El enigma constante

Max Ernst - Los hombres no sabrán nada de esto

Max Ernst – Los hombres no sabrán nada de esto

“Para mí, el mundo es una suerte de enigma que se renueva constantemente. Cada vez que lo miro, siempre veo las cosas por primera vez. El mundo tiene mucho más que decirme de lo que soy capaz de entender. De ahí que tenga que abrirme a un entendimiento sin límites, de forma que todo quepa en él”. José Saramago, José Saramago en sus palabras.

¿Qué otra actitud madura puede pedírsele a un hombre que la completa y constante apertura a un mundo que de manera inevitable se presenta lleno de maravillas? El mundo tiene mucho más que decirme de lo que soy capaz de entender es una sentencia que, lejos de llevarnos a la inmovilidad del cómodo burgués (¿Para qué esforzarse si no voy a entenderlo? ¿Para qué trabajar en algo que no produce beneficio efectivo?) debe impulsarnos con más fuerza al campo de la búsqueda incesante de respuestas; aun cuando éstas sean esquivas o cuando nunca lleguen. El camino es la meta; la búsqueda es el tesoro.

Donde todo confluye.

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                                                                  Toda la literatura es un palimpsesto”    José Saramago  

Hace unos días terminé de leer La muerte del padre; la polifacética novela de Karl Ove Knausgård. En ella el escritor noruego salta de la ficción al ensayo, pasa por la crónica y vuelve a la ficción sin solución de continuidad. Ahora estoy leyendo Filosofía política del poder mediático; de José Pablo Feinmann; libro que, como su título lo indica, es de filosofía, pero… no todo está tan claro hoy en día. Feinmann (también novelista y guionista de cine) se permite capítulos enteros de ficción para ejemplificar mejor sus puntos de vista o sus tesis; así, en este caso, se pasa del ensayo a la ficción, se pasa por la crítica cinematográfica y se vuelve al ensayo de manera constante. Entonces es cuando el acápite de José Saramago cobra cuerpo y forma: toda la literatura es un palimpsesto. Toda la literatura es un campo de batalla donde todo se está haciendo y rehaciendo y donde (por fortuna para nosotros) aún queda mucho por hacer. También de Saramago son las siguientes palabras: “En la novela puede confluir todo: la filosofía, el arte, el derecho, todo, incluso la ciencia, todo, todo. La novela como una suma, la novela como un lugar de pensamiento”. He allí el punto central: “un lugar de pensamiento”; es decir, un lugar donde lo mejor de la humanidad encuentra su lugar.

Hoy es domingo ¿Vamos a misa?

portada-jose-saramago-sus-palabras_grande La esticomancia era el arte de leer predicciones en una búsqueda azarosa en los libros. Todo viene desde el Imperio Romano y la Edad Media. En esa época practicaban un método de adivinación o predicción del futuro conocido por Sortes Virgilianae, que consistía en que una persona formulaba una consulta sobre su futuro y, acto seguido, seleccionaba al azar un pasaje de la Eneida de Virgilio. El pasaje se leía y se interpretaba como respuesta a la consulta. Ese juego puede llevarse a cabo hoy y suele hacérsle a menudo (hoy lo llaman, de manera algo más obvia: bibliomancia). Es muy divertido si uno no anda creyéndose todo lo que lee.

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Hay, como todos sabemos, muchos otros libros que cumplen con esa función profética y que además suman otras muchas enseñanzas morales y demás. Todos los conocemos, no hace falta andar nombrándolos.

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Yo, por mi parte, suelo tener mis propios textos sagrados y en este momento ese lugar lo ocupa José Saramago y esa recopilación póstuma que es En sus palabras. Allí encuentro mucha más sabiduría que en cualquiera de los otros textos que habitualmente se usan para esos efectos.

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La serendipia de abrir una página al azar y colocar un dedo, también al azar, para encontrar una respuesta que aclare nuestros pensamientos no es necesaria con este libro. Ella se encuentra en cada una de las páginas y lo único que se hace necesario es el deseo de aprender manteniendo la mente abierta. Nadie que se acerque a él con ideas preconcebidas —y menos aún si lo hace munido de dogmas arcaicos— podrá sacar nada de provecho.

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Y eso es todo. O casi todo, porque de nada sirve el conocimiento si no se lleva a la práctica eso que se aprende. Lógica, empatía, tranquilidad, sabiduría, no son nada si se mantienen cerradas a la acción en beneficio de todos. Acompáñenme a esta misa profana pero exquisita; están todos invitados sin distinción alguna, como debe ser.

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Un simple no.

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La preposición hasta  se usa para indicar un lapso determinado: “del punto A hasta el punto B” o “Desde la hora C a la hora D”, etc. En México esta palabra suele usarse bastante mal y, si bien uno se va adaptando a los diferentes modismos locales, el mal uso de este término sigue molestándome porque me obliga a hacer constantes modificaciones del discurso, haciendo que éste se torne cortado y sin sentido. Aquí, “hasta” significa “no hasta”; es decir, lo usan de manera contraria. “¿Cuándo llega Miguel?” “Hasta el viernes”. Cuando me responden así, de inmediato pienso ¿Es que lo cortarán en pedazos y vendrá poco a poco de aquí hasta el viernes o Miguel será el hombre de goma y llegará poco a poco haciendo su aparición final y definitiva el  dicho viernes? Nada de eso: Miguel no llegará hasta el viernes (cuando sí lo hará); y así con todo: “A qué hora comienza la película” “Hasta las ocho” o “¿Dónde está el paraguas? “Está hasta atrás…” Bien, esto no es tan malo de por sí; son modismos locales que uno debe aceptar. Ahora, cuando encuentro este error en un libro la cosa ya me parece menos graciosa. Y no es que sea el caso de que quien lo dice sea el personaje de una novela, el cual puede hablar como el autor lo considere necesario; sino que lo leí en un libro de filosofía, donde el concepto estaba totalmente trastocado de sentido. En historia del cerco de Lisboa,  José Saramago parte de una premisa pequeña, pero que tiene alcances inesperados: Silva, el personaje principal de la novela, corrector de una importante editorial, quita un simple “no” de un texto histórico y con ese simple acto cambia el sentido de todo el texto y, por lo tanto, del hecho en sí (el cerco de Lisboa que da nombre a la novela). Hasta aquí la ficción. Ahora lo real. Estoy leyendo El cristianismo hedonista: contrahistoria de la filosofía, de Michel Onfray. En la página 62 encuentro que, tal como nos enseñó aquella tarde Oscar Wilde, la naturaleza imita al arte. Un “no” faltante cambia el sentido de una oración a otro sentido diametralmente opuesto. Leo: De esa manera, el filósofo gnóstico piensa que las almas cambian de cuerpo hasta que hayan cometido todos los pecados posibles e imaginables. Cuando en realidad debería decir […] piensa que las almas NO cambian de cuerpo […]. Este error, si lo consideramos con respecto al habla común no es tan grave; uno se adapta al modismo local y ya, continúa con su vida; pero aquí la cosa es menos graciosa. El error proviene de un reconocido traductor y fue impreso por una importantísima editorial española (Anagrama). ¿Será que tal vez Marco Aurelio Galmarini tuvo aquel deseo imperioso que tuvo Silva en la novela de Saramago? Si así fue el caso los resultados, por cierto,  mucho menos agradables.

La génesis de las palabras

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Hubo un tiempo en que las palabras eran tan pocas que ni siquiera las teníamos para expresar algo tan simple como Esta boca es mía, o Esa boca es tuya, y mucho menos para preguntar Por qué tenemos las bocas juntas. A las personas de ahora ni les pasa por la cabeza el trabajo que costó crear estos vocablos, en primer lugar, y quien sabe si no habrá sido, de todo, lo más difícil, fue necesario comprender que se necesitaban, después, hubo que llegar a un consenso sobre el significado de sus efectos inmediatos, y finalmente, tarea que nunca acabará por completarse, imaginar las consecuencias que podrían advenir, a medio y a largo plazo, de los dicho efectos y de los dichos vocablos. Comparado con esto, la invención de la rueda fue mera bambarria, como acabaría siéndolo el descubrimiento de la ley de gravitación universal simplemente porque se le ocurrió a una manzana caer sobre la cabeza de Newton. La rueda se inventó y ahí sigue inventada para siempre jamás, en cuanto a las palabras, esas y todas las demás, vinieron al mundo con un destino brumoso, difuso, el de ser organizaciones fonéticas y morfológicas de carácter eminentemente provisional, aunque, gracias, quizá, a la aureola heredada de su autoral creación, se empeñan en pasar, no tanto por sí mismas, sino por lo que de modo variable van significando y representando, por inmortales, imperecederas o eternas, según los gustos del clasificador.

José Saramago. El hombre duplicado.

El perro da tres vueltas

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19 de agosto de 1996
El perro da tres vueltas sobre sí mismo, se tumba, se acomoda, suspira profundamente. Las vueltas, creemos saber por qué las da. Aun cuando el suelo que pisa sea una alfombra, un cojín, una simple tabla lisa, el perro conserva grabada en los circuitos arcaicos del cerebro la necesidad silvestre de acamar la hierba y el mato antes de tumbarse, como hacían los lobos sus antepasados y los de ahora siguen haciendo. Nunca estuve tan cerca de un lobo como para ver si también ellos suspiran cuando se echan. Tal vez sí. Sin embargo, prefiero pensar que el suspiro de los perros les viene del hábito, durante siglos y siglos, de oír suspirar al os humanos. Ahora mismo, uno tras otro, los perros que viven en esta casa —Pepe, Greta y Camões— dieron sus tres vueltas, se tumbaron a nuestros pies, y suspiraron. Ellos no saben que yo también suspiraré cuando me acueste. Probablemente, todos los seres vivos suspiran así cuando se tienden, probablemente, está hecho de suspiros el silencio que precede al sueño del mundo. Me pregunto ahora: ¿dónde acabo yo y comienza mi perro?, ¿dónde acaba mi perro y comienzo yo?
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José Saramago.  Cuadernos de Lanzarote, 2
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Nota: en la fotografía se lo ve a Saramago junto a Camoens, el perro en el que se inspiró para crear a Encontrado, el mejor amigo del alfarero protagonista de La caverna. Saramago falleció en junio de de 2010; Camoens, en agosto de 2012.

Cuadernos de Lanzarote I. José Saramago

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Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.

Así comienza el conocido soneto de Francisco de Quevedo; y así me siento cuando leo algún libro de un autor que ha logrado colarse en mi alma un poco más allá de lo que habitualmente puede hacerlo alguien escribiendo un buen libro. Me refiero a esos autores a los que uno, sin conocerlos personalmente puede considerar como a “un amigo”. No son muchos los que logran llegar a tales niveles, sí los son aquellos que pueden agradarnos y a los que, incluso podemos seguir por años y por cientos y cientos de páginas. A lo que hago referencia es a una cualidad diferente, superlativa; una cualidad difícil de explicar (bueno, algo así como la amistad misma, ¿no?).
Cuadernos de Lanzarote I es, precisamente, la oportunidad de ingresar a la sala de estar del escritor/amigo. Adentrarnos, aunque sea brevemente, en sus quehaceres y sus pensamientos diarios; en sus más y sus menos, en sus gustos y sus pareceres. Quien ha leído toda la obra de ficción de su autor favorito, unos diarios pueden saberle a poco: pero ése no es mi caso. Si bien no van a ser mis libros predilectos, estos cuadernos o diarios son un buen complemento del resto de su obra. Y más ahora que ya no lo tenemos con nosotros y que, de manera inevitable, deberemos recurrir a la relectura como única forma de “conversar con los difuntos”.