, así nosotros debemos plantarnos sobre nuestros pies con firmeza y convicción y vivir valorando esta vida y ninguna otra. Hay que aclarar que de ninguna manera se hace aquí una apología del egoísmo y de la individualidad más descarada, no; ese tipo de lecturas erróneas parte de tomar la parte por el todo (por eso hay que leer esas 1600 páginas, de un modo u otro) y quedarse, precisamente, con la apariencia en lugar de la sustancia.

Vivir es vivir el instante; ser conscientes del presente y valorar el inefable sentido de estar vivo. En una palabra: Ser. Ser con plena conciencia y a como dé lugar, superar cualquier escollo que se nos presente y aprender a despedirse de lo que deba o quiera quedar atrás. Vivir pendientes o presos de la mirada ajena no es vivir, sino delegar nuestra vida en las manos (o en los ojos, para seguir con la metáfora) del otro y eso nunca nos permitirá la independencia que necesitamos para poder decir «florezco porque me place: en eso, en que florezco y vivo, consisten mi alegría y mi placer».

 

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Llamado a silencio

 

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«La salvación sólo es posible mediante la imitación del silencio. Pero nuestra locuacidad es prenatal. Raza de charlatanes, de espermatozoides verbosos, estamos químicamente ligados a la palabra». Dijo Emile Cioran en Silogismos de la amargura. 

Cioran, un pesimista irredento (sin ir más lejos sólo hay que ver los títulos de sus libros: el nombrado Silogismos de la amargura, Del inconveniente de haber nacido, Breviario de podredumbre, por ejemplo) suele ser un observador detallado de la realidad. Otro pesimista irredento Arthur Schopenhauer, dijo: «La cantidad de ruido que cualquier persona puede soportar sin alteraciones está en proporción inversa a su capacidad mental».  Y la verdad es que cuando uno se ve obligado a escuchar el ruido propio de cualquier ciudad moderna (y poco a poco de la naturaleza también, el hombre no deja resquicio sin molestia) se ve que estar de acuerdo con estas ideas es algo más bien inherente a nuestra persona; es casi una necesidad.

Me pregunto, entonces, si estos filósofos tan pesimistas no son llamados así por nuestra necesidad de justificarnos, cuando en realidad lo único que hacen es decir las cosas tal como son. Que no nos guste o no nos convenga a nosotros no significa que no tengan razón, después de todo.

Todos somos Tántalo

Se ha puesto de moda el decir «Todos somos X» cuando queremos solidarizarnos con alguien en particular, sobre toodo cuando esa persona o grupo de personas ha sido víctima de alguna clase de violencia. Así es que hemos visto pasar el «Todos somos Charlie Hebdo», «Todos somos París» o «Todos somos Santiago Maldonado». Estos slogans están muy bien y son moralmente loables; pero hay otro que todos deberíamos tener en cuenta y es el que titula esta entrada: «Todos somos Tántalo».

 

Tantalus

 

Tántalo, en la mitología griega, fue un tipo bastante poco recomendable. Para hacer la historia corta, entre otras bellezas de su accionar tenemos aquella famosa fiesta a la que invitó a los dioses pero, al quedarse corto con la comida, no tuvo mejor idea que la de descuartizar a su propio hijo, Pélope, y dárselo a los dioses como un platillo más. Los dioses ya sabían de esto y no probaron bocado. Luego volvieron a la vida a Pélope y a otra cosa. Hay más, pero dije que iba a hacer la historia corta (y con estos griegos no se puede, hago lo que puedo, créanme). Después de muerto, Tántalo fue eternamente torturado por los crímenes que había cometido. Su castigo consistió en estar en un lago con el agua a la altura de la barbilla, bajo un árbol de ramas bajas repletas de frutas. Cada vez que Tántalo, desesperado por el hambre o la sed, intenta tomar una fruta o sorber algo de agua, estos se retiran inmediatamente de su alcance.

 

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¿Y esto qué tiene que ver con nosotros? Preguntará alguien. ¿Qué tenemos que ver con este tipo y por qué deberíamos considerar algo como «Todos somos Tántalo»? Bueno, es que acabo de releer este fragmento de Schopenhauer y creo que puede aplicarse la imagen mitológica a nuestro devenir: «Todo deseo nace de una necesidad, de una privación, de un sufrimiento. Satisfaciéndolo se calma; mas por cada deseo satisfecho, ¡cuántos sin satisfacer! Además, el deseo dura largo tiempo, las exigencias son infinitas, el goce es corto y mezquinamente tasado».

En la experiencia humana encontramos que el individuo fija su deseo en algo e inmediatamente después utiliza su entendimiento para alcanzar su objeto del deseo. Siendo así la inteligencia una herramienta con la cual ha dotado la naturaleza al hombre para poder alcanzar los fines de la voluntad. Pero mientras estamos ocupados bajo la presión del deseo con sus alternativas de esperanza y de temor no es posible que disfrutemos dicha ni tranquilidad. El desear nos mantiene oscilantes y presos entre el dolor y el placer y es este movimiento vertiginoso y perpetuo lo que nos mantiene incómodamente alejados de la tranquilidad y el sosiego.

«Todos somos Tántalo», entonces, en el sentido de que siempre estamos deseando aquello que nunca vamos a poder alcanzar, porque el deseo no es deseo por algo, sino deseo por desear; y en su propia naturaleza se encuentra la maldición de que éste nunca se verá satisfecho.

¿Y no hay modo de escapar de esto? Pues sí, pero cuesta trabajo y los resultados son breves; pero se puede. El mismo Schopenhauer nos lo dice: la compasión (es decir el amor en su estado más puro), la ascesis (la ausencia de deseo) y, por encima de todo, el arte. Estas son las únicas cosas que nos permiten elevarnos por sobre la mediocridad de la vida; es decir, las únicas cosas que nos permiten, por un momento al menos, no sufrir como lo hace Tántalo en esas aguas y esas frutas siempre lejanas aunque las tenga frente a sí.

La soledad del puercoespín

 

Puercoespines

 

En invierno los puercoespines se encuentran aquejados por dos sufrimientos. O bien se alejan unos de otros y padecen frío, o bien se juntan unos con otros para mantener el calor y se clavan las espinas que les destrozan las carnes. Buscan, pues, una situación intermedia aceptable entre la soledad helada y la proximidad hiriente. Mediante esta fábula, Arthur Schopenhauer resume de una manera sencilla uno de los aspectos importantes de su pensamiento. Como los puercoespines en invierno, los hombres se encuentran, según él, empujados los unos a los otros por «la necesidad de la sociedad surgida del vacío y de la monotonía de su propio interior (…) pero sus numerosas cualidades repulsivas y sus insoportables defectos los dispersan de nuevo. La distancia intermedia que terminan por descubrir y en la cual la vida en común se hace posible, consiste en la cortesía y las buenas maneras».

«Como regla general», escribe, «se puede decir que la sociabilidad de un hombre se encuentra casi en relación inversa con su valor intelectual: decir que “es muy insociable”, equivale casi a decir que él es un hombre de gran capacidad». ¿Estamos condenados a la fría soledad, a las ilusiones sociales o a la mediocre «cortesía»? No, porque existe una alternativa que aparece al final de la parábola: «el que posee en sí mismo una gran dosis de calor interior, prefiere alejarse de la sociedad para no causar contrariedades ni sufrirlas».

Como siempre, la soledad buscada es la respuesta a lo que nos ofrece la sociedad.

Aprender a leer

Escalera al cielo

Todos los que estamos aquí coincidimos en la importancia de la lectura y del valor de los libros; pero pocas veces nos hemos detenido a pensar qué significa, realmente, leer. Recuerdo que en los noventa leí un manual de escritura que aconsejaba paradójicamente, no leer tanto; cosa que en aquel momento me sorprendió un poco, ya que yo leía todo lo que estaba a mi alcance casi de manera indiscriminada (fue tanto lo que me llamó la atención que aún tengo grabadas esas palabras: “Leer mucho, paraliza”).

A este respecto comparto una reflexión de Arthur Schopenhauer sobre la lectura, su utilidad y, más específicamente, una forma muy singular de incorporarla a nuestra vida. El fragmento proviene del tomo Pensamiento, palabras y música publicado por la editorial Edaf:

“Cuando leemos, otro piensa por nosotros; repetimos simplemente su proceso mental. Algo así como el alumno que está aprendiendo a escribir y con la pluma copia los caracteres que el maestro ha diseñado antes con lápiz. La lectura nos libera, sentimos un gran alivio cuando dejamos la ocupación con nuestros propios pensamientos para entregarnos a la lectura. Mientras estamos leyendo, nuestra cabeza es, en realidad, un Shopenahuer - Pensamiento, palabras y músicacampo de juego de pensamientos ajenos. Y cuando éstos se retiran, ¿qué es lo que queda? Por esta razón, sucede que quien lee mucho y durante casi todo el día, y en los intervalos se ocupa de actividades que no requieren reflexión, gradualmente pierde la capacidad de pensar por sí mismo. Tal es el caso de muchas personas muy cultas. Acaban siendo incultas de tanto leer. […] Así no se llega a rumiar, y tan sólo rumiando se asimila lo que se ha leído; del mismo modo que los alimentos nos nutren, no porque los comemos, sino porque los digerimos. Si se lee de continuo, sin pensar después en ello, las cosas leídas no echan raíces y se pierden en gran medida. El proceso de alimentación mental no es distinto del corporal: apenas se asimila la quincuagésima parte de lo que se absorbe. El resto se elimina por evaporación, respiración, etcétera”.

Para finalizar con:

“A esto hay que añadir que los pensamientos depositados en el papel no son más que las huellas de un caminante sobre la arena: podemos ver la ruta que siguió, pero, para saber lo que vio en su camino, tenemos que usar nuestros propios ojos”.

La lectura es indispensable, estamos todos de acuerdo; pero antes que eso debemos aprender a leer, lo cual no siempre hacemos del todo bien y, muy importante, en general también olvidamos de enseñarle a los que vienen detrás.

Los rasgos de un gran sueño

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Arthur Schopenahuer

Muchos saben que Arthur Schopenahuer es uno de mis filósofos centrales o «de cabecera», como suele decirse. Creo que el autor alemán es uno de los que ha creado un sistema tan fuerte y sólido que muy pocos podrían llegar a igualar. ¿Por qué no se lo enseña más o no se habla de él con mayor asiduidad? La verdad es que creo que ello es porque Schopenhauer dejaría sin trabajo al noventa por ciento de los filósofos de la actualidad y al cien por ciento de los pseudofilósofos y adalides de la autoayuda. Es decir, que no es negocio.

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Joseph Campbell en diálogo con Bill Moyers

Otro de mis grandes referentes (pero en este caso es más específico, más acotado en sus alcances) es Joseph Campbell, mitólogo, escritor y profesor estadounidense. Encontrarme a ambos en un mismo texto, entonces, es un placer más que compartible. Por eso dejo aquí este fragmento de la charla que Joseph Campbell sostuvo con Bill Moyers en 1986, en el rancho propiedad de George Lucas y que se publicó con el título de El poder del mito; porque allí el mitólogo sintetiza a Schopenhauer y nos abre la puerta a su lectura, a profundizar en esa filosofía que no necesita nada más para ser lo que es: la estructura filosófica más sólida que se haya creado.

“Schopenhauer –dice Campbell–, en su espléndido ensayo llamado “Sobre una intención aparente en el destino de los individuos”, señala que cuando llegas a una edad avanzada y miras atrás en tu vida, puede parecerte que ésta ha tenido un orden y plan downloadconsistentes, como si la hubiera compuesto un novelista. Hechos que cuando tuvieron lugar parecieron accidentales y de poca importancia resultan ser factores indispensables en la composición del argumento. ¿Quién compuso ese argumento? Schopenhauer sugiere que así como tus sueños están compuestos por un aspecto de ti mismo del que tu conciencia no sabe nada, así también tu vida entera está compuesta por la voluntad que hay dentro de ti. Y así como personas que has conocido aparentemente por puro azar se convierten en agentes principales en la estructuración de tu vida, así también habrás servido tú como agente, sin saberlo, dando significado a las vidas de otros. Toda la trama marcha al unísono como una gran sinfonía, y cada uno inconscientemente está estructurando todo lo demás. Schopenhauer concluye que es como si nuestras vidas fueran los rasgos de un gran sueño de un solo soñador en el que todos los personajes del sueño también sueñan; de modo que todo se enlaza con todo, movido por la voluntad única de la vida que es la voluntad universal de la naturaleza.

Es una idea magnífica, una idea que aparece en la India en la imagen mítica de la red de Indra, que es una red de gemas, donde en cada cruce de un hilo con otro hay una gema que refleja a todas las demás. Todo sucede en mutua relación con todo lo demás, por lo que no puedes culpar a nadie de nada. Es, incluso, como si hubiera una única intención detrás de todo, que le diera un cierto sentido, aunque ninguno de nosotros sepa cuál puede ser ese sentido, ni haya vivido del todo la vida que se propuso vivir”.

 

Empezar a pensar

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Venimos de una semana de crueldad exacerbada y expuesta en sus formas más básicas. Desde los ataques varios y variados en Siria hasta el atentado religioso en Egipto. Podríamos intentar un análisis que nos ayudara a comprender la situación; podríamos banalizar lo que sentimos diciendo solamente “qué terrible…” antes de pasar a otro asunto; o podríamos al menos intentar pensar un instante en las razones íntimas de este actuar de ciertos grupos de personas. Ya que es bien poco lo que podemos hacer desde nosotros mismos, pensar no es algo que sea trivial. Para quien esto escribe, la razón la tiene, como casi siempre, Schopenhauer, de quien comparto un texto que es la síntesis perfecta de ese diagnóstico:
Arthur_Schopenhauer_by_J_Schäfer,_1859b“Cuando la punta del velo de Maya —la ilusión de la vida individual— se ha levantado ante los ojos de un hombre, de tal suerte que ya no hace diferencia egoísta entre su persona y los demás hombres, toma tanto interés por los sufrimientos extraños como por los propios, llegando a ser caritativo hasta la abnegación, pronto a sacrificarse por la salud de los demás.
Ese hombre, que ha llegado hasta el punto de reconocerse a sí mismo en todos los seres, considera como suyos los infinitos sufrimientos de todo lo que vive, y debe apropiarse el dolor del mundo. Ninguna angustia le es extraña. Todos los tormentos que ve y raras veces puede dulcificar, todos los dolores que oye referir, hasta los mismos que él concibe, hieren su alma como si fuese él la propia víctima de ello”.

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Eso es todo: la violencia se ejerce cuando no reconocemos en el otro a un ser equivalente a nosotros mismos (Schopenhauer incluye a todos los seres vivos en esa comparación. De allí su famosa frase: “Puede reconocerse el grado de civilización de un pueblo por cómo trata a los animales”). Ahora podemos seguir pensando en este problema. Ya sabemos por dónde podemos empezar: reconociendo a quienes se consideran por encima de los demás. En síntesis: todo fascismo, toda xenofobia, todo racismo, toda religión.