La crueldad bien entendida empieza por casa

 

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Slavoj Zizek

Lo siguiente es una paráfrasis del pensamiento del filósofo esloveno Slavoj Zizek; un verdadero rockstar de la filosofía moderna. El fragmento lo copié de la serie española Merlí y, aunque está adaptada al esquema general de la serie, creo que sintetiza bien el pensamiento de Zizek:

«Vivimos en una época donde triunfan productos como el café sin cafeína, la cerveza sin alcohol, la mantequilla sin grasa. Es como si la realidad se hubiera desnaturalizado. Nuestra sociedad se ha vuelto «políticamente correcta». Hoy en día hay un exceso de «buena onda»; tenemos que decir las cosas «con tacto», tener un tono conciliador para que así nadie se ofenda. La cuestión es no ensuciarse, no ser desagradables. Mantenernos tan puros y educados como sea posible. Lo único que puede sacarnos de este estado, piensa Zizek, es el amor. Porque el amor es una de las pocas cosas que nos puede sacudir y hacernos volver a la realidad. Todos sabemos que hay cosas que no debemos decir, sentimientos que no queremos herir; pero no podemos actuar siempre como si fuéramos almas puras. Amar es aceptar la imperfección del otro, y si hay que decirle a la pareja, o al hermano o al padre o a la madre, a un amigo, lo que se piensa y aunque esto le pueda molestar, hay que decírselo; porque esto te conecta con la realidad.

La realidad está llena de verdades incómodas, de contradicciones, e incluso de mala fe. Entre padres e hijos, entre amigos, parejas y matrimonios… puede haber crueldad».

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Llamado a silencio

 

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«La salvación sólo es posible mediante la imitación del silencio. Pero nuestra locuacidad es prenatal. Raza de charlatanes, de espermatozoides verbosos, estamos químicamente ligados a la palabra». Dijo Emile Cioran en Silogismos de la amargura. 

Cioran, un pesimista irredento (sin ir más lejos sólo hay que ver los títulos de sus libros: el nombrado Silogismos de la amargura, Del inconveniente de haber nacido, Breviario de podredumbre, por ejemplo) suele ser un observador detallado de la realidad. Otro pesimista irredento Arthur Schopenhauer, dijo: «La cantidad de ruido que cualquier persona puede soportar sin alteraciones está en proporción inversa a su capacidad mental».  Y la verdad es que cuando uno se ve obligado a escuchar el ruido propio de cualquier ciudad moderna (y poco a poco de la naturaleza también, el hombre no deja resquicio sin molestia) se ve que estar de acuerdo con estas ideas es algo más bien inherente a nuestra persona; es casi una necesidad.

Me pregunto, entonces, si estos filósofos tan pesimistas no son llamados así por nuestra necesidad de justificarnos, cuando en realidad lo único que hacen es decir las cosas tal como son. Que no nos guste o no nos convenga a nosotros no significa que no tengan razón, después de todo.

Alegría compartida

 

Max Ernst

Max Ernst – Fireside Angel

 

Friedrich Nietzsche, en el parágrafo 62 de su El viajero y su sombra, dice:

«Alegría compartida. La serpiente que nos muerde cree hacernos daño, y se alegra de ello; hasta el más bajo animal puede imaginar el dolor de otro. Pero imaginar la alegría de otro y alegrarse de ella, es el mayor privilegio de los animales superiores, y de entre éstos sólo son accesibles a ella los ejemplares más elegidos, es decir, un humanum raro».

La filosofía a veces es compleja, pero a veces, como en este caso, es sumamente sencilla. Seamos sinceros: ¿No han visto a esas personas que disfrutan del dolor ajeno como a seres algo torpes, algo idiotas, algo inmorales? Hay un término específico, y ya que estamos entre alemanes: schadenfreude; el cual viene a significar algo así como «alegría malsana que se siente ante el dolor de los demás» (Ay, estos alemanes tienen términos para todo…). Esas personas no dejan de ser personas por ello, claro; pero antes de convertirnos en nazis de pacotilla y andar considerando como inferiores a cualquiera que no piense como nosotros (por dios, lo único que falta es que entre Wagner por la ventana); no podemos menos que reconocer que quienes sí pueden alegrarse por los demás son algo especial; algo —y ustedes disculparán el término— ligeramente superior. un humanum raro… eso.

 

Todos somos Tántalo

Se ha puesto de moda el decir «Todos somos X» cuando queremos solidarizarnos con alguien en particular, sobre toodo cuando esa persona o grupo de personas ha sido víctima de alguna clase de violencia. Así es que hemos visto pasar el «Todos somos Charlie Hebdo», «Todos somos París» o «Todos somos Santiago Maldonado». Estos slogans están muy bien y son moralmente loables; pero hay otro que todos deberíamos tener en cuenta y es el que titula esta entrada: «Todos somos Tántalo».

 

Tantalus

 

Tántalo, en la mitología griega, fue un tipo bastante poco recomendable. Para hacer la historia corta, entre otras bellezas de su accionar tenemos aquella famosa fiesta a la que invitó a los dioses pero, al quedarse corto con la comida, no tuvo mejor idea que la de descuartizar a su propio hijo, Pélope, y dárselo a los dioses como un platillo más. Los dioses ya sabían de esto y no probaron bocado. Luego volvieron a la vida a Pélope y a otra cosa. Hay más, pero dije que iba a hacer la historia corta (y con estos griegos no se puede, hago lo que puedo, créanme). Después de muerto, Tántalo fue eternamente torturado por los crímenes que había cometido. Su castigo consistió en estar en un lago con el agua a la altura de la barbilla, bajo un árbol de ramas bajas repletas de frutas. Cada vez que Tántalo, desesperado por el hambre o la sed, intenta tomar una fruta o sorber algo de agua, estos se retiran inmediatamente de su alcance.

 

tantalo

 

¿Y esto qué tiene que ver con nosotros? Preguntará alguien. ¿Qué tenemos que ver con este tipo y por qué deberíamos considerar algo como «Todos somos Tántalo»? Bueno, es que acabo de releer este fragmento de Schopenhauer y creo que puede aplicarse la imagen mitológica a nuestro devenir: «Todo deseo nace de una necesidad, de una privación, de un sufrimiento. Satisfaciéndolo se calma; mas por cada deseo satisfecho, ¡cuántos sin satisfacer! Además, el deseo dura largo tiempo, las exigencias son infinitas, el goce es corto y mezquinamente tasado».

En la experiencia humana encontramos que el individuo fija su deseo en algo e inmediatamente después utiliza su entendimiento para alcanzar su objeto del deseo. Siendo así la inteligencia una herramienta con la cual ha dotado la naturaleza al hombre para poder alcanzar los fines de la voluntad. Pero mientras estamos ocupados bajo la presión del deseo con sus alternativas de esperanza y de temor no es posible que disfrutemos dicha ni tranquilidad. El desear nos mantiene oscilantes y presos entre el dolor y el placer y es este movimiento vertiginoso y perpetuo lo que nos mantiene incómodamente alejados de la tranquilidad y el sosiego.

«Todos somos Tántalo», entonces, en el sentido de que siempre estamos deseando aquello que nunca vamos a poder alcanzar, porque el deseo no es deseo por algo, sino deseo por desear; y en su propia naturaleza se encuentra la maldición de que éste nunca se verá satisfecho.

¿Y no hay modo de escapar de esto? Pues sí, pero cuesta trabajo y los resultados son breves; pero se puede. El mismo Schopenhauer nos lo dice: la compasión (es decir el amor en su estado más puro), la ascesis (la ausencia de deseo) y, por encima de todo, el arte. Estas son las únicas cosas que nos permiten elevarnos por sobre la mediocridad de la vida; es decir, las únicas cosas que nos permiten, por un momento al menos, no sufrir como lo hace Tántalo en esas aguas y esas frutas siempre lejanas aunque las tenga frente a sí.

Porque yo lo digo

 

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Todos sabemos que el arte, al menos la plástica, está en crisis. Al menos hay una profunda crisis de sentido que hace que cada tanto aparezcan en las noticias algunas cuestiones que deberían impulsarnos a pensar en estos asuntos, pero que sólo se quedan en la superficie, sin adentrarse demasiado en el tema en sí. Me refiero a esos casos (creo que alguna vez hablé de ellos aquí) donde en un museo confunden una obra de arte con algo que no lo es (como la señora de la limpieza que tiró a la basura una obra que no era otra cosa que un montón de basura tirada en el piso) o aquel otro caso menos gracioso del hombre que murió sentado en un banco y quedó allí un par de días y que la gente tomó como una obra hiperrealista. Esos casos, en general, sirven para que se critique (con no poca razón, claro) al arte moderno en sí pero, sobre todo, sirve para que cualquier neófito que nunca pisó un museo alce la voz y se sienta el Rey de los críticos.

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Hace poco sucedió un hecho similar a los anteriores. En el Museo de Arte Moderno de San Francisco un muchacho colocó un par de anteojos en el piso y se alejó para tomar nota de lo que sucedía después. TJ Khayatan observó, como es lógico, que la gente se detenía a ver a los anteojos, que hablaban sobre ellos y que incluso los fotografiaban como si se tratara de una obra artística.

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T.J. Khayatan

Dije, y eso corrió por mi cuenta, «como es lógico…» ¿Y por qué debería ser «lógico»? Pues porque se encontraba en un museo y se encontraba de modo que pareciera ser una obra de arte. Eso es suficiente para que pudiera ser considerada como tal. Ahora, si esa obra es válida o no es otro asunto; lo que quiero pensar en por qué consideramos arte a toda cosa que encontremos dentro de un museo. Ésa es la pregunta; después, el valor de la obra o qué es el arte en sí es otro asunto que podríamos tratar en su momento.

Ahora, y para sintetizar, me atrevo a decir que la crisis en la que se encuentra el arte en sí es que nadie sabe lo que es si antes una autoridad no ha señalado que tal cosa es arte y tal otra no. La crisis, continúo con la idea, es que las personas ya no confían en su propio gusto o en su capacidad para reconocer los valores estéticos; y eso conlleva dos problemas diferentes: uno es la inseguridad y el desconocimiento de las personas en cuestiones relativas al arte. El segundo punto es que aquí son las propias autoridades las que han prostituido su estatus de conocedores y de guías intelectuales por puro beneficio económico. Así es que ellos determinarán el valor artístico a partir del valor económico, no estético; de allí que cualquier tontería que les brinde beneficio será considerado como arte mientras que una obra de valor, si es de alguien totalmente desconocido o si no rompe récords monetarios, no será tenida en cuenta y, probablemente, olvidada.

 

arte moderno (3)

 

Mientras tanto, la gente seguirá mirando con aire pensativo a un par de anteojos en el piso o a un hombre muerto en un banco sólo porque están dentro de un museo y leyendo el folleto explicativo para saber si esa cosa que tenemos frente a nosotros debe gustarnos o no.

Filosofías erróneas II

 

perfección (2)

 

Para terminar con lo que comencé ayer, ahora le toca a una señora. Esto no se trata de equivalencias de género ni nada por el estilo, sólo es que hace poco vi un video que me llamó la atención y, uniendo esto y aquello, terminé escribiendo estas dos entradas.

Bien. La señora en cuestión se llama Ashley Graham y es lo que se conoce como una plus model; es decir, una modelo con un cuerpo más exuberante que las anoréxicas de costumbre. En el video, la señora Graham le está hablando a un grupo de estudiantes femeninas en vaya a saber uno qué escuela norteamericana; y el hecho de que fuera en un sitio como ese que dijera lo que voy a destacar a continuación es lo que me impulsó a escribir lo siguiente, ya que si fuera algo privado todo no pasaría de ser una tontería personal, a lo cual cada uno tiene derecho.

Ashley Graham comienza diciendo: «Estoy aquí paraperfección (3) ayudarles a entender que la verdadera belleza es estar bien con quien eres, y estar bien con lo que eres es un acto revolucionario, chicas». Y ya empezamos mal, claro. Sé que a lo que la señora Graham apunta es a lo meramente superficial, es decir, al aspecto exterior de las personas, pero yo lo voy a tomar en todo el amplio sentido de la frase, porque lo que dijo así puede (y debe) ser interpretado. Esa filosofía es errónea por donde se la mire (además de que Graham miente, pero eso lo voy a tratar después): para llevar el asunto a su máxima expresión y terminarlo de un solo golpe, vamos a reducirlo al absurdo. Si alguien debe estar conforme con lo que es (hasta el punto de ser revolucionario), no hay nada que esa persona pueda mejorar. Pero desde el momento en que la perfección no existe, todos podemos (y debemos) mejorar lo que somos. En síntesis: lo que dice Graham es un error, y mucho más cuando se lo dice a un grupo nutrido de estudiantes. La realidad es otra y lo que debería decir es lo contrario: «Las cosas no son fáciles, debes luchar por conseguir tus objetivos, mejorar, estudiar, practicar, entrenar… lo que sea. Pero debes trabajar en ello. Conformarte es el primer paso para ser uno más de la manada». Pero no, nada de eso. Sólo confórmate y serás feliz.

Por cierto, unos minutos después esta mujer cuenta la anécdota de su primer novio (Craig), el cual la dejó por considerarla algo gordita. Ella dice «¿Saben qué, chicas? Craig era un perdedor» para después hablar maravillas de su actual esposo, el cual «la acepta como es». He aquí otra falacia de Graham. Si a alguien (Craig) ella no le gusta, es un “perdedor” mientras que si alguien dice lo que ella quiere “es divino”. Claro, así cualquiera…

perfección (1)

Por último, vamos a la mentira de Ashley Graham. En el video se la ve muy bien; ella es una mujer atractiva con un físico bien moldeado pero sí, algo grande. De todos modos lleva la ropa adecuada para acentuar sus encantos al tiempo que esconde sus defectos. Usa maquillaje y un prolijo corte de cabello, el cual está teñido. Todo eso está muy bien, por supuesto. Se la ve estupenda; pero… ¿Y el famoso empoderamiento dónde quedó? ¿Dónde está el «verse bien como eres es revolucionario»?

Todos, en este mundo, nos vestimos, nos bañamos, nos perfumamos y nos comportamos de la mejor manera posible para ser vistos de la mejor manera posible y no deberíamos llamarnos a engaño por ello. Pararse frente a un montón de adolescentes y decirles «Tú no debes hacer nada. Eres perfecto» es el primer paso para crear un montón de engreídos, torpes y groseros adultos que terminarán creyendo que el mundo les debe todo porque ellos son así, «perfectos». Hasta me atrevería a asegurar que ustedes ya conocen a alguno de ellos.

Filosofías erróneas I

 

enojo (1)

 

Como es lógico, dentro de la enorme panoplia de artículos, videos, libros, cursos y demás métodos de exposición y comunicación que tenemos a nuestra disposición, hay muchos que intentan ayudar a las personas a lidiar con los problemas prácticos; es decir, con esos problemas del «día a día», como habitualmente se dice. Pero como precisamente esa enorme cantidad de medios también están a disposición de cualquier persona, es muy probable que nos encontremos con que hay mucha hojarasca entre la hierba. El error más común del que parten quienes hacen estos videos o artículos —a veces bienintencionados pero que a la postre resultan todo lo contrario—, es que simplifican en exceso los temas y reducen lo que es un problema complejo a un solo término.

Por ejemplo, hay por allí un video de un tal Seiiti Arata titulado Qué pasa cuando te quejas por todo? (Sic). Como muchos supondrán, lo que el buen Seiiti Arata dice cosas como “Una persona que está quejándose es una persona que está sufriendo…” o “Cuando te quejas tu foco de atención está todo el tiempo buscando por las cosas que están mal…” (Sic) y lo que puedes hacer es… “Decide que a partir de hoy no te vas a quejar más. Para de quejarte y de ahora en adelante enfócate en otra perspectiva”. Voilá! Un genio el muchacho. A partir de este momento se terminaron todos mis problemas…

 

enojo (3)

 

Bien. El punto es que todo esto no pasa de ser una tontería; pero es una tontería que al ser moda, se torna peligrosa. Lo correcto, y esto es tan estúpido que hasta me da vergüenza tener que ponerlo por escrito, es que cuando hay razones para quejarse hay que quejarse. ¿De dónde sale toda esta tontería de que enojarse está mal? La gente piensa que la realidad se parece cada día más a un jardín de infantes y así se conduce. Está claro que no hay que quejarse porque sí ni por razones baladíes; pero cuando hay que alzar la voz, no hacerlo alto y claro es, literalmente, de cobardes.

Estuve tentado a poner algunos ejemplos, pero luego de escribirlos decidí borrarlos porque todos ellos pueden ser sintetizados en uno solo: Cuando algo está mal, hay que arreglarlo. Punto. ¿Ven? Es tan tonto que hasta da vergüenza ajena tener que ponerlo así de claro.

 

enojo (2)

 

Me quedo con una idea tangencial para paliar un poco la pobreza del último párrafo; se trata de uno de esos cuentos orientales que son lo contrario de estas filosofías; es decir, esos cuentitos que funcionan al revés: parecen tontos en la superficie pero tienen más sustancia en lo profundo. Como no lo tengo a mano y hace mucho que lo leí, lo transcribo de manera muy sintética: «El discípulo le pregunta al maestro sobre los límites de la violencia y de la tolerancia. “Si estoy meditando y un hombre quiere golpearme con un palo ¿Qué debo hacer?” A lo que el maestro le responde: “Debes ser lo suficientemente violento como para quitarle el palo y lo suficientemente pacífico como para no golpearlo con él”».

Eso es todo. Actuar, pelear, gritar, protestar, enojarse cuando es necesario y el resto del tiempo sí, ahí podemos jugar a ser un rayito de luz.