El Renacimiento en pleno siglo XXI

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Cuando observamos alguna obra de arte del período renacentista, notamos de inmediato algunas características (incluso si no sabemos específicamente cuáles son esas características sabemos que «están ahí»; del mismo modo que sabemos cuándo una obra es abstracta, por ejemplo). Encontré este conjunto de fotos que bien podríamos calificar de «renacentistas» en cuanto a su composición.

Para sintetizar un poco el tema, podríamos decir que el Renacimiento fue una vuelta hacia el estilo antiguo grecorromano pero desde un enfoque científico. Los conceptos que definieron este arte fueron el orden, la proporción, la armonía, el ritmo, la medida, la simetría, la perspectiva, la euritmia (definición griega de una composición de tipo armónica de líneas, sonidos, colores o proporciones). Este trabajo (del que, lamentablemente no conozco el nombre del autor y ni siquiera sé si es el trabajo de un solo fotógrafo o de varios) reúne esas características y nos permite ver la realidad desde un punto de vista estético, a la vez que social.

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Los ángeles músicos de la Catedral de Valencia

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Deambulando por aquí y por allá me encuentro con estas imágenes de un fresco donde se nos muestra a unos ángeles ejecutando distintos instrumentos musicales. Luego, buscando más información al respecto, me encuentro con que pertenecen a la Catedral de Valencia. ¿Y qué mejor fuente que la misma página oficial de ese lugar? Copio la información de ese sitio:

 

La Catedral de Valencia comenzó a construirse en el año 1262 en estilo gótico. El 21 de mayo de 1462, una bengala despedida por la “palometa” que representaba el Espíritu Santo descendiendo desde lo alto del cimborrio prendió en los paños que enmarcaba el precioso retablo de madera y plata, perdiéndose toda la decoración del ábside y las pinturas al fresco de su bóveda. Diversos intentos de restauración fracasaron.

 

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Cuando vino a esta ciudad su Obispo, el valenciano Don Rodrigo de Borja, futuro Papa Alejandro VI, deseando que su catedral brillase con el esplendor del nuevo arte que estaba renaciendo en Italia, trajo consigo a los pintores Francisco Pagano, natural de Nápoles, y a Pablo de San Leocadio, natural de Reggio en Lombardía, y apenas llegados firmaron el contrato con el Cardenal y el Cabildo el 26 de julio de 1472.

En el contrato, conservado en el archivo de la catedral, entre otras cosas los artistas se comprometen a pintar al fresco en cada uno de los entrepaños de los canecillos de la bóveda gótica del presbiterio: “… dos ángeles, ó sea un ángel en cada entrepaño, vestidos según parezca á dicho honorable Cabildo, con sus alas sembradas de oro fino y de bellos colores; que las crucerías sean pintadas de follajes con frutos, de oro fino de ducado, según pareciere al dicho honorable Cabildo; que las ventanas sean pintadas de oro fino de ducado y de azur…”

 

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El tiempo para terminar la obra eran seis años. Esta obra que debió ser una de las maravillas del primer Renacimiento, desapareció en el siglo XVII, cuando en el año 1674 el Arzobispo D. Luís Alonso de los Cameros, deseando que luciera más el retablo de plata que adornaba el altar, pensó restaurar toda la capilla, y al efecto comunicó su idea al Cabildo, que la aprobó de buen grado. Se encargó de la obra Juan Pérez Castiel, arquitecto afamado y de rica imaginación. La nueva obra, realizada en estilo barroco, duró siete años, once meses y diez días, y se dio por terminada el 28 de Mayo de 1682.

La colocación de los mármoles y adornos barrocos hizo desaparecer las pinturas del ábside, pero los ángeles de la bóveda fueron ocultados por una nueva cúpula que arrancaba unos 80 centímetros por debajo de la anterior del siglo XIII. El 9 de octubre de 2003, el M. H. Presidente de la C. A. Valenciana, D. Francisco Camps, expresó su deseo de que se restaurase la Capilla Mayor, que no se había podido tocar en la preparación de “La Luz de las imágenes”.

 

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Tras la presentación por el Cabildo de un plan de actuación y de una solicitud de la misma, en mayo de 2004 comenzó la obra de restauración de la decoración barroca del ábside de la catedral, encomendándose la gestión de la misma a la Fundación “La luz de las imágenes”.

Se encargó de la dirección a la profesora Dª Carmen Pérez, y grande fue la sorpresa cuando el 22 de junio, a través del agujero dejado por el soporte de una pieza móvil, se pudieron ver los primeros de los 10 grandes ángeles que rodeaban a la desaparecida clave con la imagen de madera de la Asunción de la Virgen, tocando instrumentos musicales y de una belleza que asombraba tanto como el buen estado de conservación en el que estaban.

 

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La Gioconda me tiene harto

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Leonardo da Vinci, Ginevra de' Benci, 1474

 

No hay mes en que no encuentre alguna publicación con la Gioconda en su portada. A lo largo de las últimas semanas he comprado tres revistas con esa imagen y he visto a otras tres en los anaqueles de la librería local; y cada artículo la nombra en su título aun cuando el artículo no esté abocado a ella en particular (como ocurre con el último número de National Geographic, el cual está dedicado en su mayor parte a los dibujos de Leonardo. La Gioconca aparece en la tapa y al inicio del artículo).

Voy a decirlo de buenas a primera: la Gioconda no es, ni por cerca, la mejor obra de Leonardo. Incluso tampoco puede asegurarse que sea de Leonardo, al igual que cualquiera otra de las obras que se le atribuyen. Por supuesto, no niego el valor que tiene esa pintura (¿Cómo me atrevería a semejante muestra de soberbia?), pero si la comparamos con otras obras de Leonardo (atribuidas a…) me quedo con el retrato de Ginevra de Benci (la obra con la que abro esta entrada, o con La dama del armiño:

 

Leonardo La dama del armiño

 

O con La virgen de la rueca:

 

Leonardo La virgen de la rueca

 

Esas obras me parecen mucho más ricas, más profundas, más evocadoras y, también, conmovedoras. La Gioconda, en cambio, sólo tiene la pátina de la fama; y creo que aquí llegamos al meollo del asunto: ¿Por qué es tan famosa esta pintura? Pues me atrevo a decir que sólo por una estupenda y efectiva campaña publicitaria. No hay más que ir a la historia: la Gioconda era una pintura de segunda categoría hasta que, a principios del siglo XX es robada por el italiano Vicenzo Peruggia. A partir de allí la fama de esta pintura ha crecido de manera exponencial, hasta el punto en que, como ya he dicho, no pasa un mes sin que aparezca en algún lado.

Ahora, permítanme una pregunta: ¿cuál de estos dos cuadros les gusta más?

 

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A la izquierda tenemos al conocido cuadro que se encuentra en el Museo del Louvre; el de la derecha se encuentra en el Museo del Prado. El tamaño de las dos pinturas es similar (hay apenas un par de centímetros de diferencia); ambos son de la misma época y ambos vienen del mismo sitio: el taller de Leonardo. Ahora, si consideramos que ninguna obra ha podido ser atribuida a Leonardo de manera directa… ¿Por qué la primera se le atribuye como echa por él y la segunda se la considera como proveniente de un «discípulo» de su taller? Uno de los artículos que tengo frente a mí (Revista de Historia, perteneciente al grupo de History Channel) dice que es más probable que la segunda sea de Leonardo…

En fin, sea como fuere, yo prefiero la segunda. Lo bueno que tiene esto es que, más allá de la fama que tenga cada una, el día que pueda ir a Europa no tendré que apilarme como una hormiga frente a un cristal para ver de lejos a una obra que no es la mejor de su autor (sea quien haya sido); mejor iré al Prado y allí podré ver —creo que con mayor tranquilidad— una obra que me parece muy superior, aunque sea menos famosa.

Dibujo círculos (o una especie de Mandala personal)

Mandala significa círculo o lo que rodea a un círculo, en sánscrito. Esta palabra es también conocida como rueda y totalidad. Más allá de su definición como palabra, desde el punto de vista espiritual es un centro energético de equilibrio y purificación que ayuda a transformar el entorno y la mente. También se le define como un sistema ideográfico contenedor de un espacio sagrado.

Los mandalas son utilizados desde tiempos remotos. Tienen su origen en la India y se propagaron en las culturas orientales, en las indígenas de América y en los aborígenes de Australia. En la cultura occidental, fue Carl G. Jung, quien los utilizó en terapias con el objetivo de alcanzar la búsqueda de individualidad en los seres humanos. Jung solía interpretar sus sueños dibujando un mándala diariamente, en esta actividad descubrió la relación que éstos tenían con su centro y a partir de allí elaboró una teoría sobre la estructura de la psique humana.

Según Carl Jung, los mandalas representan la totalidad de la mente, abarcando tanto el consciente como el inconsciente. Afirmó que el arquetipo de estos dibujos se encuentra firmemente anclado en el subconsciente colectivo.

 

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Mandala de arena

 

En uno de los ejemplares de la revista Shambala Sun que poseo y que debe estar en algún lado, había una fotografía del Dalai Lama dibujando, con infinita paciencia, uno de estos mandalas de arena. Estos mandalas poseen significados externos, internos y secretos. En el aspecto externo representan al mundo en su forma divina, en el interno un mapa a través del cual la mente ordinaria puede transformarse en la experiencia de la iluminación, y en el aspecto secreto, muestran el balance perfecto entre las energías sutiles del cuerpo y de la clara dimensión de la luz de la mente. La creación de un mandala de arena, según la tradición tibetana, purifica en estros tres aspectos. Estos mandalas de arena suelen construirse sobre una superficie plana de madera. Una vez que se pide permiso y protección a los espíritus dueños de la tierra, se trazan las líneas que servirán de guía para los magníficos dibujos. Todo este ritual es aprendido de memoria y esta basado en las escrituras budistas.

 

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La arena se coloca desde el centro hacia las orillas, simbolizando el hecho de que al nacer solo somos una gota de esperma y óvulo para ir evolucionando hasta que el universo entero se percibe a través de los sentidos.
Cuando el mandala es terminado se recoge la arena desde las orillas hacia el centro, esta vez, simbolizando el hecho de que al morir todos volvemos a la fuente misma y esencial en el centro de nuestros corazones. Al destruir el mandala se cumple con dos propósitos fundamentales: Mostrar la impermanencia de las cosas promoviendo el desapego, y el beneficio del mundo. Una parte de la arena se reparte entre quienes presenciaron la ceremonia final como una bendición, otra parte de la arena es depositada en un cuerpo de agua, (un río o un lago por ejemplo) con la intención de purificar al mundo y a sus habitantes llevando esta bendición a todos los rincones del planeta.

Todo esto viene a cuento de un poemita que encontré (digo poemita porque no merece el status de poema; hay cosas en mis cuadernos que están allí fruto de un momento y nada más) y que me hizo recordar a aquella foto del Dalai Lama. Espero que algún día pueda recuperar esas revistas; cuando lo consiga —previo paso por el scanner— publicaré la foto-. He aquí el poemita en cuestión:

 

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Círculos

Dibujo círculos
uno tras otro
dibujo círculos
se sobreponen o no
algunos envuelven a otros
sin ser concéntricos.

Dibujo círculos
mientras la tarde se va
para siempre jamás.

Mi psicólogo dice que
dibujar círculos
una y otra vez
con la mirada perdida en el papel
sin ver las líneas
que mi mano dibuja
significa que me siento encerrado
preso quizá, estancado en una

problemática, angustia, pérdida, 
confusión, trauma, infancia, búsqueda
(son sus palabras, ésas
que yo no suelo usar nunca)

Mi mano se detiene al mismo tiempo
que mis ojos buscan los suyos
y los encuentran.
hace silencio y unos segundos
más tarde
fijo mi vista en el papel
y dibujo
dibujo círculos
y más círculos
tan sólo
dibujo círculos.

Los límites del amor

 

Recorro al azar una enciclopedia de arte. Entre las numerosas obras del renacimiento me encuentro con esta magnífica alegoría: Venus, Cupido, la Locura y el Tiempo, de Agnolo Bronzino, creada en 1545.

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Venus, Cupid, Folly and Time - 1545 - Agnolo Bronzino

 

Un crecido Cupido (no podría ser de otro modo; una representación moderna, donde Cupido siempre es un púber pequeñito, sería imposible) besa a una Venus que sostiene una flecha en su mano derecha y la manzana de oro (ganada en el juicio de Paris). Cabe recordar que, según ciertas versiones, Cupido es hijo de Venus y de Marte; así que el beso que aquí vemos no es más que el casto beso de una madre y su hijo.  Detrás de ellos la locura (de la que sólo vemos su rostro en una mueca clásica) y más arriba una mujer que se mesa los cabellos y que se llama Celos (he buscado información sobre las dos figuras a la derecha, ya que no reconocí a ninguna de ellas y no he encontrado nada. Si alguien sabe algo al respecto le agradeceré que me alcancen cualquier información al respecto. Me desorienta esa figura con un panal de abejas en la mano). Por último, el hombre del extremo derecho no es otro que Cronos, el dios del tiempo (del que podemos ver sus alas y el reloj de arena sobre su espalda), eleva su mano derecha como para proteger a la (¿Tal vez incestuosa? Aquí todo parece ser lo que es y no es) pareja de los celos y de la mirada de todos los demás.

Pero un par de páginas más adelante me encuentro con esta obra pintura, ésta posterior a la primera por casi ciento cincuenta años. Se trata de Cronos corta las alas a Cupido, de Pierre Mignard:

 

 

Cronos corta las alas a Cupido (1694), Pierre Mignard

 

Aquí vemos a Cronos —el reloj yace a sus pies, al igual que la guadaña, la que luego será tomada en las representaciones modernas de la muerte— corta las alas a un pequeño Cupido sufriente.

No puedo menos que realizar una relación simbólica entre ambas obras (la mitología sigue siempre con nosotros, aunque pensemos que no es así). Cupido nos atraviesa con sus flechas (en ese sentido podemos recordar que Cupido es hijo de Venus y de Marte y que por lo tanto lleva en sí parte de ambos progenitores. Lo digo por aquellos que repiten tonterías como «Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus» e idioteces similares); pero es el tiempo el que termina mandando por sobre todo y por sobre todos (de allí, también, su posterior relación con la imagen de la muerte).

Ser conscientes que todo, incluso el amor, tiene fin, es el primer paso para comprender que somos nosotros, con nuestras actitudes y conducta, quienes podemos darle más o menos tiempo. Hasta que la muerte nos separe, dice otra mitología. Sí, pero siempre y cuando seamos nosotros los que hagamos lo posible para mantener alejada a esa muerte.

Escribir bien, pensar bien, obrar bien

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Como si hiciera falta alguna prueba más de la necesidad de una educación multidisciplinar en la sociedad actual, encuentro este pasaje en una novela que, a pesar de ser de principios del siglo XX, aún habla (tal como corresponde a una verdadera obra de arte) a los hombres de todas las épocas. Se trata de un fragmento de La montaña mágica, de Thomas Mann:

«—Ustedes han tenido en su país —dijo Settembrini—, ustedes tuvieron, hace dos siglos, un poeta, un admirable viejo conservador que concedía una gran importancia a la bella caligrafía, pues creía que conducía al bello estilo. Hubiera tenido que ir un poco más lejos y decir que un estilo bello conduce a las bellas acciones. Escribir bien es casi ya pensar bien, y de esto no hay mucha distancia a obrar bien. Toda civilización y todo perfeccionamiento moral ha salido del espíritu de la literatura, que es el alma de la dignidad humana y que es el espíritu de la política… Sí, todo eso no hace más que uno, no hace más que una sola y misma idea de potencia y es con un solo nombre que se puede reunir todo.

            ¿Cuál era ese nombre? Ese nombre se componía de sílabas familiares, era la palabra: Civilización. Y al dejar caer esa palabra de sus labios Settembrini alzaba su pequeña mano derecha amarillenta, como quien quiere brindar».

 

Settembrini, ese maravilloso personaje secundario que marca una ruptura en el texto cada vez que aparece, dice algo que de tan obvio pasa desapercibido: el conocimiento está tan interrelacionado que no puede haber civilización sin cultura. Hoy, que todo tiene que pasar por la productividad más desbocada, deberíamos recordar que lo que nos hace humanos es la educación, la cultura, el arte; no el tamaño de nuestra televisión o el cargo que tenemos en una empresa.

La danza de la muerte

El Beso de la Muerte, (EL Petó de la Mort, en catalán) es una escultura de mármol, que se encuentra en el cementerio de Poblenou en Barcelona y realizada en 1930. Se dice que esta escultura inspiró la película El séptimo sello, de Ingmar Bergman.

 

El beso de la muerte

 

La obra es romántica y terrible y lleva a las personas que la ven a expresar diferentes puntos de vista: a la vez atrae y repele. Se encuentra sobre la lápida del empresario textil Josep Llaudet Soler. La escultura representa a la muerte, en forma de un esqueleto alado, que besa la mejilla de un hombre joven. La escultura evoca diferentes respuestas a las personas que la ven: es el éxtasis en el rostro del joven o la renuncia a la vida.

Hacia 1930 la familia Llaudet perdió un hijo en plena juventud y quiso hacer una escultura para su tumba, que representase los siguientes versos de Mossen Cinto Verdaguer del epitafio:

«Mas su joven corazón no puede más;
en sus venas la sangre se detiene y se hiela
y el ánimo perdido con la fe se abraza
sintiéndose caer al beso de la muerte».

El encargo de la obra fue hecho al taller del escultor Jaume Barba, a quien desde siempre le fue adjudicada la creación de la escultura. Sin embargo, tomando en cuenta que este artesano tenía más de 70 años cuando se realizó, algunos se inclinan a pensar que el verdadero autor fue Joan Fontbernal, yerno del maestro y quien era el escultor más cualificado del taller de la familia Barba.

La figura de la muerte como «la gran igualadora» es una figura retórica utilizada a lo largo de toda la historia artística, pero que tuvo su auge en la edad media y llega hasta el siglo XIX. Obras como La danza de la muerte, de Saint Saënz es un excelente ejemplo de ello (pueden escucharla aquí). La obra, estrenada en París el 24 de enero de 1875, describe a la Muerte tocando el violín a medianoche. A su ritmo, los esqueletos bailan alrededor de una tumba, y al amanecer, con el canto del gallo, los muertos vuelven a sus tumbas. Las palabras finales son sintomáticas: «¡Que viva la muerte… y la igualdad…».

En la pintura encontramos muchas obras que nos muestran a la muerte bajo el manto del romanticismo, lejos de la figura más oscura o violenta a la que estamos acostumbrados hoy. He aquí un par de ejemplos:

 

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Adolphe William Bouguereau – Égalité devant la mort

Danza macabra

Jakob von Wyl  – Danza macabra

V0017615 The dance of death. Oil painting.

Anónimo – Danza macabra

Por último, dejo una obra moderna, pero que me atrae muchísimo. Aunque no se relaciona directamente con el tema de la danza macabra, sí lo hace de manera tangencial, pero no menos contundente. Se trata de Death and Life (Muerte y vida), de Gustav Klimt, y lo que me parece más fascinante es el equilibrio que logra el pintor en esa tela. Ese grupo de personas a la derecha, el cual representa a la humanidad toda a lo largo de sus edades, está compensado por esa muerte solitaria a la izquierda. Un solo personaje vale lo mismo que todos nosotros. La muerte, después de tanto tiempo, sigue siendo la gran igualadora.

 

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