La escuela eterna

creación

Si tuviésemos una Fantástica, así como tenemos una Lógica, estaría descubierto el arte de inventar”. Dijo alguna Novalis, poeta romántico por excelencia. Aun cuando ya han pasado más de doscientos años desde que él dijera estas palabras, parece que seguimos sin querer inventar una Fantástica; una escuela que nos enseñe a crear sin límite alguno. Pero luego me doy cuenta de que esa escuela existe y que ha existido siempre. ¡Esa escuela, esa magnífica época de la Fantástica pura no es otra cosa que la infancia! Después es la escuela y los padres (quienes ya han pasado por esas escuelas) y la sociedad toda la que se encarga de que el niño pierda esa notable capacidad de crear e inventar. Más grave aún, hoy parece que a los niños se los comienza a adoctrinar cada vez más temprano. Ahora hay padres que sólo quieren a un niño genio; entonces lo hacen tomar clases de lo que sea: piano, actuación, tenis, karate… Mientras que por otro lado tenemos a los padres a quienes los hijos les saben a molestia; éstos suelen abandonarlos a las modernas tecnologías para que no molesten y listo, solucionado el problema.
Alguna vez dije: “No somos más que esto: un reflejo de la infancia magnificado por el tiempo”; y hoy lo repito y lo reafirmo. Quienes solemos escribir, pintar, cantar, actuar, inventar, descubrir, somos, se dice, eternos niños; y es tal vez porque no abandonamos nunca esa etapa de la Fantástica que podemos hacerlo. Tal vez tuvimos escuelas y padres más permisivos, tal vez estaban menos preocupados por nosotros o, incluso, alguno de nosotros tal vez lo haya conseguido a pesar de ellos. Sea como fuere, seguimos siendo un reflejo de la infancia magnificado por el tiempo; seguimos jugando en esa escuela de la Fantástica que nunca abandonaremos.

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Pequeña (y original) comedia en un acto.

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— “El primer hombre que comparó una mejilla con una rosa fue, sin duda, un poeta; el primero que lo repitió fue un imbécil” Dijo alguna vez Salvador Dalí. El asunto es qué hacemos ahora; con qué podemos comparar a esa mejilla, a esos ojos, a esa boca. Siempre se corre el riesgo de decir lo que ya está dicho; de repetir incluso lo ya repetido. Es por eso que hay que leer mucho, se dice. Leyendo se aprende qué es lo que se ya se dijo.

— ¿Entonces cuál es la salida, profesor? No puede leerse todo. ¿Cómo saber si lo que para nosotros es original no fue escrito por alguien hace tiempo o tal vez el mes pasado pero una lengua totalmente ajena?

— Tal vez lo que hay que hacer es evitar toda pretensión de originalidad. Tal vez, como dije, ya todo está escrito.

— Entonces, si evitamos toda pretensión de originalidad, sólo debemos abocarnos a escribir lo que realmente no salga de las entrañas.

— Ésa es la idea.

— Aun cuando eso sea comparar una mejilla a una rosa.

— …

— Gracias profesor; es un excelente consejo.

— Emm.. sí claro. Bien, por hoy terminó la clase.

El precio del divino fuego.

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“La vida del artista no puede ser de otra manera que una vida llena de conflictos por dos fuerzas que están en guerra dentro de él: por un lado, el anhelo humano común que lo impulsa a la felicidad, la satisfacción y la seguridad en la vida; y por el otro, una pasión implacable de creación que puede ir tan lejos como para anular cualquier deseo personal. Casi no hay excepciones a la regla de que una persona tiene que pagar un alto precio por el don divino de fuego creativo”.
La cita pertenece a al psicólogo suizo Carl Gustav Jung y me gustaría destacar aquí la referencia con que se cierra dicha cita; la nota al fuego divino. En la mitología griega, la figura de Prometeo está íntimamente ligada a la humanidad. Desafiando al dios supremo, el celestial e implacable Zeus, Prometeo intenta favorecer a los hombres entregándoles el fuego —robado a los dioses—; elemento esencial no sólo en el sentido material (como punto de partida fundamental para avances ulteriores en el desarrollo de la civilización) sino también en el orden espiritual, pues el fuego es el símbolo de la vida, de la energía, de la inteligencia que mueve a los humanos. En suma, el fuego representa la sustancia divina en el hombre, que lo diferencia del resto de los animales y lo acerca a los dioses. Es entonces que el alto precio que el artista debe pagar por poseer y poner en acto el don de la creatividad podría ser bien considerado como un acto de empatía hacia la humanidad toda. Sin artistas el mundo sería un lugar mucho, mucho más pobre y, tal vez, sería un sitio donde no valdría la pena hacer el menor esfuerzo; es decir, ni siquiera sería un sitio donde valiera la pena vivir.

Las listas del supermercado literario.

Ray Bradbury

En su libro Zen en el arte de escribir, Ray Bradbury nos cuenta algunos trucos de escritura que usó a lo largo de toda su vida. Uno de esos trucos era hacer largas listas de nombres que usaba como disparadores para escribir historias o como títulos potenciales para sus relatos. «Esas listas eran meras provocaciones para que mi yo escritor emergiese a la superficie con el buen material en la mano. Era la forma de abrirme paso hasta lo que tenía en el cabeza».

Las listas que Ray usaba eran algo así:

El lago
El barco
La noche
Los grillos
El rabino
El ático
El sótano
El niño
El cruce
El carnaval
El esqueleto

No había que pensar; el asunto era escribir todo lo que se le ocurría sin detenerse un segundo. Con el tiempo Bradbury diría que es la mente intuitiva la que termina por articular todos estos nombres en un producto literario. Ray Bradbury comenzaba a ver patrones en la lista de nombres y si hacemos el ejercicio nosotros mismos veremos cómo esas listas que parecen aleatorias tienen mucho que ver con nuestro yo más íntimo. Asegura que gracias a esas listas reconoció que temía los circos y las ferias. Es un proceso de olvidar, recordar y olvidar otra vez; un proceso inconsciente. De esta forma recordó el miedo que pasó la primera vez que su madre lo llevó a la feria y lo hizo subir a un carrousel. La música de fondo, el mundo dando vueltas y los caballos le produjeron un miedo terrible. Ray no volvió a acercarse a un carrousel hasta muchos años después y cuando lo hizo fue para escribir La feria de las tinieblas. Hacer este tipo de listas, nos dice, es muy beneficioso para los escritores, es una excelente herramienta de auto-descubrimiento que sirve como punto de partida para luego escribir todo tipo de historias.

No es del todo descabellado apelar a este tipo de juegos o de formas indirectas para romper los bloqueos; a veces suelen salir ideas de los sitios menos pensados y éste es uno excelente para ello.

¿Cuál de estos cuadros colgarías en tu comedor?

Quisiera hoy proponerles un pequeño juego. Creo que puede llegar a interesarles o, al menos en algunos casos, sorprenderlos. El juego es muy sencillo: aquí debajo les dejo una galería con doce pinturas de expresionismo abstracto (como siempre, si quieren verlas en mayor tamaño pueden hacer clic sobre una de ellas); ustedes sólo deben ordenarlas según su propio gusto, y eso es todo (me animaría a pedirles que tomen un lápiz y un papel y que anoten el orden). Luego ―pero sólo luego de haber ordenado las pinturas o, al menos, de haberles echado un vistazo― pueden seguir leyendo la entrada.

Se me ocurrió escribir esta entrada porque hace poco nos enfrascamos en un interesante debate con unos amigos sobre qué es arte y qué no, etcétera. Ya saben, esas discusiones muy divertidas pero que terminan como empiezan: con todo el mundo convencido de que tiene razón. ¿Y qué sentido tiene el haber tenido que ordenar las pinturas de la galería? Bien, el punto es que me gustaría que consideraran a los artistas que incluí en la galería y que son los siguientes:

01 – Franz Kline (pintor norteamericano)
02 – Samantha (gorila del zoológico Erie en Pennsylvania, EE.UU.)
03 – Boon Me (elefanta del zoológico Samutprakarn, Tailandia)
04 – Fred Spratt (pintor norteamericano)
05 – Baka (orangutan del zoológico Cheyenne Mountain, Sumatra)
06 – Robert Motherwell (pintor norteamericano)
07 – Congo (chimpancé)
08 – Nong Bank (elefante del zoológico Samutprakarn, Tailandia)
09 – Lee Hersch (pintor norteamericano)
10 – Bakhari (chimpancé del zoológico de St. Louis, EE.UU.)
11 – Nombre desconocido (chimpancé)
12 – Calin Huianu (No pude encontrar datos de esta/e artista)

¿Y ahora, qué piensan de su elección y del orden que le imprimieron a las pinturas? ¿A variado en algo el hecho de saber que la mayor parte de ellas no fue creada por seres humanos? Y las preguntas más importantes, las que deberían hacernos trabajar duro para encontrar una respuesta o, al menos, algo que nos lleve en ese camino: ¿Qué significa ser creativo (o dónde reside la creatividad)?

Cuaderno inspirador

La creatividad puede parecer cuestión de magia. Solemos mirar a los artistas, diseñadores, arquitectos o a veces hasta un cocinero algo original y sentimos que tienen poderes sobrenaturales que nos fueron denegados al resto de los mortales, un don que les permite imaginar lo que nunca existió. Son “tipos creativos”, mientras que nosotros no.

La creatividad, sin embargo, no es magia y no existen los tipos creativos. No es una característica que heredamos en nuestros genes, ni una bendición concedida por los ángeles. Es una habilidad. Cualquiera puede aprender a ser creativo y mejorar.

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A veces sólo necesitamos cambiar el enfoque de nuestro trabajo, obligarnos a encarar éste o aquel proyecto de una manera diferente para que nuevas soluciones aparezcan sin que podamos explicar de dónde salieron. Algo así sentí al ver este cuaderno inspirador, como bien se llama. Verlo (aunque fuese a través de unas pocas imágenes) e imaginarme escribiendo o dibujando en él hizo que empezaran a afluir ideas de todos los tamaños y colores.

Me gustaría tener uno de ellos y probarlo; por el momento, sólo me queda reconocer la creatividad de quien lo creó y lo editó. ¿Se les ocurre qué podrían hacer con él?

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Tareas para el fin de semana

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• Leer el capítulo 73 de Rayuela, de Julio Cortázar. Leer el parágrafo 2 de la primera parte de La Gaya Ciencia, de Friedrich Nietzsche.

• Ver una pintura de Max Ernst (como la que ilustra esta entrada) y compararla con una fotografía del Cañón del Colorado. Considerar que, cuando Ernst pintó esa tela no conocía absolutamente nada de ese accidente geográfico.

• Mirar a la persona que tenemos al lado como si fuera la primera vez. Enamorarnos de ella como si fuera la primera vez. Besarla como si fuera la primera vez. Desnudarla, como si fuera la primera vez.

• Traducir este poema. Lo más probable es que quien lee no sepa el idioma, lo cual no importa, traducirlo igual.

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• Escuchar un disco de música a la cual no estamos habituados. Puede ser música clásica, blues, jazz, experimental, etc. Cualquier cosa que, diariamente, no escuchamos. Y cuando digo escucharla me refiero a sentarnos y no hacer otra cosa más que escuchar.

• Llamar por teléfono a alguien a quien hace mucho tiempo que no vemos. Puede ser un familiar o un amigo o un viejo compañero de trabajo. Preguntarle, simplemente, cómo está.

• Abrir un diccionario al azar y señalar, también al azar, una palabra. Leer su significado. Usarla en una conversación casual dentro de las siguientes dos horas.