Todos en capilla III

 

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Collage – Borgeano

 

Queridos hermanos, nos encontramos aquí reunidos nuevamente con el fin de esparcir la palabra divina a los cuatro vientos y puntos cardinales, como semilla de diente de león que alcanza alturas insospechadas y viaja, así, centenares de kilómetros y kilómetros.

Abrimos nuestros libros y nos adentramos en las palabras del hermano José Saramago, quien nos dice:

«Escribir es hacer retroceder a la muerte, es dilatar el espacio de vida».

La verdad siempre prevalece y estas palabras nos recuerdan que el acto de poner una palabra detrás de otra palabra con el fin de crear una oración, un verso, o de poner en claro una idea, es un modo directo de hacer que el tiempo que nos fue dado para estar en esta tierra sea modificado para bien, es decir, que sea más extenso de lo que simplemente señalan las agujas del reloj.

Pero el hermano Saramago, para añadir una idea más a lo anterior, también nos dice:

«Nosotros, los que tenemos la responsabilidad de escribir, tenemos el deber de enaltecer nuestra lengua, de cuidarla, de hacerla revivir».

Quisiera aquí relacionar una idea con la otra siguiendo el método de la lógica más simple y directa: Si escribir implica la necesidad de cuidar a la lengua y si escribir hace retroceder a la muerte, por lo tanto, cuidar a la lengua hace, también, retroceder a la muerte. ¡Qué idea más simple y maravillosa, hermanos! Saramago nos dice que el mero hecho de escribir bien, hablar bien, de pensar bien (es decir de cuidar a la lengua allí donde se encuentre) es suficiente para enriquecer nuestras vidas hasta el punto de que ésta se vuelve más rica y, por ende, más extensa.

No importa si vamos a la tienda de la esquina a comprar pan o si nos perdemos en una charla de sobremesa; no importa si le damos la dirección al taxista o si pensamos, solitarios, mientras caminamos o paseamos por las calles de nuestra ciudad; hay que hablar bien porque eso es vivir bien. Por extensión transitiva, hablar mal, descuidar el lenguaje es, entonces, una concesión a la muerte.

¡Cuánta belleza, hermanos míos en estas palabras y en estas ideas! Las dejo aquí como flores para quien quiera tomarlas y compartir mi alegría. Podéis ir e paz y que Saramago esté con ustedes.

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De derechos y obligaciones

El año pasado los doctores del Jackson Memorial Hospital de Miami se encontraron ante un dilema al que nunca habían hecho frente. Una ambulancia llegó con un hombre de 70 años en estado crítico, inconsciente, quien luego de ser ingresado se vio que en su pecho había un mensaje inesperado que detenía el proceso normal de cuidados y reanimación. Tatuado en tinta oscura, en inglés, bajo su cuello: Do Not Resuscitate. –No resucitar–; y debajo, su firma.

 

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En el Jackson Memorial empezaron por intentar reanimarlo lo necesario para poder confirmar si el tatuaje reflejaba lo que quería. El hombre, que llegó solo y del que no se conocía el contacto de familiar o amigo alguno, tenía un historial clínico complejo: problemas cardiacos, de pulmón, diabetes. No lograron sacarlo de la inconsciencia.

Ante la encrucijada, decidieron pedir consejo. Llamaron a un médico especialista en bioética. Kenneth W. Goodman. Él analizó el caso y les recomendó que lo dejasen morir. Goodman consideró que el tatuaje había tenido que ser “muy deliberado”. El hospital dejó fallecer al hombre del tatuaje.

Recuerdo el caso de Ramón Sampedro entre otros muchos menos conocidos. La pregunta que subyace es: ¿Cómo y dónde trazar la línea entre la libre opción a morir y la obligación moral de un equipo médico? ¿Cuándo el juramento hipocrático choca de manera indefectible con la decisión personal del derecho a morir? ¿Dónde trazaríamos nosotros mismos nuestra propia línea?

Colmillos

Imaginemos por un momento una situación descabellada, digamos una de esas películas con ideas algo absurdas pero con mucha acción: por ejemplo, una mujer está ahogando en un lago a sus dos hijos pequeños y quien viene al rescate es un perro. El animal salva a uno de los niños e intenta, infructuosamente, salvar al otro. Claro; el animal es un animal y no tiene aparejos ni herramientas ni, si los tuviera, tampoco tendría la capacidad para usarlos, así que usa lo que tiene: sus dientes. El animal es un héroe, por supuesto, pero aquí viene el meollo ridículo de la película: como el perro mordió al niño que salvó (y digamos que también a la harpía de la madre) y la ley establece que un animal que ataca a un humano debe ser sacrificado, eso es lo que se hará: el perro será sacrificado.

 

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Bueno, eso es lo que pasó hace un par de meses en Nueva Gales del Sur, en Australia y, por supuesto, después de la sorpresa inicial, comienzan a aparecer las frases y las preguntas de rigor. Las primeras son las más obvias, esas en las que todos caemos pero donde se quedan las personas como la tía Esmeralda, que nunca pasa de los titulares. Cosas como «No, si yo te digo que ya no se sabe quién es más animal…» o lo que dice el indignado de siempre «¡A ella habría que matarla, no al perro, que es un héroe!».

derechos de los animalesDespués podemos pasar a una segunda categoría de preguntas que, si bien tienen la misma base y el mismo fundamento que lo que acabo de decir, su objetivo es el de ir un poco más allá en estas cuestiones. Por ejemplo: ¿No va siendo hora que comencemos a reconsiderar el concepto de animal? Hace quinientos años René Descartes quitó a Dios del centro de las cosas, pero puso al hombre en ese centro y, peor aún, puso al pensamiento allí. A partir de entonces los humanos nos hemos dedicado a fregar las cosas con más entusiasmo aún de lo que lo habíamos hecho antes. Ahora nada podía detenernos. Sin embargo, ahora, en pleno siglo XXI, vemos que no somos más racionales que antaño o vemos que el concepto de racionalidad, para ser más precisos, debe ser puesto en tela de juicio.

Animales

En otras palabras; lo que quiero decir es que tal vez debamos, ahora, descentrar al ser humano de manera definitiva y colocarlo donde corresponde: en un sitio particular y privilegiado dentro del entramado de la naturaleza. Y soy consciente de que dije «privilegiado»; pero no olvido que ese privilegio conlleva, también, la mayor de las responsabilidades. Sólo de ese modo dejaremos de ahogar a nuestros niños en un lago y, por sobre todo, dejaremos de asombrarnos de lo que puede hacer la naturaleza con los dientes de un Pitbull.

 

Hay muchos artículos sobre esta noticia en la red; aquí les dejaré el enlace a uno solo de ellos para que vean que no deliro. Quise decir: aquí.

Bajo el andamio

 

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Antoine Joseph Wiertz – Dernières pensées et visions d’une tête coupee

 

El artista belga Antoine Joseph Wiertz (1806-1865) dedicó la mayor parte de su arte a expresar su obsesión —propia de la era romántica— con la muerte. Wiertz se interesó personalmente en la cuestión científica de cuánto tiempo sobrevivía la consciencia en la cabeza de una víctima de ejecución mediante la guillotina, y en 1848 utilizó la hipnosis para intentar compartir los dolores y la rápida pérdida de conciencia en un asesino sometido a decapitación por el crimen de haber asesinado a su casera. El resultado fue un tríptico completado en 1853 titulado Dernières pensées et visions d’une tête coupee (Últimos pensamientos y visiones de una cabeza cortada), donde representa las impresiones de una cabeza guillotinada de sus últimos tres minutos de conciencia.

Wietz agregó una descripción verbal de cada uno de los paneles. Aquí hay un extracto del segundo minuto, Under the Scaffold (Bajo el andamio):

«Por primera vez, el prisionero ejecutado es consciente de su posición. Mide con sus ojos ardientes la distancia que separa su cabeza de su cuerpo y se dice a sí mismo: “Mi cabeza está realmente cortada”.

Ahora el frenesí se redobla en fuerza y ​​energía. El prisionero ejecutado imagina que su cabeza está ardiendo y girando sobre sí misma, que el universo se está derrumbando y girando con él, que un fluido fosforescente gira alrededor de su cráneo a medida que se derrite. En medio de esta horrible fiebre, una idea loca, increíble e inaudita toma posesión del cerebro moribundo. ¿Lo creerías? Este hombre cuya cabeza ha sido cortada todavía concibe una esperanza. Toda la sangre que queda en burbujas, brota y recorre con furia todos los canales de la vida para captar esta esperanza.

En este momento, el prisionero ejecutado está convencido de que está extendiendo sus manos convulsas y llenas de rabia hacia su cabeza expirada. No sé lo que significa este movimiento imaginario. Espera … Entiendo … ¡Es horrible!

Oh! Dios mío, ¿qué es la vida que continúa la lucha hasta la última gota de sangre?»

En el mismo año, el autor estadounidense Theodore Witmer había registrado sus propias impresiones luego de ver una ejecución en la década de 1840. «¿Por qué alguien no nos da Las reflexiones de un hombre decapitado?», Preguntó. «Si resultara estúpido, podría excusarse por falta de cabeza». Más allá de la broma algo torpe, hubiese sido interesante saber qué hubiese pensado Witmer de la obra del Antoine Joseph Wiertz.

Felicidades

 

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Max Ernst

 

“Bienvenido. Y felicidades. Estoy encantado de que pudieses conseguirlo. Llegar hasta aquí no fue fácil. Lo sé. Y hasta sospecho que fue algo más difícil de lo que tú crees. En primer lugar, para que estés aquí, tuvieron que agruparse de algún modo, de una forma compleja y extrañamente servicial, trillones de átomos errantes. Es una disposición tan especializada y tan particular que nunca se ha intentado antes y que sólo existirá esta vez. Durante los próximos años -tenemos esa esperanza-, estas pequeñas partículas participarán sin queja en los miles de millones de habilidosas tareas cooperativas necesarias para mantenerte intacto y permitir que experimentes ese estado tan agradable, pero tan a menudo infravalorado, que se llama existencia.” Bill Bryson, Una breve historia de casi todo.

Es fácil, a veces, perder el horizonte de lo que es y no es la vida o, dicho de otra manera, sobre lo que es y debería ser. Las pretensiones de inmortalidad que son moneda común a lo largo y ancho del mundo y de las civilizaciones me parecen propias de espíritus infantiles, de esos que tienen miedo a lo desconocido, como si otra cosa no fuera el mismo acto de estar vivo. ¿Qué significa despertar cada mañana, levantarse y salir al mundo? Eso es adentrarse a lo desconocido de manera constante. Aun cuando se siga una rutina determinada siempre cabe la posibilidad de que algo rompa —y a veces de manera definitiva— esa torpe costumbre. ¿Quién querría, además, extender esa rutina por toda la eternidad? Siempre que aparece este tema recuerdo aquel fragmento de Destejiendo el arco iris, Richard Dawkins y que me parece el planteo más lúcido que he visto en mucho tiempo:

 “Nosotros vamos a morir y eso nos convierte en los afortunados. Mucha gente nunca va a morir porque ellos nunca nacerán. Las posibles personas que podrían haber estado aquí en mi lugar pero que de hecho nunca verán la luz del día excede en número a los granos de arena del desierto del Sahara. Por supuesto aquellos fantasmas sin nacer incluyen poetas más importantes que Keats y científicos más importantes que Newton. Nosotros sabemos esto porque el conjunto de posibles personas permitidas por nuestro ADN excede  masivamente al conjunto de personas reales. A pesar de estas asombrosas posibilidades, somos TÚ y YO, en nuestra normalidad, los que estamos aquí. Nosotros, los pocos privilegiados que ganamos la lotería de la vida en contra de todas las probabilidades ¿Cómo nos atrevemos a lloriquear por nuestro inevitable regreso a ese estado anterior del cual la inmensa mayoría nunca ha despertado?”

Arrojar el traje

 

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Max Ernst – El ángel del hogar

Si bien la frase de Shakespeare «Todo el mundo es un teatro» es por demás conocida, no siempre es bien entendida en lo que tiene de profunda verdad filosófica. Este deambular por el escenario de la vida para luego hacer mutis y ser reemplazado por otros actores no siempre es algo que se tenga presente al citar al dramaturgo inglés. También la idea fue trabajada por otros y, entre ellos, mi preferido es Søren Kierkegaard, quien en su Las obras del amor (editado originalmente en 1847 y cuya cita pueden encontrar en el volumen de Editorial Sígueme, pág. 115) trabaja la idea de modo más poético y filosófico, lo cual ya me sabe a perfección o cercanía de perfección. No puedo dejar de leer este fragmento sin que una profunda sensación de paz se apodere de mí. Una profunda sensación de paz física, aclaro; porque curiosamente no hay intelecto alguno aquí, sino sólo eso: la tranquilidad y la quietud de quien flota en aguas tranquilas.

Dice Kierkegaard:

“Y cuando al morir caiga el telón sobre el escenario de la realidad, entonces todos serán […] lo que esencialmente eran pero que tú no veías a causa de la diversidad: verás que son seres humanos. […] Que la diversidad de la vida terrena es meramente como el traje del actor, o meramente como un traje de viaje, que cada cual tendrá que procurar y vigilar para que los lazos con los que se sujeta esta ropa exterior estuvieran atados flojos y, sobre todo, que no estuvieran enredados, para poder arrojar el traje con ligereza en el instante de la transformación; esto parece haberse olvidado”.

Aprender a morir

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Vuelvo a leer a Henry David Thoreau y su Colores de otoño; libro que vuelvo a recomendar a todos aquellos que disfrutan con la naturaleza (ni todos los libros ni todos los paisajes son compartibles; lo sé). En él encuentro un fragmento (otro) por demás notable. Thoreau torna su mirada sobre un hecho casual —las hojas caídas en bosque— y saca de ella una magnífica enseñanza filosófica. Ambos hechos son dignos de ser imitados: el de saber ver más allá de lo evidente y el de entender que estamos aquí de paso y, por ello mismo, reír.

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Dice Thoreau:

“¡Cómo se mezclan todas las especies, robles y arces, castaños y abedules! Pero la naturaleza no se recarga de ellas; es un perfecto granjero que las almacena a todas. ¡Imaginad qué inmensa cosecha es derramada cada año sobre la tierra! Ésta, más que ningún grano o semilla, es la gran recolección del año. Los árboles devuelven a la tierra con intereses lo que han tomado de ella. Están a punto de añadir una capa de hojas a la profundidad del suelo. Mientras converso con un hombre que me habla sobre el azufre y los costes de transporte, pienso que de esta bella forma la naturaleza obtiene el mantillo. Gracias a esta descomposición todos somos más ricos”.

Esto me hizo pensar en la muerte bien entendida, en aquella máxima de María Zambrano que dice “la filosofía es una preparación para la muerte” cuando vuelvo al libro y Thoreau me dice:

“Es agradable caminar sobre este lecho de hojas fresco y crujiente. ¡Con qué belleza se retiran a su sepultura! ¡Con qué suavidad yacen y se convierten en mantillo, pintadas de mil colores, perfectas para ser el lecho de nosotros, los vivos! Así desfilan hacia su última morada, ligeras y juguetonas. No caen sobre las hierbas, sino que corretean alegres por la tierra, eligen un terreno, sin vallas de hierro, susurrando por todos los bosques de los alrededores. Algunas eligen el sitio donde hay hombres que yacen debajo enmoheciendo y se reúnen con ellos a medio camino. […] Ya han volado tan alto que vuelven al polvo con enorme satisfacción y se depositan allí abajo, resignadas a yacer y a descomponerse al pie del árbol para ocuparse de la alimentación de las nuevas generaciones de su especie y volver a ondear en lo alto. Nos enseñan a morir”.

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¡Pues eso mismo! Las hojas de otoño nos enseñan a morir; nos enseñan que la muerte, además de inevitable, no es más que un paso de un estado a otro y que debemos aceptarlo con humildad, “ligeros y juguetones”, para así desfilar en paz hacia “nuestra última morada”.