En la mesa no se canta (ahora, antes sí)

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Pregunta retórica: ¿Para qué sirve un cuchillo? Pues no para eso en lo que acaban de pensar. Al menos no siempre, claro. Me he topado con estos maravillosos ejemplares de cuchillos medievales que llevan inscritas algunas partituras musicales. Estos cuchillos parecen ser de los siglos XV o XVI y, por supuesto, estaban destinados a la mesa, pero como dije, no para su función primaria de objeto cortante. Bueno, en realidad nadie sabe muy bien qué función cumplían. Por una parte hay quien dice que sí servían para cortar y trinchar: su filo y el ancho de la hoja los hacen aptos para la carne, lo mismo que la punta aguzada; pero hay quien dice que un noble de aquella época jamás cortaría su propia comida y que tampoco cantaría con un cuchillo ensangrentado proveniente de la mano de un criado.

Cuchillos y música

Es decir: los cuchillos ahí están, pero todavía no se entiende muy bien la forma de su uso. Maya Corry, del Museo Fitzwilliam en Cambridge, una institución con su propia colección impresionante de armas y armaduras, donde se encuentran estos cuchillos en exhibición, comenta: «son un tipo inusual de cuchillo del siglo XVI destinado a la mesa, no al campo de batalla, y ofrecen una notable comprensión de ese aspecto armonioso y audible de las devociones familiares»; es decir: oración y canción.

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La curadora de Victoria and Albert Museum, Kirstin Kennedy, admite que «no estamos del todo seguros» para qué se utilizaban esos espléndidos cuchillos; pero sí sabemos que cada cuchillo tenía una pieza musical diferente en cada lado, y que un conjunto de ellos contenía diferentes partes de armonía para convertir una sala llena de comensales en un coro. Un juego de cuchillas tenía la Gracia de un lado, con la inscripción «La bendición de la mesa»; el otro lado contiene la Bendición, que se canta después de la cena.

 

El lenguaje es el común para cualquier hogar en la Europa del Renacimiento, pero cuando se canta, al menos por el coro del Royal College of Music, que recreó la música e hizo las grabaciones que dejaré aquí, las oraciones son magníficamente elegantes. En los primeros audios se escuchan, respectivamente, una versión de la Gracia y de la Bendición de los cuchillos del Museo Victoria y Albert; abajo pueden escuchar una segunda versión, esta vez de un conjunto de oraciones corales de los cuchillos del Museo Fitzwilliam, grabadas para la exhibición Madonnas y Milagros.

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Nota: me disculpo por el torpe formato de la entrada; hubiese querido que los audios hubiesen aparecido en un formato más pequeño e, incluso, elegante; pero como no sé hacerlo (y la verdad es que no quiero pasar dos horas aprendiendo a hacer cosas que no sé si funcionarán y que luego nunca utilizaré) decidí dejarlo como está. Lo importante, para mí, es compartir estas curiosidades con ustedes. El resto lo aprenderé poco a poco y en su momento. Gracias a todos por comprender.

La danza de la muerte

El Beso de la Muerte, (EL Petó de la Mort, en catalán) es una escultura de mármol, que se encuentra en el cementerio de Poblenou en Barcelona y realizada en 1930. Se dice que esta escultura inspiró la película El séptimo sello, de Ingmar Bergman.

 

El beso de la muerte

 

La obra es romántica y terrible y lleva a las personas que la ven a expresar diferentes puntos de vista: a la vez atrae y repele. Se encuentra sobre la lápida del empresario textil Josep Llaudet Soler. La escultura representa a la muerte, en forma de un esqueleto alado, que besa la mejilla de un hombre joven. La escultura evoca diferentes respuestas a las personas que la ven: es el éxtasis en el rostro del joven o la renuncia a la vida.

Hacia 1930 la familia Llaudet perdió un hijo en plena juventud y quiso hacer una escultura para su tumba, que representase los siguientes versos de Mossen Cinto Verdaguer del epitafio:

«Mas su joven corazón no puede más;
en sus venas la sangre se detiene y se hiela
y el ánimo perdido con la fe se abraza
sintiéndose caer al beso de la muerte».

El encargo de la obra fue hecho al taller del escultor Jaume Barba, a quien desde siempre le fue adjudicada la creación de la escultura. Sin embargo, tomando en cuenta que este artesano tenía más de 70 años cuando se realizó, algunos se inclinan a pensar que el verdadero autor fue Joan Fontbernal, yerno del maestro y quien era el escultor más cualificado del taller de la familia Barba.

La figura de la muerte como «la gran igualadora» es una figura retórica utilizada a lo largo de toda la historia artística, pero que tuvo su auge en la edad media y llega hasta el siglo XIX. Obras como La danza de la muerte, de Saint Saënz es un excelente ejemplo de ello (pueden escucharla aquí). La obra, estrenada en París el 24 de enero de 1875, describe a la Muerte tocando el violín a medianoche. A su ritmo, los esqueletos bailan alrededor de una tumba, y al amanecer, con el canto del gallo, los muertos vuelven a sus tumbas. Las palabras finales son sintomáticas: «¡Que viva la muerte… y la igualdad…».

En la pintura encontramos muchas obras que nos muestran a la muerte bajo el manto del romanticismo, lejos de la figura más oscura o violenta a la que estamos acostumbrados hoy. He aquí un par de ejemplos:

 

Bouguereau

Adolphe William Bouguereau – Égalité devant la mort

Danza macabra

Jakob von Wyl  – Danza macabra

V0017615 The dance of death. Oil painting.

Anónimo – Danza macabra

Por último, dejo una obra moderna, pero que me atrae muchísimo. Aunque no se relaciona directamente con el tema de la danza macabra, sí lo hace de manera tangencial, pero no menos contundente. Se trata de Death and Life (Muerte y vida), de Gustav Klimt, y lo que me parece más fascinante es el equilibrio que logra el pintor en esa tela. Ese grupo de personas a la derecha, el cual representa a la humanidad toda a lo largo de sus edades, está compensado por esa muerte solitaria a la izquierda. Un solo personaje vale lo mismo que todos nosotros. La muerte, después de tanto tiempo, sigue siendo la gran igualadora.

 

klimt

Mientras escribo

Hace unos días escuché el último trabajo de Antonio Birabent, Oficio: Juglar; el cual consta de ocho poemas musicalizados y cantados por él mismo. Allí encontré algunos poemas y a un par de autores que no conocía o que conocía “de oídas”, como suele decirse (y que esto no se entienda como un chiste fácil). La primera canción es Lloraría, poema de Sergio Bizzio, el cual dejo aquí dedicado a tdos mis amigos escritores (quienes me disculparán por no nombrarlos a todos, ya que la lista sería extensa ¡Soy un hombre afortunado!).

 

escribiendo

 

Lloraría

La gente sale a buscar trabajo,
a comer,
a bailar,
a gastar,
a ver un eclipse mientras yo escribo.
Mi hijo juega solo mientras escribo.
Mientras escribo se encuentran los amigos,
se hacen negocios,
política, dinero, trampas, guerras, matrimonios, puentes, atentados mientras yo escribo.

Lloraría por lo que perdí.
Lloraría, mientras yo escribo.

¿Qué estaba haciendo?
¡Escribía!
La gente es “feliz” por momentos
y con “pequeñas cosas cotidianas”.
¿No es para llorar?
Les das algo y te agradecen,
les das más y hacen silencio.
El mismo desconcierto
siento yo
cuando pienso
en el tiempo
que pasé
escribiendo.

¿Llueve?
Llovizna.
Lloraría, mientras yo escribo.

Ángeles para los oídos

 

Zorn coll 02

 

Escribir sobre música, ya lo dije aquí mismo hace un tiempo, es algo complejo ya que esa forma artística es la más particular de todas. Es la más subjetiva y por eso mismo es que todos, sin lugar a dudas, sabemos que la música que escuchamos es la mejor de todas y, aunque podamos oír aquello que nuestros amigos o familiares nos recomiendan (fruto de esa pasión incomprensible ¿Cómo es que pueden escuchar eso?) siempre volvemos a nuestra fantástica y única forma musical, que es la única que vale.

Pero el asunto que me lleva a hablar de música es tangencial (mentira, lo que me mueve es mi pasión por este compositor, lo de tangencial es una excusa, como verán a continuación). John Zorn es un músico y compositor muy particular; tal vez demasiado para muchos. Dentro de sus diferentes proyectos, ha llevado a cabo uno que me parece particularmente bello, rico, original y complejo. Se titula The Book Of Angels y consta de treinta y dos álbumes. Zorn compone y entrega esas partituras (a veces meras ideas melódicas y notas generales) a diferentes músicos para que éstos le impriman a su obra su propio sello personal. La base de las composiciones de este proyecto son tres: escalas klezmer (la que forma la música judía), free jazz y por último la que el intérprete le añada. Así es que tenemos música judía mezclada con jazz y salsa cubana, o percusión brasileña, piano clásico, coro femenino (sin instrumentos), punk, rock and roll, experimental, o lo que sea.

 

Zorn coll 01

 

La variedad que Zorn logra con este método de trabajo es tal que es imposible relacionar un disco con otro si no se sabe que lo que subyace es el mismo tipo de composición; pero cuando se escucha la obra en conjunto se nota que todo está conformado por una misma base sobre la que se modelan las diferentes melodías y modos creativos.

 

Jazz Musician John Zorn

 

Como toda la obra de Zorn, en este proyecto tenemos discos bastante accesibles al oído (Lucifer, por Bar Kokhba ), otros de nivel intermedios (Aguares, por Roberto Rodríguez) y otros un poco más difíciles (Flauros, por AutorYno) Aún así, o tal vez por esto mismo, el conjunto es una notable obra de unos de los compositores más originales del siglo XX y de lo que va del XXI

Quien se atreva o quiera, podrá encontrar mucho material en Youtube. En los paréntesis anteriores he dejado los enlaces correspondientes.

 

Zorn coll 03

La perfección estaba allí

 

Mozart

 

Mis gustos musicales suelen ser amplios y variados, pero a veces ni siquiera esa variedad suele satisfacerme del todo. Ayer, por ejemplo, intenté escuchar un disco que acabo de adquirir y no, sentí que no era lo que necesitaba. Busqué algo más fuerte, más activo, ya que muchas veces la música que necesito es la que mi estado de ánimo requiere (a veces es la misma música la que modifica o condiciona al estado anímico, pero esta vez, por lo visto, no lograba hacerlo); y no, tampoco funcionó. Por esa lógica ilógica que usamos a veces y que nos hace creer que si algo no funciona lo contrario sí lo hará, busqué algo tranquilo, lento, relajado y… tampoco.

¿Y no será que la respuesta está en la nada, entonces? Me refugié en ese amigo ejemplar que me acompaña a menudo: el silencio. Pero no, tampoco era eso lo que me hacía falta. Mientras me duchaba, un pensamiento cruzó por mi mente: «En algún lado debe haber un disco que sea perfecto; un disco que contenga una obra maravillosa». Ese pensamiento apareció así, solo, casi como una imposición. Y la obra también apareció (casi) sola y si se impuso fue con mejores modales que los de una imposición violenta.

MozartLa perfección estaba allí, en la pantalla de mi computadora: el Concierto número 20 en re menor de Mozart era todo lo que necesitaba y, estoy tentado a decir, todo lo que cualquiera puede llegar a necesitar en cualquier momento del día. Escuché la versión veloz y precisa de Martha Argerich y luego la más accesible de Mitsuko Uchica (pero molesta por su excesiva gesticulación. Hay intérpretes que parece que tocan con la cara en lugar de hacerlo con las manos. Uchida es una de ellas, lo cual es una pena porque es realmente buena); por último, oí la rítmica y detallada versión de Friedrich Gulda.

Comencé diciendo «ayer» y resulta que hoy sigo escuchando este concierto una y otra vez y sigo creyendo (sintiendo, sería mejor) que es todo lo que una persona puede necesitar a la hora de salir de la mediocridad general. Mozart compuso este concierto cuando tenía veintinueve años, lo cual me hace sentir bastante pequeñito; pero luego vuelvo a escucharlo y es como si me crecieran alas y me elevara por sobre las nubes y las corrientes aéreas y es entonces que mi pequeñez ya no tiene ninguna importancia.

 

Los civilizados del sur

La expedición antártica de Escocia de 1904 hizo una contribución única a la ciencia: «Varios pingüinos emperadores, que eran muy numerosos aquí, fueron capturados.  Para probar el efecto de la música en ellos, Kerr tocó una en sus gaitas. No teníamos a Orfeo que gorjeara dulcemente en un laúd, pero ni las marchas entusiastas, las danzas populares animadas, ni los lamentos melancólicos parecían tener ningún efecto sobre estos aletargados pájaros flemáticos; no hubo emoción, ni rastro de aprecio o desaprobación; sólo somnolencia e indiferencia». (Rudmose Brown y otros, The Voyage of the “Scotia”, 1906).

Pingüinos (1)

 

Bueno, pero tres años más tarde, la expedición de Ernest Shackleton, había avanzado y llevado a la Antártida, gramófonos: Eso no pareció haber mejorado, pero cada vez estaba más claro que somos nosotros los obtusos. El biólogo de Shackleton, James Murray, escribió: «Llegaron a la fiesta en una extraña y dispersa procesión. Un gran líder parecía guiarlos. A una respetuosa distancia, se detuvieron, y el viejo macho se acercó tambaleándose e hizo una profunda reverencia hasta que su cabeza casi tocó su pecho. Con la cabeza todavía inclinada, pronunció un largo discurso en un murmullo, y habiendo terminado su discurso, mantuvo la cabeza baja durante unos segundos por cortesía; luego, al levantarla, describió con su pico un círculo tan grande como las articulaciones de su cuello lo permitía, y finalmente nos miró a los rostros para ver si entendíamos. Por si no lo habíamos hecho, como era el caso, lo intentó de nuevo. Fue infinitamente paciente con nuestra estupidez, pero sus seguidores no fueron tan pacientes con él y pronto estaban seguros de que estaba haciendo un lío. Enseguida otro pingüino caminó hasta su lado y se puso codo a codo con el primer emperador, como diciendo: «Te mostraré cómo debe hacerse», y volvimos a pasar por todo el asunto».

 

Pingüinos (2)

 

Murray termina la descripción de su encuentro con los pingüinos con una maravillosa imagen:

“Ellos son las naciones civilizadas de las regiones antárticas, y su civilización, si es mucho más simple que la nuestra, es en algunos aspectos más alta y más digna de ese nombre”.

En Wikipedia hay una buena síntesis de la expedición. Pueden verla aquí.

 

El colaborador de Mozart

estornino pinto

Las duplas compositivas son comunes y más que conocidas hoy en día; como las populares Lennon-McCartney o la de los suecos Benny Andersson y Bjorn Ulvaeus (todos los conocen y todos conocen sus canciones, claro está; los primeros por The Beatles, los segundos por ABBA. Les gusten o no, los conocen ¿No?). Hay muchos más, claro, las colaboraciones son cosa común, donde dos o más personas aúnan lo mejor de sus talentos para ofrecer una obra lo más digna posible. Lo que no se me ocurre es que haya habido alguien que tuviese el talento como para colaborar, digamos, con Mozart.
Bueno, tal vez sí hubo alguien (y no fue Salieri, aclaro). Resulta que el libro de gastos de Mozart, para el 27 de mayo de 1784, contiene esta curiosa entrada: “Pájaro estornino 34 kreutzer.”

Mozart había comprado un estornino en esa fecha, aparentemente después de oírle repetir el tema de apertura del tercer movimiento de su Concierto para piano nº 17, que había completado unas semanas antes. El pájaro había sostenido el primer Sol más bien largo, y luego cortó dos Sol en el siguiente compás; Mozart exclamó Das war schön! (“¡Eso fue hermoso!”) y la variación del estornino fue aceptada.

mozart

Mozart guardó el pájaro durante tres años, hasta que murió el 4 de junio de 1787. Lo enterró en su patio trasero y organizó un funeral en el que sus amigos marcharon en procesión, cantaron himnos y escucharon al compositor recitar un poema. Ningún otro registro escrito del pájaro aparece en los escritos supervivientes de Mozart; pero al menos sabemos que por una vez los dos se convirtieron en colaboradores (aunque algunos han sugerido que su Broma musical (K. 522) puede haber sido escrita en el estilo cómico e intrascendente de la vocalización de un estornino pinto).
Me tomé el trabajo (el más que placentero trabajo, debería decir) de revisar la partitura del Concierto nº 17 para encontrar los compases que se destacan más arriba y los encontré en la página 76, al comienzo del allegretto.
La partitura completa la tienen aquí y el concierto completo lo tienen aquí. El allegretto, es decir los compases de los que estamos hablando, comienzan en el exacto minuto 23. Espero que disfruten de esa colaboración diminuta pero, como todas las de Mozart, maravillosas.

Sinfonía sutilísima

il_570xn_354447294_4gk6La Composición 1960 # 5, escrita por el compositor vanguardista La Monte Young es la siguiente:

Una mariposa (o cualquier número de mariposas) se sueltan en el área donde se llevará a cabo la ejecución de la obra. Cuando la composición haya terminado, debe asegurarse que la mariposa salga volando afuera. Dicha composición puede tener cualquier longitud, pero si se dispone de una cantidad de tiempo ilimitada, las puertas y ventanas pueden abrirse antes de que la mariposa se suelte y la composición puede considerarse terminada cuando la mariposa salga de la sala.

“Tenía la certeza de que las mariposas hacían sonidos”, escribió Young, “no sólo con el movimiento de sus alas, sino también con el funcionamiento de su cuerpo… y a menos que uno dicte cuán alto o cuán suave debían ser los sonidos, éstos deberían ser permitidos en el reino de la música. El sonido producido por la mariposa era la música”.41veiz8v0el-_sx321_bo1204203200_

En Visible Deeds of Music, Simon Shaw-Miller escribe: “Un insecto reconocido como de gran belleza, a menudo entendido como un símbolo de transformación en el arte, es aquí el instrumento mismo. Su vuelo actúa como una metáfora visual para la melodía ausente o para el sonido inaudible. Young alguna vez dijo: “¿No es maravilloso que alguien pueda escuchar algo que normalmente se supone que debe ser sólo mirado?”

La idea del vuelo de una mariposa como música me acerca dos ideas que me resultan muy atractivas: la sinestesia, primero; y luego aquella idea de Borges, quien decía que seguramente a lo largo del día decimos —o alguien a nuestro alrededor podía hacerlo— algunas palabras que pueden ser versos maravillosos, pero que no somos conscientes de ello. En un diálogo casual podemos decir esas palabras exactas que el poeta busca afanosa e infructuosamente. La idea, en síntesis, de algo que fue hecho, en un primer momento, con un objetivo determinado pero que puede ser visualizado de otra manera diferente, me parece fantástica y me hace mirar alrededor con la esperanza de encontrar algo similar; aun cuando sé que estos hallazgos son, en general, obras del azar.

Un vistazo fugaz

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A Fleeting Glance (Un vistazo fugaz) es la novena canción del último disco de la banda noruega Opeth. En esa canción se habla, nada menos, que del sentido mismo de la vida (se ve que Mikael Åkerfeldt no tiene problemas, al componer, de meterse en temas delicados o complejos. Bien por él) y en el final, luego de que un complejo “puente” de paso a un grandioso acorde, al darse cuenta de que sólo hemos nacido para morir, nos dice “hay otro “yo” esperando detrás”. La idea de que la muerte no es más que un paso necesario para que la vida continúe es algo que me hizo un poquito de ruido ¿dónde había oído eso antes? ¡Pues claro! No podía ser otro que Lucrecio, el Divino Lucrecio (Ay, humanidad, qué diferente hubiese sido la historia si en vez de darle lugar a las fantasías de la judería y de los predicadores de la muerte hubiese tomado a Lucrecio como evangelista… cuántos dolores nos hubiésemos ahorrado, cuánta miseria, cuanto atraso…). En fin, que busqué el libro y que busqué en el libro y di con la cita en cuestión: “Es la Insaciable y estúpida avidez por la vida lo que nos torna pavorosa la muerte. Quién ha sabido gozar de la vida morirá contento de los placeres que ha gozado; quien no ha sabido vivir bien, es inútil que continúe viviendo mal; quién se encuentra en el vigor de la edad ha vivido ya bastante y quien es viejo ha vivido demasiado: la naturaleza ha cumplido su tarea. Tiene necesidad de muertos, hoy, a fin de que haya vivos mañana y se vayan sucediendo las  generaciones”.

Por si hiciera falta agregar algo más, la cita continúa: “Los hombres tienen miedo de las ficticias penas infernales, pero el verdadero infierno está en su mente. En la tierra está el infierno, en la tierra están los suplicios. La muerte es el término, no el comienzo de los tormentos”. Lucrecio —un verdadero rocker de su tiempo— dijo hace 2100 años lo mismo que Åkerfeldt nos dice hoy desde una canción. Lo dicho: Ay, humanidad…

Aquí pueden escuchar A Fleeting Glance.

El elitismo del “yo”.

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Hace unos días tuve la oportunidad de asistir a un concierto de música clásica en donde se ejecutaron fragmentos de varias obras por demás conocidas entre las que se incluían a Mozart (un aria de La flauta mágica), Donizetti, Rossini, Saint-Säens y hasta una sinfonía completa de Beethoven. No voy a hablar del concierto en sí, el cual fue correcto y poco más, sino de la actitud de dos de las personas que nos acompañaban. Llamémoslas A. y C.. Desconozco las razones, pero el teatro estaba lleno de personas de origen humilde, la mayoría de ellos campesinos y algunos otros habitantes de los pueblos aledaños a Morelia. Muchos de los hombres ni siquiera se sacaron el sombrero de paja y muchas de las mujeres acomodaban con prolijidad sus amplias faldas en el estrecho espacio que la butaca les permitía. Al salir del concierto A. y  C. coincidieron el algo: en que era una pena que el público estuviera compuesto “por gente así”, refiriéndose, claro está, al origen humilde de los hombres y mujeres que allí estaban y a que “esa gente”, seguramente no podía apreciar lo que se le estaba brindando. L. y yo nos miramos sin saber si intervenir o no y tácitamente los dejamos continuar con sus pseudo argumentos elitistas. En un momento, ante un comentario mío sobre el aria de La Reina de la noche, C. me interrumpe y comienza a darme datos sobre esa pieza y sobre Mozart en sí. Todos esos datos, sin excepción, eran falsos o erróneos. Todos. Así que preferí callarme hasta que se sintió satisfecho y luego me puse a bromear con L. sobre cualquier otra cosa hasta que al fin llegamos a casa y pudimos despedirnos de A. y C..

i-love-yoVoy a tomar un par de segundos para presentar a A. y a C.; quienes no son malas personas en absoluto, pero que comparten un mismo y pesado defecto: son personas que tienen conocimientos de todo, absolutamente de todo. Es así que pueden hablar de política, gastronomía, arte, ciencia, medios, turismo, geografía y, sobre todo, de negocios (no sé si han observado que estas personas, en general, quieren ser grandes, muy grandes empresarios. Casi sin excepción ése es su sueño mayor). A. tiene la pésima costumbre de hacer mucho ruido cuando come y agranda todo lo que le sucede como si la realidad no fuese suficiente; C. se siente en la necesidad de aclarar todo lo que dice su interlocutor aunque para ello deba recurrir a datos inventados o totalmente falsos. Eso no sería más que un accidente momentáneo en la vida de los que los rodean; pero cuando dos personas que no saben ni comer con corrección o que no saben siquiera lo que es un dato duro la jueguen de elitistas o moralistas con tufillo a oligarquía mal entendida la cosa se me torna insoportable.

Como decía un amigo sureño: Quieren cagar más alto de lo que les da el culo. Y no voy a pedir1296672352_0 disculpas por la grosería; a veces las cosas hay que decirlas como son, en directo y con todas las letras. ¿Cuál es el problema de que mil campesinos asistan a un concierto de Mozart o de Beethoven? Si estas personas que las juegan de ilustradas tuviesen un poco más de letras y de lecturas sabrían que La flauta mágica, precisamente, fue escrita para el público humilde; para esa clase que asistía al teatro más económico y popular. Si al menos prestaran atención al coro de Beethoven de su archifamosa novena sinfonía y su mensaje de hermandad y amor al prójimo no andarían sintiéndose mejores que los demás sólo por vivir en una ciudad y no tener que levantarse con el sol para salir al campo a ensuciarse las uñas con la tierra o para ordeñar a una vaca o a una cabra.

El ego, como todos sabemos, es un mal endémico; pero el ego del imbécil pretencioso es un cáncer, un cáncer social que cada día expande más y más su territorio. Ahora cualquier tonto con una conexión a internet y por el simple hecho de vivir en una democracia cree que puede discutirle a un doctor, a un profesor, a un artista o, peor aún, cree que tiene derecho a señalar a una persona humilde y expulsarlo de un concierto porque es una pena que en ese sitio haya “gente así”.