El discreto encanto de saberse nada

Antes de juzgar a otros o reclamar cualquier verdad absoluta, considere que tú puedes ver menos del 1% del espectro electromagnético y escuchar menos del 1% del espectro acústico. Mientras lees esto, estás viajando a 220 kilómetros por segundo a través de la galaxia. El 90% de las células de tu cuerpo llevan su propio ADN microbiano y no son, por lo tanto “Tú”. Los átomos en tu cuerpo son 99,9999999999999999% de espacio vacío y ninguno de ellos es el mismo con el que has nacido; pero todos, de todas formas, se originaron en el vientre de una estrella. Los seres humanos tienen 46 cromosomas, 2 menos que la papa común. La existencia del arco iris depende de los fotoreceptores cónicos en tus ojos; para los animales sin conos, el arco iris no existe; así que no sólo miras un arco iris, sino que en realidad lo creas. Esto es bastante sorprendente, especialmente teniendo en cuenta que todos los hermosos colores que ves representan menos del 1% del espectro electromagnético.

Arco iris

El anterior es un párrafo anónimo que puede resultar algo negativo o pesimista para muchos; pero para mí es uno de esos fragmentos que resultan por demás atractivos porque coloca al lector —mal que le pese— en una posición de la que no puede salir a menos que reconozca la verdad del texto o que se escape buscando refugio en una religión cualquiera. No hay más opciones que esas dos: o aceptamos la nada que somos (y nos adecuamos a ella, lo cual es la verdadera ganancia del asunto) o nos drogamos con lo que tengamos más a mano. Cada quien sabrá lo que hace al respecto. ¡Salud!

Simetrías

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Dibujo original de William Blake para su poema El tigre

En su más que famoso poema El tigre, William Blake se adentra en lo más profundo de las dudas sobre el alma humana. El poema suele citárselo en muchas ocasiones, pero siempre se lo limita a la primera estrofa:

¡Tigre! ¡Tigre!, fuego que ardes
En los bosques de la noche,
¿Qué mano inmortal, qué ojo
Pudo idear tu terrible simetría?

La segunda de ellas (el poema consta de seis estrofas de cuatro versos) es por demás interesante y ya nos brinda una idea de las dudas del autor:

¿En qué distantes abismos, en qué cielos,
Ardió el fuego de tus ojos?
¿Con qué alas osó elevarse?
¿Y que mano osó tomar ese fuego?

Pero hacia el final del poema donde Blake nos deja la pregunta clave, la que le dará cabal sentido a la pregunta planteada al inicio:

Cuando las estrellas arrojaron sus lanzas,
Y bañaron los cielos con sus lágrimas,
¿Sonrió al contemplar su obra?
¿Quién hizo al cordero fue quien te hizo?

Para Blake era incomprensible que el mismo creador hubiese creado al tigre y al cordero (“la misma ley para el buey y el león es opresión”, escribió en otro momento de su vida). La pregunta del Blake va al meollo de la cuestión del bien y del mal; en definitiva, de lo que somos o de lo que nos conforma, ya que todos somos en algún momento o bien tigres o bien corderos. ¿De qué estamos hechos, entonces? ¿Qué mano forjó nuestra terrible simetría?

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Tigre, dibujo de William Blake

Yo, robot

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La entrada de ayer (Tal vez…) recibió algunos comentarios que señalaban una postura diferente a la que planteaba en el texto. Está bien, en parte estoy de acuerdo con esos comentarios, pero lo que subyace a toda esa cuestión es una pregunta más profunda y compleja: ¿Qué es un ser humano? o planteada de otro modo: ¿Cuánto de humano queda en los humanos?

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El texto de ayer jugaba un poco con la ciencia ficción al hablar de “cables conectados al lóbulo frontal”; pero eso no es tan ficcional como se cree. En realidad nuestro lóbulo frontal está más que conectado (sin cables directos, claro) a un sinfín de electrónicos, sobre todo, internet. Nuestras sensaciones ya han sido modificadas por la tecnología hasta tal punto que la sociedad muy difícilmente podría vivir sin ella. Nos consideramos seres naturales; pero estamos bien lejos de serlo. Nuestra vida ha sido modificada en su totalidad por la técnica: vivimos en casas, nos vestimos, tomamos medicinas, comemos alimentos modificados de una u otra manera, usamos adminículos que potencian o suplantan a nuestras incapacidades. Usamos anteojos, bastones, muletas, llaves, martillos, espejos, pinzas, dentaduras, postizas, auriculares. Todo ello nos separa de lo natural aunque estamos tan acostumbrado a ello que no lo consideramos como un artilugio, un implemento añadido a nuestra naturaleza.
También en nuestros hogares vivimos rodeados de robots y otras herramientas. ¿Qué otra cosa es un hornos de microondas? Es un robot, aunque muy especializado, si vamos al caso, pero un robot al fin y al cabo. Lo mismo sucede con casi todos los adminículos electrónicos que nos rodean: un reloj despertador, un teléfono, una aspiradora, una computadora, una radio, una TV. Sin ir más lejos, como ya no tenemos garras ni colmillos, usamos en su reemplazo tenedor y cuchillos.

Love Robot
Un últimos asunto, tal vez el central: si bien es muy lindo ver un ocaso o sentir la caricia de un ser querido (lejos de mí el querer negar esto) es también cierto que estas cosas también han sido modificadas por la tecnología. A ver se aprende y las experiencias sensibles son hijas de la cultura. ¿Cuándo acariciamos o somos acariciados esa piel que tanto nos satisface es pura o ha sido modificada con diversos productos químicos? La piel humana ya ha dejado de ser humana en cierto grado. Ver un ocaso es bello, pero lo que vemos ha sido modificado por los incontables ocasos que hemos visto en el cine y por las incontables veces que hemos oído que ver un ocaso es un acto romántico.
Por supuesto que nada de esto quita valor al acto de vivir y de hacer todas estas cosas que siempre hacemos y que tanto nos gustan; pero no podemos decir que somos seres naturales; al menos no hasta que cambiemos el concepto de naturaleza aplicado a nosotros mismos.

Belleza y verdad

Belleza y verdad

Alguien, hace un par de meses, me dejó, como parte de su comentario a una entrada que no recuerdo, esta idea: “La ficción existe porque es sueño y realidad a la vez”. Encuentro esta nota entre mis apuntes y no pude menos que recordar aquel concepto de Harold Bloom en Qué leer y por qué. Allí, Bloom, al analizar a Chéjov, señala que uno de sus personajes se siente feliz al ver que de alguna manera la verdad y la belleza están relacionadas: “El lector puede reflexionar sobre la sutil transición en la alegría del estudiante: de la cadena temporal de la verdad y la belleza al vislumbre de una felicidad personal”.

Esas ambigüedades como la que me señaló esa persona (me disculpo por no haber tomado debida nota de su nombre) o como la que señala Harold Bloom me saben a delicia intelectual. Creo, en lo personal, que a pesar del erróneo pesimismo moral que nos dejó el posmodernismo, hay una estrecha relación entre la belleza y la verdad; entre la ficción y la realidad y, también (y tal vez esto sea la síntesis de lo anterior), que todo lo bello y lo bueno y lo correcto y lo verdadero sólo son facetas de eso que solemos llamar, con bastante ligereza, moral; pero facetas que de manera inevitable se apuntalan las unas a las otras, que unas y otras son, de alguna manera, lo mismo.

Retrato de Ginebra de Benci (1)
En 1475 Leonardo da Vinci pinta su Retrato de Ginebra de Benci. En el reverso de esa obra Leonardo pintó una cinta donde escribió: VIRTUTEM FORMA DECORAT; es decir: la virtud es un adorno de la belleza. A pesar de que pensamientos como ese hoy son considerados políticamente incorrectos, me siento mucho más cercano a él que a muchas de las nuevas tonterías con las que nos bombardea la más que cínica modernidad.

Retrato de Ginebra de Benci (2)

Somos, nada más, que copos de nieve

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Por esas cosas del azar o de la sincronía (tal vez sólo sean nombres distintos para la misma cosa), leí el siguiente párrafo y pocos minutos después me encontré con un artículo fotográfico que mostraba a algunos copos de nieve en el momento previo a desaparecer para siempre. Cuando leí el fragmento que les dejo a continuación no pensé en postearlo; pero al ver las fotos pensé que sería el complemento perfecto el uno del otro. La cita es de Steve Maraboli; del libro Life, the Truth, and Being Free. Las imágenes pertenecen al trabajo del fotógrafo ruso Andrew Osokin. La reflexión corre por cuenta de cada uno de nosotros.

Somos perfectamente imperfectos. Todos hemos oído que no hay dos copos de nieve iguales. Cada copo de nieve toma la forma perfecta para lograr la máxima eficiencia y eficacia para su viaje, y mientras la fuerza universal de la gravedad les da un destino compartido, el espacio expansivo en el aire da a cada copo de nieve la oportunidad de tomar su propio camino. Están, entonces, en el mismo camino, pero cada uno toma una ruta diferente. A lo largo de este viaje impulsado por la gravedad, algunos copos de nieve chocan y se dañan unos a otros, algunos chocan y se unen, algunos son influenciados por el viento… ¡Hay tantas transiciones y cambios que tienen lugar a lo largo del viaje del copo de nieve! Pero, cualquiera que sea la transición, el copo de nieve siempre se encuentra perfectamente formado para su viaje. Podemos encontrar paralelos en la naturaleza como un bello reflejo de esta gran orquestación. Uno de estos paralelos es el de los copos de nieve y nosotros. Nosotros también estamos todos en la misma dirección. Estamos siendo impulsados por una fuerza universal al mismo destino. Todos somos individuos que tomamos diferentes viajes a lo largo de nuestro periplo y a veces chocamos unos con otros, nos cruzamos, nos alteramos… tomamos diferentes formas físicas. Pero en todo momento nosotros también somos 100% perfectamente imperfectos. En cada momento dado somos absolutamente perfectos para lo que se requiere para nuestro viaje. Yo no soy perfecto para tu viaje y tú no eres perfecto para mi viaje, pero soy perfecto para mi viaje y eres perfecto para tu viaje. Nos dirigimos al mismo lugar, estamos tomando diferentes rutas, eso es todo. Piensa en lo que podría significar esta gran orquestación para entender nuestras relaciones. Imagina interactuar con los demás sabiendo que ellos también comparten este paralelo con el copo de nieve. Al igual que tú, se dirigen al mismo lugar y no importa lo que puedan parecerte, ellos han tomado la forma perfecta para su viaje. Cuán fuertes serían nuestras relaciones si pudiéramos ver y respetar esa simple idea: la de que todos somos perfectamente imperfectos para nuestro viaje“.

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La limosna imposible

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Se cuenta que Diógenes de Sínope, el filósofo cínico amigo de esta casa, se dirigió adonde estaba una estatua y le tendió su mano pidiéndole limosna. Allí, frente a la piedra, se quedó inmóvil. Pasaron largas horas y un hombre se le acercó y le preguntó por qué hacía eso. Y Diógenes, sin mirarlo, sin dejar de esperar la limosna imposible, le dijo: “Lo hago para acostumbrarme al rechazo. Lo hago para acostumbrarme a una tierra sin prodigios”.
Y eso es todo por hoy; hoy, que me siento como Diógenes frente a esa estatua a la que podríamos llamar realidad o entorno o pasado, quisiera poder acostumbrarme a esta tierra sin prodigios o, lo que tal vez es peor, a una tierra sin siquiera la sombra de un pequeño, mínimo, diminuto prodigio.

Más que ridículo

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Versión Zen de ¿Dónde está Wally?

Como corolario de la ridícula entrada de ayer, vuelvo sobre el tema y dejo un par de consideraciones más al respecto. Si hablamos del absurdo de la vida podemos tomar como referencia a varios autores, pero quiero apuntar para el lado de la corriente filosófica que mejor capta esta verdad la cual es, sin duda, el budismo Zen. Parte importante del aprendizaje del iniciado se lleva a cabo mediante Koans, breves ejercicios que juegan con el absurdo y que pretenden destacar el sinsentido de la búsqueda consciente de la verdad. Una vez que renunciemos a ella, alcanzaremos la iluminación o Satori (en japonés). El humor derrumba las convenciones y los prejuicios, los hábitos mentales que nos separan de todo lo vivo. Muchísimos son los ejemplos de filosofía Zen que hacen hincapié en esta importante realidad. Sôkan escribió un haiku que decía:

Sé bien que tienes las nalgas heladas,
pero no te acerques demasiado al fuego,
oh, Buda de nieve.

La irreverencia de estas líneas se olvida ante la fuerza vital que expresan. Sentirse pequeño, cómico, ridículo, es quizás la manera más honrada de encontrar y expresar la propia dignidad.

Diógenes
Es por demás conocida la anécdota aquella que narra la historia de Alejandro Magno cuando se presentó ante el barril donde Diógenes vivía y le ofreció satisfacer cualquier deseo que tuviera, Diógenes sólo le dijo: “Apártate porque me tapas la luz del sol.” En otra ocasión, un cortesano le dijo que si hubiera aprendido a adular a los poderosos no tendría que comerse unas simples lentejas como las que el filósofo estaba saboreando en aquel momento. Diógenes le contestó: “Y si tú hubieras aprendido a comer lentejas no tendrías que adular a los poderosos.”
Somos poca cosa. Somos ridículos, risibles, diminutos, inconsistentes. Somos encantadoramente nada y saberlo, ser conscientes de ello, es la única sabiduría a la que podemos aspirar.