Corolario: El Yin y Yang del nazismo

avt_george-steiner_6034El post de hoy es una especie de conclusión del tema tratado ayer.

Según un estudio realizado por la Universidad Marplamoreliense Borgeana (el cual es absolutamente arbitrario pero es casi seguro que tan válido como muchos otros que se publican por allí), leer a George Steiner incrementa las facultades cognitivas hasta en un ciento treinta y cuatro por ciento. Por ejemplo, y como corolario a la entrada de ayer, dejo esta frase de Steiner tomada de Steiner en The New Yorker. (P. 161): “La cultura que produjo a Hitler también engendró a Freud, Wittgenstein, Kafka, Broch, Musil, el Jugenstil y lo más importante de la música moderna. Eliminen ustedes del siglo XX a Austria-Hungría y la Austria de entreguerras y no tendrán lo más demoníaco, lo más destructivo de la historia, pero tampoco sus grandes fuentes de energía intelectual y estética”.9788498412628_l38_04_l

A veces, en el fragor de una discusión o de un debate, olvidamos que los hechos históricos no son producidos por generación espontánea y que hombres como Hitler no son una anomalía casual, sino que son una anomalía causal; un tumor, si se quiere, pero un tumor producido por un estado de enfermedad social —si me permiten ustedes seguir con esta torpe metáfora— que tiene a su vez otras causas y otro germen. Recordar que debemos poner nuestros argumentos o nuestras críticas en contexto es un buen modo de subir algunos peldaños en esa escala tan elusiva que llamamos inteligencia.

Huasca de Ocampo, pueblo de duendes.

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Foto: Revista Travesías

Hace poco tuve la oportunidad de visitar Huasca de Ocampo, uno de los ciento once pueblos mágicos de México y el que se encuentra más cercano al Geoparque Comarca Minera, más conocido como Los Prismas, por la particular formación rocosa que se encuentra en él. El pueblo es conocido por ser un centro de aparición más o menos constante de duendes, según nos dicen y según vemos en los muchos puestos que se encuentran a lo largo de la calle principal y que se dedican a vender todo tipo de recuerdos de estos pequeños y esquivos seres. El taxista que nos llevó era uno de los fervientes creyentes en ellos aunque, según nos dijo, nunca había visto uno con sus propios ojos. De todos modos, para él era prueba suficiente el hecho de que muchas personas aseguraran

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Colas de caballos trenzadas

haberlos visto y, sobre todo —una prueba directa, según él— era haber visto trenzas en la cola o en las crines de los caballos. Mientras conducía no paraba de hablarnos de ellos y de contarnos anécdotas, hasta que llegó a una que nos dejó helados no tanto por lo que contenía con respecto a los duendes, sino por la tranquilidad con que nos la contó y algunos detalles laterales. La historia era, palabra más palabra menos, algo así: “[…] en aquellos tiempos los bailes no se llamaban bailes, sino fandangos, y había un hombre al que le gustaba tocar la guitarra y que era muy aficionado a ellos. Un día le pide a la mujer que le tenga la ropa planchada para ir al fandango. La mujer, por los quehaceres de la casa, no llegó a plancharle la ropa (en esa época para planchar había que calentar carbón y cuando estaba rojo ponerlo dentro de la plancha… ¿sabe?) y el hombre entonces se enojó; le gritó a la mujer, le dio su golpiza y se puso la ropa así nomás. Para llegar al pueblo tenía que cruzar parte del bosque y un arroyo, y allí se encontró con un grupo de lo que él pensó que eran muchachitos que se le cruzaban entre las piernas y que lo querían hacer caer. Él quiso darle unos golpes pero no pudo porque se le escapaban. Como sea, empezó a recibir golpes de todos lados… ¡No eran niños, eran duendes! Y lo dejaron maltrecho, con toda la camisa llena de sangre… y claro, no pudo ir al baile y se volvió para la casa. ¿Se imagina usted la cara de felicidad de la mujer al verlo llegar así?

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Museo de los duendes

La historia de los duendes pasó a segundo plano luego de oír la expresión “le dio su golpiza” dicha con absoluta tranquilidad, como lo que era para ese hombre: algo común y corriente; algo que se da por descontado o que se supone correcto o adecuado. No es la primera vez que escucho una historia así en lo que es el interior de México. Entre las muchas historias encantadoras que he ido encontrando a lo largo y ancho de este país, cada tanto se cuela una de estas, que mueve la balanza hacia el otro lado y me recuerda que no todo es encantador y colorido; que hay otro país oculto en el primero y que aún queda mucho trabajo por hacer. La verdad, como siempre que se tratan temas humanos, parece ser dual.

Huelga de amores.

americaCorría el año 1524 en la zona de la actual Nicaragua, cuando el conquistador Francisco Hernández de Córdoba, el mismo que le da nombre a la moneda en curso en Nicaragua, comenzó a traficar indígenas con destino a la zona minera del Perú. Comenzó, como años más tarde ocurriría en la zona norte de nuestro actual territorio, un proceso de despoblación que llevó a que, cuatro años más tarde, una veintena de caciques se rebelaran contra el representante de la civilización. Fueron derrotados, capturados y, por orden del señor gobernador, arrojados a los perros hambrientos. Fueportada-lopez-de-gomara entonces cuando las corajudas mujeres originarias de la región promovieron una huelga de amores aceptada por sus compañeros. Según cuenta Francisco López de Gómara en su Historia Natural de las Indias: “No dormían con sus mujeres para que no parieran esclavos de españoles. Y Pedrarias, como en dos años no nacían niños, les prometió buen trato, y así parían o no los mataban”.

En esta acción heroica, amorosamente heroica, estas pioneras de la insurgencia americana mostraban que no estaban dispuestas a traer hijos esclavos a este “nuevo mundo” dominado por la barbarie.

Mucho tiempo después, una banda de rock argentino escribiría una chacarera titulada, como imaginarán, Huelga de amores; la cual pueden escuchar aquí. (Que nadie se sienta molesto por el video, mi intención es compartir la canción y un fragmento de historia, no comenzar un debate sobre revisionismo histórico).

Infinita tristeza.

toro-sentado-y-buffalo-bill-1Encontré esta notable foto por puro azar mientras navegaba en la red buscando ya no recuerdo bien qué. En esa foto aparecen dos personajes por demás conocidos: Toro Sentado y Buffalo Bill. Busqué información y lo que encontré fue algunas fotos más (una de las cuales dejaré debajo) y algunos datos un poco más grises que el fondo de esta misma imagen.

Resumiendo: Tatanka Iyotanka, más conocido como Sitting Bull (Toro Sentado), fue un jefe nativo norteamericano de la tribu de los Sioux (tribu que ocupaba la zona centro norte de los que hoy es EE.UU). Era considerado un líder espiritual de los Lakota, y también fue elegido como jefe supremo de toda la nación Sioux, cuando se incrementaba el acoso del ejército estadounidense sobre sus tierras ancestrales. Sin embargo, la rendición de los nativos era inevitable, por lo que decidió refugiarse en Canadá en 1877, aunque regresó a los Estados Unidos cuatro años después para entregarse a las autoridades gubernamentales.

Pasó los últimos años de su vida en la reserva de Standing Rock, y formó parte del circo de Buffalo Bill. Fue asesinado mientras un grupo de policías Lakota intentaban detenerlo, ya que se le acusaba de instigar una nueva rebelión de los nativos. toro-sentado-y-buffalo-bill-2

Lo que me llamó la atención en ambas fotos es la infinita tristeza que muestra Toro Sentado en su rostro y en su postura. Puede que algo de mi mirada subjetiva pese aquí, pero no puedo dejar de ver esas fotos sin sentir que algo se había roto en el interior de ese hombre. Un alto líder espiritual y político rebajado a mero espectáculo circense es motivo más que suficiente como para aniquilar el alma de cualquiera, y creo que no estoy muy lejos de la verdad en esa, mi subjetiva, pero algo experimentada, mirada.

Saltando al cielo.

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Es irónico que la rayuela haya llegado a ser conocida como un juego de niñas teniendo en cuenta que no podía tener un pedigrí más masculino. Las primeras pistas de rayuela se utilizaron en ejercicios de entrenamiento militar en la antigua Bretaña durante el comienzo del Imperio Romano. Los soldados de infantería que llevaban paquetes de campo (lo que hoy serían mochilas) y armaduras de cuerpo completo debían correr, como parte de su entrenamiento, por estos dibujos trazados en el piso a lo largo de unos cien pies, al igual que los jugadores de fútbol de hoy corren a través de neumáticos de camión.

imagesImitando a los soldados, los niños romanos dibujaban en el piso caminos más pequeños, al que añadieron un sistema de puntuación y que se ha conservado muy bien desde hace más de dos mil años, ya que el juego se ha extendido a Francia (donde se llama “Marelles”), Alemania (“Templehupfen”), los Países Bajos ( “Hinkelbaan”), la India (“Ekaria Dukaria”), e incluso México (“Avión”), Vietnam (“Pico”) y Argentina (“Rayuela”).

En algunos sitios los niños de hoy todavía trazan sus rayuelas con la palabra “Londres” en la parte superior, sin saber que esto representa a la Gran Ruta del Norte, una calzada romana de 400 millas que iba de Glasgow a Londres y que fue utilizada con frecuencia por los militares romanos. En Argentina, en cambio, se utiliza la palabra “Cielo”; desconozco, aunque me gustaría mucho saberlo, qué palabras se utilizan en los demás sitios.

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El hombre sin historia.

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Plaza central de las ruinas Mayas de Tikal, Guatemala. Foto: Borgeano

Provengo de un país que no tiene historia o cuya historia es breve, de apenas unos doscientos años, lo cual, para la historia de la humanidad es apenas la infancia de un territorio. Tal vez sea ésa la razón por la cual me conmueve tanto visitar o imaginar el poder visitar sitios que poseen una historia rica y extensa. Me gusta pensar en cómo eran esos sitios en sus momentos de mayor esplendor. Cuando tuve la oportunidad de visitar Tikal ―las ruinas mayas de mayor superficie― y poder trepar a lo más alto de sus pirámides, no pude evitar el ver, allí debajo, las formaciones militares, las coloridas ceremonias y, delante de mí, en la pirámide que se encuentra al otro lado de la plaza central, ver al Rey y a su séquito. Lo mismo me sucede cuando estoy frente a un cuadro de un artista que me gusta de manera particular. No sólo me emociona la belleza en sí de la obra y todo lo que ella transmite de una u otra forma; también puedo ver al artista frente a ella, a la misma distancia a la que me encuentro en ese momento, salvo que yo sólo soy un simple observador, mientras que él alarga su mano con el pincel o la espátula y con la seguridad del oficio tiñe la tela, funde colores, añade una sombra o un rayo de luz. Luego se aleja un poco hasta el preciso sitio donde estoy yo y su cuerpo se funde con el mío y ambos observamos, a veces con la misma satisfacción, a veces no, y cuando esto ocurre lo veo adelantarse nuevamente y corregir un gesto, añadir unas hojas más a un árbol o una mancha oscura que balancee la más clara al otro lado de la tela.

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Mujer desnuda sentada, de Renoir.

Tal vez esto que digo pueda parecerle una tontería a alguien que haya nacido y que viva en España, en Italia o incluso en México. Tal vez para una persona nacida allí recorrer esas calles que fueron transitadas por tantos personajes ilustres o por tantas historias y anécdotas mi modesto punto de vista sea algo pueril o inocente; y tal vez lo sea; pero como siempre digo, uno es lo que es y es mejor no evitar esas sensaciones que provienen de lo más profundo de nuestro ser. Mejor reconocernos como somos y disfrutar y emocionarnos con lo que se nos presenta ante nuestros ojos como lo haría, sí, un niño. No hay mejor manera de abrirse al mundo.

Una humilde máquina del tiempo.

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Trujillo, Perú. Quiero enviar algo para alguien muy especial; entonces recorro la ciudad en busca de una oficina de correos, las cuales antes eran ubicuas pero que ahora cada vez van siendo menos y menos habituales. Pregunto a algunas personas y me dan las indicaciones del caso. Camino por el centro histórico cuando en una esquina me encuentro con una señal de la época colonial: en mosaicos esmaltados, sobre la fachada de un edificio, leo: “Calle del Correo”. Lo mejor de todo es que la oficina a la que me dirijo está en esa misma calle ¿se habrá mantenido siempre allí o con el paso de los años habrá vuelto a ése, su sitio original? Por las dudas no pienso averiguarlo; me gusta eso de que las señales antiguas eran mucho más sencillas y directas. Comienzo a prestar atención a las viejas señales que me rodean y veo que el pasado me habla con voz clara y encantadora. Después de que la postal que quería enviar sin falta ya estuviese en camino, me dedico a recorrer y a pensar en cómo habrá sido la vida cuando la gente caminaba por la Calle del Colegio, por la Calle de los Palteros; la Calle del Seminario o la Calle del Cuartel. Noto que, al menos en el centro histórico, no me hace falta mapa alguno para recorrer sus sitios más importantes: me basta sólo con el nombre de las calles. Tampoco me pierdo; sé que si tomo la Calle del Correo hacia la izquierda llegaré sin problemas al hostal. Entonces paseo con mis pies sobre el asfalto de hoy, mientras que a apenas un metro ochenta sobre el nivel del suelo, mi pensamientos andan por el siglo XVIII.