Lo que perdura en la oscuridad

 

Me topé con el trabajo de Michael Ackerman como siempre: por casualidad. La intensidad de su trabajo (siempre en blanco y negro) provocó en mí sensaciones más hermanadas con el silencio que con la sorpresa. El uso del grano grueso en la impresión, el sutil fuera de foco buscado adrede y, por supuesto, los temas elegidos (incluso cuando se trata de autorretratos o retratos), me dejaron más pensativo que subyugado por lo que suele ser un arte más cercano a lo teatral la mayor parte de las veces. Hay, por supuesto, muchos análisis de las obras de Ackerman, pero no me adentraré en ellos, sólo dejaré algunas muestras de su trabajo y sus mismas palabras, todo lo cual debería ser más que suficiente para explicar lo inexplicable.

 

Michael Ackerman 01

 

La fotografía que lo explica todo es una fotografía muerta, la que está viva es aquella que cuestiona, que crea preguntas.

No creo que la fotografía sea una forma de alcanzar la inmortalidad. Por supuesto que no. Pero es una forma de guardar, de conservar cosas, de aferrarme a lo que me importa. Es una forma de preservación. 

 

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Cuando estoy fotografiando me siento muy conectado con lo que fotografío, y eso me hace sentirme más vivo en ese momento. Es un sentimiento persistente. Vivir es algo diferente al mero hecho de existir; tal vez sea la pasión, el amor, creer realmente en algo que sabes que es verdad. También tiene que ver con poder aprender, evolucionar. Con no estar estancado.

Tampoco creo que la fotografía sustituya a la memoria, como tampoco lo hace la escritura. Las fotografías son transformaciones de la memoria, de la experiencia. Así que no creo que fotografiar a alguien te permita recordarlo mejor.

 

Michael Ackerman 15

 

Lo cierto es que tengo una relación conflictiva con el tiempo, no me siento nada cómodo con él. Estoy tan obsesionado con el paso del tiempo que eso puede llegar a ser paralizante. Pienso demasiado en ello y hago muy poco al respecto. Pierdo mucho tiempo pensando en ello.

Los lugares y las personas que fotografío tienen algo en común; que son misteriosos. También son impredecibles, vulnerables, generosos y necesariamente imperfectos.

 

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Muchas veces me pasa que veo a alguien y esa persona me intriga, siento el deseo de fotografiarla, pero no sé cómo, no sé cómo hacer que su cara sea más interesante. No se trata de hacer solo un retrato. Se necesita tiempo, persistencia, convicción y suerte para ir más allá de la superficie. Necesito que la gente que fotografío me ofrezca una forma de entrar. Por eso digo que son generosos y valientes. Y también yo necesito ser valiente para aceptar lo que me ofrecen. Y lo cierto es que a menudo no lo soy.

 

Una galería con otras imágenes de Michael Ackerman. Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas. Para ver imágenes de su libro Half Life, pueden visitar su sitio oficial, aquí.

 

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Entre lo sacro y lo profano

 

Marco Battaglini 22

 

Hace unos días me encontré frente a la obra de Marco Battaglini. Lo primero que me llamó la atención fue lo obvio: el uso de imágenes clásicas en ambientes modernos propios de las grandes urbes del siglo XXI. Busqué algunas imágenes más y, aunque en un primer momento el uso y abuso de este recurso hace que poco a poco las imágenes pierdan un poco de su fuerza expresiva, luego fui «puliendo» las que más me gustaban y las que no y el resultado final terminó pareciéndome más que interesante. Claro está, a medida que uno avanza en la lectura de la obra va encontrando más y más detalles, lo que agrega capas de sentido a cada uno de los cuadros.

 

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Copio la biografía de Battaglini tomada de la página Eden Fine Arts: Marco Battaglini, nacido en Verona, Italia, en 1969, es un artista afincado en Costa Rica que combina de manera magistral los estilos Clásico y Contemporáneo en los pastiches Pop postmodernos. Estudió en academias en Italia durante más de diez años antes de comenzar a crear colecciones notables e icónicas de impresiones en plexiglás.

Battaglini actualiza la historia profundamente tradicional de sus raíces italianas combinando imágenes de pinturas maestras con fondos urbanos profanos. Su obra de arte expone influencias históricas con un toque irónico y contemporáneo en un plano donde el tiempo no existe. El objetivo del artista es revelar las limitaciones temporales y espaciales que interrumpen la interpretación de la realidad al eliminarlas de sus collages, combinando el tiempo y el espacio en un trabajo que combina diosas y graffiti. Las obras de arte de Battaglini combinan lo divino con lo vulgar, lo tradicional con lo iconoclasta y lo sobrio con lo humorístico en una colección complicada y visualmente impresionante. El artista utiliza en su obra una mezcla de estilos, culturas y espacio-tiempo, para invitar a su público a reflexionar sobre la aldea global de hoy y cómo la «democratización» de la cultura ha creado una evolución del conocimiento.

 

Una galería de obras de Marco Battaglini. Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas:

 

El oxímoron de los murales

México, país de gran tradición muralista, me ha hecho disfrutar, aprender, comprender, saborear, entender y sorprender con este género artístico. La pintura mural ha pasado de ser, para quien esto escribe, una mera exposición grandilocuente (generalmente de una expresión política) a una forma maravillosa de magnificencia expositiva y, al mismo tiempo, de delicadeza detallística. Claro, yo sólo había visto murales en los libros sin comprender del todo que ese oxímoron me impedía ver absolutamente nada. Ahora tomo nota no sólo de los sitios adonde quiero viajar, sino también de las obras que quiero ver y, entre ellas, se encuentra este mural italiano, pintado por Giulio Romano entre 1532 y 1534.

 

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Copio: El pintor Giulio Romano decoró el Palazzo del Te fuera de Mantua con una serie de espacios ilusionistas y efectos especiales, que culminaron en una sala desconcertante en la que los gigantes que se han rebelado contra Zeus son aplastados por su transgresión: Giulio «pinta las paredes», dejando al espectador en una ciudad desmoronada en la que Zeus arroja relámpagos desde los cielos. El poeta Gregorio Comanini elogió la fantástica imaginación de Giulio:

«En Mantua, en una habitación en el Palazzo del Te, Giulio Romano ha pintado gigantes golpeados por un rayo en Flegra. Están aplastados bajo los escombros de la roca y la montaña, en posiciones tan extrañas y horribles que cualquiera que viera un espectáculo así en realidad seguramente se horrorizaría y sentiría una gran angustia. Sin embargo, dado que se trata de una imitación y una pintura, cualquier persona agradecería la oportunidad de verla y se sentiría muy complacida con ella, como lo demuestra la frecuencia con la que los visitantes acuden en masa para verla».

 

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Giorgio Vasari escribió: «Que nadie piense nunca ver ningún trabajo del pincel más espantoso o más realista que este».

Esa breve acotación de Vasari selló de manera definitiva la necesidad de tener que ver ese mural, algún día, con mis propios ojos. De alguna manera, sigo viendo murales a través de un medio incorrecto: papel o pantalla, poco importa lo inapropiado que sea; lo importante es que sé que estoy perdiéndome algo realmente grande.

Para ver la primera imagen en mayor tamaño y excelente definición, pueden ir aquí.

Para ver la segunda imagen en mayor tamaño, pueden ir aquí (no encontré otra con mejor definición).

Un enlace, también, al sitio oficial, aquí.

Autorretrato del olvido

 

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William Utermohlen (1933- 2007).

 

El 22 del mes pasado publiqué una entrada donde hablé de lo que me hizo sentir un video musical y de las reflexiones que provocó en mí a partir de sus imágenes. Cuando L. lo vió pensó que mis comentarios tuvieron como germen esa dolorosa enfermedad que es el Alzheimer, cosa que yo no había tenido en cuenta en absoluto pero que, sin duda, bien puede ser considerado en este caso (eso fue lo que ella vio en el video y aquí sí puede permitirse aquello de que (casi) toda interpretación es válida). El video cobra, entonces, otra faceta no menos precisa y, por supuesto, no menos penosa.

Mientras charlábamos de lo que cada uno habíamos visto en esas imágenes recordé el caso de un pintor que había iniciado una serie de autorretratos al enterarse de que había sido diagnosticado con Alzheimer. Se trata de William Utermohlen y hablaré muy poco de él aquí (pueden leer un excelente artículo aquí, en inglés), ya que mi intención es seguir ahondando en lo que esas imágenes provocaron en mí. Sí compartiré una serie de imágenes de la obra de Utermohlen porque ello será la síntesis perfecta de lo que significa este tema tan profundamente angustiante: el olvido, ya sea éste producto de una enfermedad o de la inevitable muerte. Sea como fuere, no hay nada que hacer más que enfrentarse a ellos con todas las armas que disponemos y, de ser posible, mejorar su estado, su alcance y su poder. Hay muchas cosas que no pueden evitarse en nuestra vida, pero la angustia es algo que podemos mantener a raya si trabajamos en ello.

 

William Utermohlen, síntesis

William Utermohlen – Síntesis de sus autorretratos

 

De todas las palabras e ideas que cruzamos con L. veo que lo que más me llama la atención son las dos imágenes finales de ambas series, tanto la del video como la de la serie de autorretratos tienen muchísimo en común: una pérdida del sentido de detalle, una vuelta a la sencillez de las formas, un retorno, tal vez, a lo más básico de nosotros mismos. La síntesis de las formas como síntesis del olvido.

 

Una galería de imágenes de los autorretratos de William Utermohlen. Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

 

Fundido a negro

 

Cuenta Borges, en algún lado, que siendo niño su padre le enseñó cómo funcionaba la memoria. Para ser más gráficos, su padre puso una pila de diez monedas entre ellos y le explicó que el recuerdo de algo era como la primera de las monedas; el segundo recuerdo (la segunda vez que ese recuerdo viene a nuestra mente) es como la segunda moneda pero, entre una y otra hay una pequeña diferencia: la mente no es perfecta y, si bien recuerda mucho, no recuerda todo y en ese segundo recuerdo algo se ha perdido, algún pequeño detalle es diferente. La tercer moneda ya es diferente a la segunda y bastante más diferente a la primera y la cuarta… Bueno, ya entienden cómo va el asunto; caemos, al final, en una bonita paradoja: cuando más recordamos una cosa es cuando más la olvidamos (porque es cada vez más distinta de lo que realmente fue) y cuando menos recordamos una cosa, en realidad el recuerdo es más sólido (porque está casi sin modificar).

Todo esto viene a colación a raíz de un video que acabo de ver. Se trata de la canción The Spoils, de Massive Attack y, más que la canción en sí (aunque el ritmo lento y la vocalización algo ayudaron, es cierto) lo que motivó mi posterior tristeza fue la historia narrada en las imágenes. Como no puedo evitar leer todo lo que cae frente a mí bajo el cristal de la filosofía, dejo aquí mi impresión de esta película (porque es, si queremos, una película completa).

Ella comienza como lo que es: un recuerdo completo en su mente. Poco a poco se desvanece; lentamente, lentamente, el recuerdo se torna más equívoco. Él la recuerda en diferentes ángulos, bajo diferentes luces de colores, en diferentes situaciones y todo esto va cambiando la imagen que tiene de ella. Su memoria se deforma en la medida en que poco a poco pierde sus características y se desintegra por completo. Ella está perdida en un rincón oscuro de su mente, en ese rincón donde todo se marchita; ella está siendo olvidada y nada podrá cambiar eso. De un rostro a un sentimiento, de una forma a un color, de unas facciones a un objeto informe. Y al final se va, se desdibuja, se pierde, como nos perderemos todos, para siempre.

 

La sorprendente etimología de “miniatura”

miniatura 03Estaba escuchando un segmento de la serie de PBS “Civilizaciones” y me sorprendió escuchar a un historiador de arte mencionar de paso que la palabra “miniatura” es utilizada por profesionales para referirse a los colores utilizados en una obra de arte en lugar de su tamaño. Una página web de Oxford University Press lo explica: «Tiene sentido que esta palabra miniatura se derivaría de la palabra latina mínima, que significa la más pequeña. Solo tiene sentido, pero está mal. Miniatura es una de esas palabras extrañas que tiene una etimología que desafía la lógica. La verdad es que antes de que las cosas pequeñas fueran llamadas miniaturas, cierto tipo de pequeño retrato se llamaba de esta manera. Antes de eso, se reproducía el arte de iluminar esas hermosas letras y figuras a mano. Los libros antiguos se llamaban miniaire en italiano. Este arte de miniaire fue nombrado a su vez por el color rojo, el cual fue especialmente popular para su uso en la producción de este arte.

miniature 01El color rojo generalmente se producía mediante el uso de un tipo particular de plomo rojo y era el nombre latino de esta mina roja lo que le daba su nombre al color porque el plomo se llamaba minio. Por lo tanto, etimológicamente, la miniatura y el mínimo en realidad ni siquiera tienen una pequeña relación entre ellos.

En síntesis: La palabra miniatura, derivada del latín minium, plomo rojo, es una pequeña ilustración utilizada para decorar un manuscrito iluminado antiguo o medieval; las ilustraciones simples de los primeros códices han sido miniaturizados o delineados con ese pigmento. La escala generalmente pequeña de las imágenes medievales ha llevado en segundo lugar a una confusión etimológica del término con minucias

Sobre la maledicencia

Leer a José Ingenieros es una tarea no apta para espíritus débiles. Cada página —si no cada párrafo u oración—, es un verdadero mazazo de sentido común y fortaleza moral. En su El hombre mediocre, en el capítulo II (La mediocridad intelectual), encuentro este apartado sobre la maledicencia; esa moda actual que se esparce por todos los ámbitos bajo el amparo de la estupidez general que nos rodea y que gusta más de los chismes que de las verdades y que presta más atención a los prejuicios que a las pruebas. Seguramente ustedes conocen a alguno (yo sí). Dice Ingenieros:

 

Maledicencia

 

«Si se limitaran a vegetar, agobiadas como cariátides bajo el peso de sus atributos, las personas sin ideales escaparían a la reprobación y a la alabanza. Circunscritas a su órbita, serían tan respetables como los demás objetos que nos rodean. No hay culpa en nacer sin dotes excepcionales; no podría exigírseles que treparan las cuestas riscosas por donde ascienden los ingenios preclaros. Merecerían la indulgencia de los espíritus privilegiados, que no la rehúsan a los imbéciles inofensivos.

   Desgraciadamente, suelen olvidar su inferior jerarquía y pretenden tocar la zampoña, con la irrisoria pretensión de sus desafinamientos. Se tornan entonces, peligrosos y nocivos. Detestan a los que no pueden igualar, como si con sólo existir los ofendieran. Sin alas para elevarse hasta ellos, deciden rebajarlos: la exigüidad del propio valimiento les induce a roer el mérito ajeno. Clavan sus dientes en toda reputación que les humilla, sin sospechar que nunca es más vil la conducta humana. Basta ese rasgo para distinguir al doméstico del digno, al ignorante del sabio, al hipócrita del virtuoso, al villano del gentilhombre. Los lacayos pueden hozar en la fama; las personas excelentes no saben envenenar la vida ajena».

A continuación, Ingenieros nos regala, a modo de ilustración de los párrafos anteriores, una lectura de La calumnia de Apelles, el cuadro de Botticelli (si quieren ver el cuadro en detalle, pueden entrar aquí):

 

Botticelli - La calumnia de Apelles medium

 

   «Ninguna escena alegórica posee más honda elocuencia que el cuadro famoso de Sandro Botticelli. La calumnia invita a meditar con doloroso recogimiento: La Inocencia yace, en el centro del cuadro, acobardada bajo el infame gesto de la Calumnia. La Envidia la precede; el Engaño y la Hipocresía la acompañan. Todas las pasiones viles y traidoras suman su esfuerzo implacable para el triunfo del mal. El Arrepentimiento mira de través hacia el opuesto extremo, donde está, como siempre sola y desnuda, la Verdad; contrastando con el salvaje ademán de sus enemigas, ella levanta su índice al cielo en una tranquila apelación a la justicia divina. Y mientras la víctima junta sus manos y las tiende hacia ella, en una súplica infinita y conmovedora, el juez Midas presta sus vastas orejas a la Ignorancia y la Sospecha».