La estupidez nuestra de cada día

Que la humanidad es, en líneas generales, idiota, no cabe la menor duda. Que cada vez está volviéndose más idiota es algo que podría llegar a discutirse; pero todo parece indicar que esto es una verdad, a todas luces, evidente. Hace mucho tiempo leí algo así como «El nivel de inteligencia de la humanidad se mantiene estable. La gente se reproduce de manera incontrolada». La broma parece tener, cada vez más, algunos visos de realidad. Y como si hiciera falta probar esto que digo —cosa que, prima facie, sería casi innecesario—, les cuento una noticia reciente: parece ser que los colibríes (al menos en el estado de Sonora, aunque no me extrañaría que pronto esta estupidez se extendiera a otras latitudes) están en peligro de extinción ya que se los utiliza, entre otras cosas, como amarres de amor (en uno de los artículos que leí también se dice que comer el corazón de esta pequeña ave previene o cura condiciones cardiopáticas (Sic)).

Ritual 01

Ya se sabe «La inteligencia humana es limitada, pero la estupidez no tiene límites»; y parece que aquí tenemos un buen ejemplo. Claro; una vez que el enojo deja paso al raciocinio, uno comienza a pensar ¿Y cuál es la diferencia entre un imbécil que cree que atar a dos colibríes juntos les brindará el amor eterno y otro imbécil que cree que consumir cuerno de rinoceronte lo hará más potente en la cama o un tercer imbécil que cree que la misma función la cumple la aleta de un tiburón? (o los caballitos de mar o los gorilas o la bilis de oso tibetano (no bromeo), o… y la lista sirgue, larga y sangrienta).

Pero bueno ¿Y qué sucede si nos salimos de los animales? ¿Allí termina el asunto? ¿De repente nos volvemos más civilizados, racionales, equilibrados, maduros? Pues no; la verdad es que no nos va mucho mejor. ¿Qué pasa con aquellos que creen que la disposición de los astros en el cielo determinan la conducta humana? (cosa curiosa: esa misma gente no cree que la pobreza, por ejemplo, tenga injerencia alguna en cómo se comporta la misma gente). ¿Y los que después de más de veinte siglos vuelven a creer que la Tierra es plana? ¿Ni siquiera se toman el trabajo de averiguar quién fue y qué hizo Eratóstenes allá, en medio del desierto, con un pozo y unos camellos? ¿Y los que creen que los muertos pueden visitarlos desde el más allá? ¿Y en qué categoría ponemos a los que creen que al poner un pedazo de pan en su boca —luego de haberle sido dichas una palabras en latín por encima— se convierten en verdadera carne humana (carne que, además, se comen? ¿Y los que no barren de noche o los que dejan un par de tijeras abiertas sobre la mesa para que no entren ladrones? ¿Y la sal, las escaleras, los gatos negros, los paraguas abiertos bajo techo? ¿Y los antivacunas? ¿Y…? (Aquí va otra lista interminable; con menos sangre que la primera pero no menos ridícula).

ritual 02

Sí, la estupidez es infinita, no cabe duda de ello. Pero no me es menos simpático el que mata a un colibrí (y vaya si estos me parecen detestables) que cualquiera de los que pertenecen a los incluidos en las otras listas o preguntas. La única diferencia entre unos y otros es que, como bien se sabe, siempre el bruto, el ignorante, el atrasado, es el otro. Nosotros no; nosotros nunca. Nuestra imbecilidad siempre encontrará refugio en el dogma de una religión, en un ensayo científico desconocido, en una conspiración, en el sentido común o en lo que inventemos para el caso. Como siempre; la justificación propia nos permite la crítica ajena y vaya que para esto no necesitamos ritual mágico alguno; bien que nos bastamos solitos para ello.

 

Detallecito al margen: si alguien se ha sentido ofendido por haberse reconocido en alguna categoría a lo largo de este texto, qué se la va a hacer. Mala suerte.

 

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