Efímero

Lo bueno de la filosofía es que no es dogmática en absoluto. La filosofía dialoga, nos interpela, nos obliga a manejar conceptos e ideas y nos impulsa a formar con ellos nuestros propios conceptos e ideas. En otras palabras: la filosofía es a la vez hija y madre de sí misma; se autoreproduce, se expande, genera su propia continuidad.
Del texto que dejé ayer de Darío Sztajnszrajber pueden tomarse varios caminos y seguir por ellos a ver dónde nos llevan. Yo he tenido, con el que cierra su idea, varios encuentros previos: “Creer que la búsqueda de sentido, tiene sentido”.

William Blake - The Ancient of Days

 William Blake – The Ancient of Days

¿Lo tiene? ¿La búsqueda de sentido puede ser el sentido de la vida? Primera cuestión: ¿Y por qué debería tenerlo? ¿Desde cuándo todo debe tener un sentido? Soy de los que creen, por el contrario, de que en realidad nada tiene sentido, de que todo es banal, superfluo; de que nuestra vida es un soplo insignificante que no perdurará más allá que nuestro último aliento. ¿Entonces por qué luchar? Me han preguntado algunas veces. ¿Para qué vivir, superarse, amar, aprender, ser buenos? Y no hay otra respuesta que “porque sí”. Aquí caemos en una paradoja que no es banal y que, en lo particular, amo profundamente: El hecho de que la vida no tenga sentido no significa que cada instante no lo tenga. El problema, creo, es que consideramos a la vida como un todo cuando eso no existe. No existe mi vida; no existe algo que pueda considerarse la vida de Borgeano. Sólo existe éste mínimo, pequeño, diminuto instante en el que estoy escribiendo esto, no la suma de esos instantes; y el hecho de que todo esto carezca de un sentido metafísico, no quiere decir que no podamos darle un sentido terrenal y profundo. Estoy aquí y eso es más que suficiente. Cuando tomo un sorbo de agua, cuando abrazo a quien está a mi lado, cuando extraño a mi hermano, cuando reímos con los amigos, cuando caminamos por una calle cualquiera, cuando escuchamos ese acorde, es cuando todo tiene sentido porque, simplemente, estamos vivos.
Dije que había dialogado varias veces con esas palabras de Sztajnszrajber; y tan así es que lo hice mucho antes de haberlas escuchado o de haberlo, siquiera, conocido a él. De los poemas que he escrito, el más viejo que ha sobrevivido es El vuelo de Ícaro, el cual debe tener cerca de treinta años. En una parte de él, Ícaro se dirige a su padre y confronta la idea que éste tiene de la permanencia. Ícaro, entonces, le dice: “Vanas son tus precauciones / y la solidez de tu esperanza / yo me resigno a las auroras que mis días me permiten. / En este monstruo que has engendrado no hay extensión / que pueda vivir un día más que tú”.
La idea de lo fútil de la existencia ya estaba allí, en aquel muchacho que escribía poemas pretenciosos (quien quiera acercarse a ese aspecto de mi vida puede pasarse por aquí) y permanece en el hombre que está aquí, menos pretencioso, sí; pero no menos efímero.

Rozando lo sagrado (II)

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Ayer dije que al adentrarme en el Cenote Dos Ojos senti que estaba en presencia de algo que era más grande que lo que mis ojos podían ver, y no exagero con estas palabras. A veces, sobre todo cuando no estamos esperando nada de antemano y nos encontramos abiertos a las sensaciones más básicas y puras, es cuando la realidad nos sorprende y podemos decir que estamos en presencia de lo insondable o de lo religioso (del latín religare o re-legere; es decir, el acto de sentirse unido a algo). Las maravillosas sensaciones que se apoderan de uno en esos momentos es algo que, de manera inevitable, nos vemos imposibilitados de exteriorizar y definir con precisión. Apenas podemos acercarnos a ello cuando queremos transmitir nuestras sensaciones; tan solo con pensar en la dificultad de expresar lo que significa una sensación física nos hace darnos cuenta de la empresa imposible que es la de querer transmitir una sensación metafísica o mística.

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Tal vez todo se trate de la locación; tal vez todo sea sólo un cúmulo de sensaciones físicas que se suman y se superponen como las capas en un estrato geológico. Tal vez (y hasta por momentos estoy casi a punto de asegurarlo) sólo sea que el acto de nadar en una cueva que es la primera de otras muchas, entre peces que no temen al hombre que invade su territorio, en medio del silencio de una selva subtropical y sabiendo que las aguas en las que uno se hunde se alimentan constantes de un río subterráneo; sea el que nos invada con tantas sensaciones simultáneas que no nos dé tiempo a poder poner a todo ello en perspectiva. Sea como fuere, uno no puede pasar por allí sin llevarse algo de esa magnificencia dentro de sí. Éste es uno de esos sitios que, me atrevo a asegurar, acompañará a quien lo visite por el resto de sus días.

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Nunca olvido, en estos casos, que la apropiación de ciertos términos por ciertos sectores de la sociedad no hace que no podamos usar esos términos nosotros mismos cuando sea necesario. La lengua, como la felicidad o el asombro son moneda corriente que todos podemos y debemos usar con libertad. Lo sagrado, en este caso, no es privativo de un grupo particular, sino de todos y cada uno de nosotros, cuando el azar nos permite una experiencia inigualable.

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Rozando lo sagrado (I)

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Los cenotes (del maya dzonoot: ‘hoyo con agua’) son formaciones geológicas similares a grutas donde han quedado expuestos espejos o cursos de agua dulce. Para los antiguos mayas los cenotes eran lugares sagrados donde se celebraban diferentes rituales o ceremonias. Pude conocer algunos de ellos en mi primer viaje a la península de Yucatán, el año pasado; pero no fue hasta hace poco menos de un mes que pude sentir esa sensación de misterio, de magia, de sacralidad, que es a lo que hace referencia la cultura maya. Hay muchísimos cenotes en la península (he leído informes que hablan de más de siete mil de ellos) y cada uno tiene su impronta, su propio sello personal; pero, claro está, hay algunos que sobresalen por su belleza o por alguna otra característica especial. Los más famosos son El Cenote Azul, Ik Kil, Saytun, Cenote Sagrado, Cenote Dos Ojos, entre otros. Es en éste último, en el Cenote Dos Ojos, donde sentí que estaba en presencia de algo que más grande que lo que mis ojos podían ver.

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Debo reconocerlo: la primera sensación al mirar debajo del agua fue de miedo. Luego de unas pocas piedras que me servían de base se abría una profunda caverna de la que no podía ver el fondo. No soy un buen nadador y aunque no crea que vaya a ahogarme en dos metros de agua, cuando mis pies no tocan algo que me sirva de sostén entro en pánico de inmediato, así que tuve que avanzar paso a paso (lo cual me llevó varios minutos) para poder adentrarme en las aguas y observar con detenimiento lo que había allí debajo.

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Como dije, bajo mis pies se abría una caverna de la que en un primer momento no pude ver el fondo; pero cuando mis ojos se acostumbraron a las sombras pude ver que sólo había accedido a algo que era sólo el principio. Detrás de esa caverna había otra y detrás de ella parecía haber otras más. Cerca de una hora después de haber estado allí apareció un grupo de buzos que se adentraron con linternas en esas cavernas, así que aproveché para observarlos y observar todo lo que pude de esas profundidades que se adentraban unas en otras como muñecas rusas.

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Nota: La calidad de las fotografías no es la ideal; pero preferí incluir en la entrada tomas originales antes que buscar otras en la red; las cuales serían más profesionales, sin duda, pero menos directas en relación con el tema y, sobre todo, con quien quiere compartir esta experiencia. Mañana irá una segunda y última parte.

Resurrección

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Dijo Jorge Luis Borges: “¿Qué es un libro en sí mismo? Un libro es un objeto físico en un mundo de objetos físicos. Es un conjunto de símbolos muertos. Y entonces llega el lector adecuado, y las palabras —o, mejor, la poesía que ocultan las palabras, pues las palabras solas son meros símbolos— surgen a la vida, y asistimos a una resurrección del mundo”.

¿Y si expandimos los horizontes borgesianos? ¿Y si todo fuese símbolo, no sólo las palabras? ¿Qué despertaría a ese mundo tan nuestro, tan privado, tan necesario? Pienso en una piel y unos labios y en el nombre que llevan tras de sí; pienso en un abrazo que me espera en el sur; pienso en una voz que no volveré a escuchar pero que me acompañaba desde el pasado lejano; pienso en el contacto con la piel peluda de un ángel en particular (los únicos ángeles que conozco caminan en cuatro patas y los llamamos perros); pienso en un paseo solitario por cualquier lugar; pienso en un cuadro de Renoir que vi en el Museo Soumaya; pienso en los árboles reverdeciendo en la primavera de Mar del Plata.

Cuánta poesía nos rodea, incontenible…

Collages Borgeanos VI

Cada tanto, algo así como dejando el tiempo suficiente como para que no se note la desvergüenza del acto, dejo aquí algunos collages que voy haciendo cuando tengo la necesidad de hacer algo con mis manos. Negado absoluto para el dibujo, el collage me permite acceder, aunque sea de manera tangencial y aproximada, a cierto aspecto plástico de los aspectos creativos. Jugar, también le dicen.

Quien quiera ver las imágenes en mayor tamaño sólo debe hacer clic sobre una de ellas.

El peso de una llave.

3Hace unos veinte días me invitaron a presentar mi pequeño En los bordes del silencio en Metepec, un pueblo mágico del estado de México. Entre el público presente se encontraba Martín, un hombre vestido con ropas humildes y desgastadas, pero de impecable presencia: no faltaba en su atuendo la corbata correctamente anudada y la sobria combinación de tonos en sus prendas. Martín había llegado temprano y se acercó a charlar conmigo mientras esperábamos que se iniciara la presentación. Me contó algunas cosas del pueblo, algunos detalles históricos y me aclaró algunos puntos de la actualidad. Hablamos de libros, de historia, de política, de su vida, del clima local.

Hace un par de días tuve la oportunidad de volver a ese pueblo a una lectura, acompañando a varios queridos amigos de aquí (la presentación era, precisamente, de escritores michoacanos. Les agradezco que me consideren uno de ellos, cosa que soy, claro está). Esta vez había mucha más gente, como es obvio, y entre el grupo reunido para escucharnos había un hombre con toda la apariencia de lo que hoy se llama, génericamente, homeless. 0293Prestaba mucha atención a lo que leíamos y hacía gestos de aprobación o desaprobación según, me pareció, su buen entender. Desapareció poco después de terminada la presentación.

Es algo bastante común aquí en México que en las presentaciones de libros haya gente así, de apariencia muy humilde pero que, en mayor o menor medida, tienen algo para decir. No todos, como también suele suceder, van para conseguir un sándwich o una taza de café. Muchos han hecho preguntas más que adecuadas y otros, aunque se pierden en vericuetos léxicos algo confusos (no podemos culparlos de no tener la práctica suficiente como para poder poner sus pensamientos de forma precisa y menos en público) tienen, al menos, la intención de querer comunicarnos algo.

Cada vez que los veo no puedo menos que sonreír y sentirme un poco fuera de lugar. He intentado despojar a mi vida de toda atadura con esos objetos que nos ligan a un sitio y a 6121-fullun estado social particular y, aunque lo he logrado en una gran medida, cuando veo a estas personas me doy cuenta de que todavía me falta mucho como para lograrlo del todo. Aún tengo una mochila y un bolso con ropa. Ya tengo más libros de los que podría cargar y demasiadas playeras. Hasta tengo una llave para cuando salgo de casa; y cuando uno tiene una llave es porque teme que le roben algo y cuando uno teme que le roben es porque se ha convertido en un pequeño burgués asustado.

Ahora que lo pienso, tal vez el homeless del otro día se fue antes porque no le gustaron mis poemas. Hizo bien. Eso es ser libre.

La paz es la peor cosa.

Demonstration in Taksim square and Gezi Park

[…]

La confusión es el dios
la locura es el dios
la paz permanente de la vida
es la paz permanente de la muerte.
La agonía puede matar
o puede sustentar la vida
pero la paz es siempre horrible.
La paz es la peor cosa
caminando
hablando
sonriendo
pareciendo ser.
No olvides las aceras,
las putas,
la traición,
el gusano en la manzana,
los bares, las cárceles
los suicidios de los amantes.

[…]

La gente que cree en la política
es como la gente que cree en dios,
succionan el viento a través
de popotes doblados.

[…]

Lo último que escribí, hace ya una semana, fue sobre la presentación de mi libro en un pueblo mágico delicioso llamado Metepec. Pensaba, a continuación, escribir sobre lo que allí había sucedido, lo cual fue estupendo; pero la realidad, como bien sabemos, a veces se encarga de torcer el camino. Y sólo bastaron unas palabras desubicadas para que no pudiera ni quisiera escribir sobre la presentación. En realidad no pude escribir nada durante días, ni sobre ese tema ni sobre ningún otro; y la razón principal es que me hartó la cobardía del anonimato y la excesiva presencia de esta modernidad líquida que torna todo igual al agua destilada. La paz permanente de la vida / es la paz permanente de la muerte, dice Bukowski en los versos que anteceden a mis palabras y hoy quiero cualquier cosa menos eso: paz.