Querer lo imposible

 

Cliff Walk At Pourville - Claude Monet

Cliff Walk At Pourville – Claude Monet

Debido a que el clima y la luz del día cambian continuamente, Claude Monet creía que cualquier efecto visual duraba solo siete minutos, tiempo demasiado breve para pintar toda una obra. Dijo que quería «expresar mis impresiones antes que los efectos más fugitivos».
Su solución fue trabajar en varios lienzos a la vez, colocando uno nuevo en el caballete cada siete minutos aproximadamente para capturar el efecto que buscaba. Georges Clemenceau lo encontró una vez en un campo de adormideras haciendo malabarismos con cuatro lienzos diferentes: “Iba de uno a otro según la posición del sol”. En 1885, Guy de Maupassant dijo: «Ya no es un pintor, es un cazador. Camina a lo largo del campo, seguido por niños que llevan lienzos, cinco o seis lienzos que representan el mismo tema a varias horas del día y con diversos efectos. Los recogía o los dejaba caer uno por uno según cambiaba el cielo…».

 

River Thames in London, Waterloo Bridge

River Thames in London, Waterloo Bridge – Claude Monet

Cuando Monet visitó Londres en 1901 para capturar la «atmósfera única» de la niebla de la ciudad, John Singer Sargent lo encontró rodeado de 90 lienzos, «cada uno el registro de un efecto momentáneo de luz sobre el Támesis. Cuando se repetía el efecto y se daba la oportunidad para terminar la imagen, el efecto generalmente había desaparecido antes de que pudiera encontrar el lienzo particular en el que debía trabajar».

«Estoy persiguiendo un sueño», dijo Monet una vez. «Quiero lo imposible».

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Los espacios vacíos

 

Ernest Proctor - The Day's End, 1927

 

¿Cómo pintar el cansancio y esa sensación de agotamiento que te hace pensar que te quedarás dormido en cualquier lugar y sin embargo llevar esa idea más allá, a incluir algo más que la monotonía que condujo a ello? Si existe alguna manera, se encuentra aquí, en una pintura de Ernest Procter titulada: The Day’s End, de 1927. ¿Cuánto de esto es una representación personal? La obra emula el símbolo zodiacal piscis, con ambos personas señalando direcciones opuestas. La desnudez tiene menos que ver con la sensualidad que con decir lo que yace debajo de la apariencia externa. La pintura dice: «Así es como me siento. Esto es lo que soy».  El arte se trata de escuchar en los espacios correctos; y generalmente esos espacios correctos son los intersticios, los espacios vacíos, lo que no está del todo dicho.

Llegar al mismo sitio

 

Gregorio Marañón

Gregorio Marañón

 

Uno de los enormes placeres que me ha deparado este sitio es el de poder compartir citas de todo tipo y color. Leer algo, encontrar un fragmento en ese algo y pensar en compartirlo aquí con ustedes es un pequeño placer personal que agradezco. Esta vez le toca a un fragmento que, me atrevo a decir, tal vez sea uno de los más bellos que he dejado en esta página. Y cuando digo bello lo digo en el amplio sentido del término, desde la mera estética hasta la inteligencia y el humanismo todo. Pertenece a Gregorio Marañón; médico, científico, historiador, escritor y pensador español. El fragmento pertenece a Vocación y ética y otros ensayos (1946):

 

«Un hombre de ciencia que sólo es hombre de ciencia, como un profesional que sólo conoce su profesión, puede ser infinitamente útil en su disciplina, pero si no tiene ideas generales más allá de su disciplina, se convertirá irremisiblemente en un monstruo de engreimiento y de susceptibilidad. Creerá que su obra es el centro del universo y perderá el contacto generoso con la verdad ajena, y, más aún, con el ajeno error, que es el que más enseña si lo sabemos acoger con gesto de humanidad. Como esas máquinas perforadoras que tienen que trabajar bajo un chorro de agua fría para no arder e inutilizarse, el pensamiento humano, localizado en una actividad única, por noble que esa actividad sea, acaba abrasándose en vanidad y petulancia. Y para que no ocurra así, ha de menester el alivio de una vena permanente de fresca preocupación universal. Saber es ahondar, hundirse en las galerías subterráneas del pensamiento o de los hechos ignotos, y para que la mente no se ahogue en esas galerías es precisa la ventilación, las ventanas abiertas a otros panoramas del espíritu, en los que éste descansa y se renueva. Por eso no hay un hombre de ciencia eminente que no se haya asomado, por instinto, a otras actividades. Y es muy común que sean las artísticas, y no, como se cree, porque sean contrarias a las investigaciones, sino precisamente por lo que tienen en común. No se puede caminar en dos direcciones distintas, pero la gracia de la vida es poder ir a donde tiene que irse por diferentes caminos. Y por la ciencia, como por el arte, se va al mismo sitio: a la verdad. Además, lo que importa es el camino. El camino es el que hace entretenidos los días y gratas las noches. El fin es siempre un sueño. Y quizá el verdadero fin es nunca llegar».

El camino que nos corresponde

 

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El arte siempre ha sido el espejo donde la humanidad puede verse reflejada y desnuda, aunque no quiera hacerlo. Todas las formas artísticas que se precien de tal sirven, de manera inevitable, a este propósito aun cuando la intención del artista haya sido sólo estética, su sensibilidad hará que de alguna manera se cuele en la obra un fragmento de desnudez humana.

En general tendemos a considerar dentro de este esquema a las artes clásicas, como la literatura, el teatro y la pintura; y tendemos a dejar afuera de la ecuación a las nuevas formas como el cine o la televisión. En esta última no hay mucho material de donde agarrarse, es cierto; pero cuando aparece, no hay que dejarlo pasar.

Eso ocurre con las series de TV, por ejemplo. Hay muchas series que merecen la categoría de obra de arte y otras tantas la merecen por, al menos, algunas escenas. Una de esas escenas es la que acabo de ver en el capítulo doce de la quinta temporada de House Of Cards, serie de carácter político donde un siempre brillante Kevin Spacey da vida a un siniestro y descarado Presidente de los Estados Unidos. En esta escena, el Presidente es interpelado por algunos miembros del senado y luego de contraatacarlos, se dirige a la cámara y lanza el siguiente discurso:

(Nota necesaria: en teatro existe una figura llamada romper la cuarta pared. Esto ocurre cuando uno de los actores se dirige al público de manera directa para aclarar algún punto de la trama o algo por el estilo. En el decorado teatral existen tres paredes físicas, mientras que la cuarta, la que separa al público de los actores, es imaginaria. De allí, entonces, esa idea de romper la cuarta pared cuando el actor le habla al público. Kevin Spacey usa esta idea a lo largo de todas las temporadas de la serie. Sobre todo la usa cuando quiere explicar o insultar al público. En este caso, ustedes verán; sólo les pido que imaginen que el presidente de su país les está hablando de manera privada a ustedes, en persona)

 

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«No lo nieguen. Les encantó. No necesitan que yo represente anda. Sólo necesitan que me pare, que sea el hombre fuerte, el hombre de acción. Son adictos a la acción y a las consignas. No importa lo que diga ni lo que haga mientras haga algo. Ustedes disfrutan de la aventura. Y, sinceramente, no los culpo. Con tanta tontería e indecisión en sus vidas ¿Por qué no alguien como yo? No me disculpo. No me importa si me aman o me odian mientras yo gane. La baraja está trucada, las normas están manipuladas. Bienvenidos a la muerte de la Era de la Razón». Para certificar el genio de esta escena, Spacey hace una pausa y termina: «El bien y el mal ya no existen. Sólo existe estar adentro… y estar afuera». Y allí vuelve a la escena, dejándonos a nosotros afuera.

Como he dicho, el arte sirve para que la humanidad se vea desnuda en ese espejo. Eso es lo que hizo Kevin Spacey en su papel del corrupto Frank Underwood: nos trató de imbéciles, se rió de nosotros y luego, con cierto desprecio, nos dejó fuera del juego. ¿Y qué hacemos con esto? ¿No podremos aprender del arte y de lo que refleja ese espejo?

Tal vez sí; tal vez el artista nos está empujando a hacer algo, a vengarnos de todos los Frank Underwood, más allá del país que sea. Tal vez podamos aprender a votar o ser nosotros mismos los agentes del cambio. El arte nos señala el camino, ésa es su función. Actuar es la nuestra.

 


Como suele suceder, luego de escribir todo lo anterior encontré el fragmento del que hablo. No importa, creo que ver el video luego de haber pensado en ello puede ser más efectivo.  La parte que destaco comienza a 0:42 minutos. Lamentablemente, se corta dos segundos antes de lo que me hubiese gustado, ya que cuando Spacey deja de mirar a la cámara (es decir, cuando deja de mirarnos) es cuando se siente el desprecio del actor por su público; es decir, del político por sus pueblo.

 

El misterioso acto de la creación

 

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Hace unos días Julie Sopetrán compartió un poema titulado Breviario de jardín. El título me pareció muy bonito y le pregunté cómo era que ella trabajaba, si comenzaba desde el título o si a éste lo buscaba después. Este tema que parece trivial no parece serlo tanto; algunos escritores dicen empezar por el mismo título o aseguran que son éstos quienes les inspiran las obras; otros, sin embargo, dicen sufrir horrores a la hora de encontrar el título adecuado (a vuelo de pájaro recuerdo ahora dos casos: el Oficio de tinieblas/5, de Camilo José Cela; quien le agregó la barra y el número a su novela al enterarse de que ya existían al menos otras cuatro con el mismo nombre; y el filósofo esloveno Slavoj Zizek, quien antes de publicar un libro suyo busca en internet de manera exhaustiva para asegurarse de que no haya ningún otro libro con un título igual al suyo).

En la conversación que mantuvimos con Julie, ella dijo: «Sí, ese fue un libro inspirado de principio a fin, fue como si alguien, no de este mundo, te dijera el título y luego tú tuvieras que girar alrededor de él, incluso vencer las dificultades que fueron muchas». Y luego continúa: «Depende, en este poema el título lo escribí al final, otras veces comienzo por el título. Por ejemplo mi libro El tiempo habitado, lo primero que escribí fue el título. Yo creo que surge de ese proceso de asentar el trabajo… tú sabes…». Yo agregué, para terminar (pero para continuar aquí, como verán): «Aquí hay algo que ya sabemos todos los que escribimos: hay belleza en la obra, pero hay una enorme y extraña belleza en el acto mismo de crear la obra. Tal vez, en ciertos casos, el acto de creación sea más sorprendente y maravilloso que el resultado en sí mismo».

 

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Llegamos al punto, entonces, a tratar. Todos, en menor o mayor medida y según el trabajo o el autor, reconocemos la belleza de tal o cual obra; pero a lo que no podremos acceder jamás es a la belleza de la creación en sí. Soy un ferviente creyente en que en muchas ocasiones el proceso es muy superior a la obra, pero como este proceso es intransferible, se pierde para siempre en la nada y jamás podrá ser recuperado. Salvo que… (y esto es una forma de decir pero… y hacerlo de una manera positiva) enseñemos a los demás a ser creativos y que puedan pasar ellos por ese proceso de manera personal e individual. Ahora que lo pienso creo que también debería enseñarse en el mismo proceso el actuar con modestia; de lo contrario cualquiera va a querer acceder al Olimpo Artístico sólo porque escribió una página cualquiera.

Me voy a permitir, con toda modestia, hablar de dos casos personales. Algunos de ustedes habrá visto que cada tanto ilustro una entrada con un collage de mi autoría. Esto es lo más cercano que voy a estar de compartir un trabajo «plástico» mío, aunque tengo por costumbre pintar o dibujar a menudo. No voy a mostrar esos trabajos porque no tienen la calidad suficiente; pero trabajar con mis carboncillos o con mis pasteles, óleos, acrílicos o acuarelas se me hace algo necesario. Es el proceso lo que me interesa, no el resultado final. Mi segunda fuente de placer, aún mayor que la anterior, es sentarme a tocar el bajo con mis auriculares puestos para no molestar a los vecinos y dejarme ir; improvisar e improvisar a veces durante horas (si uno cierra los ojos hasta se consigue cierto estado meditativo muy interesante) sin importar que esa música se pierda para siempre en el aire ¿Qué importancia tiene? Lo que importa es el acto creador; como dije antes, lo que importa es el proceso; porque es allí donde reside, a veces, el arte.

 

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Comencé hablando de Julie Sopetrán y terminé hablando de mí. Eso tampoco es del todo extraño; en realidad estaba hablando de la creación artística y en ese sentido puedo decir que hablar de Julie o de mí es lo mismo; Maestra o alumno, lo que importa, como siempre, es la obra y, sobre todo, el proceso.

¿Caiga quien caiga?

Las nuevas formas que los artistas encuentran para expresarse no siempre son aceptadas de buenas a primeras, como todos bien sabemos. Por un lado, la misma novedad hace que a veces resulte difícil la comprensión o la interpretación de la obra; por otra parte, esa misma necesidad de expresión unida a las nuevas formas y a las nuevas tecnologías hace que sean los propios artistas quienes se vean envueltos en una búsqueda no siempre lograda. Es decir, vamos, que a veces lo que se nos presenta no vale nada y que sólo es un buen intento, una forma de buscar pero que todavía no ha sido bendecida con el encuentro de la buena fortuna. Pero de tanto en tanto nos encontramos con obras modernas que nos atrapan o nos interpelan desde el primer instante.

El acróbata y bailarín francés Yoann Bourgeois creó “Celui qui tombe” (Algo así como «Quien caiga») para la Bienal Internacional de Danza 2014 de Lyon. Él llama a los seis bailarines «una humanidad en miniatura». Acabo de encontrarme con este video y debo decir que el resultado me parece bastante interesante. No suelo compartir este tipo de material aquí, ya que estas cuestiones son bastante subjetivas; pero con cinco minutos de duración —es decir lo mismo que una canción cualquiera—, tampoco es que les vaya a robar mucho tiempo.

 

 

En una crítica de The Guardian, el crítico Luke Jennings escribió: «”Está claro que si lo haces “a tu manera” más que a la manera del grupo, estás poniendo en peligro y desequilibrando la empresa conjunta»; a lo que agrega una interesante cuestión:  «Pero también tienes libertad de acción». Y no puedo menos que preguntarme: ¿La tenemos realmente? ¿Podemos actuar con absoluta libertad en esta sociedad que compartimos? Ni el «Sí» o el «No» absolutos me convencen. ¿Dónde trazamos la línea, entonces?

Al margen: Yoann Bourgeois parece ser un creador interesante. hay varios videos en la red que muestran su trabajo y a quien le interese hará bien en buscar algunos de ellos. Por mi parte he encontrado varios bajo el título La mécanique de l’histoire (La mecánica de la historia). Uno de los más interesantes y originales que vi es Energie (Energía). El cual pueden ver aquí.

Porque yo lo digo

 

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Todos sabemos que el arte, al menos la plástica, está en crisis. Al menos hay una profunda crisis de sentido que hace que cada tanto aparezcan en las noticias algunas cuestiones que deberían impulsarnos a pensar en estos asuntos, pero que sólo se quedan en la superficie, sin adentrarse demasiado en el tema en sí. Me refiero a esos casos (creo que alguna vez hablé de ellos aquí) donde en un museo confunden una obra de arte con algo que no lo es (como la señora de la limpieza que tiró a la basura una obra que no era otra cosa que un montón de basura tirada en el piso) o aquel otro caso menos gracioso del hombre que murió sentado en un banco y quedó allí un par de días y que la gente tomó como una obra hiperrealista. Esos casos, en general, sirven para que se critique (con no poca razón, claro) al arte moderno en sí pero, sobre todo, sirve para que cualquier neófito que nunca pisó un museo alce la voz y se sienta el Rey de los críticos.

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Hace poco sucedió un hecho similar a los anteriores. En el Museo de Arte Moderno de San Francisco un muchacho colocó un par de anteojos en el piso y se alejó para tomar nota de lo que sucedía después. TJ Khayatan observó, como es lógico, que la gente se detenía a ver a los anteojos, que hablaban sobre ellos y que incluso los fotografiaban como si se tratara de una obra artística.

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T.J. Khayatan

Dije, y eso corrió por mi cuenta, «como es lógico…» ¿Y por qué debería ser «lógico»? Pues porque se encontraba en un museo y se encontraba de modo que pareciera ser una obra de arte. Eso es suficiente para que pudiera ser considerada como tal. Ahora, si esa obra es válida o no es otro asunto; lo que quiero pensar en por qué consideramos arte a toda cosa que encontremos dentro de un museo. Ésa es la pregunta; después, el valor de la obra o qué es el arte en sí es otro asunto que podríamos tratar en su momento.

Ahora, y para sintetizar, me atrevo a decir que la crisis en la que se encuentra el arte en sí es que nadie sabe lo que es si antes una autoridad no ha señalado que tal cosa es arte y tal otra no. La crisis, continúo con la idea, es que las personas ya no confían en su propio gusto o en su capacidad para reconocer los valores estéticos; y eso conlleva dos problemas diferentes: uno es la inseguridad y el desconocimiento de las personas en cuestiones relativas al arte. El segundo punto es que aquí son las propias autoridades las que han prostituido su estatus de conocedores y de guías intelectuales por puro beneficio económico. Así es que ellos determinarán el valor artístico a partir del valor económico, no estético; de allí que cualquier tontería que les brinde beneficio será considerado como arte mientras que una obra de valor, si es de alguien totalmente desconocido o si no rompe récords monetarios, no será tenida en cuenta y, probablemente, olvidada.

 

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Mientras tanto, la gente seguirá mirando con aire pensativo a un par de anteojos en el piso o a un hombre muerto en un banco sólo porque están dentro de un museo y leyendo el folleto explicativo para saber si esa cosa que tenemos frente a nosotros debe gustarnos o no.