No.

En La sociedad abierta y sus enemigos, Karl Popper señala la paradójica relación entre la tolerancia y la intolerancia. Encontré este cartón magnífico que lo sintetiza en apenas tres viñetas y que me eximirá de tener que citar largos párrafos del libro:

Intolerancia (1)

Traigo esto en relación a cuatro hechos que han ocurrido recientemente: por un lado las revueltas raciales en los Estados Unidos, en especial en Charlottesville; la amenaza de Trump a Venezuela; el fraude electoral en Argentina y el atentado de ayer en la Rambla barcelonesa.

No voy a tocar cada uno de estos puntos por separado, ya que eso implicaría una extensión excesiva; pero sí voy a tratar en conjunto a lo que subyace en todos estos temas: la intolerancia. Todos los que suelen pasar seguido por aquí saben que uno de los temas recurrentes en este sitio es el otro; y ello se debe a que el ataque que está sufriendo el otro (es decir, todos nosotros) es cada día más abierto, más brutal y, sobre todo, global, y no podemos ni debemos quedarnos de brazos cruzados ante ello.

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Vuelvo al tema central de la intolerancia: aquí tenemos los dos aspectos en plena ebullición de esa paradoja que destaca Popper. Quienes han llevado adelante estos ataques, amenazas y fraudes son los que Popper (y todos nosotros en pleno uso de nuestra capacidad lógica) llama intolerantes y son quienes se escudan en nuestra tolerancia para actuar. Nosotros, por el contrario, somos los tolerantes que ya debemos dejar de serlo, no para convertirnos en ellos, sino para combatirlos. No importa de qué estemos hablando: política, sociedad o religión; ante el intolerante, cero complacencia.

Dice Popper (p. 379): “Pero de todos los ideales políticos quizás el más peligroso sea el de querer hacer felices a los pueblos. En efecto, lleva invariablemente a la tentativa de imponer nuestra escala de valores «superiores» a los demás, para hacerles comprender lo que a nosotros nos parece que es de la mayor importancia para su felicidad; por así decirlo, para salvar sus almas. Y lleva al utopismo y al romanticismo. Todos tenemos la plena seguridad de que nadie seria desgraciado en la comunidad hermosa y perfecta de nuestros sueños; y tampoco cabe ninguna duda de que no sería difícil traer el cielo a la tierra si nos amásemos unos a otros. Pero como dijimos antes, la tentativa de llevar el cielo a la tierra produce como resultado invariable el infierno. Ella engendra la intolerancia, las guerras religiosas y la salvación de las almas mediante la Inquisición”.

Intolerancia (4)

Creo que podemos relacionar este asunto con el que tratamos ayer: la ignorancia generalizada. Ella es, después de todo, la que acepta a los grandes salvadores, a los héroes, la que se pliega al culto a la personalidad; y es por eso que tenemos a todos estos ignorantes haciendo gala de intolerancia suprema en todos los medios y, lo que es mucho peor, jodiendo a medio mundo.

 

 

Los rasgos de un gran sueño

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Arthur Schopenahuer

Muchos saben que Arthur Schopenahuer es uno de mis filósofos centrales o «de cabecera», como suele decirse. Creo que el autor alemán es uno de los que ha creado un sistema tan fuerte y sólido que muy pocos podrían llegar a igualar. ¿Por qué no se lo enseña más o no se habla de él con mayor asiduidad? La verdad es que creo que ello es porque Schopenhauer dejaría sin trabajo al noventa por ciento de los filósofos de la actualidad y al cien por ciento de los pseudofilósofos y adalides de la autoayuda. Es decir, que no es negocio.

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Joseph Campbell en diálogo con Bill Moyers

Otro de mis grandes referentes (pero en este caso es más específico, más acotado en sus alcances) es Joseph Campbell, mitólogo, escritor y profesor estadounidense. Encontrarme a ambos en un mismo texto, entonces, es un placer más que compartible. Por eso dejo aquí este fragmento de la charla que Joseph Campbell sostuvo con Bill Moyers en 1986, en el rancho propiedad de George Lucas y que se publicó con el título de El poder del mito; porque allí el mitólogo sintetiza a Schopenhauer y nos abre la puerta a su lectura, a profundizar en esa filosofía que no necesita nada más para ser lo que es: la estructura filosófica más sólida que se haya creado.

“Schopenhauer –dice Campbell–, en su espléndido ensayo llamado “Sobre una intención aparente en el destino de los individuos”, señala que cuando llegas a una edad avanzada y miras atrás en tu vida, puede parecerte que ésta ha tenido un orden y plan downloadconsistentes, como si la hubiera compuesto un novelista. Hechos que cuando tuvieron lugar parecieron accidentales y de poca importancia resultan ser factores indispensables en la composición del argumento. ¿Quién compuso ese argumento? Schopenhauer sugiere que así como tus sueños están compuestos por un aspecto de ti mismo del que tu conciencia no sabe nada, así también tu vida entera está compuesta por la voluntad que hay dentro de ti. Y así como personas que has conocido aparentemente por puro azar se convierten en agentes principales en la estructuración de tu vida, así también habrás servido tú como agente, sin saberlo, dando significado a las vidas de otros. Toda la trama marcha al unísono como una gran sinfonía, y cada uno inconscientemente está estructurando todo lo demás. Schopenhauer concluye que es como si nuestras vidas fueran los rasgos de un gran sueño de un solo soñador en el que todos los personajes del sueño también sueñan; de modo que todo se enlaza con todo, movido por la voluntad única de la vida que es la voluntad universal de la naturaleza.

Es una idea magnífica, una idea que aparece en la India en la imagen mítica de la red de Indra, que es una red de gemas, donde en cada cruce de un hilo con otro hay una gema que refleja a todas las demás. Todo sucede en mutua relación con todo lo demás, por lo que no puedes culpar a nadie de nada. Es, incluso, como si hubiera una única intención detrás de todo, que le diera un cierto sentido, aunque ninguno de nosotros sepa cuál puede ser ese sentido, ni haya vivido del todo la vida que se propuso vivir”.

 

Lo que conviene

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Hay dos posturas contrapuestas en este mundo que nos rodea; una de ellas, determinista, dice algo así como que “todo está escrito” y que nada podemos hacer para cambiarlo. No hace falta ser extremista para ser determinista (aunque los hay, claro); sino que sólo alcanza con decir “la vida es así” o cualquier frase por el estilo. En la vereda opuesta se encuentran los partidarios del “libre albedrío”. Para ellos todo está abierto a nuestras posibilidades y podemos cambiar las cosas cuándo y cómo queramos.

Está bien, uno puede ser una cosa u otra y no hay problema en ello; pero hay un grupo de personas bastante molesto (tengo un par en mi familia que fueron quienes me impulsaron a escribir esto) que actúa del siguiente modo: es determinista en la derrota y partidario del libre albedrío en la victoria. Es decir que cuando las cosas les salen mal es por culpa de otros o del destino, mientras que cuando las cosas le salen bien es gracias a ellos mismos y a su enorme capacidad para… (lo que sea).

Libre albedrío

 

Es una postura cómoda, claro; pero además de ser irreal es por demás molesta para quienes los rodean. Sobre todo porque esas personas también tienen otra costumbre: no toleran que al otro le vaya bien. En ese caso no aplican el libre albedrío y si a alguien le va bien es “porque tiene suerte” y nunca porque hizo algo para conseguir eso; aunque por lo visto nunca se ha tenido tanta suerte como para nacer lejos de ellos. Y y es que no, todo no se puede…

El verdugo constante

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 “Homo sum, humani nihil a me alienum puto” escribió Publio Terencio Africano en su comedia “Heautontimorumenos” («El enemigo de sí mismo» o «El verdugo de sí mismo»), del año 165 a.e.c. La frase latina puede traducirse como “Hombre soy; nada humano me es ajeno”, la cual, sin duda, será reconocida por muchos de ustedes.

El título de esa obra de Terencio luego sería retomado por Charles Baudelaire para el poema LXXXIII de Las flores del mal. Allí, Baudelaire comienza diciendo: “Te golpearé sin cólera alguna / y sin odio, como un carnicero” o “¡Yo soy el puñal y la herida! / ¡Soy el cachetazo y la mejilla! / ¡Los miembros y el tormento, / el verdugo y el atormentado!”

Ayer hablé de la realidad dual que nos constituye como esos seres complejos que somos. Hoy, continúo con esa idea en mente y, como corolario, trabajo estas dos ideas: “Hombre soy; nada humano me es ajeno” ¿Pero qué significa ser un «ser humano?» ¿Tal vez ese verdugo y ese atormentado que es uno solo, como señala Baudelaire? Creo que sí; creo que eso somos a lo largo de toda nuestra vida e, incluso, varias veces a lo largo de un solo día. El problema está en que no lo reconocemos; en que creemos ser una unicidad que la realidad se empeña en mostrarnos una y otra vez que no es tal a pesar de nuestra ceguera.

Por cierto, Baudelaire cierra su poema con esta cuarteta lapidaria: “Soy vampiro de mi existir / -uno de esos abandonados, / a risa eterna condenados- / ¡que no puede ya sonreír!”.

Lo indiviso divisible

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El Ecce Homo, de Nietzche; es el último libro que escribió el filósofo alemán, en los tiempos en que ya estaba cayendo en lo que sería el último de sus estados: la locura. Aun así, es un magnífico trabajo, en el cual pueden notarse grandes ideas y apreciaciones más que notables del filósofo sobre su propia obra.

En el fragmento dedicado al Zaratustra, Nietzsche un par de cosas notables por su agudeza y por la luz que arrojan sobre esa obra. Aunque están descritas en un solo párrafo, las divido en las tres partes constitutivas para que se comprendan mejor:

“Prescindiendo de estas obras de diez días, los años del Zaratustra y sobre todo los siguientes representaron un estado de miseria sin igual. Se paga caro el ser inmortal: se muere a causa de ello varias veces durante la vida. Hay algo que yo denomino el rencor de lo grande: todo lo grande, una obra, una acción, se vuelve, inmediatamente de acabada, contra quien la hizo.

Una segunda cosa es el espantoso silencio que se oye alrededor. La soledad tiene siete pieles; nada pasa ya a través de ellas. Se va a los hombres, se saluda a los amigos: nuevo desierto, ninguna mirada saluda ya. […] parece que nada ofende más hondo que el hacer notar de repente una distancia, las naturalezas aristocráticas, que no saben vivir sin venerar, son escasas.

Una tercera cosa es la absurda irritabilidad de la piel a las pequeñas picaduras, una especie de desamparo ante todo lo pequeño”.

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Lo notable de este fragmento es la síntesis perfecta de lo que se entiende por Übersmench (término que se traduce, mal, como superhombre; pero que sería más adecuado llamar ultrahombre o posthombre; es decir lo que está más allá del hombre, no ese animal bruto que implica el prefijo «súper»). Ese hombre que está más allá del actual hombre vulgar y burgués es, ante todo, un ser débil que se encuentra en estado de indefensión ante la enorme carga de lo mediocre. De allí la irritabilidad de esa piel ante las pequeñas picaduras. Pero también hay una fortaleza y una enorme carga de orgullo en el primer fragmento; en ese saber que se está preparado para las grandes cosas; para las tareas enormes e imperecederas.

Tal vez allí radique, entonces, la verdadera grandeza del übersmench: en saberse constituido por una dualidad permanente; en saber que el ser humano es algo que no es ni podrá ser un ser único e indivisible; sino que siempre estará constituido por dos caras antagónicas, pero indispensables para construir lo que realmente es.

Un Quevedo en la Grecia antigua

Zenon de Citio

Zenón de Citio

Se considera a Zenón de Citio como al fundador de la escuela estoica. Se dice que cuando Zenón llegó a Atenas desde Chipre, en el siglo III a.e.c. y como era costumbre por aquellos tiempos, se dirigió al oráculo y éste le dijo: “Debes tener trato con los muertos”. Por fortuna para Zenón, él no vivió en esta época trivial donde esas palabras podían ser interpretadas como una invitación a la superchería. Entonces, casi como un Quevedo anticipado a su tiempo, Zenón se puso a leer a los muertos, sobre todo a los cínicos, en especial a Crates y a Diógenes. Los alcances o motivos de la escuela estoica es tema para otra entrada; hoy prefiero quedarme con ese consejo oracular y con la consonancia entre el filósofo griego y el poeta español, separados mil quinientos años en el tiempo, pero unidos en la inteligencia y la humanidad. ¿Habrá sido Zenón de Citio uno de los muertos a los que Quevedo escuchaba con sus ojos?

-PASEN_4.jpg de Archivo ABC-

Francisco de Quevedo

 

Reencuentro con Ítaca

Viaje

“Después del tiempo ascendente del deseo y del tiempo excitante del acontecimiento llega el tiempo descendente del retorno. No hay viaje sin reencuentro con Ítaca, que da al desplazamiento su sentido mismo”. Dice Michel Onfray en su Teoría del viaje. La referencia directa que se encuentra es el poema homónimo de Konstantinos Kavafis (o Cavafis, según la grafía que se use); allí Kavafis termina diciendo “entenderás ya qué significan las Ítacas”; es decir que Ítaca es la patria (sea ésta ciudad, país o persona) a la que siempre volvemos cuando regresamos de un viaje o cuando pensamos en el viaje como regreso. Esa Ítaca deseada es la referencia que le da sentido a nuestro viaje; sin ella nuestro deambular sería un nomadismo eterno, un constante derrotero sin otro destino que el emular al judío errante.
Así, entonces, podríamos entonar los versos de Kavafis con otro ímpetu:

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
[…]
Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
[…]
Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.
[…]
Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.

Para leer el poema completo, pueden ir aquí.