Las rosas de Heliogábalo

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Heliogábalo fue un emperador romano que gobernó desde 218 hasta 222. En su corto reinado de cuatro años marcó a la sociedad romana y los anales de la historia mundial con su estilo de vida extremadamente libertino. Escándalos frecuentes rodearon a Heliogábalo debido a su estilo de vida decadente y sus transgresiones contra las normas sexuales y religiosas. Era un emperador extremadamente impopular y, finalmente, alienó a todos los que apoyaban a su régimen. Su estilo de vida debe haber sido tan ridículamente inaceptable que, después de solo cuatro años de gobernar, el emperador Heliogábalo fue asesinado por su familia, (incluida su propia abuela; risas aparte).

Sir Lawrence Alma-Tadema pintó Las rosas de Heliogábalo en 1888 cuando el Imperio Británico estaba en su apogeo de poder e influencia. Los victorianos eran los gobernantes indiscutibles de una cuarta parte de la tierra del mundo, y la frase “El sol nunca se pone en el Imperio Británico” se escribió para describir un dominio tan global que prácticamente tenía territorios en todas las zonas horarias. Los británicos estaban orgullosos de su poder internacional, uniendo vastas regiones bajo la bandera británica. Debido a su vasto dominio e incomparable prosperidad, los victorianos se veían a sí mismos como los herederos del antiguo Imperio Romano. Creían que traían la civilización a los incivilizados, los modales a los descorteses y la moralidad a los inmorales. Por lo tanto, con una alegre mirada hacia atrás, los victorianos reflexionaron sobre la historia imperial romana con sus picos y escollos. El emperador Heliogábalo fue definitivamente una trampa digna de mención.

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Lujuria, Gula y Pereza. Tres de los siete pecados capitales se representan en Las rosas de Heliogábalo de Sir Lawrence Alma-Tadema. Muchos otros pecados se representan junto con estos vicios cardinales, lo que hace que esta pintura sea extremadamente perversa. Mientras que el mundo victoriano tardío era moralmente mojigato y estaba vestido con terciopelos oscuros, las pinturas victorianas tardías a menudo estaban moralmente en bancarrota y vestían sedas claras. Las pinturas académicas estaban de moda, y con frecuencia utilizaban jugosas anécdotas históricas para la base de sus temas. Las rosas de Heliogábalo no son una excepción, ya que representan la infame escena de la fiesta organizada por el emperador Heliogábalo. El emperador romano se acuesta con indiferencia, bebe su vino y observa cómo sus invitados mueren asfixiados por pétalos de rosa. Esta es la mejor broma de fiesta. Esta es la última muerte romana.

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En Las rosas de Heliogábalo, Sir Lawrence Alma-Tadema describe uno de los momentos más infames de la vida del emperador Heliogábalo. Está registrado en la Historia Augusta que Heliogábalo invitó a invitados a su palacio una noche para participar en su fiesta de bebida y orgía. Después de varias horas de beber vino e intercambiar parejas sexuales, sus invitados estaban desesperadamente intoxicados y cansados. Ellos holgazaneaban con indiferencia por la habitación. Mientras brillaban tan deliciosamente por el consumo excesivo de alcohol y el entretenimiento divertido, el techo sobre ellos se abrió y empezaron a caer revoloteos de pétalos de flores. Al principio, el suave movimiento de los pétalos se sumó a la belleza de ensueño de la fiesta. Perfumaba el ambiente con un ligero aroma floral. Aumentó los sentidos y agregó placer al momento. Cayeron más pétalos, y más, y más. Los pétalos se convirtieron en una cascada de flores. Cayeron más flores y más descendieron sobre los huéspedes adormecidos. Una cascada de pétalos estalló sobre los indefensos invitados. Fueron duchados, cubiertos y cubiertos. Los charcos se formaron en lagos que se formaron en océanos de pétalos. Las colinas se habían convertido en montañas de pétalos y los invitados estaban asfixiados por el mar de flores que crecía sin cesar. Respiraban, se atragantaban y respiraban con dificultad. Los pétalos entraron en sus pulmones y murieron cubiertos de gloria floral. El olor acelerado de la muerte estaba enmascarado por el olor de las flores. Perfume floral emanado de las montañas de flores infundidas por humanos. El emperador Heliogábalo se divirtió con la matanza floral y continuó bebiendo su vino. La muerte fue el verdadero entretenimiento de esta noche.

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Según la fuente original, Historia Augusta, el emperador Heliogábalo usó violetas y otras flores para sofocar a sus invitados a la cena. Sin embargo, Sir Lawrence Alma-Tadema usa rosas como su método de muerte. Durante la era victoriana tardía, cuando Alma-Tadema pintó Las rosas de Heliogábalo, las rosas representaban la lujuria y el deseo en el lenguaje victoriano de las flores conocido como floriografía. Las rosas eran una flor más apropiada para pintar para Alma-Tadema porque las violetas representaban fidelidad y modestia en la floriografía victoriana. El emperador Heliogábalo era muchas cosas, pero ciertamente no era fiel ni modesto. Por lo tanto, Alma-Tadema ahoga a los invitados de Heliogábalo con rosas y no con violetas, y agrega un significado contemporáneo que su audiencia habría reconocido.

Deberes irrenunciables (La salvación por la escritura II)

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En consonancia con al última entrada, la cual gracias a los comentarios dejados allí me obligaron a seguir pensando en el tema de la importancia de la escritura como forma de salvar algunos escollos personales al mismo tiempo que se crea algo independiente de lo que uno es, recordé las más que conocidas Cartas a un joven poeta, de Rainer Maria Rilke. De ellas, elegí esta, firmada en París el 17 de febrero de 1903, la cual sintetiza toda la idea que se expresa a lo largo de ese breve volumen:

Paris, 17 de febrero de 1903

Muy estimado señor:

Su carta me llegó hace unos días. Quiero agradecérsela por confianza amplia y amable. Apenas si puedo hacer más. No puedo avenirme a considerar la manera de sus versos, pues todo intento de crítica está muy lejos de mí. Nada es tan ineficaz come abordar una obra de arte con las palabras de la crítica: de ello siempre resultan equívocos más o menos felices. Las cosas no son tan comprensibles y descriptibles como generalmente se nos quiere hacer creer.

Pregunta usted si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí. Antes se lo ha preguntado a otros. Los envía a las revistas. Los compara con otras poesías, y se inquieta cuando ciertas redacciones rechazan sus ensayos. Ahora (ya que usted me ha permitido aconsejarle), ruégole que abandone todo eso. Usted mira a lo exterior, y esto es, precisamente, lo que no debe hacer ahora. Nadie le puede aconsejar ni ayudar, nadie. Solamente hay un medio: vuelva usted sobre sí. Investigue la causa que le impele a escribir; examine si ella extiende sus raíces en lo más profundo de su corazón. Confiese si no le sería preciso morir en el supuesto que escribir le estuviera vedado. Esto ante todo: pregúntese en la hora más serena de su noche: “¿debo escribir?”. Ahonde en sí mismo hacia una profunda respuesta; y si resulta afirmativa, si puede afrontar tan seria pregunta con un fuerte y sencillo “debo“, construya entonces su vida según esta necesidad; su vida tiene que ser, hasta en su hora más indiferente e insignificante, un signo y testimonio de este impulso. Después acérquese a la naturaleza. Entonces trate de expresar como un primer hombre lo que ve y experimenta, y ama y pierde. No escriba poesías de amor; sobre todo evite las formas demasiado corrientes y socorridas: son más difíciles, pues es necesario una fuerza grande y madura para dar algo propio donde se presentan en cantidad buenas y, en parte, brillantes tradiciones. Por eso, sálvese de los motivos generales yendo hacia aquellos que su propia vida cotidiana le ofrece; diga sus tristezas y deseos, los pensamientos que pasan y su fe en alguna forma de belleza. Diga todo eso con la más honda, serena y humilde sinceridad, y utilice para expresarse las cosas que lo circundan, las imágenes de sus sueños y los temas de su recuerdo. Si su vida cotidiana le parece pobre, no la culpe, cúlpese usted; dígase que no es bastante poeta para suscitar sus riquezas. Para los creadores no hay pobreza ni lugar pobre, indiferente. Y aun cuando usted estuviese en una prisión cuyas paredes no dejasen llegar hasta sus sentidos ninguno de los rumores del mundo, ¿no le quedaría siempre su infancia, esa riqueza preciosa, imperial, esa arca de los recuerdos? Vuelva usted a ella su atención. Procure hacer emerger las hundidas sensaciones de aquel vasto pasado: su personalidad se afirmará, su soledad se agrandará y convertirá en un retiro crepuscular ante el cual pase, lejano, el estrépito de los otros. Y si de esta vuelta a lo interior, si de este descenso al mundo propio surgen versos, no pensará en preguntar a nadie si los versos son buenos. Tampoco tratará de que las revistas se interesen por tales trabajos, pues verá en ellos su preciada posesión natural, un trozo y una voz de su vida, Una obra de arte es buena cuando ha sido creada necesariamente. En esta forma de originarse está comprendido su juicio: no hay ningún otro. He aquí por qué, estimado señor, no he sabido darle otro consejo que éste; volver sobre sí y sondear las profundidades de donde proviene su vida; en su fuente encontrará la respuesta a la pregunta -si debe crear- Admítala como suene, sin sutilizarla. Acaso resulte que usted sea llamado a devenir artista. Entonces tome usted sobre sí esa suerte y llévela, con su pesadumbre y su grandeza, sin preguntar jamás por la recompensa que pudiera llegar de fuera. Pues el creador tiene que ser un mundo para sí, y hallar todo en sí y en la naturaleza, a la que se ha incorporado.

Pero después de este descenso a su mundo y a sus soledades, tal vez usted deba renunciar a llegar a ser poeta (basta sentir, como queda dicho, que se podría vivir sin escribir, para no permitírselo en absoluto). Aun así, este recogimiento que le encarezco no habrá sido vano. En todo caso, a partir de entonces, su vida encontrará caminos propios; y que sean buenos, ricos y amplios, se lo deseo más de lo que puedo expresar.

¿Qué más le diré? Me parece haber acentuado todo según corresponde. En suma, sólo he querido aconsejar que adelante tranquila y seriamente en su evolución; la perturbará profundamente si mira a lo exterior o si de lo exterior espera respuestas a preguntas que sólo su íntimo sentimiento, en la hora más propicia, acaso pueda responder.

Historia (moderna) de un ladrón de guante blanco

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Stephane Breitweiser robó cerca de doscientas obras de arte. Durante seis años recorrió Europa visitando museos grandes y chicos, iglesias, ferias de arte y casas de subastas, “sustrayendo” pinturas de maestros barrocos como Brueghel, Boucher, Watteau y David Teniers, además de estatuillas de bronce, instrumentos musicales, una cajita de rapé de Napoleón y un huevo de Fabergé,
Breitweiser nació en Alsacia, Francia, en 1971, en una familia acomodada. Nunca tuvo interés en deportes, videojuegos, drogas o alcohol.; su gusto eran los libros de arte y los museos. Sus padres esperaban que fuera abogado pero Stephane desertó de la Universidad luego de que ellos se divorciaron.
Por entonces cometió su primer hurto, en el castillo de Gruyeres, Suiza, donde descolgó de la pared y guardó bajo su chaqueta un pequeño paisaje de Wilheim Dietrich. Ahí comenzó su vertiginosa carrera con un robo cada quince días, en promedio, a la vez que trabajaba como mesero en las ciudades por donde iba pasando. Realizaba sus atracos a plena luz del día y jamás usó la violencia. Verificaba las cámaras de seguridad, observaba los guardianes, ubicaba las salidas del edificio; era amable y vestía bien, casi siempre con una chamarra holgada. Solo cargaba una navaja suiza como instrumento.
Conoció y se enamoró de Anne Catherine Kleinklaus y se dedicaron a robar juntos, brincando de un país a otro y formando una pareja eficaz en la que Anne Catherine actuaba como señuelo mientras Stephane se volaba las pinturas. Guardaban los cuadros en casa de su madre, en Mulhouse, Francia, donde ella los protegía en una estancia en penumbras y bien ordenada.
Stephane Breitweiser declaró pocos años después: “Sólo robaba lo que me agitara emocionalmente, lo que me apasionara. Robar por dinero es una estupidez y no vale la pena el riesgo. Yo robaba por amor”.
Lo arrestaron en 2001 por un exceso de confianza, cuando trataba de llevarse un clarín del museo Richard Wagner, en Lucerna, Pasó dos meses en prisión mientras las autoridades suizas tramitaban la extradición a Francia. Su mamá, alertada por la novia, tuvo tiempo de deshacerse del tesoro: en un ataque de pánico cortó con tijeras los cuadros y luego los quemó; las estatuillas, la cajita napoleónica y demás objetos los tiró en un canal cercano a su casa. Breitweiser fue sometido a juicio en Francia y condenado a tres años de prisión, su novia a seis meses y su madre a tres años, de los cuales solo cumplió uno. Los celadores de la cárcel decían que Stephane era un tipo arrogante, que se sentía indispensable para el mundo. Un grupo de detectives siguió la pista de algunas pinturas que se salvaron de las tijeras de su madre y también dragaron el canal, logrando recuperar algunas piezas, como el cuadro de Francois Boucher que aparece a continuación.

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Francois Boucher

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Salió de prisión en 2005, a los 33 años de edad. Joven para empezar una nueva vida. En 2005 publicó una biografía: “Confesiones de un ladrón de arte” donde cuenta con todo detalle los eventos sucedidos y los procedimientos ideales para robar. Defiende también su pasión por el arte, mostrando veneración por algunas pinturas y rechaza que haya lucrado o vendido ninguna obra.
Concluye su libro con una frase que, en realidad, no asegura nada: “El asunto de robar arte ya quedó atrás para mí. Ahora llevo una vida aburrida y sin colores”.

Hasta el último detalle

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Seguramente muchos de ustedes habrán visto, en algún momento, alguna obra de William-Adolphe Bouguereau (1825 – 1905). Pintor de neto corte academicista, aparece, generalmente, ilustrando artículos de corte mitológico o similares. El crítico de arte inglés Ian Chilvers,​ define a Bouguereau como pintor de «retratos de aspecto fotográfico, obras religiosas hábiles y sentimentales y desnudos tímidamente eróticos», es decir «como un bello prototipo del dominio de las técnicas pictóricas academicistas y de las claves sociales de la hipocresía burguesa».

Pintor de indudables dotes e influencia social mientras vivió, Bouguereau fue —como explican Edward Lucie-Smith y Stephen F. Eisenman en sendos estudios de la historia crítica de la pintura del siglo XX— uno de los más hábiles artistas de su época a la hora de pintar lo que el burgués quería mirar: mujeres hermosas y rotundas, tiernas adolescentes, niñas pobres encantadoras y muy limpias.​ Concluye Eisenman que, «contemplando sus cuadros, el burgués más ignorante entendía la fastuosidad de la mitología clásica y llegaba a la tranquilizadora conclusión de que la vida del campesino es el jardín del Edén».​

Más allá de que Bouguereau sea visto hoy en día como un pintor en exceso apegado a las corrientes academicistas y poco más, por ello mismo nadie puede dudar de su pericia técnica. Chilvers, en su Diccionario de arte, citando al escritor francés J.-K. Huysmans, concluye sobre Bouguereau: «condenado durante años como maestro en la jerarquía de la mediocridad y enemigo de todas las ideas progresistas», recuperó en el último tercio del siglo XX cierto prestigio, respaldado por la edición lujosa de su obra y los altos precios alcanzados en las subastas». Sin duda, sigue siendo un buen pintor para la nueva burguesía (incluso intelectual, si se me permite el término).

Unas excelentes muestras de cómo Bouguereau planificaba sus cuadros hasta el último detalle, las tenemos en estos montajes que alguien ha realizado con maravillosa perfección. Allí podemos ver que no hay nada improvisado en sus cuadros y que es muy probable que, al dar la primera pincelada, ya supiera, también, cuál iba a ser la última.

Una pequeña galería. Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

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El humor profético

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Todos sabemos que el humor es uno de los grandes deconstructores de todo discurso mal fundamentado. Un buen humorista puede deshacer el discurso de un político, de un artista, de un pseudocientífico, de un charlatán cualquiera con una chiste bien armado (por supuesto, no hablo de la mera descalificación por medio del sarcasmo o la burla; hablo de la crítica mordaz que el humor permite; no del mal uso que puede hacerse de él).

¿Pero qué sucede cuando una broma se anticipa al discurso absurdo? Pues lo más lógico sería que quien sostenga ese discurso reconozca la falsedad de sus premisas y, también, que todos aquellos que han comprado ese discurso como válido reconozcan (incluso con un poquito de vergüenza al haberse dejado atrapar de manera tan evidente) el error y lo enmienden. Eso, al menos, para empezar.

He aquí el chiste o la broma de la que quiero hablar: Alphonse Allais (1854-1905) fue un periodista, escritor y humorista francés. Su obra, caracterizada por su humor basado en la lógica del absurdo, está ampliamente reconocida en Francia y en la cultura anglosajona. Sus libros forman parte de de los orígenes de la vanguardia en Francia (Satie, Apollinaire, Breton, Jarry, Marcel Duchamp, dadaístas y surrealistas) y entroncan con los estudios de la new theory, tan de actualidad (Baudrillard, Morin, Deleuze, Barthes, etc.).

Allais publicó un pequeño librito titulado Album Primo – Avrilesque en 1897.. El contenido artístico era una serie de pinturas monocromas y una obra musical. En particular, lo que me interesa, además de la obra (de la broma) es el lenguaje que utiliza Allais para justificar el valor artístico de lo que nos presenta. Veamos el primer ejemplo:

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Combate de negros dentro de una cueva, durante la noche.

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Dice Allais: «Traído a París por un tío mío, como recompensa por un tercer áccessit en formación religiosa brillantemente conseguido ante competidores formidables, tuve la oportunidad de verlo antes de partir hacia Estados Unidos, conseguido a base de dólares, el famoso cuadro de estilo negro titulado:

COMBAT DE NEGRES DANS UNE CAVE, PENDANT LA NUIT (La reproducción de esta admirada tela estará muy alejada de la realidad. La hemos publicado con permiso especial de los herederos del autor.)

La impresión que he sentido ante esta apasionante obra maestra me deja sin palabras. Mi destino se apareció en forma de letras con llamas: Yo también seré pintor. Y cuando decía pintor, yo decía: no quiero hablar de pintores del tipo que que oído hablar normalmente, de ridículos artesanos que necesitan mil colores diferentes para expresar sus penosas concepciones. ¡no! El pintor al cual idealizo, era aquel genial que le bastaba un solo color para cada tela: el artista, osaría decir, monocroidal.

Tras veinte años de trabajo tenaz, de tremendos sinsabores y luchas encarnizadas, puedo por fin exponer una primera obra: PREMIERE COMMUNION DE JEUNES FILLES CHLOROTIQUES PAR UN TEMPS DE NEIGE (Primera comunión de niñas cloróticas nevando).

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Primera comunión de niñas cloróticas nevando

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Sólo una Exposición me había ofrecido su hospitalidad, la de las Artes Incoherentes, organizada por un tal Jules Lévy, a quien por este acto de bella independencia artística y perfecto desapego a la pertenencia de un clan, he consagrado un reconocimiento eterno.

Sobran las palabras. Mi OBRA hablará por mí.

Alphonse Allais.

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Bien, hasta aquí la broma de Allais (ya les dejaré el resto de su obra más abajo), pero vuelvo el tema central. Cuando décadas después algunos vivillos comienzan a vender o exponer obras dentro de esto que para el honesto de Allais no era más que un chiste ¿Qué es lo que sucede? ¡Curiosamente, nada! El mundo se traga la farsa y aplaude, dándose, como siempre, aires de inteligencia. El siglo XX ha sido el tiempo perfecto para la prostitución de gran parte de la escena artística (y el siglo XXI no está quedándose detrás) pero ahí seguimos, justificando bromas como si fuesen verdaderas obras, lo cual ya nos hace parecer más bien como al idiota del pueblo; porque la verdad que reírse mil veces del mismo chiste no es algo de lo que uno pueda enorgullecerse, si vamos a ser sinceros; y mucho menos lo es pagar decenas de miles de dólares o, incluso, hasta algunos millones.

Vamos a la obra de Allais, la cual espero que disfruten tanto como yo. Al final, les dejo una nota extra sobre este mismo tema y los enlaces al original francés de la publicación.

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Rufianes, todavía en plenitud, con el vientre en la hierba, bebiendo absenta.

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Manipulación del ocre por cornudos ictéricos.

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Recolección del tomate por cardenales apopléjicos a orillas del mar rojo.

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Ronda de borrachos en al niebla.

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Estupor de jóvenes neófitos al darse cuenta por vez primera del tono azul del mar ¡oh, Mediterráneo!

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Coda: Muchos conocerán la obra de john Cage 4´33´´ La cual fue “compuesta” en 1947/48. La obra consiste en cuatro minutos y treinta y tres segundos de silencio. El pianista se sienta frente al instrumento, la partitura frente a él (la cual no es más que una página con los pentagramas en blanco) y espera, sin tocar una sola tecla, el tiempo que se ha indicado. Esa es la obra. Pues yo digo que Cage plagió esa obra de Alphonse Allais; es más, aquí les dejo la prueba. En esa misma publicación de la que hablé más arriba, Allais nos comparte su Marcha fúnebre para los funerales de un gran hombre sordo. Les dejo la partitura y, después y para que comparen, la de John Cage.

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Para ver el original del Album Primo – Avrilesque pueden ir aquí.

Hombres y engranajes

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Atsushi Koyama

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Encontré estos trabajos por pura casualidad. En un primer momento pensé que se trataba de obras hechas con lápices o, tal vez, con pasteles; pero no, son verdaderos óleos sobre tela (al menos eso es lo que encontré hurgando por aquí y por allá, aunque no demasiado, lo reconozco). El artista es Atsushi Koyama y crea estas estupendas simbiosis entre hombre y máquina que bien pueden abrir puertas a varios aspectos del arte y del pensamiento. En lo personal, aunque las obras me gustan (cosa que me llamó un poco la atención, ya que pertenezco al grupo que prefiere la expresividad a la mera pericia técnica), veo que me hacen ir por otro camino, el del viejo problema mente/cuerpo, por ejemplo, o también por cuestiones sociopolíticas; al mismo tiempo, claro, que disfruto o me sorprendo por la obra en sí.

En síntesis: que cada cual verá lo que verá (la cuestión, claro, es ver; incluso si es para criticar. A veces nos sirve más estar en desacuerdo con algo que en acuerdo absoluto). Les dejo una pequeña galería con otras obras de Atsushi Koyama. Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

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Describe la lengua del pájaro carpintero…

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Hace unos días terminé de leer la biografía de Leonardo da Vinci de Walter Isaacson. El libro es más que interesante porque Isaacson se basa en los cuadernos de notas de Leonardo, los cuales brindan muchísimo material para intentar (al menos intentar) acercarse a los aspectos más creativos de Leonardo. Por supuesto que hay sitio para analizar sus pinturas y sus numerosísimos trabajos como ingeniero e inventor y también para los datos más relevantes de su vida personal; pero creo que centrarse en los aspectos más creativos de un personaje único como Leonardo fue una jugada más que inteligente. Dejo una página, a modo de ejemplo:

«Mi punto de partida para este libro no fueron las obras maestras de Leonardo, sino sus cuadernos. Creo que su mente se refleja mejor en las más de siete mil doscientas páginas de notas y garabatos suyos que, de forma milagrosa, se han conservado hasta hoy. […]

Mis perlas favoritas, entresacadas de sus cuadernos, son sus listas de tareas pendientes, que destellan curiosidad. Una de ellas, que data de la década de 1490, cuando Leonardo se hallaba en Milán, consiste en la lista de lo que quiere aprender ese día. «Medidas de Milán y aledaños» es la primera entrada, que obedece a un fin práctico, como revela una entrada posterior en la lista: «Dibuja Milán». Otras le muestran buscando sin cesar a personas de las que obtener información: «Haz que el maestro de aritmética te muestre cómo cuadrar un triángulo. […] Pregunta a Giannino el bombardero cómo se hicieron las murallas de Ferrara sin foso. […] Pregunta a Benedetto Portinari por qué medios corren sobre el hielo en Flandes. […] Encuentra a un maestro de hidráulica y que te diga cómo se repara una acequia y cuánto cuesta la reparación de una esclusa, un canal y un molino a la lombarda. […] [Pregunta] las medidas del sol que prometió darme el maestro Giovanni, francés». Resulta insaciable.

Una y otra vez, año tras año, Leonardo enumera todo lo que tiene que hacer y aprender. Algunas anotaciones implican el tipo de observación atenta que la mayoría de nosotros no solemos hacer. «Observemos el pie del ganso: si estuviera siempre abierto o siempre cerrado no podría hacer ningún movimiento». Otras implican preguntas del tipo «Por qué el cielo es azul?», sobre fenómenos tan comunes que en raras ocasiones nos paramos a preguntarnos por ellos: «Por qué el pez en el agua es más rápido que el ave en el aire cuando debería ser lo contrario, puesto que el agua es más pesada que el aire?».

Lo mejor de todo son las preguntas que parecen surgir al azar: «Describe la lengua del pájaro carpintero», se ordena a sí mismo. ¿Quién demonios decide un buen día, sin ningún motivo, que quiere saber cómo es la lengua del pájaro carpintero? ¿Y cómo averiguarlo? No constituye una información que Leonardo necesitara para pintar un cuadro o para entender el vuelo de las aves. Sin embargo, ahí está y, como veremos, existen elementos fascinantes que aprender sobre la lengua del pájaro carpintero. Quería saberlo porque era Leonardo: curioso, apasionado y siempre lleno de asombro.

También tenemos esta extrañísima entrada: «Ve todos los sábados a los baños, donde verás a hombres desnudos». Podemos suponer que Leonardo quisiera acudir por razones anatómicas y estéticas. Pero ¿debía anotarlo para recordarlo? El siguiente punto de la lista es: «Hinchar los pulmones de un cerdo y comprobar si aumentan de anchura y longitud, o solo de anchura». Como escribió el crítico de arte neoyorquino Adam Gopnik, «Leonardo sigue siendo un bicho raro, rarísimo, y punto».

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Los tres volúmenes del Codex Foster, de Leonardo da Vinci. – MSL/1876/Forster/141. © Victoria and Albert Museum, London

El vacío que se apodera de todo

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Que la sociedad moderna está yéndose al carajo a pasos agigantados es algo que todos sabemos y de lo que somos conscientes. Los ejemplos abundan y se encuentran por todos lados; no hay mas que abrir una red social, intentar debatir con alguien (de lo que sea), escuchar lo que se dice en la TV o en la calle. Todo, pero todo, absolutamente todo se ha vuelto vacío, mediocre, sin sentido. El posmodernismo ha hecho estragos en la mente de las personas y, como siempre sucede, destruir es mucho más fácil que construir, así que nos encontramos ahora, con otro problema: todo es cada vez más idiota y, al mismo tiempo (y por ello mismo) se hace cada vez más difícil revertir la situación. Han sido muchos los autores que se han dedicado a intentar defender a la razón y a la cultura de estos ataques incesantes; ¿pero cuánta gente lee esos libros en comparación con los que se dedican a demoler la cultura? De los muchos libros sobre el tema me permito recomendar dos: El asedio a la modernidad, de Juan José Sebreli y En defensa de la ilustración,  de Steven Pinker. Pero, como dije, hay mucho material sobre el tema, así que no es eso lo que falta, sino lectores…

Todo esto nace a colación de algo de lo que acabo de enterarme: existe el Museo de lo no-visible. ¿Y qué es esto? Pues, como su nombre lo indica, es un museo donde las obras no son visibles; eso es todo. La gente ingresa y lee unas tarjetitas adheridas a la pared y debe imaginarse la obra. La verdad es que conozco mejores modos de perder el tiempo… ¿Pero  esto es cierto? ¿Será verdad que se puede ser tan idiota? ¡Pues faltaba más! Claro que sí…

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Lo indignante no es que a alguien se le ocurran estas cosas; esto es algo más viejo que cualquiera de nosotros; pero sólo se mantenía dentro del juego intelectual (Alfred Jarry; Borges-Casares; Apollinaire; etc.); ahora no, ahora se le brinda un carácter de seriedad que es lo que lo vuelve profundamente repulsivo. Antes al menos teníamos al arte como refugio, hoy ya ni eso nos dejan. Han ensuciado todo.

He aquí, por ejemplo, una de esas obras de arte (imagínensela ustedes, claro). Pertenece al conocido actor James Franco, quien lamentablemente se ha sumado a esta payasada (y está bien, ellos son los astutos, los idiotas son los que van allí a sumarse a esa farsa o, peor aún, los que compran esas obras. James Franco vendió una a 10.000 dólares).

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James Franco

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James Franco

Barco del Capitán

Escultura, 2011

Un barco de vapor a gran escala en el que vivía el Jefe, en el río, para la película imaginaria e inacabada de James Franco, «Hojas rojas».

El barco de vapor estaba destinado a vivienda y dormitorio y esta réplica es un modelo a escala real que en realidad flota, aunque no tiene motor.

Tiene aproximadamente 10 metros de largo.

 

Esta no es la obra que vendió Franco; sino otra, la cual desconozco. Tenemos, por ejemplo, esta otra:

Jen Silver

Amor verdadero

Fotografía, 2011

Esta es una fotografía de tamaño natural de tu verdadero amor. Si aún no ha encontrado a su verdadero amor, se le revelará cuando mire esta obra de arte. Si ya has encontrado a tu verdadero amor, esta foto los captura en su momento más atractivo y entrañable. Cada vez que miras esta pieza, recuerdas instantáneamente lo que los unió y te enamoras de nuevo.

«…»

Bueno, ya; no hay mucho que agregar. Estamos rodeados y nosotros los hemos dejado. no voy a decir que la culpa es nuestra; pero vamos, dejar que los idiotas se apoderen de todo implica algo de responsabilidad de nuestra parte. Pero ahora que lo pienso, no está mal lo que hizo James Franco. Bajo el viejo adagio que dice Si no puedes vencerlos, únete a ellos, aquí me sumo y me declaro como AN-V;  es decir: Artista No-Visual. Aquí les dejo mi primera obra (la cual está a la venta por la ridícula suma de 5.000 dólares. lo acepto, no soy James Franco). Cualquier interesado, por ahí anda mi e-mail.

Borgeano - Torre Eiffel

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Sitio oficial del Museum Of Non-Visible Art, aquí.

Artículo con la noticia de la venta de la escultura de James Franco, aquí.

 

 

 

Juan Rulfo, fotógrafo

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Mis estimados contertulios, hoy les traigo una pequeña joya que he encontrado en algún sitio cuyo nombre no recuerdo y poco importa. Puedo decir esto sin modestia alguna, porque nada de esto parte de mí, sino que sólo oficiaré de mensajero, cosa que me permite ser un poco grandilocuente.

De las muchas cosas que me atraen de México, una de ellas es la presencia (siempre constante) de Juan Rulfo quien, como todos saben, con sólo un par de libros dejó su huella marcada de manera imperecedera. Menudo logro. Ahora me he topado con un libro que reúne cien fotografías del autor mexicano, y debo decir que, si bien desconocía esta faceta de Rulfo, no me extraña en lo absoluto la calidad del trabajo. Un artista es un artista y si bien hoy estamos más acostumbrados al artista que se presenta en diversas disciplinas —cosa que antes no lo era tanto—; la sensibilidad artística no es algo que pueda encasillarse en una sola faceta.

FB_IMG_1595311459896 Copio de una reseña: «Andrew Dempsey dedicó una década al estudio del acervo fotográfico de Juan Rulfo, compuesto de unas 6,000 imágenes. A su trabajo se sumó Daniele De Luigi y ambos seleccionaron 100 de las mismas. Este libro-catálogo es el primero que parte del conocimiento de la totalidad del archivo de Juan Rulfo y reúne la mayoría de los géneros que cultivó, adecuadamente ponderados: los edificios de México, los múltiples paisajes del país, la vida de los pequeños pueblos, los artistas, escritores, amigos y familiares de Juan Rulfo.

Se incluyen dos textos de Juan Rulfo: uno dedicado a Henri Cartier-Bresson en las dos épocas de su paso por México y otro sobre el fotógrafo mexicano Nacho López. Igualmente los autores de la selección escriben sobre la fotografía de Juan Rulfo desde una perspectiva muy informada en sus respectivas áreas de competencia».

Mientras tomo nota de este libro como uno de los que quiero conseguir sí-o-sí, les dejo una galería con algunas de sus imágenes. Para verlas en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

La tempestad. De Giorgione hasta nosotros

 

La tempestad 01

 

La tempestad, de Giorgione (Giorgione Barbarelli da Castelfranco, 1477-1510) es uno de los cuadros más misteriosos de la Historia del Arte, a pesar de su pequeño tamaño, porque ha traído de cabeza a los investigadores que no se ponen de acuerdo sobre el tema representado ni el significado de esta obra.
Si analizamos la escena detenidamente, vemos que dentro de un paisaje boscoso aparece una mujer semidesnuda, sentada amamantando a un niño en su regazo, mientras una figura masculina la observa a un lado. Al fondo, se puede ver una ciudad y un cielo tormentoso que acecha y amenaza a los personajes. La oscuridad se acerca sobre ellos que siguen ajenos a la llegada inminente de la tempestad, este hecho es el que ha dado nombre a la obra puesto que ni siquiera sabemos su título original.

Un coleccionista contemporáneo de Giorgione, un tal Marcantonio Michiel, nos habla de este cuadro describiéndolo como «un pequeño paisaje con tormenta, mujer gitana y soldado». Esto es realmente lo que podemos ver, pero la disposición de los personajes y su relación con el paisaje hacen que la escena atraiga de manera irremediable al espectador desde el primer momento. Se advierte algo más, algo simbólico y misterioso que no alcanzamos a comprender y que resulta inquietante.
Los personajes: La mujer, que algunos consideran una representación profana de una Madonna, mira desafiante al espectador sin ningún reparo, mientras que el personaje masculino gira su cabeza hacia la escena como si quisiera presentarla. Entre ellos no parece haber conexión y se representan aislados uno del otro aunque formando parte del mismo escenario: el bosque.

 

La tempestad 04

En principio, esta interpretación pudiera parecer correcta sino fuera porque un profundo análisis con rayos X ha demostrado que la figura masculina fue en un principio otra mujer desnuda inclinada para tomar un baño. Esta rectificación tan radical no hace más que añadir incógnitas a la obra y dificulta su comprensión.
Así para algunos investigadores, la escena sería un tema religioso identificado como la Huida a Egipto o Adán, Eva y Caín expulsados del Paraíso, siendo el rayo que se abre en el cielo al fondo del bosque la alegoría de Dios Padre. Mientras que para otros, estamos ante un tema mitológico relacionado con la infancia de Paris (la ciudad al fondo sería Troya) e incluso, una escena del “Sueño de Polífilo”. Como vemos nada está claro en esta pintura.
Además existen otros elementos contradictorios que no ayudan a aclarar nuestras dudas. Por ejemplo, la columna situada detrás del personaje masculino podría simbolizar la Fortaleza pero al aparecer rota, también sería símbolo de la Muerte. ¿Por qué el autor la coloca precisamente allí? No lo sabemos, puede ser que simplemente quisiera representar un paisaje con personajes al estilo clásico sin ninguna intención oculta o alegoría, pero desde luego no lo aclara.
En lo que sí se han puesto de acuerdo los críticos es en considerar La tempestad como la primera obra paisajística de la Historia del Arte, y en su gran influencia posterior en la pintura occidental, sobre todo en los pintores románticos del siglo XIX.
El paisaje aquí no es una mera excusa recreativa para la escena principal, sino el propio tema central que envuelve a los personajes y que atraen las miradas del espectador. Cautiva su fuerza poética y sugestiva, no es un paisaje real sino una ensoñación de un momento etéreo e irrepetible. Es la representación pictórica de una emoción, algo que se realiza por primera vez en la historia de la pintura y que la convierten en una obra maestra.