La soledad del puercoespín

 

Puercoespines

 

En invierno los puercoespines se encuentran aquejados por dos sufrimientos. O bien se alejan unos de otros y padecen frío, o bien se juntan unos con otros para mantener el calor y se clavan las espinas que les destrozan las carnes. Buscan, pues, una situación intermedia aceptable entre la soledad helada y la proximidad hiriente. Mediante esta fábula, Arthur Schopenhauer resume de una manera sencilla uno de los aspectos importantes de su pensamiento. Como los puercoespines en invierno, los hombres se encuentran, según él, empujados los unos a los otros por «la necesidad de la sociedad surgida del vacío y de la monotonía de su propio interior (…) pero sus numerosas cualidades repulsivas y sus insoportables defectos los dispersan de nuevo. La distancia intermedia que terminan por descubrir y en la cual la vida en común se hace posible, consiste en la cortesía y las buenas maneras».

«Como regla general», escribe, «se puede decir que la sociabilidad de un hombre se encuentra casi en relación inversa con su valor intelectual: decir que “es muy insociable”, equivale casi a decir que él es un hombre de gran capacidad». ¿Estamos condenados a la fría soledad, a las ilusiones sociales o a la mediocre «cortesía»? No, porque existe una alternativa que aparece al final de la parábola: «el que posee en sí mismo una gran dosis de calor interior, prefiere alejarse de la sociedad para no causar contrariedades ni sufrirlas».

Como siempre, la soledad buscada es la respuesta a lo que nos ofrece la sociedad.

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El vuelto de un billete de diez pesos

 

Witold Gonbrowicz

 

Los diarios de Witold Gombrowics son por demás famosos; por un lado por la propia biografía del autor (un polaco que se exilia en Argentina una semana antes del inicio de la segunda guerra mundial) como por las maravillosas entradas y las fugas que lo conforman. Gombrowics puede estar hablando de un hecho trivial y enlazar de manera inmediata un profundo tema psicológico, filosófico o artístico para cerrar la entrada con un retorno casi casual a lo que comió ese día o a las meras cuestiones climáticas.

He aquí un pequeño fragmento, a modo de ejemplo:

“Hoy, en este severo tiempo actual, no hay pensamiento ni arte que no nos grite con vozimg_art_10853_3138 destemplada: ¡no te evadas, no juegues, asume la partida, responsabilízate, no sucumbas, no huyas! Intenté entonces conocer esta vida auténtica, ser absolutamente leal ante la existencia. Pero no me fue posible. No me fue posible por la razón de que tal autenticidad resultó más ficticia que todos mis jueguitos, vueltas y saltos juntos. Debido a mi temperamento artístico no entiendo demasiado de teorías, pero tengo bastante olfato en lo que a estilo se refiere. Cuando apliqué a la vida la máxima conciencia, tratando de fundar en ello mi existencia, advertí que algo raro pasaba. ¡Qué se iba a hacer! No era posible. Es imposible asumir todas las exigencias del Dasein y al mismo tiempo tomar café con masas durante la merienda. Sentirse angustiado ante la nada, pero aún más ante el dentista. Ser una conciencia en pantalones que conversa por teléfono. Ser una responsabilidad que anda de compras por la calle. Cargar con el peso de la existencia significativa, darle sentido al mundo y dar vuelto de un billete de diez pesos”.

La referencia al Dasein relacionado con el café con masas me hizo reír mucho, pero no menos que la sentencia « Sentirse angustiado ante la nada, pero aún más ante el dentista». Esto me hizo recordar a aquella otra sentencia de igual tono y forma de Milan Kundera: “«Pienso, luego, existo» es la declaración de un intelectual que menosprecia los dolores de dientes”.

Hay que reconocer que Gombrowicz tiene algo de razón: ante las necesidades propias de la existencia, el filosofar no deja de ser una cuestión de segunda categoría. Mal que me pese, debo reconocer la certeza de este punto y aceptar que la filosofía es un maravilloso instrumento intelectual, pero nada más que eso: un instrumento que puede (y debe) ser dejado de lado cuando corresponda.

Arrojar el traje

 

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Max Ernst – El ángel del hogar

Si bien la frase de Shakespeare «Todo el mundo es un teatro» es por demás conocida, no siempre es bien entendida en lo que tiene de profunda verdad filosófica. Este deambular por el escenario de la vida para luego hacer mutis y ser reemplazado por otros actores no siempre es algo que se tenga presente al citar al dramaturgo inglés. También la idea fue trabajada por otros y, entre ellos, mi preferido es Søren Kierkegaard, quien en su Las obras del amor (editado originalmente en 1847 y cuya cita pueden encontrar en el volumen de Editorial Sígueme, pág. 115) trabaja la idea de modo más poético y filosófico, lo cual ya me sabe a perfección o cercanía de perfección. No puedo dejar de leer este fragmento sin que una profunda sensación de paz se apodere de mí. Una profunda sensación de paz física, aclaro; porque curiosamente no hay intelecto alguno aquí, sino sólo eso: la tranquilidad y la quietud de quien flota en aguas tranquilas.

Dice Kierkegaard:

“Y cuando al morir caiga el telón sobre el escenario de la realidad, entonces todos serán […] lo que esencialmente eran pero que tú no veías a causa de la diversidad: verás que son seres humanos. […] Que la diversidad de la vida terrena es meramente como el traje del actor, o meramente como un traje de viaje, que cada cual tendrá que procurar y vigilar para que los lazos con los que se sujeta esta ropa exterior estuvieran atados flojos y, sobre todo, que no estuvieran enredados, para poder arrojar el traje con ligereza en el instante de la transformación; esto parece haberse olvidado”.

La conciencia conservadora

 

Execution by Guillotine in Paris during the French Revolution, 1790s (1793-1807).

Pierre Antoine De Machy

 

Me encontraba en la playa, disfrutando del agua y pensando en lo que había escuchado el día anterior, aquellas palabras de Derrida que decían «No hay nada fuera del texto» cuando, al intentar profundizar un poco en esa idea, escuché con claridad a la famosa «voz de la conciencia» (y siempre se la nota con claridad cuando dice cosas como esta, lo cual no siempre sucede en otras ocasiones en las que sería muy necesario su consejo o punto de vista) diciendo: «No tienes la capacidad para ello». Me detuve de inmediato. Me di cuenta de que la voz de mi conciencia, al menos en ese momento, tenía la voz de mi madre. «Por supuesto que tengo la capacidad suficiente» me dije; entonces ¿De dónde provenía esa idea castradora y totalmente negativa? Bueno, evidentemente la voz era real en la medida en que ese tipo de frases, con las modificaciones del caso, eran las que solía escuchar en boca de mi madre. Seguí adelante: el paso siguiente fue establecer qué es la conciencia, y la respuesta clásica vino a mi mente de manera inmediata: la conciencia es la voz de la reserva moral. Bien, pero ¿Qué es la moral? ¿El conjunto de reglas que determina la conducta adecuada y socialmente aceptable? En parte, sí; pero también sería la continuación de la voz moral de nuestros padres; es decir, del conservadurismo, de la tradición, de los límites, del control. Y como ya lo estableció Nietzsche en La genealogía de la moral, en este caso esa conducta sería la voz moral del poder; el cual, como bien sabemos, tiende, naturalmente, a ser conservador.

Como la moral no es algo fijo e inamovible, sino que se modifica con el paso del tiempo, establecer reglas morales rígidas es el peor error que se comete en relación a la educación de nuestros hijos. Lo que debe enseñárseles es la importancia del comportamiento moral y la búsqueda de sus propias reglas; no la obligada perpetuación de reglas que para ellos bien pueden estar perimidas.

Aquietar la conciencia negativa es, entonces, un trabajo circular. Decapitar a nuestros padres es aquietar la conciencia negativa y aquietar la conciencia negativa es decapitar a nuestros padres. Hacerlo de manera definitiva es nuestra tarea; hacerlo y enseñárselo a los que vienen detrás. Antes que nada, la coherencia.

A cualquier lugar

Jorge Wasenberg

Jorge Wasenberg el estupendo científico y escritor barcelonés cuenta en su Ideas para la imaginación impura que, con el fin de ilustrar lo que significa la ciencia en pocas palabras, termina un artículo publicado en El País con un pequeño cuento. Wasenberg añade el siguiente comentario: “Nunca he recibido tantas cartas de lectores preguntando por lo mismo (uno me urgió, vía correo electrónico, a una respuesta en honor a su salud mental, otro incluso me interceptó por la calle): ¿habían comprendido realmente lo que significaba el final de la columna?”

Leí el cuento —el que dejaré a continuación— y noto un par de cosas. Primero: creo que di con la lectura correcta; pero de inmediato me doy cuenta de que eso es lo que sentirán todos los que lo lean; es decir que la lectura será situada; y yo no soy ajeno a ello. Segundo: lo que entiendo al leer el relato es hijo de mi experiencia y de mis capacidades, así como de mis límites; entonces es cierto eso de que toda lectura es válida (esto me deja pensando mucho, ya que soy de los que no aceptan una interpretación total por parte del lector). Tercero: la ambigüedad del texto permite múltiples interpretaciones ¿Será posible, entonces, de alguna manera crear un lenguaje que no permita interpretación alguna?

He aquí el cuento. Las interpretaciones, claro, quedan por su cuenta.

jj

La carretera cruza el paisaje de horizonte a horizonte. En el centro del infinito un hombre mira cómo se acerca un automóvil. El conductor, deslumbrado por el sol de poniente, se pregunta por la estampa que se acerca sin moverse. Cuando por fin coinciden, la figura hace un leve gesto hacia el oeste. El viajero se conmueve, pero continúa su camino y susurra dos o tres veces «yo nunca me detengo para recoger desconocidos». La figura, ahora nítida en el espejo retrovisor, se encoge rápidamente hasta esfumarse entre las piedras del desierto. Y entonces el conductor gira en redondo y se lanza a toda velocidad en sentido contrario. La silueta resurge entonces de la nada y se dilata con su larga sombra. Ya se distingue la capucha puntiaguda bajo la que alguien intenta mirar a contraluz. De repente, la figura cruza la carretera con cuatro pasos muy decididos y, justo cuando el automóvil llega a su altura, lo vuelve a hacer. Vuelve a hacer el mismo gesto breve ¡pero ahora hacia el este! El viajero detiene el coche, tarda una centésima de segundo en comprender y tiene que reprimirse para no abrazarla.

La lámpara

 

Diógenes

 Jean-Léon Gérôme – Diogenes in Barrel Surrounded by Dogs

Una de las imágenes clásicas de la filosofía antigua es la de Diógenes recorriendo el mercado en pleno día con su lámpara al grito de «¡Busco un hombre, busco un hombre!»

Ateniéndome a lo obvio, pienso que una lámpara es útil sólo mientras alumbra nuestro camino o como Diógenes, mientras se busca algo; pero luego, saliendo un poco de esa obviedad que es inevitable en un primer momento, también veo que muchas personas han dejado la lámpara en algún punto del camino y que ésta, desde allí, los alumbra, arrojando sombras cada vez más largas a medida que el caminante se aleja. Para algunos ese punto está anclado en el día en que se recibieron, para otros el día en que se casaron, para otros el día en que consiguieron una medalla o un premio, para otros el día en que perdieron algo o a alguien, para otros… Sea como fuere, veo, no sin cierta pena, que todas esas personas determinan sus pasos según esa fuente de luz cada vez más lejana. Así, encuentro personas que siguen pensando lo mismo que hace treinta años, otros que no han vuelto a enamorarse nunca, otros que viven aferrados a una diminuta gloria de antaño, otros que ya no sienten empatía alguna porque ellos alguna vez sufrieron y ese sufrimiento no los abandona.

Andar con la lámpara siempre encendida y sostenerla siempre con el brazo en alto frente a nosotros se me hace indispensable. Pero ese soy yo y eso no me da derecho a decir que eso es lo correcto o que así deben ser las cosas. Yo soy yo y vivo según mis reglas y mis necesidades y los demás tienen derecho a hacer lo que consideren mejor para sí mismos. De todos modos, no puedo dejar de sentir cierta pena por quien ha dejado su luz atrás, del mismo modo que no puedo dejar de sentir cierto rechazo por esas personas que andan siempre precedidas por sombras largas. Pero ese, repito, sólo soy yo.

Los invisibles y los medios

 

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Hace unos días escribí una entrada sobre la cobertura que recibió el sismo que tuvo lugar en el sur de México y el norte de Guatemala. Mi molestia en aquel entonces fue sostenida y aumentada por la absoluta falta de empatía y de sentido crítico que se vio en todos los medios (no voy a hablar de las redes sociales porque éstas se manejan, básicamente, a través de los propios usuarios y, si bien estos son personas y la empatía y el sentido crítico deberían estar presentes en ellos también, si esto no ocurre así no es algo que podamos criticar, sino sólo lamentar. Por cierto, una acotación marginal: fue llamativa la cantidad de memes con bromas al respecto del terremoto. Llama la atención la velocidad con la que la gente encuentra la gracia en todo). Hablaba de la falta de sentido crítico y de empatía que se vio en los medios y voy a contar una o dos cosas de las que pude ver. Hablé en aquella entrada de dos programas de televisión abierta (Venga la alegría en TV Azteca, por ejemplo) donde con todo desparpajo se bailaba y se jugaba bajo la consigna de “No hay que ponerse triste”. Una de las notas que se proyectó fue sobre una actriz o modelo que parecía desconocer la paternidad de su hijo. Y he aquí el doble estándar que se vomita desde la pantalla. Todos sabemos que si algo así le pasa a la vecina, para el barrio ésta no pasaría de ser la puta del pueblo; pero como le pasa a una estrella lo que se escucha son comentarios del tipo «Ay, pobrecita, qué mal momento está pasando…». Ese mismo doble estándar es el que se usa para todo tipo de información. Si hay un muerto en el pueblo será noticia si es, de alguna manera, “importante” (rico, famoso, con título, etc.); mientras que si el finado es pobre, marginal, iletrado, pues será invisible para los medios.

Lo mismo vale, por supuesto, para los países. Al día siguiente del terremoto mexicano vi por internet que el huracán estaba centrado en Cuba. En la televisión y en la red lo que podía verse eran los vientos… en Miami. Era tanta la absoluta carencia de noticias que los enviados debían esforzarse por llenar el espacio con tonterías. Así se veía que uno de estos “enviados especiales” mostraba los vientos de cincuenta kilómetros por hora en Miami Beach (un huracán categoría 1 comienza con vientos de 118 km/h) mientras que en Cuba los vientos eran de más de doscientos cincuenta km/h. Pero claro, Cuba no es cool.

 

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Como todos bien sabemos, también en la pobreza o en la miseria hay grados; y cuanto más pobre o miserable se es también se es más invisible. Así que si de cuba tuvimos muy poca información, menos aún la tuvimos de República Dominicana o de Haití. ¿A quién le importan esos países retrógrados llenos de miserables latinos o, peor, de negros miserables? No, nada de eso; mientras tanto, miremos a Miami, pobres…

Lo mismo ocurrió con el terremoto; el cual si bien tuvo su epicentro en México, afectó seriamente a Guatemala. Seré curioso ¿alguien vio algo al respecto? Seguro que no; pero ya se sabe: vale menos un guatemalteco que una palmera gringa.

Cierro con la cita de Rudyard Kapuscinski, sólo para que se nos grabe como en piedra: Cuando la información se transformó en una mercancía, la verdad dejó de ser relevante.